Boletín Cultural y Bibliográfico. Número5,  Volumen XXII , 1985
 

En las orillas


Noticias desde otra orilla
Jorge García Usta
Ediciones En Tono Menor, Medellín, 1985

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Hay una diferencia importante entre escribir mal y escribir bien, pero —como dijo Truman Capote— hay una diferencia más importante aún entre escribir bien y el arte verdadero. Tal vez eso explica el contraste entre la abundancia de escritores y versificadores y la escasez de poetas en todas las edades del mundo. Se dice que un poeta es un ser tocado por la Divinidad, no un ingenioso y caprichoso ordenador de palabras al azar. Pero, suponiendo que el talento y la destreza pudieran reemplazar al don poético, aún haría falta no sé qué extraordinaria disciplina mental y moral para perseguir a través de casi imperceptibles matices la exacta expresión de una emoción, de un estado del espíritu, de un deslumbramiento que pueda pasar vibrando a los otros a través del lenguaje; esas cosas que la mera razón agonizaría calculando y fabricando y que el don poético logra por efecto de una misteriosa concentración que linda con la demencia y con el éxtasis.
En nuestra época, y no sólo en nuestro país, se suele llamar poema, por un acuerdo tácito de los comentaristas de prensa, a toda prosa distribuída en líneas, sin que suela importar para esa generosa designación el que el texto esté bien o mal escrito, o que, a falta de ser conmovedor, sea siquiera inteligible. Ello se debe también a la creencia general y moderna de que la poesía es el reino de la arbitrariedad, de que el poeta es simplemente alguien que miente, exagera y distorsiona la realidad de una manera despiadada y profesional. Así, todo se le tolera por la simple razón de que nada se le cree, y porque, al cabo, la importancia que se le concede es la deleznable importancia que tienen lo pintoresco o lo irremediablemente absurdo. Largo y oprobioso ha sido el camino para llegar a esta irrisión, pero podemos confiar en que esto no sea más que un accidente histórico y que para sociedades más gravemente comprometidas con la vida y con los misterios del lenguaje, instaurador de mitos y de realidades, la poesía recupere esa función secular de expresar "el sentido profundo de lo que permanece", de arrebatar los espíritus, de ser una revelación, una pasión y una música, razones que valgan el riesgo de ser hombre y de ser poeta.
Pero a lo mejor no se equivocan quienes piensan que un poeta puede hacerse, que los dioses también premian la obstinación y la laboriosidad. Bien puede ser que al precio de errores, esfuerzos, recaídas y resurrecciones, la labor del hombre pueda verse premiada por unas páginas de belleza perdurable. Si ello es así, Jorge García Usta ha dado con este libro un paso inmenso en el camino que podría llevarlo a ser un poeta:  ha cometido casi todos los errores que me parecen posibles (y tal vez inevitables) en un escritor, en un versificador: la vanidad, la palabrería vacía de sentido, la solución frívola a versos que comienzan siendo intensos y aún hermosos, las metáforas insubstanciales, la desordenada y aun abusiva costumbre de prodigar poemas diversos en su forma pero idénticos en su falta de equilibrio e intensidad a cuanto filósofo griego o actriz de cine se le ocurren, la confusión, los desplantes y las piruetas verbales no justificados por la pasión ni por la música, la ciega voluntad de innovar a toda costa, que hace de sus textos ejemplos de una escritura casi completamente exterior, motivada por el deseo de ser también poeta más que por la necesidad íntima de expresar algo sentido y personal. Estos, que son forzosamente errores de todos los que afrontan las dificultades (y viven la felicidad) de intentar un poema, han sido cometidos por García Usta con una prodigalidad que no es inusual entre nosotros pero que en su caso alcanza a ser notable.
Yo lo he lamentado por varias razones. La primera, porque leí su libro con la mejor voluntad y la viva esperanza de encontrar un poema cuya intensidad y cuya belleza pudieran eclipsar y hacerme olvidar a todos los demás. Otra, porque es triste no poder celebrar con entusiasmo siquiera un fragmento conmovedor y prometedor, en un libro reciente de alguien joven y ya, según parece, dueño de cierto prestigio. Otra, porque, con todo, García Usta es un hombre que posee la suficiente riqueza verbal y tal vez la suficiente sensibilidad estética para que podamos esperar de él algo mejor que este libro que nos ha ofrecido. Incluso me parece misteriosa la manera como malogra, por negligencia o por desdén, temas que son estéticamente atractivos, y también la manera como renuncia con facilidad a la delicadeza y al buen ritmo de ciertos períodos para atravesar palabras cuya fealdad da desaliento, o frases cuya trivialidad e insipidez echan a perder toda magia.
Hay algo que, sin embargo, podemos agradecerle: hay en él una suerte de vigor y de vivacidad que le impiden escudarse, como lamentablemente es costumbre ahora, en neutras banalidades que ni agradan ni indignan y que por su gris y persistente monotonía logran el indulgente favor de los periódicos y aun de las antologías. Naturalmente, esquivar esa nada no basta para que un escrito sea un poema, pero en algo lo acerca, y provoca siquiera estas censuras que hubieran querido no serlo.
Sólo me resta confiar ritualmente en que lo dicho sea el error de un lector descuidado o que, si no lo es, logre ser algo más que una pobre e inútil reprobación. Que de algún modo sea útil para quien lo motiva (y también, ya que todo lo que decimos se dirige en primer lugar a nosotros mismos, para el comentarista) en el esfuerzo por arrebatarle un poco de belleza perdurable a las evanescentes formas del mundo.

WILLIAM OSPINA