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¡Aleluya,
en Cúcuta ha nacido un poeta!
Poemas para una rosa común
Ramón Cote
Arnao Ediciones. Madrid, 1984, 64 páginas
La reseña bibliográfica -género menor
patéticamente armado de contextos y antecedentes- está desprovista de perspectiva
histórica, esa forma prestigiosa del prejuicio. Sometida a la inmediatez del libro,
circunscrita al análisis, se diría que el pudor de la reseña consiste en no permitirse
sino la crítica desmenuzadora y evitar el entusiasmo.
Pero aquí lo principal es el entusiasmo ante un bello libro. Deslumbramiento que no
disminuye con las lecturas posteriores, aun aquellas realizadas bajo la lupa del oficio
humilde -y siempre distorsionado- del reseñista. Deslumbramiento que resiste estas
lecturas posteriores y que con ellas se refuerza, se llena de "razones".
Lo principal aquí, en este breve libro, es que hay hermosos poemas. Tantos, que la
muestra la proporciona un certero azar:
CARTA ROTA
Lisboa me debe sus labios
verdes
y su vino trenzado en sus murallas.
Alza tu copa profunda, asómate
escondida en tu ardiente celosía
para rodear el sueño de tus sílabas
y morder contigo la fruta sagrada.
Iza los estandartes hacia oriente,
que una aldaba golpee tres veces s
eguidas cualquier puerta
y que me abra de par en par el
abandono para saber que por fin
he llegado a Portugal.
Pronunciaré tu lento beso, al viento,
y las jarchas caerán como ramas secas en el río.
Abre tu nombre, dulce Lisboa,
para soñar el día en que a mi sombra
se la roben tus palomas.
Hasta aquí la reseña - en cuanto "crítica"- no logra comenzar. Pero lo
principal ya está escuetamente dicho: un bello libro, hermosos poemas. Testimonio del
entusiasmo de lector, acta de deslumbramiento. Luego están los contextos, los
antecedentes.
Ya se sabe que la circulación de la poesía, al contrario de la novela, es semi
clandestina. En cada país, en cada época existen
los Eduardo Carranza, los Álvaro Mutis.. poetas públicos, individuos que sobrellevan la
posesión notoria de la etiqueta de poetas; detrás de estos emblemas que cada época
fabrica a su medida y a su modo(a), hay un grupo indeterminado de más o menos anónimos
escribidores y publicadores de poesía, cuya cantidad -siempre equivalente, por identidad,
con la de lectores de poesía- aumenta a medida que desciende la edad, hasta ubicar la
mayoría en muchachos de veinte a treinta años: concursadores habituales en los dos o
tres premios anuales que se convocan en el país, asistentes a talleres literarios,
imitadores de las voces en boga, editores de pequeñas y efímeras revistas que se
financian solamente como demostración de que todavía existen los milagros. A este
respecto puede decirse que la década del ochenta ha estado signada por la moda de la
poesía. Nunca hubo en Colombia tantos concursos, talleres, revistas, veladas,
publicaciones y poetas como hay hoy en día. Nunca antes, tampoco, hubo tanta
fosforescencia poética en las universidades, ni éstas apoyaron tanto a Bardolandia. De
esta manera, nunca hubo en Colombia, por mera ley estadística, tantas probabilidades de
que surjan unas cuantas voces originales que renueven nuestras ya fatigadas retóricas.
De hecho, la probabilidad ha rendido ya sus frutos y es así como tres poetas nacidos
después del 50 -Jaime Manrique, Víctor Gaviria y Rubén Vélez- han ganado premios
nacionales de poesía y algunas voces más jóvenes ya han publicado hermosos poemas, como
Oriando Gallo, Carlos Enrique Ortiz y Rafael del Castillo.
De toda la nueva poesía colombiana, acaso el conjunto más valioso de poemas sea el que
Ramón Cote reunió con el título de Poemas para una fosa común. Frente a las
(efímeras) dicotomías que se presentan en la hora actual de la poesía colombiana, el
libro de Cote se lee como una (involuntario y) perfecta síntesis de procedimientos,
lenguajes y temas, todo galvanizado por una fuerza personalísima, que Claudio Rodríguez,
en nota introductoria, llama "imaginación emocionante". Allí está el poema en
prosa, el recurso tipográfico, la desbordada sensualidad de la imagen, el poema narrativo
donde la emoción poética se transmite por acumulación de elementos; allí están los
temas de la guerra y del destino, la (auto)biografía y la literatura, pero todo está al
servicio de un universo poético personal, como medio, no como fin. Desde la perspectiva
del análisis, desmenuzándolo, el libro de Cote es notable por el dominio técnico que
denota, por el taller que tiene. Si bien lo anterior puede predicarse de mucha poesía
colombiana con similares estándares de calidad técnica, lo verdaderamente notable de Poemas
para una fosa común es que tales recursos estén al servicio de la poesía, que no
haya autocomplacencia, ni pirotecnia, ni circunloquios. Traduciendo a hechos lo anterior,
significa que en este libro no sobran palabras.
En Poemas para una fosa común coexiste una visión desgarrada, dura, despiadada
con las máscaras que adopta (y que son) el poeta, con la sensualidad y la certera
imaginación de las palabras que refieren al mundo. Dos poemas finales pueden bien mostrar
este contraste, y cumplen bien la función de sustituir las palabras de la reseña con
otras, muy nuevas, de este nuevo poeta nacido en Cúcuta el 18 de mayo de 1963.
MINAS DE CARBÓN
Estas son las mudas
colonias de la noche, las que aumentan tatuando a
la sombra contra el monte, que al fondo -verde heraldo de la
cordillera- divide el valle y decide desde su altura la orilla definitiva de
tanta cebada. Insisten sus relámpagos sencillos en la mirada,
mientras la noche sigue desovando
bajo un montón de ceniza
sola este horóscopo de llama libre, fuego afuera de toda oscuridad.
TESTIMONIO DE SOLEDAD
Tu silencio alarga
la mano como el cuenco de esta luna mendiga.
Tu callada evidencia vadea a toda hora la lluvia por la que paso,
vocación de azar. Tus ojos aún sin color para mis olas.
Tu voz es el espejismo de todos los pájaros
.
DARIO JARAMILLO A.
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