| Costumbrismo
de barriada
Es tarde en San Bernardo
José Libardo Porras Vallejo
Taller de escritores,
Biblioteca Pública Piloto,Medellín, 1984
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Contrariamente a lo que podría pensarse,
la narrativa colombiana posterior al hecho central que constituye la obra de Gabriel
García Márquez, ha tomado rumbos distintos de los trazados por nuestro premio Nobel. El
"gabismo" se ha infiltrado mucho más en el periodismo que en la narrativa, y
los tics, los procedimientos codificables y el sentido de lo insólito han contagiado a
nuestros periodistas y se les han atravesado como una presa difícil de digerir.
Forzoso es reconocer también, que aunque en el periodismo se ha producido ese fenómeno
paródico, también del periodismo ha salido la obra narrativa más importante escrita por
alguien más joven que García Márquez; como son los tres libros publicados por Germán
Castro Caycedo. Aparte de la excelente obra de Castro Caycedo, aparte de Que viva la
música del fallecido Andrés Caicedo, la narrativa postgabiana en Colombia cuenta con
un elenco de nombres más o menos conocidos, algunos bastante prolíficos, pero ninguno
autor de alguna obra consagratoria. Si bien fueron lo bastante sensatos para escapar a la
órbita gabiana, las disyuntivas que han enfrentado hasta ahora no han sido cabalmente
resueltas. Aparte de las contribuciones del premio Nobel, la violencia se quedó sin una
narrativa memorable y la ciudad es un enorme queso que todavía no han probado los
roedores literarios. Aunque lo parezca, este juicio no sentencia el fracaso; al contrario
de lo que sucede con nuestros poetas, que escriben -por lo general- lo mejor de lo suyo
mientras son poetas jóvenes, la narrativa colombiana ha comprobado ser obra de hombres
maduros. Y si algo puede decirse de la generación que Isaías Peña Gutiérrez llama
"del Frente Nacional", es que se trata de escritores con oficio, con
perseverancia, con profesionalismo, que a lo largo de su vida literaria han venido
publicando obras de sostenida calidad y de quienes cabe esperar mucho.
Y otra cosa más puede decirse. Gracias al magisterio de muchos de ellos (el mejor
magisterio en estas cosas de la creación, que es la desobediencia), gracias al camino que
han desbrozado, y gracias también a los clásicos latinoamericanos del siglo XX
-Córtázar y Onetti, Rulfo y Cabrera Infante, Borges y Vargas Llosa, etcétera y
etcétera-, ya es realidad una nueva generación de narradores que están contando su
mundo con un lenguaje más personal y más libre.
Óscar Castro gana el premio nacional de cuentos de la Universidad de Medellín y las diez
menciones pertenecen a autores jóvenes; esto ocurre en 1983. Este año, el premio lo
obtiene Hárold Krémer, otro joven. En el premio nacional de Cúcuta ocurre otro tanto:
allí el galárdonado es Sergio Vieira. La beca Ernesto Sábato es adjudicada a un
talentoso narrador menor de 30 años, Julio Olaciregui, casi al mismo tiempo que editorial
Planeta lanza con bombo y platillos la primera novela de otro joven, periodista él,
talentosísimo él, Juan José Hoyos. Algo más discretamente, el departamento de
Antioquia edita el primer libro de Jairo Morales Henao. Nombres nuevos, hombres jóvenes,
aire refrescante. Por lo menos nuevos problemas, nuevos rumbos y, por lo tanto, nuevas
disyuntivas
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Una de estas disyuntivas, que aún no alcanza a resolverse, se plan tea frente a las
historias con argumentos Los narradores nuevos parecen negarse a condescender a la
historia con nudo, trama y desenlace, que por estos tiempos parece ser monopolio de la TV
y del cine taquillero. Mi fondo y mi superficie de lector lúdico se resienten, no sin
reconocer el taller que algunos de estos jóvenes demuestran para el monólogo interior,
para el fragmento anecdótico, a veces para ese género de poetas que es el cuento breve.
