Debate sobre Monsú


Monsú, un sitio arqueológico
Gerardo Reichel-Dolmatoff
Biblioteca Banco Popular, Textos Universitarios, Bogotá, 1985,226 páginas con 96 figuras.


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A tiempo para el Congreso de Americanistas celebrado en Bogotá en agosto de 1985, apareció la monografía sobre Monsú de Gerardo Reichel-Dolmatoff. Ella representa una contribución mayor al conocimiento de la cerámica más antigua de las Américas, sobre la cual ha habido mucha especulación pero poco material publicado. El presente trabajo resulta de una excavación realizada por el autor y su esposa Alicia Dussán de Reichel en el año 1974, con fondos propios y en condiciones difíciles.

Empezamos por considerar, primero, la documentación de la excavación así como la presentación de los hallazgos. Dado que el arqueólogo intenta llegar a conclusiones sobre procesos histórico-culturales por medio de los vestigios conservados, resulta indispensable para la línea argumentativa una cuidadosa elaboración de los mismos.

Esta publicación impresiona tanto por su extensa presentación del material (un 15% de la cerámica decorada se encuentra ilustrada en las láminas), como por la especificación de la procedencia de cada objeto ilustrado.

Algunas deficiencias en las láminas (compárense por ejemplo fig. 28.10 y fig. 41.7), en los dibujos de los perfiles de excavación, y otras, no resultan tan graves si se considera lo abundante del material puesto a la disposición de los investigadores.

Habiéndose ejecutado la excavación por estratos físicos, y en vista del hecho de que los estratos están separados por pisos, se podría suponer que esto resultara en una clara estratigrafía. Una observación más detenida revela, sin embargo, mayores discrepancias. Existen, sobre todo, contradicciones entre las fotos de los perfiles de excavación, los dibujos de los mismos, sus descripciones, y la tabla II con las correlaciones de unidades de excavación, especialmente en lo que se refiere a la disposición de los pisos. De esta manera resulta imposible una asignación inequívoca de las unidades de excavación a los diferentes períodos culturales.

En cuanto a la clasificación de la cerámica en función de los períodos Turbana, Monsú, Pangola, Macaví y Barlovento, se percibe la ausencia tanto de la descripción de los diversos períodos como de los criterios según los cuales se efectúa la división y subdivisión en tipos cerámicos.

Partiendo de la tabla II (Correlación de Unidades de Excavación), se nota con sorpresa que ni siquiera un promedio del 50% de los fragmentos ilustrados por unidad —tomando como referencia los pisos divisorios— se atribuyen al período correspondiente. En palabras del autor: "Como puede observarse, en algunas ocasiones las líneas divisorias de los períodos no son perfectamente claras" (pág. 119). Por otra parte, los fragmentos que el autor asigna a un mismo período aparecen dispersos en hasta cinco capas diferentes. Los mejores ejemplos de esta falta de confiabilidad los da el mismo autor: algunos fragmentos de cerámica se presentan dos veces, atribuidos a diferentes períodos. Por ejemplo, el fragmento fig. 23.2, catalogado como "Monsú incisa linear", aparece de nuevo como fig. 29.4, aunque en escala más reducida, como "Pangola incisa angular".

Además de encontrarse cambiada la lámina de los perfiles del período Turbana por la del período Barlovento, así como la del período Macaví por la del período Monsú, se notan los efectos de esta clasificación difusa, especialmente en el análisis de las formas de bordes y recipientes. Al compararse la tabla 1 (Distribución de Tipos Cerámicos por Pozos) con las tablas XXXIII-XXXVIII (Distribución de los Bordes), se constata que, por ejemplo, 99 fragmentos cerámicos se atribuyen al período Turbana. Sin embargo, en la tabla XXXIII aparecen 160 bordes del mismo período, lo cual representaría el 160% del número total. Con todo esto, los bordes forman un promedio del sólo 6% de la totalidad de los fragmentos.

