Geografía
dulce de Colombia
JULIAN ESTRADA
Fotos: Mario Rivera y Exposición
Planetario Distrital
Mapa: María Clara Mantilla
"Expresión sociocultural de pailas,
mieles, frutas y mecedores".
A manera de colación
No sin razón en 1976 Germán Castro
Caicedo tituló Colombia amarga a una recopilación de informaciones periodísticas sobre
la situación social de nuestro país, las cuales, sin lugar a dudas, justificaban dicho
título. Diez años más tarde (diciembre de 1986), el Instituto Distrital de Cultura y
Turismo de Bogotá organiza en el Planetario Distrital una conspicua exposición divulgada
bajo el nombre de Geografía Dulce de Colombia. Aun cuando se trata de dos realizaciones
diametralmente opuestas, en donde la denominación de la primera posee una validez
inobjetable, es nuestra intención, con este comentario, no solamente justificar el
acertado nombre asignado a la mencionada exposición, sino también rescatar su valioso
contenido como expresión sociocultural de las diferentes regiones geográficas que
conforman el territorio colombiano.
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Alfeñiques con figuras
religiosas. Bojacá. |
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Seguramente no sea muy ortodoxo
analizar una sociedad y su cultura basándose en la confección culinaria de dulces y
manjares, tema aparentemente ajeno a la complejidad de una realidad social determinada.
Pues bien: un asunto trivial se transforma para nosotros en un universo con infinitas
posibilidades de investigación, procurando demostrar con ello que lo común, lo normal, y
por ende lo cotidiano, merecen mayor atención de las disciplinas sociales a fin de lograr
comprender aquella "historia de las mentalidades" en donde las sensibilidades,
las representaciones colectivas y las ideologías forman una historia de larga duración,
la cual, obviamente, riñe en gran medida con la ingente recopilación de datos, fechas,
personajes y acontecimientos propios de la historia cuantitativa.
En el prólogo del catálogo de la
exposición sobre la geografía dulce de Colombia, Alvaro Chaves Mendoza sintetiza
perfectamente las diferentes funciones sociales que cumple el dulce en nuestro medio, y es
así como nos comenta indistintamente sobre "el dulce desde su raíz; el dulce para
el amor; el dulce como testimonio de las diferentes etapas de la vida; el dulce para la
religión; el dulce artesanal; el dulce como industria". En el mismo contexto, el
autor referido dice literalmente: "[. . . ] pero no sólo el dulce: también los
dulceros, los del delantal blanco y el mágico cajón desbordante de caramelos, de
barritas de menta, de turrones, de bocadillos y melcochas. Los parques en domingo, la vida
de toda una generación de colombianos".
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Alegrías o crispetas.
Costa Atlántica. |
Quienes visitamos la aludida
exposición, indefectiblemente experimentamos una sensación que no merece sino el
calificativo de ¡SORPRESA! En nuestro caso, traspasado el umbral del Planetario
Distrital, inmediatamente recordamos a Charlie Bucket, el protagonista de Charlie y la
fábrica de chocolate, hermosa novela infantil de Roald Dahl. La variedad de colores,
formas y texturas constituían de por sí un arsenal de dulcería nunca antes imaginado en
nuestra ya desvanecida fantasía de párvulos o en nuestro presunto conocimiento de
longevos: caramelos, turrones, pirulíes, colaciones, cocadas, polvorosas, amasijos,
jaleas, mermeladas, espejuelos, melazas, frutas caladas, almíbares y pulpas eran una
mínima muestra de manjares genéricos cuyos nombres vernáculos, lugares de origen,
mañas y agujeros para su confección, e instrumentos y técnicas para su preparación
conformaban material suficiente para suponer posibilidades de investigación en el campo
de la nutrición, la dietética, el lenguaje y las costumbres manducatorias relacionadas
con el sexo, la religión, la amistad, el compadrazgo y otras tantas redes de relación
social, amén de parecernos fuente inusitada para la inspiración de artistas y poetas o
de todo aquel con sensibilidad cromática y saludables papilas gustativas.
