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Emprendedores,
éticos e industriosos
Ética, trabajo y productividad en
Antioquia
Alberto Mayor Mora
Ediciones Tercer Mundo.
Bogotá, 1984, 537 págs. (ilustrado)
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La obra de
l sociólogo de la
Universidad Nacional Alberto Mayor Mora (Cali, 1945), constituye indudablemente una
apertura a la preocupación principal que ha tenido la historia económica de Antioquia:
indagar los factores que determinaron la transformación de una provincia atrasada y pobre
en el siglo XIX, en una próspera región líder de la industrialización colombiana en
las primeras décadas del siglo XX.
Darío Fajardo en su ensayo sobre la "ética protestante de los antioqueños"
subrayó la importancia del papel de la religión y de los valores que esta propaga.
Jairne Jaramillo Uribe ha dicho al respecto: "si no los ha creado, el cristianismo
por lo menos ha internalizado en el hombre occidental las actitudes ante el trabajo, el
lucro, la frugalidad en el consumo, la previsión, en fin, las virtudes que más tarde
configuraron la conducta del burgués (...)" el aspecto esbozado por Fajardo no
resulta impertinente en este tipo de investigaciones y " (...) valdría la pena un
estudio a fondo de la religiosidad de los antioqueños y de cómo ella ha podido permear
su conducta social incluyendo su conducta ante la vida económica".
En esta perspectiva se ubica la investígación de Alberto Mayor Mora. No se trata en
ella, como lo habían hecho buena parte de los estudios hasta entonces, de identificar y
estudiar los "prerrequisitos para la industrialización", bien sean atributos de
la personalidad individual (Hagen), o bien características puramente económicas (mano de
obra, mercado interno, capital acumulado).
Se trata ahora de establecer cómo se constituyeron, funcionaron y contribuyeron al
crecimiento industrial de Antioquia las mentalidades empresariales y obreras; así mismo,
de señalar que dichas mentalidades son formas nuevas de pensar, hacer y sentir,
elaboradas y difundidas mediante instituciones y prácticas educativas, administrativas y
religiosas, necesarias al proyecto económico en curso. En palabras del propio
autor, su propósito es "demostrar sobre una base de hechos suficientemente
firme cuál fue el sentido y el empuje que dieron esas fuerzas morales a la conducta
práctica de empresarios y obreros antioqueños y, en el caso de la Escuela de Minas,
saber qué pautas de acción éticas motivaron a sus ingenieros a aprovechar las
oportunidades económicas brindadas por la región, es decir, qué patrones de conducta
los condujeron por nuevas vías de actividad; en fin, dilucidar en qué medida tales
imperativos morales establecieron una base amplia para las innovaciones y aplicaciones
técnicas en la economía, al dignificar y exaltar tales innovaciones y aplicaciones
(...). El análisis demuestra cómo el tránsito hacia la producción fabril implicó la
exigencia de un hombre nuevo".
La novedad y el poder sugestivo de este enfoque en nuestro medio es evidente, y constituye
un notable ejemplo de cómo la historia económica no puede construirse y comprenderse
cabalmente con la manipulación de variables, coeficientes y parámetros. Hay valores,
actitudes y comportamientos que son "objetos históricos" dignos y meritorios de
análisis, por fuera de la discusión de los "determinantes en última
instancia".
La mentalidad empresarial: rectitud, racionalidad y trabajo
Los nacientes empresarios no tardaron en percibir la conveniencia de formar a sus
sucesores como elite técnica en cuyas riendas estaría el futuro de la región y del
país: "Dotar al país del verdadero tipo de capitán de industrias -escribió
Alejandro López- llegó a ser un ideal concreto de la Escuela de Minas (...) se trataba
nada menos que de capacitar a los ingenieros como conductores conscientes del elemento
humano, de las huestes del trabajo".
Creada hace casi un siglo, la Escuela Nacional de Minas, según Mayor Mora, fue "la
manifestación más clara del creciente poder de la clase social, en aumento, de mineros y
comerciantes antioqueños, (...) pero al mismo tiempo fue la expresión más directa
de su valoración positiva de las ciencias y de la técnica, que prometía reforzar ese
dominio". Inaugurada con una prédica ética, más que con un discurso académico,
por su fundador Tulio Ospina, cumple su primera etapa en 1911. Hasta entonces había
predominado en su enfoque educativo la difusión de las ciencias naturales y exactas
útiles; buscó además poner en contacto a sus alumnos con los problemas prácticos de la
profesión, formación que era complementada con cursos de inglés, religión y urbanidad.
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A partir de 1911 los programas hacen más hincapié en la administración de las
"huestes del trabajo", en la difusión de los nuevos conocimientos de las
ciencias naturales aplicadas y es adoptado un patrón de ética secular al eliminarse el
curso de religión. La moral fundada en la religión y la conciencia social apoyada en la
fe, pasan a ser reemplazadas por virtudes -enseñadas con el ejemplo de los profesores-
como la honradez, la rectitud y la justicia. Además, la formación no cesaba al concluir
los estudios, sino que "continuaba bajo la guía de sus maestros en las empresas a
las cuales se iban incorporando. En dos planos diferentes, pero complementarios, se
adelantaba esa cuidadosa vigilancia de la Escuela a sus egresados: el nivel moral y el
técnico-administrativo".
