Artículo: CRITICA: ¿Un quincenario sin compromisos?
(1948-1951)
Cómo conciliar esa catapulta con el loable interés por la
política internacional y la historia contemporánea, es algo que el
lector de hoy no puede resolver -como tampoco lo resolvería el buen
lector de entonces, si lo había en aquella nación de turbamultas,
más fervorosa que la nuestra-o El tono internacionalista de Crítica
no parecía avenirse con las lamentables condiciones locales.
También ha sido pecado del liberalismo ese aprender de los libros,
de las ideas o de las experiencias ajenas, el modo universal de
comportarse para garantizar el progreso. Nicolás Gómez Dávila lo
expresa así: "El incorregible error político del hombre de
buena voluntad es presuponer cándidamente que en todo momento cabe
hacer lo que toca. Aquí, donde lo necesario suele ser lo
imposible" 5. No era menor la
candidez en el gobierno nacionalista de Laureano Gómez, pero es muy
difícil no pasar por cándido para ser político en nuestra época y
más-desde la óptica de un reaccionarismo ahistórico como el de
Gómez Dávila. Pero la cultura no puede ser cándida, precisamente
porque es libre.
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Núm. 19, agosto 2 de 1949. Núm. 22, septiembre 15 de 1949. Núm.
23. octubre lo. de 1949 (A.S.R.).
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Primero desaparecieron las listas -"Calendario
trágico", era su título-, luego "La quincena
parlamentaria", posteriormente las caricaturas y, con la
censura, los propios editoriales, silencio que fue el único gesto
de oposición y de persistencia ante la intromisión que fue apenas
una correspondencia a otra intromisión, por parte del quincenario.
El 4 de mayo de 1950 comenzó la censura a ser publicada mediante
una franja con letras grandes en la primera página: "Esta
edición aparece bajo censura". La censura pudo mostrar, al
mismo tiempo que la debilidad de una publicación de ese tipo en
nuestro país, la importancia de la tarea "cultural" de
Crítica. Se vuelve un quincenario casi exclusivamente difusor de
"textos de cultura" (arte, letras y pensamiento), pese al
gesto del silencio editorial y a los indicios de la escoba de
redacción. Pero el viraje no complace nunca a Zalamea, y con ello
se evidencia su verdadera intención de hacer de Crítica una
publicación política, es decir, una publicación nacional
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Núm. 26, noviembre 15 de 1949. (A.S.R)
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En cuanto a hablar de la generación de Crítica, hay que decir
que ella es inexistente, por dos motivos básicos: la falta de
coherencia en un afán cultural (me obstino en esa división viciosa
de la comunicación social: arte, pensamiento y literatura) y la
carencia de personalidades dedicadas exclusivamente al quincenario,
con la excepción de Zalameas Jorge, Eduardo y Alberto. Pero aun el
caso de Jorge y Eduardo Zalamea es el de la presencia de dos
escritores con rumbo definido, que nunca pretendieron darle a
Crítica la dirección de sus propias búsquedas espirituales o
artísticas. Alvaro Mutis publica sus primeros poemas, o sus
primeras versiones, en Crítica, pero Mutis puede ser asociado hoy
más fácilmente con publicaciones como Cántico, Mito o Eco. León de
Greiff pertenece a una generación anterior, esa que fue llamada Los
Nuevos, y a la que pertenecía Jorge Zalamea, pero esa generación no
tenía nada que decir a través de Crítica; el interés por Los Nuevos
se limitaría a un par de artículos y a la columna, luego clausurada
por su firmante, del "loco Legrís". Los Nuevos fueron
nuevos hasta la aparición del piedracielismo, a finales de los
treinta, y después se desperdigan por diversos campos y diversas
simpatías. Ni Luis Vidales, ni Rafael Maya, ni Octavio Amórtegui,
ni Alberto Lleras ni Germán Arciniegas fueron colaboradores
permanentes- y muchos forjadores- de Crítica. Nos quedan de esa
"generación " (degeneración de generaciones, como dice
algún actor mexicano) algunas contribuciones esporádicas del
reaccionario y lúcido Hernando Téllez y las misteriosas
baladronadas del alucinado León de Greiff. Otras generaciones
poéticas o literarias se dieron cita, sin ánimo de generación, en
Crítica: los del círculo de Cántico y cuadernícolas, Mutis, Jaime
lbáñez, Natanael Díaz o Rogelio Echavarría, poeta recién amanecido
para la época, como Carlos Castro Saavedra, Osear Hernández,
Fernando Arbeláez y Carlos Jiménez. La generación que sí tuvo ánimo
de tal, y esto no significa más que unos cuantos nombres que
coinciden en elaborar una versión del presente cultural de un país,
y que gravitó en torno al núcleo de Mito (Gaitán Durán, Cote Lamus,
Valencia Goelkel, Gutiérrez Girardot) no pasó por Crítica, aunque
eran tan jóvenes como los últimos mencionados.