DULCES HISTORIAS E HISTORIAS DE
DULCES
El dulce como sabor característico de
algunos alimentos en su estado natural o involucrado por cualquier receta, pertenece a la
cocina universal desde tiempos inmemorables. El hombre antiguo realizó su inventario de
gustos y sabores a partir de un largo proceso de aceptación y rechazo al poner en su boca
todo aquello susceptible de engullirse. Lejanos a querer situar con exactitud cronológica
la aparición y utilización de este "gusto culinario", nos limitaremos a citar
las palabras del biólogo y científico español Faustino Cordon 1,
quien en su obra Cocinar hizo al hombre, expresa:
Como en muchos animales en estado de
naturaleza, en el homínido, el órgano del gusto se aplicaría a retaguardia del
órgano del olfato a distinguir lo que puede de lo que no puede comerse, función
muy importante cuando es imperioso comer lo más posible para mantenerse vivo, como sucede
en las especies en que la falta de alimento es la causa principal que restringe la
población entre las que se contó el homínido desde que el progreso de su
actividad cooperante con ayuda de útiles lo fue defendiendo cada vez más de la
depredación. La satisfacción producida por el acto de comer tiene un carácter tan
distinto en el animal y en el hombre que nos conviene, aquí, designarlas con nombres
distintos; podemos, por tanto, diferenciar el placer animal del disfrute humano con la
comida. Ni que decir tiene que (de acuerdo, por lo demás, con el carácter animal de la
naturaleza humana) el disfrute humano con la comida se apoya en su placer animal con ella;
podemos decir que, así como el placer animal con la comida consiste en la satisfacción
del hambre, el disfrute humano con la comida (el disfrute gastronómico) se apoya
ciertamente en el hambre atenuada, o aún mejor regulada, que denominamos apetito y aún
mejor buen apetito (ni poco ni excesivo), pero para elevarse a la percepción de algo
distinto que ha sido proporcionado por la buena cocina tradicional como aspecto valioso de
la cultura misma.
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Rollos de bocadillo y
arequipe. Cundinamarca
(Archivo Planetario Distrital).
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Sabemos que, independientemente del
grado de "civilización o desarrollo", los pueblos y naciones del mundo tienen
como patrimonio, de alguna manera, en su recetario la presencia del dulce. Para algunos es
cotidiana, para otros esporádica o casi inexistente. No en vano todas las cocinas del
mundo (las primitivas y las contemporáneas) han usufructuado dicho sabor y muchas de
ellas consolidan su reputación y fama por el tratamiento culinario que de él hacen.
Famosas y legendarias son en este sentido la cocina árabe y todas aquellas de los
actuales países del Africa del Norte, donde almendras y especias se mezclan con tino y
sabiduría; igual mención merecen las diferentes cocinas orientales creadoras del
apetecido "agridulce"; no menos importantes son las cocinas de Grecia y Roma,
las cuales combinan miel, fruta y cereales de especial manera. Fueron los griegos quienes,
habiendo aprendido en los países de oriente el arte de emplear el horno, se lo
transmitieron a su vez, como tantas otras cosas, a los romanos. Arquestrato, el más
famoso escritor culinario de los tiempos anteriores a Jesucristo, describe minuciosamente
la repostería ateniense, repostería que con el correr de los años se fue convirtiendo
en la más variada gama de turrones, hasta el momento en que irrumpió en la culinaria de
la Edad Media el azúcar en torno a las pastas almendradas, y la proliferación de
manjares dulces se hace innumerable. En un principio el azúcar fue considerado más como
producto de farmacia que como "base de cocina"; y bajo la paradójica
denominación de sal india, revoluciona la cocina occidental, convirtiéndose a la vez en
una de las especias de mayor demanda.
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Cocadas de maní.
