Artículo: ECO: revista de la Cultura de Occidente
(1960-1984)
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Núm. 153. enero de 1973 con la redacción de Juan Gustavo Coba
Borda.
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LOS DOS ROSTROS DE JANO: ERNESTO VOLKENING
Durante medio siglo, Ernesto Volkening recorrió las calles de esta
ciudad y sus cafés y conversó con sus gentes y dedicó gran parte de
todo ese tiempo a la traducción y a la lectura. Había nacido en
Amberes en 1908 y se había radicado en Bogotá a mediados de los
años treinta. Las páginas que escribió permiten imaginarlo como un
viejo señor europeo, embargado de nostalgia por su patria,
consciente de su incapacidad para volver a vivir en ella y dueño de
un acervo cultural familiar y profundo. Su diario registra aquellas
caminatas y ese movimiento habitual de su espíritu que lo volvía
hacia una Europa perdida, anterior a la guerra. El21 de septiembre
de 1967 escribió en su diario: "En mis paseos de la tarde por
el viejo Chapinero (o lo que de él queda) surge a veces del
estrépito de la gran ciudad una isla de silencio profundo [ ..
.]" (219, 1980). En la entrada del3 de noviembre de 1969,
anotó: "Hoy, cuando regresaba del centro en bus, se me ocurrió
pasar revista a mis gustos y preferencias en materia de artes y
letras. Sin hacerse esperar, acudieron a paso ligero: el gótico
tardío, desde el estilo de la capilla borgoña y la torre de la
capital de Amberes [ ... ]" (244, 1982). El 8 de febrero de
1975 dice:
A juzgar por mis actividades económicas y -por ende- mi
condición social, soy un anacronismo viviente, aliquid monstruo
simile, algo así como el ternero que nació con dos cabezas. En una
época caracterizada por la tendencia creciente hacia la
polarización en torno de los dos extremos del management
omnipotente y de legiones de sumisos empleaduchos - heme aquí
luchando como un desesperado por el libre ejercicio de la profesión
[244, 1982].
En la errática tradición de la crítica en Colombia, Volkening
ocupa un lugar singular. Mientras escritores como Baldomero Sanín
Cano y Hernando Téllez dieron por sentada una cultura o un
principio cultural y juzgaron nuestros productos culturales de
acuerdo con ese principio que ellos creían indiscutible, Volkening
debió cuestionar nostálgicamente todos sus puntos de referencia. Es
una curiosa forma de adoptar una posición marginal: su nostalgia le
cerraba todas las puertas y le llenaba la boca de preguntas. En
pleno siglo XX no era especialista, ni patrón, ni empleado, ni
europeo, ni americano. En una nota necrológica de 1983, Juan
Gustavo Cobo Borda apunta que Volkening había "hallado 'el
origen' allí donde opera la auténtica imaginación crítica"
(262, 1983). Esa opinión es excesiva y está inspirada más bien por
la admiración y la gentileza. Si hallar el origen es una manera de
hallarse a sí mismo, Volkening no se hallaba o se reconocía en
ninguna parte. Su obra crítica se funda en el supuesto de que el
origen es irrecuperable. El hombre que sueña en un bus bogotano con
la torre de la capital de Amberes y que se considera a sí mismo
como un anacronismo viviente, no cesa de hacerse una vasta pregunta
acerca del origen. Su imaginación crítica le permitía mantener en
pie esa pregunta, pero aun el ejercicio de la crítica tal y como se
realizaba en aquella época le resultaba extraño. Jorge Rufinelli,
al reseñar los dos volúmenes de Ensayos de Volkening, observa que
su gusto por las reflexiones generales le impedía no sólo
comprender los minuciosos afanes del estructuralismo sino también
con siderar la literatura en su dimensión social. Su idealismo lo
obligaba a establecer ontológica y aun etiológicamente una
identidad cultural. "Ensayos 1 y II -termina diciendo
Rufinelli- [se] iban a llamar en su origen Los dos rostros de Jano:
a horcajadas entre dos culturas, Volkening ha sabido mantenerlas
separadas e identificables, pero su verdadero rostro no es mas que
la imposible de aquellas dos" (204, 1978).
