Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 4,  Volumen XXII , 1985
 

Sin razones para matar


El pez en el espejo
Alberto Duque López
Editorial Planeta, Bogotá, 1984, 181 págs.

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El 5 de marzo de 1984, lunes de carnaval, tres mujeres aparecen cruelmente asesinadas en una casa de Barranquilla. El asesino: un joven estudiante de medicina que las visitaba desde años atrás para enseñarle matemáticas a una de ellas, ver televisión y leer la Biblia.
Este es el hecho real del que parte Alberto Duque López para escribir su tercera novela, El pez en el espejo.
Sin embargo el crimen es un pretexto, un punto de partida para adentrarse en la interioridad de unos seres que van cobrando realidad desde el recuerdo. Un hecho terrible: la muerte violenta de tres mujeres, inexplicable desde la lógica de lo real, se nos presenta como un acto profundamente humano, sin intentar explicaciones ni justificaciones, sino como un delirio articulado por el recuerdo, el sueño, la nostalgia y el deseo.
Aquí no importan las causas externas del asesinato; tampoco importa si al final de la lectura no quedan razones muy claras de por qué Sebastián pudo cometer un acto de tal violencia. La obra no apela a lo racional. Es una historia que se va configurando con imágenes más propias del inconsciente, donde se relega el acontecimiento, para dar paso a la creación de una atmósfera alucinante.
En el suplemento dominical de El Tiempo del 5 de mayo de 1985, Juan José Hoyos, en una lúcida crítica a los jóvenes novelistas que intentan hacer novela con el solo malabarismo de la palabra, apunta hacia la esencia de ésta citando al novelista inglés Edward Morgan Forster: "No se puede eludir el carácter intenso y sofocantemente humano de la novela; la novela chorrea humanidad (..). La función del novelista es revelar la vida interior". Después de citar otros autores, Juan José Hoyos concluye: "La novela es un grito. Es a veces un grito desarticulado, resquebrajado como el llanto de un hombre".
El pez en el espejo logra dar ese grito emanado de unos personajes que se ven abocados a un destino sin entender por qué. La muerte se va imponiendo, como irónica carcajada, a unas vidas que se han resuelto, ya en la resignación, ya en la esperanza obsesiva de un fanatismo religioso.
El lector se sumerge en una atmósfera de pesadilla, donde la imagen intermitente de los tres cuerpos desangrados se va diluyendo en la intimidad de unos seres que van surgiendo a la vida desde la muerte.
En toda la obra se conjugan hábilmente la realidad objetiva, externa, que nos ubica en espacios concretos:
Barranquilla, la casa donde habitan las tres mujeres, los canarios enjaulados, el televisor, el jardín florecido a pesar del calor, las playas de Puerto Colombia, con el espacio interno, delirante, donde la muerte hace de las suyas, donde la sangre se erige en símbolo de la obsesión alucinante de Sebastián.
El espacio cobra una doble dimensión, real y psíquica, en donde unos personajes intentan explicarse a sí mismos desde la intimidad del recuerdo, la evocación, la apelación al otro, sus gustos y sus odios.
Su tiempo no es lineal: la obra comienza y termina un lunes de carnaval. En ese espacio interno el tiempo es recuperado por el recuerdo. Se detiene. Como un círculo congelado que se amplía a medida que los personajes ahondan en la situación. La obra avanza en espiral. Está volviendo sobre su punto de partida continuamente.
Las imágenes se repiten, pero no se vuelven gratuitamente reiterativas, porque van cobrando significación a medida que los personajes cuentan, narran, reflexionan, recuerdan. Así como para Sebastián el recuerdo obsesivo del crimen es "como si estuviera pasando una película al revés" (pág. 27), así la estructura narrativa se asemeja a una cinta que se desenvuelve, se adelanta, se devuelve de nuevo para ver lo que no vimos la primera vez. Superposición lograda con el uso de las diferentes voces narrativas.
No vamos a decir que estamos ante una obra maestra. Pero sí resulta refrescante encontrarse con una novela bien hecha, lejos del virtuosismo formal o del malabarismo del lenguaje, que se arriesga al juego narrativo pero sin descuidar el sentido, que intenta recuperar ese misterioso universo del inconsciente.

BEATRIZ HELENA ROBLEDO