(Archivo Planetario Distrital). |
Bien es sabido que los españoles
traen la caña de azúcar a nuestro continente. Ello significa, en términos culinarios,
que la cocina aborigen carecía de las bondades gustativas que este producto aporta a las
preparaciones, más no quiere decir que se desconociera el sabor dulce, puesto que miel y
frutas lo suplían convenientemente; sin embargo, merece señalarse cómo nuestra cocina
actual, en su capítulo de "dulces y repostería", es consecuencia de una
necesidad económica sentida en el viejo continente ante la necesidad imperiosa y
puramente de índole comercial de aumentar los cultivos de tan cotizado producto, antes
que verse como una acción paternalista y con intenciones de mejorar la alimentación del
hombre americano por parte de Don Colón. Al respecto, el antropólogo cubano Fernando
Ortiz 2 comenta:
Las raíces de cañas de azúcar que
Cristóbal Colón trajo en su segundo viaje a las Indias por él descubiertas retoñaron
en seguida que fueron resembradas, suscitando el regocijo del Almirante, cuya sagacidad
previó el brillante porvenir que esperaba en estas tierras a las cañas de azúcar y a la
industria azucarera [. . . ] El azúcar comenzó a ser negocio en la Española, e
igualmente ocurrió en los otros países, cuando pudo ser vencido el mayor obstáculo que
era la carencia de capitales. También se necesitaban "maestros de azúcar; o
técnicos como hoy se diría. La historia recuerda el nombre de algunos de esos maestros,
tan importante era su oficio. Pero la carencia de expertos para "manificar "el
azúcar se podía suplir, si había dineros para sacarlos de Canarias o de las islas
portuguesas y ofrecerles una remuneración halagadora. Por eso el negocio de azúcares
debió de ser el primero de los iniciados por los europeos en América que requirió una
articulada y expresa asociación de esfuerzos y dineros, es decir, de organización social
y económica de una compañía.
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Vendedor de bocadillos.
Bogotá
(Archivo Planetario Distrital). |
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Independientemente de las
repercusiones socioeconómicas derivadas de la presencia del cultivo de la caña en
América, el beneficio cultural materializado en preparaciones culinarias es innegable:
las frutas tropicales mezcladas con el zumo de la caña dieron como resultado los más
apetitosos dulces de la cocina americana. De igual manera la alianza y fusión de cacao y
caña dio como resultado el "espumoso chocolate", hoy bebida cotizada y
apreciada en el mundo. Se constituyen entonces la repostería, los dulces y los postres en
capítulo culinario de insospechadas dimensiones; de lo anterior da cuenta la historia
culinaria saturada de inmemoriales páginas. En cuanto a historias del dulce, basta
mencionar cómo Harry Schraemly, en su historia de la gastronomía, dedicó diez hermosas
y fundamentadas cuartillas al más apetecido dulce de Europa: el mazapán. Estudios
similares se han hecho del alfajor, el nougat, los pralines y el torrone
italiano, así como de recetas clásicas entre las cuales sobresale el suave parfait de la
repostería francesa. En definitiva, tal como dice Jean-Francois Revel, "no hay
historia de la cocina que, en última instancia, no sea una historia del apetito, las
costumbres y el gusto". La reciprocidad existente entre geografía e historia nos
permite abordar nuestra reflexión sociocultural del dulce colombiano de la siguiente
manera:
LA GEOGRAFIA CON DULCE ENTRA
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Gelatina de pata. Tolima.
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La materia de estudio de Mercator
posee actualmente tantas ramas y especializaciones como la misma repostería. Para los
especialistas de la ciencia cartográfica parecerá osada dicha comparación; pero a
riesgo de ser mal interpretados nos atrevemos a asegurar que en la mayoría de los
geógrafos su temprana motivación de aprendizaje obedeció al colorido de los mapas, la
variedad cultural de los países, la diferencia descriptiva de los territorios, la
enigmática relación de la tierra con los astros, la injerencia de los fenómenos
físicos y químicos sobre el hábitat y el hombre, y a otras tantas tesis que hacen de la
geografía una materia con visos de fantasía, característica esta última sine qua
non de la repostería.
