|
Entre
bostezos y aplausos
Crónica del VII
Festival Internacional de Teatro de Manizales
|
|
|
|
|
En una esquina
desolada de la plaza de Bolívar, un gamín rescataba de entre la basura los innumerables
tarros de cerveza y botellas de aguardiente dejados por la última rumba. Del clásico bar
de tangos Los Faroles, salían dos desmadejados personajes que durante la semana habían
interpretado el papel de críticos y que a estas horas no eran más que dos de los cientos
que se habían quedado bebiendo hasta ver el amanecer. Un taxi cruzaba lento la bruma de
la madrugada con dos ojerosos periodistas cargados de papeles que iban rumbo al aeropuerto
La Nubia a tomar el primero de los doce vuelos adicionales despachados por Aces el domingo
31 de agosto, día en que finalizó el VII Festival Internacional de Teatro en Manizales.
A juzgar por los desechos que se observaban en la ciudad esa mañana, el arzobispo,
monseñor José Jesús Pimiento, tenía razón cuando dos semanas antes había censurado
al festival por ser escenario del diablo. Aunque lo sucedido en la calle durante la semana
acusaba más a Lucifer, el jefe de los ángeles rebeldes, de ser el anfitrión.
Pero no puede decirse lo mismo del teatro Los Fundadores, sede de la muestra oficial,
donde el anfitrión casi todas las noches, la verdad sea dicha, fue Morfeo.
Bostezos desde 300
pesos
Lo más llamativo de la muestra oficial del festival de teatro no consiguió ser, pese a
su excelencia, el montaje espectacular del grupo brasileño, ni el malabarismo del grupo
de la Universidad Veracruzana de México, ni la majestuosidad del Bolívar llevado a
escena por Rajatabla de Venezuela, ni el exceso de lugares comunes interpretados por el
Colectivo Isabela Morán. Lo más llamativo, sin duda alguna, consistía en apartar por un
momento la mirada del escenario y observar el movimiento de las cabezas silueteadas del
público que a intervalos se desmadejaban y volvían en sí con ese curioso movimiento de
escalofrío que produce en uno mismo el hecho de dormirse donde no debe. No es
necesariamente una crítica al festival puede ser al público-, que probablemente
despertaba a la salida para seguir la rumba, pero la verdad es esa: los teatros se
llenaban, pero la mitad de la gente se dormía.
El sábado 24 la muestra la abrió el Teatro Libre de Bogotá con Un muro en el jardín,
original de Jorge Plata y dirigida por Ricardo Camacho. Se le hicieron las mismas
críticas de siempre, resumidas con acierto por Gonzalo Escobar: "tiene una malévola
intención de suprimir los símbolos, las insinuaciones; distanciamientos, poesía, todo
allí debe ser real"
Mejores comentarios logró Bent (Desviado), de Martín Sherman, llevada a escena por el
Teatro Nacional con la dirección de Gustavo Londoño. Esta obra siempre logra
impresionar, ante todo por la elegancia en el tratamiento del tema.
El tercer día, el lunes 26, se presentó el Grupo Oficial de Artes Escénicas del
Ministerio de Cultura de Nicaragua, con la creación colectiva A golpes de corazón,
dirigida por Lucero Millán. Definitivamente, y aunque se la justifique políticamente, es
una pieza demasiado pedagógica, catequística. Antes de la de Nicaragua, se habían visto
ya dos representaciones de carácter puramente político: el Nuevo Teatro de los
Comediantes, chileno, con El huevo de Colón, y El Corralón de Argentina con Juana de
América. Como siempre sucede en estos casos, la crítica se vuelve discusión acalorada.
En resumen, buena actuación la de los chilenos, pésima la de los argentinos y poca
novedad en el montaje.