Comparando la secuencia cultural tal como se presenta, según el autor, en Monsú, con la clara secuencia de fases que ha sido elaborada sobre el extenso material de Canapote (más de 200.000 fragmentos), se puede comprobar que el problema reside no sólo en la clasificación sino también en la estratigrafía.

El conchal de Canapote se encuentra a escasos veinticinco kilómetros de distancia. Este sitio lo excavó H. Bischof ("Canapote, and Early Ceramic Site in Northern Colombia, Preliminary Report", en Actas y memorias del XXXVI Congreso Internacional de Americanistas, España, 1964, vol. 1, págs. 483-491, Sevilla, 1966). En Canapote existe material estrechamente emparentado con Monsú, hecho que revelan las láminas 88-90 de la presente publicación, donde aparecen piezas comparativas procedentes de Canapote. El grado de similitud existente entre los dos conjuntos excavados es mucho mayor de lo que parece por las láminas publicadas, como demostrará la presentación del material de Canapote, que se prepara actualmente. De hecho, aparte de cierto grupo de piezas concentradas alrededor del período Macavi, casi cada fragmento ilustrado de Monsú tiene su contrapartida en el material de Canapote. En aquel sitio se reconoce claramente la superposición de las fases Canapote, Tesca y Barlovento que se observa a través de los nueve cortes. La diferenciación entre las fases individuales se hace patente a pesar del desarrollo continuo observable.

Si clasificamos la cerámica de Monsú en términos de las fases de Canapote, se manifiesta, con mayor o menor grado de claridad, el mismo patrón básico de desarrollo cerámico en ambos sitios: empezando por motivos geométricos simples, volutas y líneas paralelas al borde, ejecutados en grupos de líneas paralelas incisas profundamente, combinadas con puntos de diferentes formas; siguiendo con motivos y elementos decorativos más dinámicos, de incisiones más anchas y menos profundas (frecuentemente de diferentes anchuras paralelas), con los puntos más grandes y hechuras de diferentes formas; y terminando con motivos de organización más concisa, en gran parte muy cuidadosamente ejecutados; primero con líneas finas y puntos en forma de coma, que después se vuelven más anchos, ocupando mayor superficie. Estos motivos, además, se caracterizan por anillos estampados, incisiones acanaladas e hileras de puntos, paralelas a las líneas.

Sin embargo, los períodos de Monsú aparecen extrañamente mezclados. Inclusive en las capas más recientes existen fragmentos comparables al material de la fase Canapote en Canapote. Pero es más problemático el hecho de que en la mayoría de los cortes existan en las capas más profundas fragmentos que tendrían que atribuirse a la fase más tardía, la de Barlovento. La presencia de los citados anillos estampados, las incisiones acanaladas y las hileras de puntos, paralelas a las líneas, confirman de manera evidente lo dicho.

En una estratigrafía tan ejemplar como debería ser la de Monsú, con pisos tan claramente establecidos, tendrían que buscarse las causas de lo anterior en perturbaciones estratigráficas no observadas durante la excavación, o en la presencia de rellenos. Como indicio de ello se podría citar, por ejemplo, la descripción del piso 2 del pozo A: "el color de esta superficie variaba ocasionalmente" (pág. 31). También habrá tenido sus consecuencias la perturbación que se puede observar en el dibujo de los perfiles a partir del corte B, la cual el autor, al parecer, no ha tomado en cuenta.

Si bien Reichel-Dolmatoff posee un extraordinario conocimiento de esta región, como pionero en varios campos de investigación, resulta difícil seguir sus argumentos basados en una elaboración bastante difusa del material.

Así, deducir la existencia de una casa "probablemente ocupada por varias familias nucleares" (pág. 45) "de unos veinte metros de diámetro" (pág. 32), con base en seis marcas de postes en dos de sus cortes de dos por dos metros, no resulta del todo convincente. Lo mismo cabe decir de las "grandes construcciones ovaladas" (pág. 195) del período Turbana, sobre todo porque en ningún momento aparecen los planos respectivos.

