Para
salvar del olvido
Estudios sobre literatura
indígena y colonial
Héctor H. Orjuela.
Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1986, 286 págs.
Una insurrección de mujeres que
roban las flautas sagradas y condenan a sus compañeros a las labores caseras y a la
menstruación. Un conquistador español que en la primera ciudad del continente sueña con
una novela de caballería que será también la primera. Un poeta que en la flor de la
edad los cincuenta años seduce con sus versos a la virreina Juana María y se
adelanta en siglo y medio al dadaísmo. Un señorito criollo que yendo un día de cacería
descubre su vocación religiosa y la posibilidad de una novela que tiene el diseño de un
laberinto. Un Narciso que se enamora de su imagen reflejada en una fuente; de su imagen,
que es también la imagen de la humanidad. Un investigador que da cuenta de su aventura a
través de bibliotecas polvorientas y abandonadas, y va recogiendo estas páginas no menos
asombrosas que su misma paciencia de recopilador y estudioso.
En su asombro, en el placer que
proporciona dar noticias sobre una literatura maravillosa y olvidada por siglos, se
conciertan estos Estudios sobre literatura indígena y colonial en los que Héctor
H. Orjuela se propone enriquecer nuestra historia literaria y ganar las obras de aquellos
tiempos para el lector contemporáneo. Su primer estudio, "Yurupary, el Popol
Vuh suramericano", muestra esa intención en su mismo título. Orjuela compara la
leyenda del Vaupés y el conocido mito de Centroamérica con el objeto de precisar la
importancia de la primera. Las coincidencias son numerosas. El robo de las flautas
sagradas que tan duramente castiga Yurupary y la presencia en el mito quiché de Xmucané,
abuela de Hunahpú e Ixbalanqué, y creadora de los hombres de maíz, representan no
solamente el origen femenino del cosmos sino también el paso de una sociedad matriarcal a
otra en la que prevalece el principio masculino. De igual modo, la concepción de los
héroes ocurre de manera semejante en ambas obras. Tanto lxquic (madre de Hunahpú e
Ixbalanqué) como Seucy (madre de Yurupary) quedan encintas a causa de su glotonería. En
el caso de Seucy, las frutas de Pihycan, que tan apetitosas le parecían,
Eran tan suculentas, que parte del jugo
se le escurrió por entre los pechos, mojándole las partes más ocultas, sin que ella
diera a esto la menor importancia.
Comió hasta saciarse y no regresó a su
casa hasta la hora de las tristezas, contenta de haber satisfecho un deseo nutrido por
mucho tiempo. [Pág. 35].
En los primeros años del siglo XVI, en
la desaparecida ciudad de Santa María la Antigua del Darién, el conquistador Gonzalo
Fernández de Oviedo entretiene sus ratos de ocio escribiendo y corrigiendo una novela que
llevará el título de Libro del muy esforzado caballero don Claribalte (el título
original es mucho más extenso) y que publicará en Valencia (España) en 1519. La
novela es la primera obra de ficción que se escribe en territorio colombiano, pero los
eventos que narra transcurren en países distantes entre otros, la corte de Albania
y el imperio de Constantinopla no menos legendarios para nosotros que la misma Santa
María. De acuerdo con Orjuela, se trata de una obra convencional que obedece
monótonamente las reglas del género: la acción incansable, la multiplicidad de los
escenarios, el rígido sentido moral, la presencia de elementos fantásticos, el silencio
del autor respecto de las circunstancias que lo rodean; una novela de evasión, en fin,
cuya única deuda con el territorio americano en que fue escrita es la palabra yerbas usada
en una de sus páginas como sinónimo de veneno. Aun el reclamo de verosimilitud que hace
el autor podría ser juzgado de convencional si no fuera tan extravagante: "cuando
algún murmurador quisiera dudar de la presente historia, no podrá a lo menos quitarle el
nombre de pulquerrimajicta" (pág. 89). Fernández de Oviedo es, pues, el primero de
nuestros pulquerrimajictos escritores y, ciertamente, no el último.