Alejandro López inicia, al parecer por primera vez en Suramérica, la cátedra de
"economía industrial" en la que se ocupaba del estudio del trabajo y del
trabajador en su ambiente laboral, a la luz de las entonces recientes teorías del
"manejo científico". Éste se estudió en cuanto método de racionalizar el
trabajo obrero y en cuanto sistema de administración empresarial.
El sector público sirvió como laboratorio para desarrollar un "saber
experimental", sector del cual luego se trasladarían los ingenieros al privado. Las
empresas públicas municipales y el ferrocarril de Antioquia fueron los campos de
práctica por excelencia. Los ingenieros llevaron a la empresa privada tres elementos: el
convencimiento de que el éxito de la empresa dependía de su organización; de que el
éxito debía presuponer el control de los factores conflictívos; y de que el ingeniero
tenía una trayectoria y una autoridad indiscutibles.
Tales profesionales se convirtieron, según Mayor Mora, en "una auténtica capa
tecnocrática en Antioquia, ya que no solamente estuvieron firmemente convencidos de la
capacidad de la tecnología para resolver los problemas sociales y, en consecuencia,
interesados en incorporar y adaptar a la geografía regional los avances tecnológicos
más modernos, sino que para lograr esto se integraron y ayudaron a integrar a otros
ingenieros a la estructura de poder político de su departamento y de la nación".
En general, la capacidad tecnocrática contribuyó más al ascenso social de sus
poseedores que al alcance del poder político; así mismo, la Escuela de Minas no fue
favorecedora exclusiva de la clase alta, sino que permitió también el ascenso de las
demás clases.
La corriente racionalizadora de la "administración científica" divulgada por
la Escuela termina irrigando los programas de los partidos políticos que encontraron en
ésta herramientas útiles para el control del estado y el manejo social.
Hacia la mitad del siglo el papel de la Escuela de Minas iría a debilitarse, por varias
razones. Una de ellas es la aparición de instituciones especializadas en la enseñanza de
la administración en los años sesenta, "pero la misión revolucionaria -concluye el
autor- que le había fijado Alejandro López la había cumplido con fidelidad".
El ideal obrero: consagración, disciplina e identidad con la empresa
"Resistencia a la disciplina fabril, sedición política y relajamiento moral de las
clases populares estaban, pues, a los ojos de los jefes de empresa antioqueños,
íntimamente unidos y amenazaban constituirse en los años treintas en los mayores
obstáculos para el funcionamiento de las fábricas". Así pues, la principal tarea
acometida por los administradores y empresarios, con la ayuda de la iglesia católica, fue
"urbanizar" al obrero. Es decir, hacerlo permeable a las exigencias del proceso
productivo y apto para responder eficazmente a ellas, las cuales resultaban muy distintas
de las de la artesanía o de las de la agricultura. Cumplimiento de las jornadas
laborales, utilización al máximo de las capacidades de trabajo, obediencia al patrono,
orden en la vida personal y en la utilización del tiempo ocioso, identificación con las
metas de la empresa buscando evitar enfrentamientos de clase, eran entre otros, los
artículos de fe del "dispositivo moral" que se instaló como complemento del
dispositivo mecánico de la producción.
Las partes componentes de aquel dispositivo eran principalmente: a. La "lección
moral del patrón": varios de los primeros empresarios laboraron en el exterior como
obreros, lo cual, además de facilitar el futuro entrenamiento de los trabajadores,
"favoreció la transmisión y asimilación de las virtudes del trabajo: disciplina y
orden, sumisión y respeto a los reglamentos, profunda entrega y lealtad individual, mayor
dedicación y elevada productividad. Paralelamente, el hecho de que el obrero mirara a su
patrón como un igual extraído de sus filas, y el patrón al obrero no como un inferior,
sino como un colaborador capaz incluso de poder ascender socialmente, contribuyó a que la
rígida jerarquización organizacional al estilo de Taylor fuera débil en Antioquia, al
tiempo que la actitud clasista se atenuaba enormemente".
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La lección moral del patrono contribuyó, pues, a estructurar las relaciones de
trabajo en la óptica de la integración individual al "obrero colectivo" y de
éste con las aspiraciones de la empresa. Todo ello bajo la mirada vigilante y piadosa del
Sagrado Corazón de Jesús, entronizado en todas las fábricas.
b. El control interno de proceso de trabajo: Se instituyó la racionalización de los
tiempos y movimientos del trabajador; sistemas de multas e incentivos de producción;
control de costos; administración de los factores de conflicto, entre otras prácticas.
