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Desnudando
la canción
Canción desnuda
Rafael del Castillo
Fundación Simón y Lola Guberek,
Bogotá, 1985, 62 págs.
Salvar la vida con
palabras: tal parece ser el propósito central de este primer libro de Rafael del
Castillo, nacido en Tunja (Boyacá), en 1962.
En su primera parte, Lugares difíciles, hay dos voces buscando prevalecer. Una
más elocuente en su deliberado propósito impugnador. Es la que domina en poemas como Hay
los que son atacados por la peste (págs. 27-29) o Saludo (págs. 37-38). Es
ella la que al segundo de los poemas mencionados proclama en forma un tanto aparatosa su
rechazo:
Yo soy el indecente
el que bebe en los oscuros
prostíbulos
a los que ningún hombre de
férreas convicciones
ha entrado o
entrará jamás
soy el que cae bajo las mesas
mordido por la modorra del
exceso
Yo soy el inmoral
el animal lascivo del que los
buenos hombres
hacen bien en cuidar a sus tristes
y fáciles mujeres
el orinado por los perros
el que saluda al universo
desde el abismo
Se percibe aquí el
romanticismo, un tanto trasnochado, del marginal. La complacencia en la caída y el gusto
por sentirse aislado de la sociedad, siendo prisionero en el cuarto más oscuro de la
casa. El poeta rebelde vuelve a surgir aquí, con su máscara un tanto avejentada. Paria
que cuestiona la fuerza pública, su ira se agota en la denuncia, un tanto retórica.
Otros poemas, en cambio, como Ciudad (págs. 33-34), La piedra anhela (págs.
39-40) o Un signo (pág. 31) logran comunicarnos una visión más amplia, quizás
por ser poemas deliberadamente menores en la intimidad de su tono. Son poemas personales.
Sentimos la presencia de quien los escribió, infundiéndole su propio calor a una roca y
haciendo que lo inerte se convierta en vuelo verbal. O logrando que un irónico
coloquialismo "en fin en fin ustedes saben" corte, en Ciudad, y a tiempo,
su lograda simpatía interior por un ritmo urbano, que bien puede ir del gracejo al
surrealismo un tanto desquiciado.
El poema Un signo busca hacer explícita su poética, de esta forma:
Camino por el campo de
batalla
buscando entre los escombros
un indicio de vida
una palabra extraviada en el aire
un eco
el zumbido de una mosca
Tal un animal hambriento
Escarbo la tierra ansiosamente
en pos
de un trozo de vida qué
llevarme a la boca
de un signo qué saborear
acuclillado entre las piedras.
Pero es quizás en Canción
desde la lluvia (págs. 17-18) cuando, dirigiéndose a la madre, obtiene una mejor
comprensión de su propia tarea: ese esfuerzo colectivo, firmado por uno solo, y también
destinado a desaparecer en el flujo infinito del lenguaje.
A su espalda este verso
se despliega e intenta
darme ayuda
pero es tan sólo un verso
y nada puede pero
es un verso mío
y nada puede...
Mi madre desde lejos hace fuerza:
maldito verso inútil dice
y llora.
En la segunda parte del
libro, Morir cantando no le va mal a nadie, su reflexión sobre la utilidad de la
poesía, y su función en nuestro tiempo, se hace más angustiante pero no por ello más
lograda poéticamente. Cadenas de enumeraciones, en tantos casos confusas, intentan, en
vano, dramatizar el viejo conflicto entre la palabra y la urbe. Entre el poeta que busca,
ansiosamente, decir la última sílaba, ingresando, a través de las alcantarillas, en el
corazón secreto de ese monstruo inabarcable, consciente, además, de que "no
sobrevive la palabra no hay nadie que te escuche" (pág. 47) y aquel (él mismo) que
se contenta con señalar: "un poco de ruido antes de irse definitivamente al fondo no
le va mal a nadie" (pág. 47). Pero tal debate resulta estéril, al plantearse en
esta forma. O se escribe un buen ensayo al respecto, como lo ha hecho Octavio Paz en Sombras
de obras (1983), mostrando a la ciudad como eje de la nueva poesía, o se resume el
asunto en un párrafo tenso como el que Norman Mailer ha redactado, comparando a Henry
Miller con Ernest Hemingway y que sintetiza, muy bien, la cuestión:
La historia demostró
que se inclinaba del lado de Miller. La vida del siglo XX abandonaba el mundo del esfuerzo
individual, el alcohol y las heridas trágicas en favor de la gran ciudad y su cubo de
basura repleto de magulladuras, jaquecas, ruidos parásitos, drogas psicotrópicas,
amnesia, relaciones absurdas y cáncer. En lo hondo de las cloacas de la existencia donde
se cocina el cáncer, Miller hacía piruetas. Miren, dijo siempre, este horror no tiene
por qué matarlos. Pueden respirarlo, comerlo, chuparlo, joderlo, e igual rebotar para
vivir el día siguiente. Si somos capaces de soportar el hedor, en nosotros hay algo
inestimablemente valioso. Considerando hacia donde se dirigía el mundo directamente
hacia la cloaca mundial de los campos de concentración es probable que el mensaje
de Miller haya dado más vida que el de Hemingway (Norman Mailer, Fragmentos, Barcelona,
Gedisa, 1985, pág. 108).
