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Girasoles,
1937. Acuarela sobre papel. 35 x 50 cms.
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Wiedemann
LORENZO JARAMILLO
AL MIRAR LA OBRA de
Guillermo Wiedeman lo que de entrada sorprende es la dificultad, si no imposibilidad de
compararlo con otros pintores en Colombia. Wiedemann llega a nuestro país a la edad de 34
años y poco conocemos de su vida pasada.
Al morir en 1969 deja una obra trunca en un momento de transición, interrumpiéndose un
proceso que apenas comenzaba. Estos dos hechos enmarcan su obra en una nebulosa gris, en
una especie de limbo. Ante la imposibilidad de juzgar a un artista independientemente de
toda comparación, se impone encontrar algunos puntos que permitan reflexionar sobre la
obra de nuestro pintor.
Las acuarelas que Wiedemann pintó a sus 34 años están bien hechas; inclusive, muestran
una sensibilidad especial como podrían mostrarla las acuarelas de un aficionado con
cierto talento. Sin embargo, estas acuarelas son banales y sin mucho carácter.
Wiedemann estudió en Munich en la época en que la gran vanguardia europea de la primera
mitad del siglo se manifestaba en Alemania. Tenemos, pues, a un joven que se levanta en el
ambiente de un Kandinsky. Esto habrá que recordarlo al pensar, más tarde, en el camino
equivalente que recorrió hacia la abstracción. Empero, la influencia de esa vanguardia
sólo la recibió por "contacto ambiental" y no porque fuese discípulo directo
de ningún Kandinsky. Al contrario, tuvo profesores académicos más bien grises en la
Academia de Bellas Artes de su ciudad natal. Si a ello se suma el hecho de que Wiedemann
nunca fue realmente un pintor expresionista puesto que el expresionismo entraña
cierta carga literaria o emotiva que él nunca tuvo, se concluye que su vinculación
se daba más bien con el impresionismo alemán de Liebermann y Slevogt, que es un
impresionismo más emotivo que el francés.
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Guillermo
Wiederman en su estudio, 1961. Foto de Hernán Diaz
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Personajes
de tierra caliente, 1941. Oleo sobre cartón, 78X99 cms.
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Wiedemann
llega a Colombia en 1939. Trópico, palmeras, sol, exuberancia, deslumbramiento y
enamoramiento hacia el país. Deslumbramiento, sí, pero no total. Wiedemann nunca dejó
de ser un extranjero en Colombia. el mismo estableció la diferencia entre su caso y el de
Gauguin: "Existe una gran diferencia entre Gauguin y yo: él quiso convertirse en
nativo; yo sigo siendo un europeo de Munich que viaja y pinta en Purificación, Puerto
Tejada o en el Chocó". Wiedemann era un hombre más bien retraído, que sólo se
sentía verdaderamente cómodo entre compatriotas y centroeuropeos. Estos, amigos y
conocidos, constituyeron el grueso de sus compradores. Ellos, y los pocos elementos de
cierta burguesía ilustrada nacional que también compró sus cuadros, no eran el público
que lo iba a acompañar en sus experimentos de los años sesenta, los cuales traicionaban
la anterior y colorida visión del viajero europeo.
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Selva
colombiana, 1948. Oleo sobre madera. 60.5 x 79.5 cms.
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Los
paisajes con palmeras, que forman básicamente su primer trabajo en Colombia, son bellos
cuadros; son una agradable visión de riberas sombreadas; son notas de viaje de un
observador inteligente; son un capítulo intrascendente, podríamos concluir. Después
vienen los cuadros con negros, más interesantes. Se ha dicho que el tema no es importante
en la obra de Wiedemann; que era sólo una excusa para hacer pintura. Yeso es totalmente
cierto. En Colombia Wiedemann encontró, afortunadamente, a los negros. Pudo haber sido un
enamorado del país al que llegó, pero a los negros los pintó de la manera más
desapasionada. La gran fortuna suya fue encontrar estas figuras que le permitían pintar
gente sin tener que pintar personas. ¿Qué habría sido de Wiedemann sin los negros?