Podemos compartir o no las ideas de un escritor, pero admiramos
siempre su fidelidad a un deseo imposible, su obstinación en torno
a una pregunta que lo desgasta. En el caso de Volkening esa
pregunta abarca los dos polos de un ubi sunt: , la cultura de
Occidente y cuál es la posición de Latinoamérica dentro de esa
cultura? Ambas cuestiones aparecen en artículos como "Gabriel
García Márquez o el trópico desembrujado" o en "A
propósito de La mala hora"( 40, 1963), que son tal vez los
primeros artículos serios que se escribieron sobre la obra del
narrador costeño; pero también se encuentran, y de modo más
evidente, en ensayos como "Aspectos contradictorios de la
apropiación de bienes culturales de raíz ajena" (76, 1966),
"La América Latina y el mundo occidental" (100, 1968) Y
principalmente en el extenso editorial que escribe cuando asume la
redacción de la revista y que titula "A dónde vamos"
(130,1971).
Tomando como punto de partida para sus reflexiones el subtítulo
de Eco, "Revista de la Cultura de Occidente", Volkening
entiende que los límites de esa cultura no son definibles ni
definitivos, y que si en otro tiempo sus fronteras se extendían
hasta los montes U rales, hoy en día llegan apenas hasta la Cortina
de Hierro. A esa reducción geográfica del mundo europeo corresponde
una progresiva falta de confianza en los valores que antiguamente
defendía. U na y otra vez y de muy distintas maneras, Volkening
afirma que "la cultura occidental tal es una enferma en plena
crisis". Tal convicción, que ya había esbozado por la época en
que Nicolás Suescún era el redactor de la revista, quiere ser menos
una conclusión que la raíz de un programa intelectual. En
principio, Volkening diferencia su posición con respecto al
resignado pesimismo de Spengler y su Decadencia de Occidente, al
tiempo que rechaza lo que considera como el ingenuo optimismo de la
utopía marxista. Su propósito, el que quiere dar a Eco, es el de
comunicar la imagen de una cultura en crisis, y no tanto porque
tenga alguna esperanza en la superación de esa crisis, como porque
enriquecer una conciencia crítica es lo único que resta a la
racionalidad europea. Unas buenas páginas, dice, "estimulan el
descontento frente al estado de la cultura contemporánea y más
eficazmente contribuyen a nuestras inquietudes que cien manifiestos
mal concebidos y peor escritos".
Nunca como en ese editorial se había expuesto con ante
sencillez la naturaleza de la revista: "Si la transmisión de
bienes culturales de procedencia europea constituye uno de los
objetivos de la Revista, el otro se define por su publicación en
Bogotá, una de las capitales de América Latina".
Consecuentemente, lo que corresponde hacer ahora es definir aquello
que pueda ser' América Latina'. Volkening sabe que se trata de una
tarea hiperbólica y que, al menos en su caso, existe el impedimento
de no ser americano de origen. No es, por supuesto, un impedimento
serio pero explica el hecho de que, al final, y a pesar de sus
mejores intenciones, le resultara imposible despojarse de esos
puntos de referencia que tanto cuestionaba. Por una suerte de
ingenuidad o de fatalidad, Volkening sigue viendo este continente
en términos que corresponden a la n europea de lo exótico (o de lo
Otro), y cuando llega el momento de apuntar alguna definición se
sirve de las opiniones de los viajeros europeos que visitaron estas
tierras en el siglo XIX. Así pues, América Latina es 'un ser para
un mundo en gestación y en busca de sí mismo', una cultura frágil
que por desgracia se ha visto expuesta en el presente siglo a la
influencia de la 'unidimensionalidad' que representa the American
way of life.
