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Y
el tedio bogotano se hizo novela
Sin remedio
Antonio Caballero
Oveja Negra. 1984, 515 págs.
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Un Bogotá de lluvia diaria. Un tedio
vital permanente, como una interminable tarde de domingo bogotano. Un santafereño raízal
que ha perdido sus raíces, por inútiles, por obsoletas: secas como las barbas de un
ficus.
Ese es el escenario, el ambiente oprimente y el personaje decadente y sorprendido, que no
sorprendente, de Sin remedio, 515 páginas de apretada impresión (¡señores de la
Oveja Negra, por favor, déjennos un margen aunque sea para descansar la vista!). Es un
largo relato de corte clásico, sin sorpresas, sin altibajos, sin brillo pero con oficio,
que nos transmite con minucia -y a ratos casi con sevicia- la atmósfera en que subsiste
la vieja oligarquía santafereña, utilizando para ello la sinrazón existencial de uno de
sus retoños: Ignacio Escobar, 31 años, casado y dejado por su esposa, poeta frustrado
cuyo único proyecto coherente es tratar de escribir en Bogotá un poema épico sobre el
sentido de la existencia, "sobre la cual había querido escribir un poema sórdido y
espantoso" (pág. 329), él, que no logra dárselo a la suya propia. En este camino
encuentra dos sinsentidos insuperables: el de su vida no asumida: "y siempre con la
misma nostalgia de inacción, de corcho en el remolino; con la misma añoranza del vientre
de su madre, penumbroso y caliente, rítmicaniente estremecido por un bombeo de sangre
fresca, suspendido en la vida como un globo en el cielo. Pero su madre no estaba ya
dispuesta a recibirlo de nuevo en su matriz. Tal vez iba siendo hora de que se incorporara
a la vida real" (pág. 406). Ya desde el epígrafe se anuncia esta situación, eje
generativo del relato: "conozco tus hechos y sé que tienes nombre de vivo pero
estás muerto" (Apocalipsis, 3,1). El otro obstáculo está en la naturaleza del
medio empleado por "cantarle" a la existencia y a su sentido: la poesía. En
efecto, desde su primera salida al "mundo real", se encuentra con unos borrachos
desconocidos, Edén Morán Marín y compañeros poetas, con los cuales llega a entender
que "una poesía es como cuando uno sabe qué decir, y lo dice" (pág. 39). Ese
hacer sin saber, ese automatismo verbal, formal y sin contenido, es reflejo o, mejor,
expresión de una existencia sin pasión, sin asimiento, padecida y no vivida: "tú
[Escobar] no escoges, no intervienes, no puedes distinguir, no puedes preferir, Por eso
todo te da lo mismo. Por eso no te pasa nada. Por cobarde" (pág. 184). La vida de
Escobar y su medio de expresión, la poesía, están agotadas de antemano, vencidas por
una realidad que les aparece impuesta, externa al sujeto que por ello queda convertido en
objeto, realidad innombrable y por consiguiente incomprensible en el proyecto poético. No
deja de tener cierto tufillo decimonónico la escogencia de la poesía como medio de
expresión: todo es decadente. E inadaptación fundamental a una realidad extraña.
Escobar y la novela pertenecen a una clase social: la alta tradicional de una ciudad,
Bogotá, marco espacial de la historia. Clase que no acepta la mutación social que conoce
el país en la segunda mitad de este siglo: desprecio de los provincianos representados en
la novela por las caleñas ("es caleña, yo sé, pero...") y por los políticos
costeños, desprecio a los militares ("tu no conoces a los militares de este país,
mijo. Es una gentecita") y de los políticos, percibidos como elementos extraños al
grupo ("uno ya no conoce a nadie en la política"). En la misma conversación
"se especulaba sobre la incidencia que tendrían los resultados de las elecciones
sobre los precios de la tierra y del dólar" (pág. 160). Es una clase todavía con
conciencia de sí pero no del país en que vive, en trance de ser superada por el proceso
histórico, encerrada en sus rutinas sociales y familiares, descritas en el libro con
finura hasta conformar literaria y sociológicamente las mejores páginas del largo
escrito (págs. 137- 171, 479-497). Clase social que se siente acorralada y mira con
espanto y actitud pasiva los cambios sociales que se suceden a su pesar y minan su
tradicional poderío. Clase con un sentido de identidad fundamentado en el pasado y que
para sus nuevos miembros, enfrentados sin remedio a un presente ajeno a los otrora
poderosos, les significa quedar sin raíces, sin referencias válidas: "por lo menos
los tíos y las tías sabían en dónde estaban, por qué estaban ahí: situados en el
tiempo y en el espacio, en fechas precisas de sus muertes, en los precios exactos de sus
tierras. Escobar escrutaba su propio interior y no encontraba ni siquiera eso" (pág.