De igual manera a como acontece con otros
campos del conocimiento, la geografía posee sus adeptos y sus detractores; ello depende,
por una parte, de la idoneidad del profesor que la enseña; por otra, de la calidad del
material didáctico. Tocado este último punto, no pretendemos teorizar sobre la
metodología pedagógica más conveniente para ser aplicada en nuestro medio, asunto
profundamente tratado por el profesor Ernesto Guhl 3, en carta
enviada al director del Instituto Agustín Codazzi en 1972. Sin embargo, observando el
inventario de dulces y preparaciones que se realizan en las diferentes regiones de
Colombia, aventuramos, a manera de hipótesis (propia del realismo mágico), el supuesto
éxito de un plan de enseñanza donde el infante que toma por primera vez un curso de
geografía de Colombia obtiene un dulce representativo de cada región de estudio,
asegurándose así un acendrado conocimiento de nuestra vegetación y nuestras frutas,
además de motivar al comensal-estudiante a conocer la relación existente entre dichas
frutas, la producción agrícola, los climas, los grupos humanos, los mercados artesanales
entre otros. En síntesis, la utópica propuesta daría fiel cuenta con uno de los seis
capítulos en los cuales divide el profesor Guhl la estructura general de un programa de
enseñanza para la geografía de Colombia, capítulo que dicho investigador denomina
"El hombre en su ambiente o paisaje cultural".
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Algodones de azúcar.
(Archivo Planetario Distrital).
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La exposición sobre la geografía
dulce de Colombia cumple cabalmente al presentarse como muestra física de una
manifestación cultural tan importante cual es la cocina de un país. Aquel abundante
muestrario no debe verse como un "cúmulo de golosinas" sino, por el contrario,
exige establecer analogías, diferencias y relaciones entre las regiones de Colombia; de
igual forma permite analizar la interdependencia económica, cultural y tecnológica de
las regiones representadas, moviendo a profundizar en el conocimiento de nuestras frutas,
especias y cultivos y, por consiguiente, a reflexionar sobre la capacidad recursiva e
imaginativa de nuestros artesanos y cocineras, quienes se ingenian procedimientos y
técnicas de gran funcionalidad aprovechando al máximo los recursos materiales de su
entorno. Es, por lo tanto, una muestra en donde la forma de los dulces, sus envases,
colores, texturas, nombres, materias primas y procedimientos de confección demuestran una
sensibilidad artística incuestionable, puesto que la sola variedad de dulces moldeados
con figuras zoomorfas, antropomorfas y objetales, dan testimonio de la imaginación
mencionada. De igual manera la utilización de semillas, frutas, cáscaras y hojas secas
de las diferentes plantas, empleadas unas veces como recipientes, otras como envoltorio
del propio dulce, ratifican su ingenio. En cuanto a las materias primas aprovechadas,
llama la atención el empleo de una serie de productos tradicionalmente utilizados en
"cocina de sal", pero convertidos por la magia culinaria en estupendos manjares
dulces. Es el caso del fríjol, la papa, la yuca, la batata, la vitoria, el ñame, la
auyama, el tomate y el ají, cuyos resultados finales en "cocina dulce" compiten
en sabor y presencia con las más cotizadas recetas derivadas de frutas y esencias propias
de la repostería clásica.
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Merengues, se producen en el
interior del país.
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En síntesis, la geografía dulce
de Colombia nos demuestra la fusión de tres fuentes culinarias (indígena, española y
africana), cada una de las cuales aporta productos, sistemas de cocción y sazonadores en
donde voces y vocablos de las fuentes aludidas se mezclan con historias y leyendas de
variada índole, surgiendo con ello peculiares denominaciones alrededor de cada una de las
recetas, muchas de ellas homólogas, otras tantas exclusivas; pero sin lugar a dudas con
un recóndito valor etimológico y etnográfico, cuya tradición oral y uso cotidiano
esconden su valor cultural. Ejemplo de lo anterior son las siguientes preparaciones: gusto
de noche, quebillito, cariseca, moscorrofio, arropilla, pícaros, alegrías, mongo-mongo o
calandra; queque, María Luisa, arrastrado, tonchalero, cubanito, filú, cabello de ángel
y cuca. La lista anterior más parece un glosario de apodos propios de una población
infantil en cualquier escuela de Colombia, antes que un conjunto de preparaciones