También el postulado de una agricultura sistemática y, especialmente, del cultivo de la yuca, nos parece algo precipitado. Estas sugerencias se basan sobre la interpretación de siete fragmentos de platos planos (de aproximadamente un centímetro de grosor), pertenecientes al último período, como "budares" (compárese los budares de Malambo, con un espesor de 14-30 mm, en C. Angulo Valdés, La tradición Malambo, 1981, pág. 105). Asimismo, se interpreta una especie de hacha robusta, preparada de caracol marino (también proveniente de las capas superiores) como "azada" para el cultivo de la tierra; sometidas a tal uso, estas piezas tendrían seguramente una apariencia muy diferente. Estos argumentos seguramente no bastan, y resulta aún más problemático proyectarlos a través de toda la secuencia. Cabría considerar las observaciones de W. R. DeBoer (The Archaeological Evidence for Manioc Cultivation: A Cautionary Note, American Antiquity 40: (419-33, 1975).

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Pero sobre todo, la monografía sobre Monsú aún no logra resolver el problema del lugar que ocupa Puerto Hormiga en la cronología del norte de Colombia. Reichel-Dolmatoff propone interpolar Puerto Hormiga entre los períodos Monsú y Pangola. Pero un estudio detenido del material de Monsú no muestra ninguna discontinuidad cultural entre los períodos Monsú y Pangola, como cabría esperarse después de una época de desocupación de más de mil años de duración que Reichel-Dolmatoff construye a partir de las fechas de radiocarbono. La estratigrafía de Canapote permite refutar claramente una larga época de deshabitación. Allí se observa un desarrollo largo y continuo.

No quisiéramos entrar, en este momento, en un debate sobre el valor de las fechas de radiocarbono citadas: la comparación del material de Puerto Hormiga con los hallazgos provenientes de Monsú y Canapote simplemente sugiere otra relación cronológica entre los conjuntos cerámicos respectivos. Los mejores indicios constituyen, en Monsú, especialmente en los "adornos", y la técnica "dentada estampada" (figs. 35.3 y 59.8), los que se encuentran únicamente en las unidades superiores, de los períodos Macaví y Barlovento. De igual manera, en Canapote aparece esta técnica solamente en la capa más reciente, la de Barlovento, y lo mismo ya lo notó H. Bischof, en cuanto a los adornos (en Atti del XL Congresso Internazíonale degli Americanisti, Roma-Genova, 3-10 settembre 1972, vol. 1: 269-281, Génova, 1973).

El problema de la confiabilidad del método de radiocarbono se presenta también en la posición invertida —según la prueba estratigráfica— de las fases San Pedro y Valdivia (Loma Alta / Real Alto), Ecuador, en la tabla XLV.

Si bien comparaciones de este tipo pudieran considerarse como "estériles discusiones taxonómicas sobre tal cual complejo cerámico local", la verdad es que éstas constituyen precisamente la base para cualquier evaluación futura, especialmente si poseen tanta trascendencia como en este caso.

Desgraciadamente, las pequeñas áreas excavadas en todos los sitios investigados hasta ahora no permiten comprobar los puntos esenciales sobre las actividades económicas, los planos de las casas, las costumbres funerarias, etc.

De ahí que la publicación esmerada de excavaciones estratigráficas sistemáticas de zonas extensas, en sitios arqueológicos estratégicamente seleccionados, constituyen hoy en día una tarea de gran urgencia. Los sitios prehistóricos nunca fueron expuestos a peligros tan graves como los que representan la agricultura moderna y, sobre todo, el proceso actual de urbanización. Aún es posible definir el lugar eminente que en la prehistoria de las Américas ocupan las tierras bajas del Caribe. En la presente publicación, Reichel-Dolmatoff ha dado un paso importante en esta dirección. Desgraciadamente, dada la elaboración algo descuidada de la obra, Monsú no adquiere la importancia, que en vista del excelente material debiera corresponderle.

Sin embargo, combinados con los de Canapote, los testimonios arqueológicos de Monsú representan un enriquecimiento notable de la prehistoria colombiana, que permitirán situar su secuencia cultural en un contexto más amplio.

ANA MARIA WIPPERN