Más ingenioso que el autor de Claribalte
es don Francisco Antonio Vélez Ladrón de Guevara, abogado santafereño y poeta
rococó que medró a la sombra de la corte virreinal entre 1749 y 1781, año en que la
historia pierde su rastro. La última noticia que se tiene de su existencia es,
curiosamente, la de haber sido elegido por los comuneros del Socorro como su representante
en las negociaciones que pondrían fin a la revolución. A juzgar por ello y a diferencia
de nuestros juristas escritores, Vélez Ladrón de Guevara tuvo más éxito como poeta que
como abogado. Son dignos de memoria los poemas que hizo A una dama postrada en
cama, "A una dama que se quedó dormida sobre su mano", "A una
dama aquejada de dolor de muelas" y "A una dama [a la que] se remiten unos vasos
de helados del color que dicen estas seguidillas", dedicado a doña Juana María de
Pereira, esposa del Virrey Manuel A. Flórez, y cuyos primeros versos poseen una delicada
coquetería ("Colorada la nieve / Va de corrida / a tu boca, señora", pág.
127). Orjuela considera los experimentos poéticos de Vélez Ladrón de Guevara como un
antecedente de la poesía dadaísta. Su "método de paranomasias" puede tener
algún mérito:
Porque con amor me tra......
Me urde la envidia mil tre......
Y tú sin que en más te no...
Injustamente me ma...
[Pág. 154].
La experimentación formal no es sólo
propia de la literatura galante ni de la desencantada literatura de la vanguardia.
También la literatura ascética despliega generosamente sus posibilidades formales en
estos siglos. Según Orjuela, la novela de Pedro Solís de Valenzuela, El desierto
prodigioso y prodigio del desierto, es la primera novela latinoamericana, ya que su
autor es criollo y su historia principal transcurre en Boyacá. En ella se mezclan
multitud de géneros (la prosa y el verso, el cuento breve, la biografía, la meditación
moral, la anécdota, la carta) y el argumento resulta excesivamente complicado: yendo de
cacería por el desierto de la Candelaria, el joven Andrés halla en una cueva distintos
objetos de devoción. Al día siguiente vuelve con sus amigos y encuentran a Arsenio, un
viejo ermitaño que les refiere su historia. En ella aprovecha la oportunidad para referir
de paso la vida de su amigo Leoncio. Al otro día, Arsenio y Andrés visitan el convento
de la Candelaria, donde éste es aceptado. El ermitaño continúa su relato: habla de su
matrimonio y su viudez, de su amor por Casimira, su viaje a América y su naufragio. Aquí
interrumpe su historia para contar la biografía de san Bruno y la visita de Pedro Porter
a los infiernos. Continúa el relato de su vida, la entrada de Casimira en el convento, el
encuentro con un ermitaño de nombre Arsenio (de quien Arsenio toma el nombre) y su
dedicación a la vida religiosa. Los jóvenes que lo escuchan regresan a Santafé de
Bogotá. Uno de ellos viaja a España para hacerse cartujo y al final de la novela recibe
una carta de Andrés en que le informa de la muerte del ermitaño. Llama la atención la
primera descripción que se hace de Arsenio, en atemperado estilo barroco-manierista:
Era una túnica de sayal pardo su débil
tumba; el rostro, hermoso en las facciones, aunque tostado de los rigores del sol, los
labios, de color de cárdenas violetas; la barba, blanca, crecida y larga; los ojos,
cerrados; juntas las manos, cuyos nervios parecían silvestres raíces. Finalmente todo su
cuerpo era un original muerto y una imagen viva del rigor y de la penitencia. [Pág. 254].
El último artículo de Orjuela está
dedicado a El divino Narciso, el conocido auto sacramental de sor Juana Inés de la
Cruz. Orjuela señala la estructura dual de la obra, las oposiciones entre la cultura
indígena y la española, el cristianismo y el paganismo, y hace resaltar la escena en que
el personaje alegórico de la Naturaleza Humana se esconde tras unas ramas de tal manera
que su rostro se refleje en una fuente. Llega Narciso (que representa a Dios) y, al
descubrir la imagen en el agua, se enamora de ella y la escoge por esposa. Orjuela
concluye que en el acto sacramental "nada es estable y a nadie pertenece su propia
imagen ni su propio rostro. La realidad es inasible y el mundo ha perdido su centro"
(pág. 285). No se extrañará que el crítico dedique tan pocas páginas al
escritor o a la escritora más importante del período histórico de la colonia
hispanoamericana (de cualquier forma, es más interesante el estudio que dedica a la
recepción de sor Juana por sus contemporáneos). El propósito de sus Estudios sobre
literatura indígena y colonial no tiene el sentido de una confirmación ni de una
reiteración. Son ante todo las incursiones de un lector paciente y erudito en el espacio
de una literatura fascinante y olvidada.
EDUARDO JARAMILLO Z. |