perteneciente a nuestra dulcería popular. No en vano, desde el punto de vista social, el
receterío mencionado exige algunas reflexiones. Veamos: gran parte de la dulcería
colombiana está formada por dulces caseros, significando esto una confección artesanal
ajena al refinamiento en equipos y materias primas, en la que participan generalmente
grupos de familia debidamente organizados, o son el resultado de laboriosas jornadas de
ancianas independientes o de niños con necesidad y ansias de pecunia. Obviamente, no
existen estudios socioeconómicos que permitan aseverar con cifras cuán representativa es
la población de Colombia que subsiste merced a estas pequeñas empresas productoras; sin
embargo, no es osado asegurar que numerosos pensionados sobreviven en las grandes ciudades
de Colombia gracias a la venta de artículos misceláneos, entre los cuales incluyen todo
tipo de colaciones lejanas de ser dulces de marca. Igual fenómeno acontece en pueblos y
veredas donde ancianos y ancianas y no pocas veces personas en edad económicamente
activa expenden polvorosas, cocadas, panelitas, gomas y un sinnúmero de
"bocados" preparados por vecinos, familiares o compadres. No abundan menos los
niños que, tanto en las costas caribe y pacífica, como en las zonas cafeteras, la sabana
o los llanos, recorren diariamente buen número de kilómetros llevando como única
mercancía una bandeja con gelatinas, cocadas, alegrías o moscorrofios. Tampoco debemos
olvidar cómo en la casi totalidad de municipios colombianos, así como en los viejos
barrios de las principales ciudades, son verdaderas instituciones aquellas ventanas que
con tablas y cartones y en dudosa ortografía ofrecen encarcelados, obleas, cremas,
mogollas, borrachos, palomas, conejitos, panderos, panuchas, suspiros, cofio, minisicuí,
merengues, etc. Vemos, pues, que el dulce constituye en sus mil y mil versiones una fuente
importante de ingresos para millares de colombianos. Otro aspecto social alrededor del
dulce es su papel como elemento de identidad regional. El dulce, como derivación
culinaria, constituye un factor importante de la cocina, la cual depende del detalle
mínimo y sutil cuando no de lo más extraño o esotérico, pues su calidad y punto está
en relación directa con la lumbre, el combustible, el material de los recipientes, el
aire, el clima y los aromas de la región donde se confecciona, concretándose en una
sazón que difícilmente viaja a otras latitudes, así sus productos constitutivos logren
hacerlo. Por lo anterior, los dulces caseros y aquellos artesanales significan crianza,
familia, amistades de infancia y añoranza de terruño. En este orden de ideas, recorramos
someramente algunas regiones del país con el fin de referirnos a sus preparaciones más
significativas, preparaciones que, por vía de ejemplo, cualquier valluno, santandereano,
chocoano o antioqueño, encontrándose fuera de su comarca, inmediatamente identifica como
pertenencia, demostrándose así la validez del dulce como cohesionador de identidad
regional, muchas veces de mayor alcance que costosas campañas cívicas con claros
objetivos de corte patriotero. El siguiente es un recorrido concebido ante todo con
criterio de goloso y sin ninguna lógica vial.
SANTANDERES
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Vendedora de colombinas. |
Hablar de dulces santandereanos
remite a cualquier colombiano al sabor del mejor bocadillo de guayaba que se prepara en el
país [
] el bocadillo de Vélez o veleño. Sin embargo, permitiéndonos unificar los
dos Santanderes en uno solo para efectos de este comentario culinario, sería imposible no
mencionar una serie de dulces de exclusiva preparación casera, los cuales han llegado a
acreditarse aun fuera de nuestras fronteras, como es el caso del famoso arrastrado, del
tonchalero, del cabello de ángel y del cortado. Este último es una formidable receta de
leche de cabra, limón, azúcar y cuya fama regional se circunscribe a los corregimientos
de Urimaco y El Salado, donde afortunadamente hoy continúan criando este conspicuo animal
y del cual se dice que la calidad de su leche depende de una cuidadosa alimentación a
base de orégano, albahaca, palito de negro, cují y tuno, productos vegetales que dan
sabor característico al subproducto y obviamente al propio cortado. Dios permita que no
desaparezcan las chivas de Santander y Norte de Santander ni la costumbre de confeccionar
tan selecto dulce.
ANTIOQUIA
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Marquesitas. Bogotá
(Archivo Planetario Distrital).
