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José
Celestino Mutis en un mundo pintoresco y exótico
Mutis, un forjador de la cultura
Hermann Schumacher
Empresa Colombiana de Petróleos
Bogotá, 1984, 325 págs.
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Como diplomáticos, agentes comerciales
privados o simples viajeros, fueron numerosos los extranjeros que en el siglo XIX
recorrieron la recién fundada y promisoria república, dejando testimonios escritos que
constituyen fértil materia para los investigadores de la historia social de ese período.
Como los cronistas de la conquista y la colonia, a los que continúan de otra manera,
realizaron valiosas disecciones etnográficas que arrojan mucha luz sobre usos, costumbres
y sucesos del país, pero también mucha luz sobre la forma de ver de esos extranjeros,
porque sus atentos y a veces logrados bocetos no sólo describen una realidad sino que al
mismo tiempo dan cuenta de una forma peculiar de interpretarla. Tal vez pueda verse a
tales cronistas y viajeros como los verdaderos fundadores de una manera que busca
comprender a los habitantes del llamado nuevo mundo como pintorescos y exóticos, forma de
mirada y de comprensión a la que, por extraño que parezca, aún muchos de nuestros
artistas y escritores se suman, encontrando allí una mina artística y rentable.
Hermann Schumacher (1839- 1890), ministro residente del imperio alemán en los Estados
Unidos de Colombia entre 1872 y 1874, fue uno de ellos. A él debemos una obra amplia
sobre importantes aspectos de nuestra vida cultural y social: sus "retratos" de
Mutis, Caldas y Codazzi. Ahora, con cien años de retraso y en el marco de las
celebraciones del bicentenario de la Expedición Botánica, tenemos acceso a Mutis, un
forjador de la cultura, en la que trata de reconstruir la evolución cultural del
sabio desde su partida de España hasta su muerte en Santafé de Bogotá, su obra
científica como explorador de la naturaleza, y reconstruir el clima y la atmósfera
social y política del virreinato en que Mutis se desenvolvió, aunque como lector uno
quede con la impresión final de que para el autor el verdadero héroe de la jornada fue
el barón Alejandro de Humboldt.
Pero Schumacher, a quien Ernesto Guhl, el traductor, menciona como "uno de los
latinoamericanistas más sagaces del siglo XIX", fue un viajero diferente y tal vez
excepcional, pues, aunque mezcle en su relato de manera inevitable sus impresiones
presentes, muchos de sus prejuicios y algunas inexactitudes, trató de recrear un episodio
cultural pasado y, lo más importante, quiso hacer una obra de historia en sentido
riguroso. Él mismo lo confirma: por ejemplo, cuando nos presenta su idea, ciertamente
moderna, de las biografías, que "se refieren a aquellos detalles que en alguna forma
sean característicos de las diferentes épocas, la familia, la amistad, los recuerdos de
viaje, las controversias de los eruditos, los proyectos fantásticos, etc.". 0 de
manera mucho más explícita, cuando señala cómo "los errores y falsos
conceptos" le exigieron buscar "el texto original, la interpretación y la
crítica", y se permite definir con claridad la orientación general de su proyecto:
"Se han tomado esos acontecimientos en su fuente original, y se han investigado
adoptando un método crítico".
Y sin embargo el producto resultó discutible, por lo menos en relación con la historia
del saber y de la cultura, sin olvidar para nada el siglo que ya pesa sobre la obra. Se
puede discutir acerca de su carácter afortunado o infortunado en cuanto crónica; sobre
la exactitud o el carácter fantasioso o poco realista de sus descripciones; pero lo que
resulta en extremo difícil es su consideración como obra histórica propiamente dicha. Y
ello por una razón central: en su trabajo los documentos están simplemente ahí, al
lado, en las páginas finales, citados con juiciosa erudición pero sin intervenir en el
análisis, de manera que el trabajo científico y divulgativo de Mutis y de la Expedición
Botánica se agota en la crónica comentada que no pasa por el análisis interior del
universo de saber al que tanta importancia formal se le concede, tanta importancia que en
las emocionadas palabras del presentador del libro se le achaca de manera directa a ese
saber la gestación de una nación. Excelente información documental para el que intente
en el futuro encargarse de estos temas más allá de la crónica reverencial. Y del otro
lado, en las páginas interiores, está el texto, en trazos generales la visión, ya
convencional para la época, del papel del saber y la cultura en nuestra sociedad entre
1760 y 1820, y una narración cronológica y anecdótico de las labores de la Expedición
Botánica, narración que, cien años después de escrito el libro, y conocidos ya los
trabajos documentales de Guillermo Hernández de Alba sobre el tema (Diario de
observaciones de José Celestino Mutis y Archivo epistolar del sabio naturalista José
Celestino Mutis), resulta un poco avejentado. Por eso parecería que Guhl, el
traductor, se apresura un poco en su elogio cuando afirma sin ninguna duda que la obra
"llena un vacío que nadie hasta el momento ha intentado colmar, en el sentido de
investigar y describir la situación económica, política y social, así como el ambiente
cotidiano de la Colombia de hace doscientos años", vasta y necesaria empresa de la
que se puede estar seguro que no ha sido cumplida para ningún período de la historia del
país.