Un doble reparo debe hacerse a estas afirmaciones. En primer
lugar, no es difícil estar de acuerdo en que la influencia de los
Estados Unidos en Latinoamérica ha sido perturbadora; sin embargo,
la crítica que hace Volkening no se funda tanto en una necesidad de
ser de Latinoamérica frente a otras culturas, como en el hecho de
que esa 'unidimensionalidad' ha significado para Europa la pérdida
de un área de influencia. Pero además y en segundo lugar, cabe
discutir si este tópico de "el ser que aún no somos", si
este tópico de "la búsqueda de identidad" no es
característicamente europeo y si no tiene por objeto ubicar a
Europa entre aquellas culturas privilegiadas que ya han encontrado
tal identidad. Justamente yen un artículo titulado "Periferia
europea", Hans Magnus Enzensberger había denunciado esa
intención e incluso había llegado a afirmar que antinomias como
"nosotros/ ellos", "los mismo / lo otro" (de
las que, por ejemplo, se había servido Castellet) correspondían a
una actitud defensiva de Europa frente al mundo (105, 1969). Las
reflexiones de Volkening nunca escaparon al juego de estas
antinomias. Y no obstante la distorsión en que incurrían, esas
reflexiones bien pueden honrarnos y honrar la historia de nuestra
crítica. El dilema que vivió hasta el final de su vida, el
conflicto entre su añoranza de Europa y su inclinación por 'América
Latina', tiene algo de trágico y de conmovedor. Si Europa, como él
mismo lo reconocía en su "Patografía de la arq uitectura
moderna" (188, 1977), ya no era la rectora espiritual de
Occidente, si había dejado de ser la protagonista del teatro
universal, si había perdido su poder creativo y su autoridad,
entonces, ¿qué objeto tenía permanecer en una orilla del
mundo para desear la otra?, objeto tenía reflexionar una y
otra vez sobre las orillas del mundo?, ¿no era mejor quizás
soltar el lastre de toda nostalgia?
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Otros diseños de las cubiertas de Eco:
abril de 1961. julio de 1965, diciembre de 1980.
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LA ALEGRIA DE LEER: JUAN GUSTAVO COBO BORDA
"Todavía tengo presente -escribe Enrique Heine- el instante
en que muy de mañana, salí de la casa a escondidas y ansioso de
leer el Quijote sin ser molestado por nadie fui volando al parque
Ducal" (152, 1972). Y Efraín, en la novela de Jorge Isaacs,
rememora del mismo modo la tarde en que leía una novela de
Chateaubriand: "veíamos a la derecha -dice- en la honda vega
rodar las corrientes bulliciosas del río, y teniendo a nuestros
pies el valle majestuoso y callado, leía yo el episodio de
Atala" (cap. XIII). Hay, al parecer,ute;lico que comparten
varias literaturas y que bien puede encontrar sus antecedentes en
las obras pastoriles del Renacimiento. Es como si al pastor que
canta sus penas de amor hubiera sucedido este lector enmarcado por
el paisaje. Para quien se decidiera a escribir una historia de la
lectura, no sería difícil documentarla con esos daguerrotipos en
los que un joven de mirada soñadora contempla un paisaje sepia
mientras un libro se abre entre sus manos. Con justa razón podemos
preguntarnos si alguna vez terminó de leer aquel libro, si alguna
vez pasó a otro y a otro, pues en nuestra época la alegría de leer
no consiste sino en el vértigo de la lectura. Leer, para nosotros,
nada tiene que ver con esa mirada distraída que va de la página al
paisaje y del paisaje a una musaraña. La lectura es otra cosa. Es
cambiar de posición constantemente, subrayar, escribir alguna nota,
consultar otro libro, un diccionario a un amigo. El lector
con que sueña la revista Eco es un lector vertiginoso cuya ansiedad
corre en todas direcciones y cuya mirada apenas sí se distrae de la
lectura. Las páginas que se encuentran ante sus ojos no se le
entregan tan fácilmente. Nadie puede complacerse en sus artes
porque no las hay. Quien quiera hojear esta revista tendrá que
leerla, leer un párrafo aquí y otro allá, leer más de lo que él
mismo quisiera, más de lo que él mismo hubiera imaginado.
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Otros diseños de las cubiertas de Eco.