Porque las figuras de mujeres blancas de la misma época nos sorprenden, en el mejor de
los casos, por su anacrónica imagen, más cercana a un Van Dongen que a cualquier
figuración del momento; y en el peor, por su banalidad casi de lámina sensiblera. Sus
cuadros de negros, en cambio, no presentan ese tipo de problema. Como cuadros llegan a
tener un gran encanto. Pero son, más allá de la idea de que el tema no importa, la
visión totalmente superficial y pintoresca de un extranjero. En una elogiosa nota sobre
Wiedemann, Luis Alberto Acuña hace una observación que podría parecer desacertada, casi
absurda: "Si bien es cierto que la cuestión de tema y motivo es apenas un pretexto
las más de las veces y que tan sólo ha de tenerse en cuenta muy a lo último, no deja de
ser un tanto fastidioso el hecho de que este pintor, educado en la mejor escuela de
Munich, su ciudad natal, y llegado a Colombia ya formado, no haya aún tenido ojos para
ver esta rica temática colombiana, tan exótica, tan tropical y tan nuestra; muchos de
sus lienzos yo aseguraría que precisamente los mejores lo mismo pudieron
haber sido creados en Baviera que en Buenos Aires, sin que el medio geográfico hubiese
influido para nada"
1
. Sin embargo desde su punto de vista nacionalista e
impregnado de las concepciones del muralismo mejicano, Acuña no sólo tenía razón
y, efectivamente, Wiedemann no toca la esencia de ese país negro en su
pintura sino que precisamente estaba, si bien lo expresaba de manera un tanto
cándida, tocando un punto básico. Wiedemann era ante todo muy buen colorista. Considerar
que su color es el color del trópico, constituye una licencia poética: el colorido de
Wiedemann no era ajeno a la pintura alemana de la época de su formación. Su escasa obra
gráfica no lo muestra como dibujante excepcional; intuía con sensibilidad, y por eso su
pintura es bella pero no muy inventiva. Evidentemente, la noción de "ser o no ser
inventivo" es totalmente discutible; yo me limito a considerarla importante.
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Sin título.
1957 Acuarela sobre papel 53 x 33 cms.
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Dos figuras
negras sentadas, 1956. Acuarela sobre aplel. 60X80 cms.
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Sin titulo
1957 Acuarelas sobre papel 53X33 cms.
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Sin titulo
1962. Acuarela sobre papel. 98X67,5 cms.
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Al llegar
Wiedemann a Colombia en 1939, las artes plásticas de aquí poco tenían que ver con las
corrientes europeas contemporáneas, y él aparece con una pintura nueva para el medio;
con la idea de la pintura por sobre toda consideración de tema e intención; con algo
vagamente expresionista que en el país no existía. Pero si se piensa en el movimiento
europeo de ese momento, resulta que Wiedemann ni siquiera es especialmente contemporáneo
y se mueve más en el marco de la actividad pictórica de años atrás.
Después, en los años cincuenta, comienzan a actuar los grandes y nuevos de la pintura
colombiana, en ese entonces bastante jóvenes, y se nota una diferencia profunda entre
Wiedemann y ellos. Ellos tienen las experiencias de París o de Italia, de Braque, Picasso
o el arte del Renacimiento, en los casos de Ramírez Villamizar, Grau y Botero, y las
lecciones barcelonesas de Antonio Clavé, en el de Obregón. Wiedemann, en cambio, tiene
su experiencia alemana. Y un rigor, un profesionalismo y una seriedad definitivos, no
ajenos a su carácter alemán, y que contrastaban con los fuegos juveniles y la
espontaneidad creativa, lindante con el desorden, de algunos de los otros. Su formación,
el rigor y el profesionalismo debieron de contribuir, junto con sus méritos "más
pictóricos", a que mereciera desde un principio la admiración y los elogios de los
comentaristas del momento: Marta Traba, Casimiro Eiger y Walter Engel. Los tres eran
casualmente extranjeros europeos, podría decirse y su concepción de lo que
debía ser un pintor se ajustaba perfectamente a lo que era Wiedemann. Ese notable rigor,
casi científico, que Wiedemann muestra en el proceso de su pintura le valía muy
justamente la admiración de Marta Traba, quien en un párrafo deslumbrante erigió una
discreta trinidad formada, coincidencialmente, por dos europeos, Roda y Wiedemann, y el
menos exuberante, o por lo menos el más contenido de nuestros artistas, Ramírez
Villamizar: "Los artistas colombianos han descubierto la magia. Gatos fosforescentes
de Cecilia Porras, luz mágica de Lucy Tejada, amuletos mágicos de Augusto Rivera [...]
