|
Leer
durmiendo
La obra del sueño
Fernando Cruz Kronfly
Editorial Oveja Negra. Bogotá, 1984, 232
págs.
|
|
|
|
|
Después de leer este trabajo de Fernando
Cruz Kronfly (¿novela? ¿prosa poética? ¿reflexión filosófico- metafísica?
¿cuentos?), queda la sensación de haber asistido a la narración de sueños fragmentados
en un mar de retórica cuidadosamente elaborado. Más que un universo creado, resulta un
experimento ambicioso que intenta poner en práctica todas las posibilidades del lenguaje
literario: uso del monólogo interior, seguido de descripciones casi naturalistas de los
espacios, las comidas, los frutos tropicales. Aplicación de recurso costumbrista que se
evidencia en algunos diálogos fragmentados como transeritos de la realidad y en pedazos
de canciones populares escuchadas en la radio. Invocación íntima a escritores de la
talla de Kavafis, Yeats, Breton, Baudelaire, Apollinaire y Valéry. Escenas de patético
realismo mezcladas arbitrariamente con episodios fantásticos donde los caballos hablan,
fuman tabaco y usan anteojos y donde desaparecen puertas en caminos solitarios. A todo
esto se suma la posibilidad de identificar influencias mal asimiladas , a pesar de las
declaraciones del autor en la última edición de la revista Puesto de Combate, cuando
expresa la necesidad de superar el garciamarquismo y de asumir y trasformar las
influencias. El uso del punto de vista del narrador omnisciente, el tono largo y
cadencioso sumado al manejo de un tiempo mítico y el encantamiento de la realidad que
encontramos en algunos pasajes, nos dejan la sensación de estar leyendo apartes de Cien
años de soledad. Dos ejemplos:
A pesar del largo viaje
que dejaba a sus espaldas y del cansancio que traía encima, su pensamiento permanecía
vigilante y atento a las numerosas aprehensiones que no tardaron en abrumarlo desde el
mismo momento en que pisó tierra por primera vez, en aquella costa del continente
americano donde bandadas enteras de negros se paseaban por la orilla del mar con el pecho
cruzado de collares de caracoles amarillos y azules mientras cantaban en coro aquellas
rumbas cuya música venía del más allá, flotando sobre las aguas, como el espíritu
remoto de las islas del Caribe (págs. 22 y 23). (...) Las bombillas de las avenidas
comenzaron a estallar, como bombas de cristal, y las ventanas de los grandes edificios,
abiertas, vieron salir las últimas hojas de papel, los últimos documentos, los últimos
sellos de caucho, los últimos frascos con tinta y las últimas cintas de las máquinas de
escribir que cayeron como serpentinas de colores empujadas por la fuerza del viento, para,
a partir de aquel instante, comenzar a llenarse de olvido (pág. 145).
Sin embargo, el gran desacierto
de esta obra está en su imposibilidad de crear un mundo. Resulta la suma de historias
fragmentadas -arbitraria y gratuitamente- que no logran conformar un universo con
significación total. De ahí que los recursos formales se vuelvan fin en sí mismos y
resulte fácil identificarlos. Por otro lado, la mezcla de estilos narrativas, aunada a
saltos olímpicos dentro de los diferentes códigos estéticos (realismo, naturalisrno,
realismo mágico, costumbrismo, ficción) hacen que la obra pierda verosimilitud, y aunque
sea válido el intento de salirse de lo convencional, el resultado es desigual e
inconsistente.
Sin ser una obra argumental, penetramos por separado en diferentes mundos que entre sí no
tienen relación alguna, haciendo imposible la creación de un mundo, corno ya se dijo.
Por un lado, Genoveva (más una voz emanando del autor que de una mujer), está encerrada
en su soledad plagada de delirios y obsesiones solitarias deleitándose con el despertar
erótico de sus dos hijas, Patricia y Jimena, mientras hay un criado fantasmagórico, que
conocemos sólo por su evocación, causante de los ce los reprimidos de Genoveva.
Despejando la retórica de un lenguaje rico en símiles, pero pobre en metáforas y
símbolos, nos queda en esta primera historia fragmentada la evocación de unos seres
irreales, que bien parecen obra del sueño.
Paralelamente se narra el "caso" (las divisiones corresponderían más a casos
que a capítulos como en El carnero, de Rodríguez Freyle) de Santiago, su mujer
Susana y sus dos hijos Leopoldo y Alenadoro. Podría titularse: "De cómo Santiago
logró evadir el reclutamiento de su hijo Leopoldo por parte de las tropas del general
Pompilio enviándolo a Jericó metido en un cajón cargado por Polvo de los Caminos y de
cómo
su criado Federico fue cruelmente torturado". Un tercer caso es el de
Salomón Nader, turco que llega a Colombia con la intención de dedicarse al comercio. Con
su vivencia el autor nos repasa la realidad colombiana vista con ojos de extranjero, y
expuesta en un tono paternalista que disgusta por provenir del discurso del narrador, y a
quien seguimos en su trayecto en un tren que lo conduce a la ciudad. De Salomón Nader no
volvemos a saber nada desde la mitad de la obra. Poco antes del final y cuando ya el
lector se ha preguntado varias veces por la suerte del turco, éste es rescatado a la
fuerza gracias a un sueño premonitorio de Genoveva. Eloy Salamando aparece por obra y
gracia de la "irresistible admiración" de Mario (el criado homosexual de
Genoveva); sin embargo la relación resulta igualmente forzada, pues la atracción es
"despachada" en unas cuantas líneas, para entrar a narrar la increíble
historia de un anónimo tendero convertido en leyenda popular al cohabitar con una muñeca
de goma que gime y llora. ¿Dónde están los lazos de sentido que unen las diferentes
historias? ¿Qué relación hay entre un turco que llega al país y un tendero con
fantasías exóticas? ¿Un general presidiendo un desfile y los doce hijos de Abrabam?
Fuera de los resortes externos que intentan forzosamente dar una coherencia a los
diferentes mundos, queda un trasfondo pintoresco y patriótico al intentar ubicarlos en
una Colombia esbozada con los lugares comunes que supuestamente nos identifican
(aeropuertos clandestinos, carnavales, vendedores ambulantes, prostitutas ... ). Todo ello
en medio de lamentaciones por el destino del país.
La obra del sueño no es el trabajo de un principiante, y eso es lo que más
asombra. Es conocida la trayectoria literaria de Cruz Kronfly con varias novelas y libros
de relatos publicados (Cámara ardiente, Las alabanzas y los acechos) ganadores de
diferentes concursos. Además, en el libro se evidencia un conocimiento del oficio.
Por ejemplo, las historias donde se urde una trama, donde pasan cosas, son logradas, si se
toman por separado. Es evidente que lo hace mejor como cuentista: las partes aisladamente
son superiores al todo, a un todo que no se afirma como fundamental. El cuentista no
logró abrirle paso al novelista.
BEATRIZ HELENA ROBLEDO
|