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Eco, hemos dicho, se originaba en un doble motivo: en su
nostalgia de Europa y del "humanismo centroeuropeo", y en
la actitud pedagógica que adoptaba frente a los lectores
latinoamericanos. Su influencia en la formación de nuestros
escritores es grande. A ello contribuyó tanto como la revista Mito,
sólo que de un modo más hondo y pausado y menos espectacular. No
hablamos de un grupo Eco en el mismo sentido en que nos referimos a
un grupo Mito. Este fue un grupo de escritores que expresaba sus
gustos y afinidades a través de una revista y que, por tanto, se
interesaba en publicar textos literarios "universales y
contemporáneos". Eco fue más bien un grupo de lectores e
intelectuales, lo cual les permitía ser más heterogéneos: no tenían
todos la misma edad, ni la misma nacionalidad, ni expresaban sus
preocupaciones intelectuales del mismo modo. En los tiempos en que
Eisa Goerner se ocupó de la redacción de Eco, la revista expresó
más claramente los problemas del "humanismo
centroeuropeo". Valencia Goelkel, al tomar el lugar de
Goerner, apenas sí modificó esta situación: se esforzó por inclinar
la balanza hacia la literatura latinoamericana, pero su mayor logro
consistió en elevar la calidad de los ensayos que traducía y
publicaba la revista. Nicolás Suescún no tuvo esa inteligencia.
Durante los años en que trabajó como redactor de Eco, el ensayo
perdió importancia frente a la narración o la poesía. En esta época
se publicaron textos de Policarpo Varón, Elisa Mújica, Darío Ruiz
Gómez, Umberto Valverde y Marvel Moreno. La revista se apartó
entonces de su propósito inicial y ya no correspondió tan
literalmente a su propio nombre. Las traducciones fueron menos
frecuentes y, cuando las había, mostraban un especial interés por
la dimensión social y política de la literatura. Al final, cuando
Ernesto Volkening asumió la redacción de la revista, Eco recuperó
esa lucidez del ensayo que había tenido en los tiempos de Valencia
Goelkel, pero al mismo tiempo abrió un espacio a la creación y a la
crítica latinoamericana, tal y como hubiera querido Suescún.
El último de los redactores de Eco, Juan Gustavo Cobo Borda,
terminó por inclinar la balanza hacia Latinoamérica. No debió ser
difícil. Tampoco debió serlo asumir la redacción de una revista que
ya tenía doce años de fundada y un cuerpo respetable de
colaboradores. No debió ser difícil, salvo por dos motivos: porque
el hombre que aceptó esa responsabilidad tenía apenas 24 años y
porque el dinamismo que inspiró a Eco fue superior muchas veces al
que le dieron sus antecesores y aun quizá al que haya tenido
cualquier revista publicada en Colombia en toda su historia. Cobo
Borda desempeñó el cargo de redactor de Eco durante doce años, y
durante doce años la revista no conoció sosiego ni descanso.
Incluso cuando en 1976 debió ser suspendida por razones económicas,
Cobo Borda buscó la manera de publicar en Colcultura una antología
que estuvo a cargo de Alvaro Rodríguez y que recogió los mejores
ensayos de autores colombianos que habían aparecido en la revista.
Y una vez vuelta a la circulación, la lectura continuó en su
fiesta. En estos años se publicaron estudios sobre José María
Arguedas, César Vallejo, Gabriel García Márquez, Juan Carlos
Onetti, Jorge Zalamea, Leopoldo Lugones, Juan Goytisolo y Mario
Benedetti, entre otros. El número 200 es una apreciable antología
de la crítica latinoamericana en la que figuran ensayos de Angel
Rama, Guillermo Sucre, Rafael Gutiérrez Girardot y Carlos Rincón.
Los artículos sobre arte, filosofía y teoría literaria nunca fueron
más abundantes. Eco hospedó en sus páginas textos de Lévi-Strauss,
Roland Barthes, Walter Benjamin, Hans Robert Jauss y Mijaíl Claude
Bajtin. Se tradujeron textos de poetas norteamericanos como Robert
Penn Warren, Elizabeth Bishop, Robert Lowell, William Carlos
Williams, John Ashbery y Allen Ginsberg, pero también allí vieron
la luz escritos de Mario Rivera, Alba Lucía Angel, Roberto Burgos
Cantor, Julio Olaciregui, María Mercedes Carranza y Daría Jaramillo
Agudelo.