México estuvo presente con dos obras: una de la Organización Teatral de la Universidad
Veracruzana, dirigida por Enrique Pineda y escrita por Hugo Rascón: Máscara contra
cabellera que para la mayoría de los espectadores constituyó una vulgar lucha libre
justificada por el escenario. La otra fue Los que no usan esmoquin, del grupo Contigo
América, pobre elaboración de la realidad donde la mesa es la mesa, la nevera es la
nevera y los personajes son una caricatura de la clase obrera latinoamericana, que en la
realidad nada tiene que ver con esos personajes melosos de salidas irreales. Es el mismo
problema de Testimonios de las muertes de Sabina, del grupo El Rostro de Chile, diálogo
entre dos personajes del lumpen que no agrega nada a la historia de los marginados. El
tema de la vida urbana marginal es retomado constantemente por los grupos
latinoamericanos, según se ha visto en los dos festivales, pero generalmente se incurre
en un realismo que no ofrece perspectivas y se queda siempre corto ante esa realidad que
con sus gritos ensordece las escenas diarias de las ciudades latinoamericanas.
Tema muy semejante trajo el grupo ecuatoriano El Juglar, en Cómo e la cosa,
creación colectiva dirigida por Ernesto Suárez. Si bien un poco más lograda que las
mencionadas, en especial por la calidad de los actores, de pronto se escapaban unas frases
sueltas, como de reflexión hacia el espectador, que de un golpe le bajaban el ritmo a la
acción.
Italia no acertó en el gusto del público: la primera obra del Colectivo Isabella Moran,
no le gustó a nadie por lo retardatario en el tratamiento del tema sobre la liberación
de la mujer. La segunda, La panna acida, (La crema agria), a pesar de la limpia actuación
de las dos actrices, no logró llegar a la gente, que quedó excluida hasta por la barrera
del idioma.
Se presentaron, además, grupos colombianos cuyo fracaso debe abonársele al festival, que
los programó sin tener en cuenta que simplemente su poca trayectoria no les daba la
talla. Es el caso de los grupos de Pamplona, de la Universidad del Valle, de Bellas Artes
de Cali, de la EPA de Medellín, y del Aguijón.
No obstante, teatro colombiano hubo, y bueno, a diferencia del año pasado, pese a la
ausencia del 80% de los grupos nacionales que se abstuvieron de participar (Corporación
de Teatro y Cortina).
El taller de Artes de Medellín, con El arquitecto y el emperador de Asiria, logró
excelente crítica, en especial extranjera, ante todo por su impecable actuación.
Igualmente Acto Latino, con Odina, se robó los aplausos por el desempeño de la actriz.
Buena aceptación obtuvo La Fanfarria (teatro) con la Bella Otero.
|
|
|
|
|
|
Destacable el texto, cuyo
autor es Freidel, director del grupo. Irreprochable la escenografía de Retrato de una
dama con perrito, del grupo de la Universidad de Antioquia, con éxito para el teatro del
absurdo, que suele suscitar críticas adversas. En general, Colombia puede salir con la
cara en alto.
Entre las obras extranjeras, la que enloqueció al público fue Ubu folias physicas,
pataphysicas e musicaes, de Alfred Jarry precisamente, precursor del teatro del
absurdo, dirigida por Cacá Rosset, del grupo Ornitorrinco de Brasil. Un desbordante
montaje que utiliza elementos musicales, escenográficos y circenses, para conquistar a
todos y atraerse los parabienes de los entendidos. El Teatro Fronterizo de España, con
Naque de piojos y actores, se ganó la aceptación de los especialistas, más no la del
común de la gente; es, sin embargo, una novedosa propuesta de teatro dentro del teatro.
Por último, Noruega, con el monólogo de una polifacética actriz, Elsa Kvamme, escrito y
dirigido por ella misma, El hombre que dio a luz una mujer o siete tentativas de cambio,
texto polémico y poético, mostró algo completamente distinto de lo visto durante la
semana.