Hay también otra
posibilidad: lograr que la teoría encarne en la propia poesía, sin permitir, por ello,
que asome el andamiaje conceptual, en tantos casos apenas esquemáticos. Un poeta se
enfrenta al mundo y reniega de sí mismo y de cuanto lo rodea: ¿qué interés puede tener
esto? Es mucho mejor Castillo cuando en su Canción de cuna para un hombre que llega
del trabajo (págs. 57-58 enuncia, por medio de un tercero, la llegada, ciega y
arrolladora de esas nubes cargadas de expectativas archiconocidas y tangibles. Allí sí
sus versos nos permiten guarecernos de la lluvia sin la protección de ningún alero
ideológico. Lejos de la mesa de operaciones líricas vemos, tan solo, a un hombre
cansado:
De nada te servirá
revisar con
gesto preocupado
tus portafolios y papeles
de nada beber café
y leer novelas policiacas hasta
muy altas horas de la noche
o caminar en pantuflas
encendiendo y apagando las luces de la casa
nada vas a lograr con condenar
todas sus puertas y ventanas
no hay cerradura que resista o
haga frente
a ese ejército de gruesas nubes ciegas
que canta la llegada de los sueños.
Un hombre no sólo
cansado sino que, en medio de su fatiga, es capaz todavía de soñar sin tregua. Aquí
residen las futuras vetas de exploración de Castillo: podemos identificarnos con él.
Los dos epígrafes de Rilke que abren cada una de las secciones del libro requieren un
complemento indispensable: el que Milan Kundera en su libro La vida está en otra parte
(1973) realizó de modo genial, registrando el proceso de formación de un joven
poeta, paso a paso. Parafraseo algunas de sus páginas: el genio de lo lírico es el genio
de la inexperiencia. Por ello el mundo adulto de la relatividad se opone al mundo infantil
de lo absoluto y este, como compensación y rechazo, crea ese mundo supletorio de la
poesía que no tiene roces con la realidad: es un sueño. Pero un sueño sui géneris,
como precisa Kundera, mediante este ejemplo concreto.
"Aún más que la oportunidad perdida, lo desesperaba su propia cobardía, su propio
corazón estúpidamente palpitante, que le había arrebatado la presencia de ánimo
necesaria y lo había estropeado todo. Lo inundó un profundo descontento hacia sí
mismo", dice de su protagonista, radicando allí el origen de sus tentativas
líricas. Y añade: "Sólo podía salvarse con la huida. ¡De la humillación sólo
se puede huir ascendiendo!". Y añade: "El descontento consigo mismo se había
quedado abajo; allá abajo las manos le sudaban de miedo y la respiración se le
aceleraba; aquí arriba, en el poema se hallaba muy por encima de sus miserias
(págs. 67, 68, 69, Editorial Seix Barral). Sí, pero a qué costo, estaríamos tentados a
preguntarnos, conociendo el desenlace del libro de Kundera. Pero volviendo a Castillo, al
proceso de formación de un joven poeta, veríamos cómo lo notable en el caso suyo no son
los poemas situados abajo, en la agresividad humillada; ni arriba, en la
suficiencia creativa. Son los pocos, pero valiosos instantes, en que se sitúa, aquí, en
medio de las cosas que son de todos.
No tan dramáticas, quizás, y no demasiado espectaculares, pero de todos modos tan
compartibles como el calor de una piedra o la fatiga de un anciano. Vale la pena escuchar
estos diálogos, en voz baja. No los otros monólogos, demasiado esténtoreos.
J. G. COBO BORDA
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