Grau petrifica figuras [...] Obregón, con su mejor sonrisa de Mefistófeles,
perfecciona cada vez más los trucos para hacer aparecer y desaparecer pescados,
barracudas, flores, lunas, pájaros [...]
ya se sabe que Botero, el mago maligno,
se complacía particularmente en la antropofagia de los diablos que se comían enormes
niñas despavoridas e inocentes [...]
Estamos, pues, en pleno reino de la magia.
Los antimagos como Ramírez Villamizar o Wiedemann o Roda parecen quedarse cada vez más
solos ante esta avalancha de brillantes y voluntario irracionalismo. "Existe la vaga
idea de que Wiedemann tiene que ver con el comienzo de la pintura abstracta en Colombia.
Precisamente es en Ramírez Villamizar en quien hay que pensar necesariamente al mirar la
obra abstracta que Wiedemann comienza a hacer definitivamente hacia 1957. La pintura
abstracta había irrumpido años antes, y fue Ramírez Villamizar quien la estableció de
manera rotunda y ocupó ese lugar "histórico" en la pintura colombiana.
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Subir,
1965. Oleo sobre tela. 100X80 cms.
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En tal momento
empieza a observarse un hecho interesante en cuanto al trabajo de Wiedemann. El
aislamiento en que Wiedemann había encontrado a la plástica colombiana, y que impedía
calibrar la novedad y el exacto carácter del trabajo del pintor alemán, comienza a
desaparecer. La gente va y viene por el mundo con mayor facilidad. Ya a principio del
decenio del cincuenta, el expresionismo abstracto o action painting estadounidense es
suficientemente conocido, y ello basta para darse cuenta de que Wiedemann, sin ser un
extemporáneo completo, no tenía mucho que ver con lo que sucedía en su tiempo. Y a
finales de la década el ambiente cultural colombiano está totalmente familiarizado con
la obra de Tápies, con el informalismo de Burri, de Millarés, de Ginovart. En 1962
cuando Wiedemann hace sus
collages, ya no está, como años antes, trayendo a Colombia cosas raras que aquí no se
conocían, sino siguiendo la corriente de la hora. El poco eco que encontró con esos
nuevos trabajos se debió más a lo que de él seguían esperando sus admiradores que a
los collages mismos. De haber sido realizados por Ramírez Villamizar o por Obregón,
estos collages informalistas habrían corrido distinta suerte.
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Sin título,
1965. Óleo sobre tela. 99 x 78 cms.
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No cabe, sin embargo,
descartar la importancia de la obra de Wiedemann en ese momento. Nos quedan sus acuarelas
abstractas entre 1957 y 1962. Los óleos abstractos que Wiedemann pintó simultáneamente
con las acuarelas son un poco pesados aunque tiendan, a pesar de su espesor y sus
texturas, a asimular el carácter móvil de la acuarela. Marta Traba hablaba de una
"materia arrebatada y romántica que se expresaba magníficamente en las acuarelas y
con esfuerzo visible en los óleos". La acuarela es un género que habitualmente se
ha limitado a ser una especie de subgénero, una ayuda para los pintores, un boceto hecho
cuando no se puede pintar, y al que pocos pintores han logrado imprimir el carácter que
tienen un óleo o un dibujo. Turner, Nolde... un fenómeno nórdico. Dentro de esta
tradición, Wiedemann logró sus mejores cuadros, y éstos sí merecen puesto especial en
la pintura colombiana.
1.
"La exposición de Wiedemann", en El Tiempo, Bogotá. 6 de julio de 1949. (regresar1)
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