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Si bien la producción de dulces y
repostería en este departamento es variada y numerosa, debemos reconocer que el consumo
más significativo se hace con la materia prima de casi todo el recetario de la dulcería
criolla; es decir, la panela en su estado natural. Los antioqueños trituran este producto
hasta convertirlo en polvo y con él acompañan su bebida predilecta: la mazamorra. Este
pulverizado se denomina dulce de macho y es tan apreciado por el comensal paisa, que
muchas veces llega a incorporarlo hasta en el caldo de su otro plato preferido: los
frijoles. Existe otra receta que merece mencionarse, la cual, contrariamente a la
simplicidad de la anterior, exige un laborioso proceso de confección, pues para llegar a
su punto óptimo son necesarias casi doce horas de elaboración: se trata de la jalea de
pata, que cuando se blanquea la llaman sapos. Dicha receta es uno de los productos de
mayor producción artesanal y por consiguiente fuente de ingreso de numerosas familias
campesinas y urbanas, las que logran incrementar sus ingresos gracias a su fabricación.
Ahora bien: al igual que en otras tantas regiones del país donde se prepara el arequipe
en infinitas versiones o donde los dulces de leche y panela llegan a ser innumerables, en
el caso de Antioquía aparece una preparación de esta familia de manjares, cuya
producción se limita a un sólo municipio; pero su aceptación y consumo se hace en todo
el departamento ...Los paisas lo llaman queso de Urrao.
COSTA CARIBE
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Cuajada. Cundinamarca
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Cuando de hablar de dulces se
trata, indiscutiblemente la región de Colombia con mayor tradición y gama de
preparaciones es la costa caribe. Naturalmente estamos hablando de departamentos como
Cesar, Magdalena, Bolívar, Atlántico, Sucre y Córdoba, los cuales, además de gozar de
las bondades alimenticias que les entrega el mar en sus costas, aprovechan igualmente la
presencia de frutos tan especiales como: coco, mamey, ñame, ajonjolí, hicaco, tamarindo,
mamoncillo, guanábana, ciruela y muchos otros de difícil consecución en el resto de
regiones del país. Es seguramente a causa de la existencia de productos tan especiales
que el catálogo de la dulcería costeña se hace extenso, siendo, por lo demás,
resultado de una fusión étnica de características únicas, pues en ella coinciden
principios culinarios aborígenes, africanos, españoles, árabes y asiáticos que
conforman una oferta cuyas recetas dependiendo de los ingresos familiares van desde
la más refinada masa de almendras, hasta el simple amasijo de melao y ajonjolí, el cual
popularmente se conoce con el bello nombre de alegría.
Es la dulcería costeña una
manifestación cultural donde se evidencia la creatividad doméstica, pues además de
contar con el patrimonio de numerosas recetas a base de coco y panela, excelentes masas
con todo tipo de harinas y féculas, igualmente aprovecha casi como ninguna otra
región del país productos escasamente utilizados en repostería. Es el caso de la
yuca, el ñame, la auyama y el frijol.
HUILA Y TOLIMA
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| Ariquipes. Cundinamarca. |
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Estos dos departamentos de Colombia
conforman una sola unidad culinaria. Los opitas, nombre que se les da a sus gentes, son
los abanderados en la preparación de dulces a base de guayaba, obviamente respetando el
fuero y dominio de "su majestad el bocadillo" a los habilidosos santandereanos.
No en vano, el dulce de cascaritas, la jalea y el cernido son tres modalidades hechas con
la misma fruta, en cada una de las cuales compite color, textura y aroma. Sin embargo,
además de esta trilogía culinaria, preparan en esta región principalmente en el
Huila un dulce clásico de nochebuena, cuya mezcla de frutas y otros productos
permite suponer un resultado original y suculento. Confeccionado con limones, papaya
verde, brevas, higuillos, panela, almojábanas y queso blanco, parece ser que quien lo
prueba peca por gula.
GUAJIRA
La Guajira es otra región sui géneris
en la elaboración de dulces, y esto se entiende por el hecho de su particularidad
topográfica y social. Región desértica de Colombia y habitada hasta hace muy pocos
años por grupos familiares en donde la máxima autoridad en todo sentido era
la abuela (matriarcado), ello permite imaginar cómo la recursividad de la mujer que
desempeñaba dicho papel se iluminaba en el momento de encontrarse ante fogones con el fin
de preparar "sabores dulces" a base de los exiguos productos que el entorno
natural le facilitaba. Es así como la dulcería guajira se elabora con los productos más
sencillos y por ello encontramos recetas como: dulce de guineo, dulce de ajonjolí y dulce
de plátano maduro. Paradójico: en la tierra de la sal, también se preparan excelentes
dulces.