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Quizá se trate de formas de lectura, pero a pesar de lo anterior el libro de Schumacher,
desde ángulos seguramente muy distintos de los que imaginó el autor y de los que tal vez
animaron a los promotores y editores presentes, resulta de notable interés. Señalo
algunos puntos de manera rápida y por la vía del ejemplo. Permite, por ejemplo, en
alguna medida, una visión menos lírica y patriótica de la Expedición Botánica, ya que
la liga de manera decidida a los temores hispanos frente a los intereses
"botánicos" de otras potencias colonialistas, a la ambigua política borbónica
de estímulo a la actividad productiva agrícola y a las apremiantes necesidades de la
corona. Por eso puede escribir: "La atención se concentró en primer lugar en el
reino vegetal, ya que el acceso a las riquezas de la flora era más fácil, y menos
costoso su aprovechamiento". En otra parte dice: "La Expedición Botánica
también se orientó cada vez más hacia objetivos fiscales. Personalmente Mutis se
interesó por aquellos elementos del reino vegetal susceptibles de convertirse en
mercancía".
Así mismo sería de mucho interés la lectura calmada y entre líneas de la
correspondencia que sostuvieron Carlos Linneo y José Celestino Mutis citada por
Schumacher, pero también la publicada por Guillermo Hernández de Alba, pues podría
adivinarse ahí, entre tanta fórmula de cortesía, un tenue anticipo de lo que llegarían
a ser las futuras y habituales relaciones entre las "metrópolis" y las
"periferias" en el orden del saber. No por lo que Schumacher pueda escribir sino
por lo que una lectura más realista, que atendiera a quiénes eran los agentes sociales
de ese intercambio epistolar, podría captar. Así, por ejemplo, Mutis, a quien Linneo
había encomendado "cuidar de los intereses de las ciencias naturales y de la
botánica" en estos territorios, enviaba al sabio sueco numerosas colecciones de
herbarios y múltiples dibujos que éste sabía agradecer con demoradas cartas que tanto
emocionaban a nuestro sabio en Santafé, a "tantas leguas de la civilización",
como decía. En una carta de respuesta a Linneo, Mutis escribe: "Palabras tan
lisonjeras como las que usted dedica a mis informaciones, no me las imaginaba yo, ni mucho
menos. No merezco estos reconocimientos y soy tan feliz de poder cumplir sus deseos, más
cuando tánto aprecio sus indicaciones". Y en la muerte de Linneo, Mutis escribía a
su hijo en Estocolmo: "Mi correspondencia con su padre (...) era íntima y, por mi
parte, exclusiva frente a otras personas. No me dirigí a terceros, ni siquiera a mis
propios conciudadanos". Mutis fue en la periferia el aplicador práctico y diligente
de un modelo de saber, la clasificación, que nunca discutió.
Y un punto final a manera de coda: ahora que empezamos a fijar nuestros ojos en los libros
de viajeros como fuente documental de nuestra historia social, debemos aprender a mirar en
varias direcciones para indagar los códigos que animaron la mirada del viajero y del
cronista. En la obra de Schumacher, por ejemplo, pueden encontrarse por montones muchos de
los prejuicios que Europa alimentó y alimenta sobre nosotros.
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Después de repetir el mito sobre las dos formas de colonización y sus consecuencias, la
germana y la latina, como él lo dice, escribe: "La sangre negra hizo propender hacia
la rudeza física y espiritual, y, bajo la influencia del burdo cruce, las razas
degeneraron una generación tras otra". Y el elemento indígena también queda
estigmatizado: "Allí, en los alrededores, habitaba la chusma de la selva; su
eliminación hubiera constituido un beneficio", escribe refiriéndose a las
poblaciones indígenas que habitaban las riberas del río Opón, y qué curioso que
mientras Schumacher escribía esto, un paisano suyo, don Geo von Lengerke, arreciaba la
batalla contra las naciones indígenas del Opón en la época santandereana y federalista
del auge del tabaco y de la quina, tal como hermosamente lo ha recreado Pedro Gómez
Valderrama en La otra raya del tigre. Los hombres, sí, los hombres, pero la
condena crece. También el clima y la tierra, ya que cualquier empresa material o
espiritual se dificulta y hasta se impide "en donde el sol alcanza el cenit,
deteniendo el avance del desarrollo de las fuerzas humanas". De ahí que no sea muy
difícil que el final inconcluso de la Expedición Botánica sea explicado en térrminos
análogos, pues "rara vez trabajos científicos de envergadura han logrado terminarse
satisfactoriamente bajo el influjo enervante del abrasador sol tropical". En los
capítulos iniciales del libro, donde se muestra la condena que significa el elemento
humano nativo, y en el apocalipsis final que celebra, en el capítulo más extenso, la
Visita de Humboldt y Bonpland, ¿no se podría encontrar un elemento importante del
código de lectura del celebrado Schumacher?
RENÁN SILVA
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