Tantos nombres pueden inspirar al mismo tiempo fatiga y
admiración. Podrían agregarse muchos más, pero los que he
mencionado bastan para sugerir el amplio espacio que cubrían las
lecturas de Coba Borda y para confirmar el hecho de que, a pesar de
tantas críticas (muchas de ellas acertadas) que ha recibido, es uno
de los lectores más influyentes de nuestra historia literaria
moderna. Ya fuera en los días dorados de Colcultura, cuando también
era redactor de Eco, o más tarde, en los últimos años, y siempre
por una suerte de vocación y de oportunidad, le ha correspondido
ocupar ese espacio marginal y con funciones directrices del
prologuista, del editor o del antólogo. Esto es algo que se dice
habitualmente de Coba Borda, y la ironía con que se dice bien puede
indicar que sus textos, marginales y con funciones directrices, ya
no son tan eficaces como en otras épocas. En contraste con los
estudios literarios que las universidades y otras instituciones
culturales se esfuerzan actualmente por realizar, los escritos de
Coba Borda se saben epígonos de la única tradición crítica que
hasta hace poco podía definirse con claridad y que consiste en
presentar una obra y promoverla o difundirla entre los lectores. Es
verdad que esta tarea será siempre necesaria, pero durante mucho
tiempo nuestra crítica literaria se dedicó única y exclusivamente a
ella sin hacer caso de sus consecuencias: la brevedad del texto, la
escasa profundidad de sus afirmaciones y el tono encomiástico de
sus juicios. Nuestra crítica siempre ha tenido el sueño de una obra
más comprensiva y menos errática o azarosa. Es una sueño
cíclicamente frustrado en lo que va de Baldomero Sanín Cano a
Hernando Téllez, de Hernando Téllez a Valencia Goelkel, de Valencia
Goelkel al mismo Cobo Borda. En el prólogo a una colección de
artículos de Sanín Cano (publicado en Eco, 189, 1977), Coba
Borda citaba, para rechazar, unas líneas de quien puede ser
considerado como uno de sus antecesores:
Se ha hecho al presente escritor la crítica de no haber aplicado
su diligencia a la elaboración de una obra orgánica, en vez de
colecciones de artículos sin un nexo palpitante entre las diversas
secciones de que se compone. El autor no tiene más excusa que su
incompetencia.
Creo que haremos bien en imitar a Coba Borda y rechazar estas
palabras de Sanín Cano, pero ante todo por su excesiva modestia.
Hay una razón, distinta de la incompetencia, que puede explicar
esta fatalidad de nuestra crítica y que consiste en que nunca ha
dejado de concebirse a sí misma como una crítica de ocasión y por
tanto ha visto en el artículo de periódico o de revista el mejor
medio de realizar su tarea. Durante mucho tiempo la crítica
literaria ha derivado entre su sentido de urgencia y el anhelo de
un libro orgánico. Como muestran los números monográficos sobre
Holderlin, sobre Nietzsche, sobre la crítica literaria
latinoamericana, ese anhelo también se encuentra en la revista Eco.
Es un anhelo curioso en una publicación periódica, es el anhelo de
presentar un corpus coherente para permanecer, para durar más allá
de los tiempos a los que deseaban responder sus páginas. Ha pasado
ya un lustro desde que dejó de publicarse esta revista a la que
inspiraba una nostalgia de otras voces y, sin embargo, sus números
no han dejado de circular: van pasando de mano en mano, de lector
en lector, se van gastando, van dando tumbos, desaparecen muy
lentamente. Ante nuestros ojos comienzan a desdibujarse esas
imágenes en que mejor la reconocíamos: la del viejo señor
latinoamericano o europeo que vive y recuerda su cultura en una de
las orillas del mundo (siempre la otra; siempre la orilla
equivocada); la de un humanismo que se refugia en Princeton, en
Oxford o en Budapest y sabe que tiene los días contados; la de los
tiempos exultantes de ese bolivarismo literario al que llamamos el
Boom latinoamericano; la de un lector vertiginoso cuya ansiedad
quiere abarcar todos los horizontes que el texto le propone. Como
decía Cobo Borda de la revista Sur (232, 1981), como podríamos
decir nosotros de Mito o de la revista Contemporáneos, Eco forma
parte ya del extraviado inconsciente de nuestra cultura.