CALDAS, QUINDIO Y RISARALDA
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Vendedora de cocadas, Costa
Atlántica
(Archivo Planetario Distrital).
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No es osado pensar cómo hace casi
dos siglos aquellas familias que salieron del departamento de Antioquia a colonizar nuevas
tierras llevaban en sus ajuares los recetarios de dulces caseros que caracterizaban las
cocinas familiares de su tierra de origen. Es por ello que en el Gran Caldas se habla y se
come igual que en Antioquia, y por lo tanto no es de extrañarse que en Pácora, Aguadas,
Supía, Anserma y otros tantos lugares de estos departamentos, la cocina dulce sea la
misma de Sonsón, Abejorral, Rionegro y La Ceja.
Naturalmente, la cocina cuando viaja
sufre cambios propios de clima, suelo y producto, y es así como mermeladas, siropes,
almíbares, alfandoques, suspiros, galletas, panderos, amén de la extensa gama de la
llamada parva antioqueña (productos de panadería), experimentan leves
variaciones, ora porque allí le ponen clavos y allá canela a una receta de base similar.
En este orden de ideas, los suspiros de Supía, los panderos de Salamina, los quesadillos
de Neira, los alfandoques con pasas de Anserma y el archifamoso pionono de Aguadas,
constituyen todas recetas sobre las cuales se asume el más acendrado regionalismo, pues
sus fabricantes y consumidores en calidad de antioqueños de vieja data
aseguran que sólo en su tierra se confeccionan estas maravillas y el resto de recetas que
se encuentran en el mundo son para ellos ¡azúcar!
CHOCO
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Pastillaje de María
Mercedes Navas. |
Esta hermosa, apartada y
enigmática región del país posee, igual que oro y platino, frutas tan exclusivas y
selectas como los minerales referidos, y con las cuales las abuelas negras confeccionan
suculentos almíbares y amasijos. Badea, cachipai, pacó, pera de malaya, almirajó y
borojó son una mínima muestra de la materia prima que enriquece las pailas y calderos
donde se preparan dulces únicos en el país. Mención necesaria exige el dulce de
borojó, cuyo aspecto y consistencia achocolatada lo constituyen en una pulpa apropiada
para el paladar más exigente.
VALLE DEL CAUCA
La región más azucarera de Colombia,
necesariamente presenta una amplia gama de preparaciones, gama sobre la cual se hace tarea
difícil intentar una clasificación basada en su exquisitez. Sin embargo, tal y como dice
la sabiduría popular: ¡A todo señor, todo honor! . . . y el reconocimiento como mejor
dulce del Valle es obviamente para aquella receta con homóloga preparación en el resto
de regiones del país, pero que allí en la tierra de la caña de azúcar se llama tan
acertadamente manjar blanco. Dicha receta es herencia de las matronas españolas que
durante la colonia se aposentaron en este departamento, sabiendo aprovechar las riquezas
de ganado (leche), caña (azúcar) y arroz, e igualmente recurriendo al pragmatismo
culinario de la negra vallecaucana, indicaron a ésta los pasos para confeccionar una
receta similar a la de España sirviéndose de los accesorios de cocina criollos, de modo
que totumos, cagüingas y mecedores permitieron llegar al punto de la actual receta.
NARIÑO
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| Alfeñiques. Bojacá.
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He aquí otra región de Colombia
cuya cocina dulce es tan apetitosa como aquella de sal, pues en ella lapingachos
(pastelitos de papa), empanadas de añejo, lomo de cerdo en salsa de lulos y los afamados
tamales nariñenses se combinan con estupendos acompañantes para conformar un auténtico
almuerzo de la región en donde recetas como los mostachones (versión pastusa de
merengue), el bizcochuelo nariñense (con base de aguardiente), los quimbolitos (bolitas
de harina de maíz, mantequilla, huevos, queso, aguardiente y pasas, envueltas en hojas de
achira y cocinadas al vapor) aparecen como genuinos representantes del plato para postre.