Todas ellas fueron fruto de la aplicación del "catecismo de los industriales",
como llama el autor a las ideas sobre la racionalización y la "sociología del
trabajo" de Alejandro
López.
c. El control del tiempo libre: El
decreto 895 de 1934 estableció la jornada laboral de ocho horas, lo cual proporcionó
mayor tiempo libre "y la posibilidad de introducir en él cierto número de presiones
políticas, culturales y religiosas". La Iglesia, durante los años veinte y treinta,
buscó orientar los movimientos obreros con el fin de contrarrestar la propaganda
socialista y comunista.
La Acción Católica, la Juventud Católica, el patronato de obreras y los centros
obreros, fueron las principales instituciones que participaron en la tarea de organizar
bajo su sombra al trabajador. Consignas como "proletarios cristianos de Colombia:
uníos en Jesucristo" fueron corrientes, y muestran la capacidad de capitalizar el
lenguaje del contrincante.
Pero el control del tiempo libre no se remitió exclusivamente a las formas de asociación
y lucha obrera. La reducción de la jornada laboral demandaba, además, desde el punto de
vista eclesial, la necesidad de proveer los medios para el "buen uso" del tiempo
libre, sobre todo por el efecto contraproducente que podía tener -y estaba teniendo-
sobre el tiempo de trabajo y el trabajador. Alcoholismo, prostitución, juego, películas
y obras teatrales "fuertes", eran vicios públicos que la Iglesia procuró
erradicar, pero no abolir, cumpliendo una necesaria tarea de válvula reguladora. La
Acción Católica organizó paseos y excursiones para los días libres; apoyó las
"escuelas dominicales"; impulsó la censura cinematográfica publicada en la
prensa conservadora y los cines de barrio bajo la dirección de los párrocos; y promovió
la radiodifusión de programas de orientación moral para los fieles, entre otras
actividades. Instrumento fundamental para llevar a cabo sus actividades fue el periódico
El Obrero Católico, publicación que rápidamente elevó su circulación.
Las fuentes documentales
Tanto Hagen como Fajardo adolecen de la tradición que Roger Brew les criticó a ciertos
historiadores nacionales: no consideran esencial la investigación y la documentación, y
con gran facilidad anticipan teorías innumerables. Mayor Mora hace gala de un abundante y
rico archivo documental recopilado con cuidado y paciencia. Dentro de sus fuentes
primarias se encuentran informes y documentos oficiales y de empresas industriales:
periódicos, libros, ensayos y manuscritos de ingenieros antioqueños (entre los que se
destacan el diario de Julián Cock y el de Jorge Echavarría); publicaciones de
asociaciones y escuelas de ingeniería colombianas; entrevistas con ingenieros
colombianos; escritos de políticos y de empresarios locales; documentos de obreros y
organizaciones obreras; publicaciones de comunidades religiosas. Dentro de sus fuentes
secundarias, pueden contarse revistas y otras publicaciones periódicas: biografías y
genealogías, obras de literatura antioqueña, estudios varios sobre el país y el
departamento, además de los textos básicos de administración, economía, sociología y
psicología.
El examen estadístico de los datos de los ingenieros fue realizado comparando dos
poblaciones de la Escuela de Minas y de la Universidad Nacional de Bogotá, mediante el
uso del paquete de computador spss. El texto está acompañado de ilustraciones, entre las
cuales se destacan las fotografías de Benjamín de la Calle, cuyo archivo fotográfico
conserva la Fundación Antioqueña para los Estudios Sociales (Faes) de Medellín.
La historia de esta historia
"La investigación comenzó propiamente en 1976 con la temática clase obrera y
el desarrollo de la producti vidad del trabajo en Colombia'. La matriz teórica inicial se
basó en la ley de la productividad del trabajo tal como había sido expuesta por Marx en
El capital (...), El problema aparecía en principio como puramente económico: determinar
el grado de desarrollo de las fuerzas productivas en el contexto de una nación
dependiente". Tras un planteamiento de hipótesis y estudios de casos en cinco
grandes industrias colombianas, Mayor Mora pudo concluir que "la ley de la
productividad no era una fuerza ciega que operaba fatal y mecánicamente (...) sino que
estaba guiada por agentes humanos y regida por valores". Sin abandonar del todo la
referencia a la productividad, el autor encontró útiles los trabajos de Weber, Merton,
Bendix y Thompson. Esto le significó reorganizar el material y escogerlo con nuevos
criterios; así mismo el "dominio científico" de la investigación se amplió
por encima del límite de lo sociológico e involucro aspectos económicos, psicológicos,
administrativos e históricos.
En esto el trabajo de Mayor Mora también es novedoso: no está matriculado desde sus
inicios en un solo "marco teórico" inmodificable, fuera del cual no hay
salvación. Tampoco se involucro en la interminable confección de discursos
metodológicos ad úsum, ese "pasatiempo universitario por excelencia"
como lo ha calificado Germán Colmenares, quien agrega: "el marco teórico resulta no
ser otra cosa que la búsqueda de un mutuo reconocimiento colectivo de actividades
ergotistas (...) la preocupación por la investigación ha matado a la investigación en
Colombia".
SANTIAGO LONDOÑO V.
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