Leído tras las preguntas que suscita tan extraño conflicto, el (lamentado) desprecio por
el argumento, el primer libro de José Libardo Porras Vallejo resuelve el problema con
coherencia, con originalidad. Decía Cocteau -citando a Stravinsky- que "la novedad
sólo sería la búsqueda de un lugar fresco en la almohada. El lugar fresco se calienta
pronto y el lugar caliente recupera su frescura". Es tarde en San Bernardo es
un libro novedoso, original, porque hoy en día lo es un libro de cuadros de costumbres,
ese género que preváleció en el siglo pasado y qué sigue siendo legible en la obra,
por ejemplo, de Emiro Kastos; ese género olvidado que Porras rescata con una prosa
sensitiva, salpicada de imágenes certeras que iluminan la narración y la vuelven
gozosa; ese género que se convierte en vibrante medio de pescar al lector sin tener una
historia, sino la memoria fresca y ardiente y las palabras precisas para rescatar su
niñez.
Este libro está compuesto de varios textos en prosa y dos poemas que abren y cierran el
texto. Cada uno de ellos se refiere a un personaje y su mundo entre los habitantes de San
Bernardo, un barrio popular de los setenta en Medellín. La primera prosa habla del
origen, del barrio: "San Bernardo era un dibujo de niño de escuela: un sol
grandote, amarillo, jugaba con la sombra sin importarle que ella ocupara sus espacios; una
escuela estallaba de muchachos cargados de cuadernos y de lápices de cortesía; hombres
grandes como árboles se daban cita en la esquina para hacer pasar de nuevo el tiempo
mirando para adentro..."
Los otros fragmentos, en conjunto arman el fresco de la vida del barrio, componen los
cuadros de sus costumbres. Don Pabló, el tendero - "cuando digo "don
Pablo" de mi boca saltan palomas"-, Ismael, el asaltante nocturno -"no
habré de pintarles a Ismael. Apenas puedo fantasearlo, imaginarlo, inventarlo, ponerlo en
la ventana por la que estoy mirando- él amigo huérfano qué se volvió rátero, el otro,
que se volvió mafioso, la muchacha bonita del barrio y su triste final, la puta vieja del
barrio y su muerte, las amas de casa, la viuda empobrecida y su muchacha, los juegos
infantiles -'los mayores no entendían la guerra libertada. Esa guerra en que unas veces
se ganaba y otras se perdía, pero siempre nos quedaba la camisamojada y entre pecho y
espalda una llama encendida por el presentimiento de haber jugado a la vida y a la
muerte"-; la vida casera, el bobo del barrio (acaso el más poético, el más hermoso
de todos los fragmentos), el televisor, el comprador de desperdicios, en fin, toda la gama
de personajes que componen la vida cuasiautárquica, íntima, del barrio popular de la
gran ciudad colombiana.
En cuanto cuadros de costumbres, el libro de Porras tiene indudable valor documental.
La larga espera por una literatura urbana, fiel al universo de la barriada, tenía
qué resolverse en términos del surgimiento de escritores con estos orígenes (como
ocurrió en la generación anterior con el Bogotá de Nicolás Suescún o de Luis Fayad,
el Medillín de Darío Ruiz, la Cartagena de Roberto Burgos Cantor). En el caso de Porras,
sin embargo, la novedad consiste en que la anécdota de aquellos escritores y de otros de
Cali, de Barranquilla, se sustituye aquí por conjunto coherente de textos que, como
conjunto, capturan la atmósfera, las imágenes, el transcurrir mismo del tiempo en la
geografía popular urbana. El antropólogo cultural, el historiador del mañana que quiera
desentrañar las mentalidades y la vida cotidiana del barrio popular en cierta época de
nuestro siglo, bien podrá consultar este pequeño libro
Es posible, además, que ese hipotetico futuro investigador, se divierta y goce con la
lectura de Es tarde en San Bernardo como, con seguridad, puede hacerlo un lector de
nuestros días. Porque aparte de su valor documental, muy aparte de su original manera de
ser narraciones sin argumentos, estos textos develan una enorme conciencia del lenguaje en
el autor. Porras tiene las cualidades del escritor de temple, extremada deliberación con
las palabras y sensibilidad de poeta para imprimirle alegría, fuerza y encanto a su
escritura.
Los poemas que abren y cierran el libro son vehementes, acezantes, convocatoria y
exorcismo de los fantasmas de la memoria, fantasmas que desfilan en estos textos llenos de
sol y de una alegría que no deja ver el rigor de las palabras sino cuando se permite
jugar con su sonido.
DARÍO JARAMILLO A.
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