Las parábolas del humor


Bestiario tropical
Alfredo Iriarte
Ediciones Gamma, 1986, 168 páginas.


Publicado en conjunto por el Diners Club (en cuya revista apareció inicialmente) y las ediciones Gamma, este libro, Bestiario tropical, es el volumen segundo de una colección que se anuncia. Blanco: nueve dictadores americanos (fenecidos, por supuesto): Gabriel García Moreno (Ecuador); Mariano Melgarejo (Bolivia); Agustín Morales (ídem); Juan Vicente Gómez (Venezuela); Rafael Trujillo Molina (República Dominicana); Maximiliano Hernández (El Salvador); Jorge Ubico (Guatemala); Anastacho Somoza I y Anastacho Somoza II (Nicaragua).

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Leídas unas páginas, ya pensaba en Gabriel García Márquez. Claro: el libro se abre con Gabriel García Moreno y, fuera de eso —homenaje, eufonía o coincidencia—, el tema —los dictadores de América Latina— y la mención que del Otoño hace el propio Iriarte bastan para establecer un vínculo, al que, supongo, el mismo autor se resigna. No obstante, no se busca citar al primero en detrimento del segundo ni mucho menos subrayar el parentesco (que suscitaría, claro está, el anecdotario) en torno a lo "real maravilloso"; tópico, por otra parte, ya completamente banal. Tampoco se intenta confrontar la novela y el supuesto documento, la invención y la fuente. Sobre todo porque Bestiario tropical no es un texto de historia. O, al menos, un texto convencional de historia. Escrito con elegancia y precisión, con esmero y con altura, más que un documento (a pesar de que está muy bien informado) es una pieza (¿magnífica?) del humor negro. El título mismo —fauna delirante— alude a esa concreción: nadie ignora —por la brutalidad, por la barbarie y el cinismo (¿qué diría Sarmiento?)— que la tiranocracia americana es un compendio de la más jocunda y aberrante zoología. Jocunda: porque los sátrapas han tenido instantes de absoluta iluminación. Iriarte, por ejemplo (y esto a guisa de abrebocas) cuenta lo siguiente:

Nuestro personaje [Mariano Melgarejo] tenía su propia concepción de la democracia y creía con profunda convicción que derribar a sus contendores a balazos era un procedimiento más práctico y expedito que el lento y engorroso del sufragio popular. Por lo tanto, y fiel a su pensamiento político, llegó al mando supremo de la Nación utilizando sus medios predilectos. Una vez instalado allí, improvisó un sesudo discurso inaugural en el que declaró que gobernaría a Bolivia hasta que le diera la gana y que al que no le gustara su designio lo haría matar a palos en la plaza pública. En seguida, se refirió a la Constitución Nacional vigente en los términos más respetuosos y comedidos, anunciando que se proponía realizar con ella la más íntima de todas las operaciones higiénicas que el hombre suele practicar en forma cotidiana, especialmente en las primeras horas del día. Iniciaban así los bolivianos una nueva era de libertades públicas, democracia e imperio del derecho y la justicia.

En Palacio empezaron a celebrarse festines y jolgorios desaforados que presidían el general Melgarejo y su concubina Juana Sánchez. El Primer Mandatario y sus invitados bebían cataratas de brandy, cerveza, y en altas horas el consabido anís con pólvora que Melgarejo y sus conmilitones libaban principalmente para acreditar su fortaleza y virilidad indeclinables. Pero lo más insólito en estas jaranas era la presencia en ellas de Holofernes, el caballo favorito del Presidente, a quien su amo, con infinita paciencia, había enseñado a beber hasta embriagarse de la manera más aparatosa. Mientras los convidados bebían y le entraban a dentelladas al condumio en medio de estrepitosos regüeldos, Holofernes, en un ángulo del salón, agotaba toneles de cerveza en un abrevadero especial que los edecanes de Su Excelencia habían aparejado para el dichoso corcel. De todos los asistentes, los dos que siempre mostraban la mayor resistencia a los embates del licor y que, por ende, se emborrachaban de últimos, eran Melgarejo y Holofernes. Cuando los invitados, embrutecidos, yacían en el piso tumbados por la gula y la embriaguez, la gran diversión del Mandatario Supremo era dar una orden a Holofernes que, ya beodo y henchido por los copiosos diuréticos, avanzaba hacia los caídos en el báquico zafarrancho y los hisopeaba con potentes y cálidas micciones. Luego de generar estos inusitados aguaceros, Holofernes se ovillaba mansamente y dormía la mona junto con sus ensopados compañeros de juerga. [Págs. 47-49].

Anoto, de paso, que si Gargantúa se hubiese enterado, quién sabe qué no hubiera llovido sobre los campos de Francia.

Aberrante: si bien las dictaduras poseen un flanco folclórico —el de las anécdotas hilarantes— también poseen un flanco ofensivo. Que actúa, la más de las veces, con mayor frecuencia y con más precisión que cualquier elemento de la tiranocracia. ¿Cómo pasar por alto las cárceles, las torturas, el infernal aparato inquisitivo (y coercitivo) de un dictador? ¿Cómo pasar por alto la muerte, la sangre, los ríos cubiertos de cuerpos hinchados?

Iriarte no los pasa por alto. Sólo que da a ese punto una dimensión distinta. Hay obras que analizan el fenómeno de la dictadura con rigor innegable (Humanismo y terror, de Merlau-Ponty, por ejemplo) y hay periódicos o personas que lo hacen con realismo execrable (fotos de los Somozas o de lo que imaginariamente quedó de los Somozas muertos). Ambos caen por un lado. O por exceso de abstracción —y la sangre abstracta es, como en el cine, anilina pintada— o por exceso de concreción. Si lo primero produce una conciencia teórica del fenómeno, lo segundo acaba por producir complicidad (inconsciente) con el crimen. Iriarte escoge una vía distinta. En su libro existe una contraposición entre la gravedad de los dictadores y el humor excelso con que está narrada dicha gravedad; existe un mismo tratamiento, una misma intensidad, un mismo fulgor, para el humor y el horror, para la risa y la muerte. Quizá por eso el texto es tan cálido, tan vivificante, tan vital. Y tal vez por eso mismo se intuye (o más bien: se comprende) que sólo el humor negro disponga de auténticas parábolas morales.

Por último: escuché y sigo escuchando elogios sobre la edición del libro. Sin duda, es hermoso. Por desgracia, a mí me recuerda demasiado las ediciones Siruela (la de Borges y Franco María Ricci): formato, papel y tipo son idénticos. Y da grima pensar que, siendo los coeditores grupos con mucha solvencia, no hubiesen hecho el esfuerzo por algo más original.

MARIO JURSICH DURAN