No menos suculento que los manjares anteriores es el famoso postre de tomates, cuya sola
presencia en la mesa, rociados con almibar, asegura la aceptación del más refinado
gastrónomo.
CAUCA
No es coincidencia que la capital del
Cauca, Popayán, al gozar del atributo histórico de gran ciudad colonial, comparta con
Cartagena y Mompox la característica de poseer una dulcería muy similar a la española,
en la cual frutas caladas, almíbares, jaleas de frutas, amén de hojaldres, galletas y
rosquillas, se reúnen todos en una sola bandeja para conformar el bien afamado
"nochebuena payanesa". A su vez, este delicioso plato compite en sabor y adeptos
con otras dos recetas íntimamente emparentadas entre sí y denominadas por los caucanos
manjarillo y cortado, recetas a base de leche, azúcar y harina de arroz, sobre las cuales
practican una supersticiosa manía culinaria, consistente en introducir tres piedras de
río en la paila de preparación con el fin de dar sabor, textura y evitar pegados.
Patrimonio de esta región es otro dulce
cuyo producto de base constituye un aporte exclusivo de la cocina indígena, producto
usualmente utilizado en la condimentación y coloración de sopas y potajes y que vemos
con extrañeza en una receta de dulce. Nos referimos al almíbar de ajíes, frecuentemente
utilizado en la época de navidad.
BOYACA CUNDINAMARCA
BOGOTA
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Marquesitas de arequipe.
Fotografía.
Bogotá (Archivo Planetario Distrital).
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Geográficamente estas tres
regiones son distintas; sin embargo, conforman una sola zona cultural; es decir, aspectos
como arquitectura, vestido, lenguaje, cultivos y, por ende, cocina, tienen gran similitud,
consecuencia de haber recorrido el mismo proceso histórico.
Si bien Bogotá goza actualmente de todas
las características de gran ciudad sobre la cual confluyen influencias culinarias de tipo
nacional e internacional, no por ello deja de ser significativo el aporte en dulcería que
la cocina regional (cundiboyacense) presenta en los manteles de esta ciudad en sus cuatro
puntos cardinales. Brevas con arequipe son un postre o refrigerio que se vende tanto en la
tienda más recóndita del sur como en el más refinado restaurante del norte. Ahora bien:
gracias a la altura de esta región, la producción de frutas, y por consiguiente de
dulces, permite un inventario de gran exclusividad, causa por la cual solamente allí
encontramos postres que difícilmente tienen homólogos en otra región del país. Ejemplo
de lo anterior son el esponjado de curuba y el dulce de feijoas, par de postres que
garantizan la calidad y autenticidad de la dulcería cundiboyacense.
Finalizado este recorrido, creemos
pertinente reivindicar el oficio de dulcero y repostero valiéndonos del pensamiento
expresado por el más reconocido y famoso cocinero del mundo: el francés Marie Antoine
Carême. Dicho personaje, cocinero y autor de libros sobre culinaria y gastronomía, cuya
pluma se considera tan prolífera como las de Chateaubriand y Lamartine, fue en sus
cuarenta y nueve años de existencia cocinero primero del príncipe de Talleyrand, chef
del zar Alejandro en San Petersburgo, jefe de cocina del príncipe regente de Inglaterra y
del emperador de Austria, y culminó su extraordinaria y afamada carrera en las cocinas
del barón de Rothschild. De Antoine Carême es esta célebre frase: "Las bellas
artes son cinco, a saber: la pintura, la escultura, la poesía, la música y la
arquitectura, la cual tiene como rama principalísima la repostería".
BIBLIOGRAFIA
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NOTAS:
1 Faustino
Cordon, Cocinar hizo al hombre, Barcelona, Tusquets Editores, 1980.
2
Fernando Ortiz, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, Barcelona, Editorial Ariel,
1973.
3 Ernesto
Guhl, Temas colombianos, cap.V "¿Cómo debe ser un atlas escolar y para que
sirve?" págs. 113-152, Bogotá, Instituto Colombiano de Economía y Cultura, 1972. |