Por lo demás, la enseñanza de los de Mito fue que, a pesar de la
toma inicial de partido político -conservador Cote, liberal Gaitán-
jamás se dejaron exasperar por el horror trivial (y tribal) de la
menuda situación nacional, y supieron guardar esa debida distancia
que hace al verdadero crítico, y que no es indiferencia sino
independencia. Su respuesta, su humanismo, fue la labor literaria,
que hoy apreciamos en aquella revista. Sin embargo, este mismo azar
de publicación de escritores y artistas jóvenes nos muestra un
criterio literario y artístico bien formado, seguro de sí en lo que
está promoviendo, hecho más destacable si pensamos en que la
promoción es de jóvenes (e inciertos) talentos; Pound ha dicho que
"el valor de crítico no se conoce por sus argumentaciones,
sino por la calidad de lo que escoge" 6, y en ese sentido Crítica demostró ser crítica, y
no un devocionario poético abierto a todas las colaboraciones de
grillos jóvenes y con arrestos destructores que llegaran a la
redacción. El18 de enero de 1951, Crítica presenta así un cuento de
un joven escritor que aún no publicaba su primera novela: "De
Gabriel García Márquez, el autor de La noche de los alcaravanes,
que publicamos en esta página, apenas sí sabemos que tiene 23 años,
que vive en Barranquilla y que, con Alfonso Fuenmayor, trabaja en
la revista Crónica. Pero hay en este cuento suyo -en esta imagen de
sueño- un tono, una atmósfera una profundidad espacial, que parecen
indicar la mano segura y la mirada penetrante de un escritor
auténtico. Para Crítica, que ha querido ser -desgraciadamente sin
éxito- una puerta abierta para todos los escritores colombianos y,
en especial, para los que ahora se inician en las letras, es muy
grato presentar a Gabriel García Márquez, cuya obra, creemos
nosotros, deberá seguirse con atención" 7. En el mismo número, para nuestro pasmo,
presentaban a otro cachorro imberbe: "Grande acierto tuvo Leo
Matiz al inaugurar su Galería de Arte con la exposición del joven
artista antioqueño Fernando Botero. A los diecinueve años, este
artista logra retener poderosamente la atención del público que
sabe desde ahora que será preciso tener muy en cuenta este nombre
en el desarrollo futuro de nuestras artes plásticas" 8.
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Núm. 33. marzo lo. de 1950.
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La diferencia entre una publicación de espíritu y una de
colaboraciones está en que esta última no puede arrogarse el
derecho de encarnar ningún ideal, ninguna bandera, distintos de la
simple difusión de lo que publica. La otra publicación, la que es
un solo Texto, no sólo difunde lo que publica, sino que señala
también sus sentido, su importancia y el lector a quien va
dirigido. Es decir, integra cada texto a un mundo; en la
publicación de colaboraciones, la colaboración es lo que necesita
mundo, lo falto de éste, lo que expresa simplemente una
opinión personal. Por ser publicación de colaboraciones, Crítica no
hace época, no hace generación (sic), mas sin embargo hace
historia, porque pocas publicaciones culturales en el país han
reunido en sus páginas el alto material que publicó Crítica, en
principio como texto adicional y después de la censura como texto
exclusivo, aunque inconexo, por la falta de una guía editorial que
hiciera de Crítica un "quincenario de arte y cultura".