Para mayores de ocho
años
Si la muestra de teatro dejó aspiraciones insatisfechas, los grupos de títeres,
marginados por los horarios, los malos escenarios y la crítica, ofrecieron una muestra
completa por lo diversa, los planteamientos novedosos, la buena técnica, los bellos
textos y, como si fuera poco la nacionalidad colombiana de todos los grupos. El primero
fue Granito Cafecito, grupo manizaleño de mucha trayectoria que abrió las mejores
perspectivas. Luego El Taller de Artes de Medellín, con El sol negro, canto a la vida,
con inmejorable técnica. El tercero: Barquito de Papel, de Cali, no por tradicional menos
bueno. Vino luego la versión de titiriteros de La Fanfarria de Medellín, con Las
aventuras de don Goriloche en su vago coche: el papel y el origami puestos al servicio del
arte. De Bogotá: La paciencia de la guayaba, y La Libélula Dorada con Espíritus
lúdicos, buenos, como siempre. Nos permitimos incluir aquí el Taller Escuela de Teatro y
Títeres de la Universidad Nacional, de Enrique Vargas, con un interesante experimento de
contar historias valiéndose de una escenografía en miniatura.
Hay, sin embargo, una falta que empaña la actuación de los titiriteros: todos,
absolutamente todos, sin excepción, se quejaron de que los niños gritaban y se reían
mucho, impidiéndole oír a algún crítico tieso que los pudiera alabar en el periódico.
El tercer día llegaron a implantar la censura "Para mayores de ocho años", se
leía a la entrada.
El teatro se enfrenta
en la calle
Quince días antes de que los "especialistas" aterrizaran en Manizales, un grupo
de dieciséis actores, juglares, maromeros o saltimbanquis, como quieran llamarse,
llegaron con sus zancos, máscaras, muñecos, trompetas y tambores, para instalarse en
barrios marginales de la ciudad y llevar a cabo como ellos lo llaman
"Simbiosis: Laboratorio espectáculo en un sobresalto".
Durante la primera semana se dedicaron a crear entre todos una propuesta de montaje, a
programar el trabajo y a realizar funciones nocturnas en los barrios, mediante las que se
fueron ganando primero a los niños y luego a los adultos, reacios como consecuencia de
los sermones de los curas.
A la semana siguiente contaban con 260 personas, entre niños, viejos y adolescentes, que
querían participar en el espectáculo. Todos fueron en expedición al basurero municipal,
de donde sacaron desechos para que cada quien vistiera su personaje. Las señoras
cosieron, los señores serrucharon, los niños se divirtieron y todos estuvieron el
sábado 31 en Simbiosis, espectáculo callejero que anunció doce horas continuas y un
intento real de acercamiento al público, de confrontación del actor con el ciudadano
común y corriente.
Definitivamente son los teatreros de la calle los que se la juegan con una conciencia muy
política, por lo contestataria, y algunas veces muy refinada, como es el caso del grupo
La Papaya Partía y sus súcubos, quienes, además de sus rituales y místicas
presentaciones, invitaron el miércoles a una cena en la plaza de Bolívar, en la que con
una actuación irreverente y estética se preguntaron por el hambre, sin panfletos ni
estridencias.
Otro día, inesperadamente los súcubos se treparon plásticamente por los santos de la
catedral de Manizales (cerrada por una enorme reja), preguntando sin palabras y con
acierto por la censura con que el clero castigaba al festival.
De destacarse, también, la actuación de un grupo nuevo, Órdenes de cómicos banda de
arle quino, con un trabajo elaborado.
Los teatreros de la calle están a todas horas y en todas partes, convocan y reúnen, le
roban sonrisas a todo el mundo y rompen el espacio con sus colores y sus zancos y son los
mismos que el año pasado se tomaron el festival sin ser invitados y le dieron una
apertura que a nadie se le olvidará, cuando un personaje, a tres metros de altura, se
enfrentó al señor presidente de la república. Son los callejeros los que mantienen el
ritmo. Simbiosis, en especial, es una experiencia sin precedentes que, aunque su resultado
final aguanta varias críticas, permite a la gente vivir el teatro por conducto de ellos,
que son, en definitiva, los que convocan a Lucifer.
ANGELA MARÍA
PEREZ
|