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La
lúpa sobre cincuenta años de "la bella villa"
Cosas viejas de la Villa de la
Candelaria
Lisandro Ochoa
Colección Autores Antioqueños, vol. 8.
Medellín, 1984
De todo el maíz -arrume folclórico-
Benigno A. Gutiérrez
Colección Autores Antioqueños vol. 6,
Medellín, 1984
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Los dos libros son de la nueva colección
Autores Antioqueños, patrocinada por cuatro institutos descentralizados del departamento.
En 1984 también se publicaron dentro de la colección: Salomé de Fernando González,
Ventarrón de José, Restrepo Jaramillo, Sombrero de ahogado de Jaime Jaramillo
(inéditos ambos) y Modernismo y poesía contemporánea de René Uribe Ferrer
(reimpresión). La edición estuvo a cargo de Miguel Escobar y un comité compuesto por
representantes de las principales entidades del departamento.
Lisandro Ochoa hace parte de la cosecha de cronistas que ha tenido Medellín. Quienes
vivieron los treinta primeros años del siglo en la Villa de la Candelaria y la vieron
transformarse en la primera ciudad industrial del país, dejaron un montón de huellas de
sus reacciones e impresiones ante los bruscos cambios que presenciaron en la fisonomía
urbana, así corno de costumbres cotidianas que verían desaparecer durante el transcurso
de sus propias vidas.
Proliferaron en esos años los álbumes gráficos. En conmemoración del cumpleaños de la
ciudad o de alguna de sus empresas, se publicaron álbumes en ediciones impecables y a
veces lujosas, como los de la Sociedad de Mejoras Públicas de 1910, 1916, 1923, y libros
con láminas y fotografías. A semejanza de las familias distinguidas de entonces, que
guardaban celosamente su historia en álbumes familiares, parecía que la ciudad,
orgullosa de su progreso, también hubiera querido preservar su imagen y su historia. Se
dejaron, además, cuentos y cuadros de costumbres. En la solapa de Cosas viejas de la
Villa de la Candelaria se menciona a José Antonio Benítez, Eladio Gónima, Agapito
Betancur, Carlos J. Escobar G., José Montoya, Ricardo Olano, don Luis Latorre, Ricardo
Uribe Escobar, Emilio Jaramillo, Enrique Echavarría, Sofía Ospina de Navarro, Luis
Tejada, Horacio Franco, Tartarín Moreyra, Jorge Restrepo Uribe y Alberto Bernal Nicholls,
formando parte de la tradición de cronistas de la ciudad.
Estos eran hombres (y muy pocas mujeres) activos en industria, comercio y organizaciones
cívicas, que miraron hacia atrás en los años cuarenta y cincuenta e hicieron memoria
para luego registrar por escrito elementos de la vida urbana, de las costumbres y del
aspecto físico del viejo Medellín. Por ellos podemos contar hoy con bastante
información acerca de nuestra historia urbana reciente, aunque sea desigual la cantidad y
la calidad según el tema: mucho sobre diversiones,vestidos, transporte y servicios
públicos y poco, por ejemplo, sobre la sexualidad.
Entre aquellos que escribieron para contar cómo era la ciudad, sin ser escritores de
profesión, está Lisandro Ochoa (1867-1948), comerciante, industrial y hombre cívico. Su
libro es una colección de artículos escritos entre 1941 y 1948 y publicados ese mismo
año, poco después de su muerte. Roberto Luis Jaramillo destaca en el prólogo la
importancia de este testimonio, pues abarca setenta años de vida de la ciudad.
Dentro del conjunto de libros que se refieren al paso de pueblo a urbe, el de Lisandro
Ochoa se destaca por que con el salpicón de temas tratados presenta una buena panorámica
de la ciudad. El transcurrir cotidiano, los oficios, las calles, las celebraciones
colectivas están consignadas aquí. Organiza datos sobre sastres, cafés, urbanizaciones,
baños públicos, personajes locales, almacenes... sigue la lista en desorden alfabético
en el índice, hasta completar los 57 títulos que conforman el libro. Cuántos eran,
dónde quedaban, cómo trabajaban y otros datos presentados con economía de retórica.
Pero si Medellín ha sido prolífico en cronistas, Antioquia no se ha quedado atrás. En
la región, la conciencia de tener una peculiar identidad ha producido toda suerte de
escritores sobre el tema, desde Tomás Carrasquilla, que es caso aparte, hasta aquellos
que ensalzan al paisa en tono exclamativo entonando bien sea salves a la arepa o a la
laboriosidad. También están quienes pacientemente se han puesto a recoger muestras de
nuestra literatura y folclor, como Benigno A. Gutiérrez, nacido en Sonsón (Antioquia).
Según cuenta Manuel Mejía Vallejo en el prólogo de De todo el maíz -arrume folclorico-,
don Benigno fue "periodista, poeta, músico, tipógrafo, fotógrafo, dibujante en
ratos libres y hasta compositor de aires tradicionales". Se interesó por recoger
versos, adivinanzas, tonadas, leyendas, cuentos, léxico, danzas y "toda esa
fantasía criolla, guachaqueada y piscológica, de trovas, levas y cañas ...... Llegó a
ser uno de los "más importantes e inteligentes compiladores del país". Ha
publicado varios libros. El que nos ocupa es la cuarta edición de dos volúmenes
publicados por primera vez en 1948: De todo el maíz y Arrume folclórico integrados
en la presente edición en un solo tomo. Ha publicado también Gente maicera y
Ajípique (1942). Parte del material del libro es transerito del Cancionero de
Antioquia de Antonio José Restrepo (3a. ed., 1930); la parte de los relatos populares
es entresacada de escritos de famosos autores antioqueños: Tomás Carrasquilla, Euclides
Jaramillo Arango y otros. El libro incluye trabajos de autores que han estudiado a la
antioqueñidad o la han cantado, como la célebre Memoria científica sobre el cultivo
del maíz "en climas cálidos del Estado de Antioquia por uno de los miembros de
la Escuela de Artes i Ciencias..." de Gregorio Gutiérrez González, escrito en 1866,
con notas de Roberto Jaramillo. Está también, de Jorge Isaacs, La tierra de Córdoba.
El libro tiene de todo un poco, "como en botica": canciones de cuna, versos
picantes, referencias a enfermedades, bebedizos y tratamientos.
Los textos están dispuestos en dos columnas, con frecuentes cambios de letra,
acompañados de ilustraciones de artistas como Pepe Mexía, H. Longas, Ignacio Gómez
Jaramillo, Rendón, Francisco Cano, L. Vieco, H. Chávez, Pedro Nel Gómez y otros. Hay
retratos de Jorge lsaacs, de Gregorio Gutiérrez González, de un prócer de la
independencia. El segundo volumen trae índice; el primero, no. Hay algunas partes del
libro -como las transcripciones de música- que no se alcanzan a leer muy bien y, si se ha
visto la edición original, les hace falta el color. Sucede con frecuencia en reediciones
que conservan el diseño original, sin ser estrictamente ediciones facsimilares, que no
logran igualar la calidad de libros impresos hace treinta o cuarenta años.
PATRICIA LONDOÑO
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