Alguien notaba ya, en el segundo aniversario de Crítica, y durante
la censura, algunos aspectos claves de su existencia: "l. El
único periódico que se puede leer íntegramente con la seguridad de
que no tropezamos con el insulto, la envidia y la malevolencia, tan
comunes en toda nuestra prensa. 2. Es urgente que sus páginas,
hasta donde sea posible, expongan y planteen los problemas
nacionales: cultura y política científica en estrecha vinculación.
3. Un mayor tiraje y una mayor distribución, pues hay ciudades
adonde apenas llegan dos o tres números; ejemplo: Cali ... ''
9. El segundo punto les estaba
recordando un frente ya perdido para ellos, pero
simultáneamente dejaba entrever la nueva presencia del quincenario,
como magacín difusor. Al mismo tiempo que se libraban
involuntariamente de la saña y el combate retórico, en apariencia
se mantenían en batalla, pero su ánimo cultural estaba debilitado.
También les pedían sus lectores, en aquella ocasión, un mayor
cuidado de la limpieza tipográfica. De cualquier modo, resulta
deprimente que el lector de su época delatara su propia condición,
comparándolo (al quincenario) con "nuestra prensa": si
bien Zalamea intentó ubicarse en "nuestra prensa", el
"quincenario cultural" y la censura no permitían tal
cosa.
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Núm. 34. marzo 15. de 1950.
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Dentro del sano y escindido cosmopolitismo, el periódico de
Zalamea exaltó entre sus personajes internacionales, a Emmanuel
Mounier, a André Gide, a Ernst Wiechert y a Chiang Kai Chek, como
muestra, exaltación que por ella misma es un decir, dando así un
paso importante contra el anquilosamiento de la inteligencia
colombiana. Más destacable aún es su labor en materia de
traducciones, base imprescindible del proceso anteriormente
mencionado (y que llevaría a su mejor y mayor expresión la
generación de Mito). Crítica o sus colaboradores tradujeron ensayos
de Artaud (sobre los tarahumaras), de Norman Mailer (sobre Woodrow
Wilson), de Nicolás Berdiaeff (sobre el Estado), de Karl Jaspers
(sobre la "culpabilidad alemana", tras la guerra), de
Paul Valéry (sobre Descartes), de Papini (sobre la crítica), en el
momento en que éstos construían parte del rostro
"cultural" del siglo xx. Esto aparte de tres muy
importantes artículos -importantes para la cohesión del
quincenario, especialmente después de la censura, cuando realmente
le urge una cohesión-, traducidos para Crítica y aparecidos por
entregas: "La supresión de los partidos", de Simone Weil,
"La autoridad y el individuo", de Bertrand Russell y
"Carta del papa Celestino VI al pueblo que se dice
cristiano", por Giovanni Papini. También es importante el
trabajo de traducciones de poetas y escritores universales o
contemporáneos, escogidos con criterio: La peste, de Albert Camus,
cuando era obra de teatro y el francés un menudo existencialista de
la última cochada; algún texto de William Faulkner, a propósito de
su premio Nobel; la versión de Pájaros de Saint-John Perse, también
premio Nobel años más tarde, que hiciera el propio Jorge Zalamea y
que es insuperable; el Prometeo de Goethe, traducido por Eduardo
Zalamea; poema de Rilke, por Otto de Greiff, poesía japonesa en
versiones -¿quizá del francés?- de Luis Vidales, o La
comandante, de Ernst Wichert. Así mismo, y sigo insistiendo en el
clima cosmopolita creado -revolucionario en un país pacato e
hispánico-, encontramos colaboradores extranjeros de la talla de
Arthur Miller, Servan-Schreiber, Roger Caillois, Truman Capote,
Salomón de la Selva o Guillermo de Torre, jóvenes de la época. El
19 de septiembre de 1950 se logró un número maravilloso, apartado
de los espinosos asuntos nacionales y llevado a los espinosos pero
trascendentes asuntos de la decadente Europa. Así presentaba
Crítica su número monográfico: "Este número ha sido realizado
por Alberto Zalamea. La dirección de Crítica agradece a sus colegas
L'Observateur y Le Monde de París, a la Agencia Francesa de
Información, a los señores Paul Rivet, Claude Bourdet, Jean-Paul
Sartre, Mervyn Jones, Mario Cesari, Dany Benusiglio, Francisco
Fejto, J. Gordon, Charles Delasniere, Jacques Armel, J.