159).
Ahora bien: esa clase la podríamos ver como la provinciana de Bogotá y por ello su
historia es específica, haciendo difícil que en otras ciudades colombianas, con sus
oligarquías provincianas, la historia de Escobar pueda ser fácilmente asimilada. No. Es
una historia bogotana, que difícilmente trasciende los límites de la sabana. Por el
contrario, las otras regiones se han ido tomando a Bogotá. La novela así lo registra.
Recordemos lo dicho sobre los provincianos, desplazadores del provinciano bogotano: el
santafereño, como resultado del paso de Bogotá de ciudad provinciana a capital de un
país, suma de provincias.
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Este mundo cambiante, extraño, externo, tan lejano del equilibrio provinciano -y en esto Sin
remedio es una novela urbana- se da en Bogotá, de la cual Escobar nos dice que "es
triste (...) una tristeza fría, de atmósfera delgada, de ciudad aplastada por el peso
del cielo en lo más alto de la cordillera, en lo más lejos. Una tristeza rencorosa,
torva, de muchedumbres silenciosas que en la calle tropiezan con otras muchedum bres, como
un río con el mar, bajo la lluvia" (pág. 254). Es el ámbito de la
despersonalización, aun para aquellos que dominaron. Es el escenario para el tedio vital,
para la pasividad suprema, para el corte radical con una realidad que supera
vivencialmente a los personajes. Por eso a Escobar "todo le daba igual: cabalgar en
moto rumbo a lo desconocido, ensordecido por el viento, o cenar en casa de su madre con
Monseñor Botero Jaramillo [suena a cortesano "infiltrado", de origen
antioqueño]. La misma aceptación, la misma falta de entusiasmo. Inerte. Disponible.
Libre como el viento. Como una piedra. Libre o inerte, daba lo mismo" (pág. 190).
Por eso, Henna, caleña, amiga de su exmujer, es capaz durante 28 tediosas páginas
(107-135), equivalentes a treinta días, de invadir el apartamento de Escobar y de
reducirlo literalmente al lecho donde lo somete a una violación continuada, habida cuenta
de la mentalidad de Escobar ("tú no es- coges, no intervienes, no puedes distinguir,
no puedes preferir"). Por eso (págs. 173-221) su relación con la izquierda es una
relación imposible pero buscada por el único flanco posible: la poesía. Es imposible,
porque de Escobar se puede decir que "no quieres ser adulto. No quieres ser
responsable" (pág. 102) y que "eres egoísta por miedo. Por miedo a que te pase
algo. Por eso no te pasa nada. Por cobarde" (pág. 103) y porque es una izquierda
"alienada y alienante", como se decía a fines de los sesenta y comienzos de los
setenta, época de la narración. En las 48 páginas sobre la izquierda, a diferencia de
lo dicho para la descripción de la atmósfera santafereña, encontramos el estereotipo
como explicación. Definitivamente la literatura no logra aún asumir creativamente, con
sutileza y capacidad de matizar, el fenómeno de la radicalización política
contemporánea en el continente, o si no véase a Vargas Llosa con Historia de Mayta
1
. Caballero, a pesar de haber vivido la
época, no la traduce.
Antonio Caballero (¡nuevamente, señores de la Oveja, hagamos fichas biobibliográficas
de los autores!), empezando sus cuarentas y luego de un exilio voluntario de casi diez
años en España, que aprovechó para convertirse en el cronista cultural estrella de
Cambio 16 y para escribir las 515 páginas de Sin remedio, muestra una veta
diferente como novelista, pues como periodista es ágil, brillante, incisivo, con una
infinita y santafereña capacidad para la mordacidad. Como novelista asume ropajes
clásicos, formales y pesados y, quizás por miedo de caer en la agilidad y eventual
superficialidad estilística del periodista, nos entrega medio millar de páginas que
pudieron reducirse a trescientas sin afectar el contenido y salvaguardando al lector, que
siempre tiene como obligación acabar el libro para poder escribir su reseña.
JUAN MANUEL OSPINA
1
. Mario Vargas Llosa. Historia de Mayta. Editorial Seix Barral.
Barcelona, 1984. (regresar1)
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