Servan-Schreiber y René Maurier, por la valiosa ayuda, artículos e
informaciones que quisieron prestarle para la realización de este
número consagrado exclusivamente al continente europeo. (La
dirección señala, igualmente, que la responsabilidad de los
artículos publicados es estrictamente personal y recae sólo sobre
el autor)" 10. También el
quincenario publicó en diversos números noticia de lo que se hacía
en ese momento en literatura, en Francia, Inglaterra, Alemania o
Estados Unidos. La red de contactos de Crítica o de Jorge Zalamea
era excelente: tan frívola como fundamental puede ser la
"gaceta de actualidad mundial literaria" en un ambiente
muy dado al enclaustramiento y la retórica sin tradición y, por
tanto, sin presente. En ese sentido, es también importante ese
"noticiario" que incluye, además, a las artes, música,
plástica, teatro y, algo insólito pero reconfortante, la moda, que
ocupa, al principio, toda la última página de Crítica (¿era
"gancho" para frívolos o rescate de la moda como
indicador social y, acaso, cultural?).
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Núm. 64. julio 5 de 1951.
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León de Greiff aparece en esta propaganda que publicaba
Crítica.
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En el ámbito literario, muchos son los nombres (con sus
respectivos hombres; porque suele suceder, en las revistas de
colaboración, que el nombre es usado y el texto hurtado de
cualquier parte) que dieron sombra a Crítica. Tanto extranjeros
como nacionales, aunque, como hemos dicho, sin
"compromisos" con Crítica, escritores cada uno en lo
suyo. De los colombianos, los más publicados -algunos,
colaboradores- fueron León de Greiff, quien tenía su columna y
también publicó poemas; Alvaro Mutis, quien publicó unas primeras
versiones de poemas, como Angela Gambitzi y Los elementos del
desastre bajo otro título; Carlos Castro Saavedra, otro poeta joven
que protestaba contra la violencia en tono idílico y de cándida
afirmación de la libertad personal; el propio Jorge Zalamea, con
traducciones, cuentos y ensayos; Eduardo Zalamea, de quien se
ensalzaba ya una de las más grandes novelas escritas en Colombia,
Cuatro años a bordo de mí mismo; Hernando Téllez, con sus agudos
artículos; Jaime Tello, poeta infortunado y traductor; Fernando
Arbeláez, joven poeta, el segundo nombre importante de la juventud
lírica de la época, al lado de Castro Saavedra (un poeta como Mutis
tenía que poseer menor eco en aquel ambiente); Luis Vidales, el
nunca olvidado compadre de Los Nuevos; Gerardo Valencia,
piedracielista fugado por un momento (aunque Crítica nunca
representó la tentación de un movimiento); Ciro Mendía, Marta
Traba, García Márquez, Juan Lozano y Lozano y hasta algún artículo
del precoz Gonzalo Arango; todos ellos, insisto, sin ningún
compromiso con el quincenario.
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Un cuento de Gabriel García Márquez especial para Crítica, núm.
54, enero 18 de 1951.
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En una antología de Crítica incluiríamos excelentes escritos que
hoy son prestigio de bibliotecas selectas: La hora veinticinco, de
Gheorghiu; La tumba de Palinuro, de Cyril Connolly; El laberinto de
la soledad, de Octavio Paz; La piel (aquella vez excelentemente
traducido como El pellejo), de Curzio Malaparte, o Crónica de los
pobres amantes, de Vasco Pratolini. Publicaciones que hablan de la
verdadera crítica de Crítica. Si el quincenario no hubiese tenido
otro propósito que el de mostrar, con todas sus implicaciones
sociales y políticas, sus juicios humanos en el campo de la
cultura, no dudaríamos en colocarlo entre las revistas literarias
que forjan una tradición para los que estamos llamad os a hacer uso
de ella.
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Núm. 31 febrero lo. de 1950.
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5
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Nicolás Gómez Dávila,Escolios a un texto implícito,
Bogotá, Colcultura, 1977,vol. II, pág. 122.
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6
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Ezra Pound, Antología.Madrid, Visor, 1979, pág. 201.
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7
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Crítica, 18 de enero de 1951.
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8
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Ibíd.
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9
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Crítica, 18 de octubre de 1950.
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10
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Crítica, 19 de septiembre de 1950.
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