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Colombia en el siglo XX: ¿un caso de éxito?
DAVID BUSHNELL
UNIVERSIDAD DE FLORIDA
Traducción de CLARA INÉS RESTREPO
SIN DUDA, la mayoría de los
colombianos y de los colombianistas extranjeros pensarán que el título del
presente trabajo es irónico o que con ello el historiador tal vez prepara el escenario
para una tentativa de mamagallismo. Esta suposición podría no estar del todo
descaminada. Sin embargo, quiero aclarar desde un principio que no me parece absurdo
considerar a la Colombia contemporánea, en cierto sentido, aún fuera del campo
novelístico, como un caso de éxito. Si observamos el panorama latinoamericano, el caso
de Colombia, con todas las aflicciones que la aquejan, constituye un éxito en el sentido
negativo de haber evitado felizmente mayores males. Ciertamente, hace menos de cuarenta
años Colombia fue presa de una sucesión de desgracias que destruyeron abruptamente lo
que hasta entonces había representado para el continente el ejemplo de una naciente
democracia. Sin embargo la recuperación que siguió a la pesadilla de la Violencia, aunque
no haya sido total, debe considerarse otro éxito, o por lo menos un avance notable. Mis
amigos de la clase media de Bogotá, al quejarse de que la inseguridad nunca ha sido tan
grave como ahora, muestran a las claras que no vivieron en ninguna de las veredas
expuestas a la matanza a finales de los años cuarenta o principios de los cincuenta.
Hay además, en la experiencia colombiana, aspectos positivos ampliamente ignorados pero
que al menos Belisario Betancur y yo y Don Malcom Deas
1
creemos que existen. En cuanto a mí, sé decir
que a menudo reacciono con demasiado vigor ante las opiniones excesivamente negativas
acerca de la realidad colombiana, tantas veces emitidas, no sólo por extranjeros, sino
por los propios colombianos, entre quienes la autocrítica nacional es un pasatiempo
sumamente extendido. Por ello, frente a lo mucho que se dice (y se cree) en mal de
Colombia, en ocasiones resulta útil divulgar logros aparentemente sin importancia.
Evidentemente, Colombia tiene un problema de "imagen". Y no me refiero, en
principio, a la imagen superficial que el común de las mujeres y los hombres de los
Estados Unidos y Europa Occidental suponiendo que hayan oído hablar de
Colombia se han hecho de un país totalmente en manos de los raponeros y los
mafiosos de la droga. Me refiero, más bien, a la imagen corriente entre personas que se
supone conocen a América Latina y que ven a Colombia como una tierra violenta,
tradicionalmente dominada, políticamente y en otras formas, por una estrecha oligarquía.
David Bushnell, de nacionalidad
estadounidense, es investigador y profesor de historia en la Universidad de Gainsville
(Florida). Su tesis de doctorado, sobre el gobierno del general Francisco de Paula
Santander, se convirtió en el libro El régimen de Santander en la Gran Colombia,
publicado en Estados Unidos en 1954 y en Colombia, por la Universidad Nacional, en 1966.
Es autor de la obra Eduardo Santos y la política del buen vecino, editada en Bogotá en
1984. Ha escrito, además, numerosos artículos sobre historia colombiana y
latinoamericana. Durante el V congreso de historia de Colombia, que se realizó en Armenia
en julio de 1985, leyó la disertación que aquí se publica.
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Desde luego, no se
detienen a pensar si el grado de violencia es congruente con la supuesta solidez del
control oligárquico, pero sí dan por sentado que las estructuras tradicionales,
supuestamente más fuertes en Colombia que en el conjunto de América Latina, frenan las
reformas constructivas o las innovaciones. Tales ideas son compartidas y propagadas por
muchos colombianos desanimados por las dificultades de la existencia cotidiana y, a
primera vista, ganan credibilidad por el simple hecho de ser Colombia el único país
latinoamericano en el cual las etiquetas partidarias del siglo XIX liberal y
conservador aún dominan el escenario político. Ya no existe un partido conservador
significativo en ningún otro lugar de América Latina. No obstante, yo argumentaría que
el punto de vista en cuestión no resiste un examen cuidadoso y que su falsedad esencial
es, ciertamente, en el campo de los estudios latinoamericanos, uno de los secretos mejor
guardados.
En parte, el problema se remonta a las exageraciones, iguales o mayores, contenidas en la
imagen positiva anterior que quedó sepultada bajo los escombros del nueve de abril de
1948, puesto que hay un proceso dialéctico de acción y reacción, tesis y antítesis, en
lo referente a la formación de Imagen. Mi propio interés por la historia de Colombia se
remonta a mis tiempos de estudiante universitario, en el decenio del cuarenta, cuando las
noticias de los periódicos y otras informaciones sobre América Latina me condujeron a
ver a Colombia como una democracia política, comprometida en un proceso pacífico de
reformas internas y, precisamente por su vocación democrática, como aliada natural de
los Estados Unidos en la lucha mundial contra el totalitarismo (totalitarismo
nazi-fascista, en aquellos lejanos días). Es más: al igual que Eduardo Santos, yo veía
esto como la feliz culminación de un proceso evolutivo nacional de carácter único, que
era doble rastrear hasta los días de Santander, el fundador civil de la república y el
hombre que llevó a Colombia al camino recto del respeto a la ley, la supremacía civil y
otras bondades. Me fue un tanto difícil reconciliar esta interpretación con el hecho de
que Colombia hubiera salido recientemente de medio siglo de gobiernos del partido
conservador, al cual entreveía como una fuerza reaccionaria y veladamente
antidemocrática que, en alianza con una Iglesia católica oscurantista, había hecho
cuanto estaba a su alcance para crear problemas a la república liberal de Santos y
López. Decidí, sin embargo, creer a los liberales al pie de la letra, cuando afirmaban
que eran una indiscutible mayoría y que los cincuenta años de hegemonía conservadora
habían sido una aberración, posible tan sólo como lo creían fielmente los buenos
liberales con anterioridad al revisionismo de Indalecio Liévano Aguirre por la
traición de Rafael Núñez
2
.
No tengo de que
arrepentirme, pues estas ideas simplistas sobre la historia de Colombia me ayudaron a
descubrir al país como campo de trabajo. Aunque pronto llegué a reconocer la
superficialidad de esos conceptos, tardé más tiempo en llegar a advertir que el error no
radicaba totalmente en el exceso de optimismo por el estado presente y las
perspectivas futuras de Colombia. Como la mayoría de los estadounidenses, tendí a
aceptar ingenuamente la propaganda liberal acerca de los conservadores, los cuales, cuando
ejercieron el poder, como concluí más tarde, habían sido más o menos fieles a los
principios democráticos como los liberales, si bien unos y otros se hallaban lejos de ser
perfectos. Los conservadores, salvo excepciones poco significativas, nunca abrazaron lo
que realmente pudiera llamarse nazi-fascismo. Ni siquiera el tan atacado Laureano Gómez,
quien, al fin y al cabo, se opuso a la colaboración de Colombia con Estados Unidos
durante la guerra basándose más en el nacionalismo que en la admiración por Adolfo
Hitler. La política favorecida por Gómez fue, en realidad, la del no alineamiento,
anticipando así la acción que cumpliría años después un hombre que en ese tiempo era
uno de sus jóvenes y apasionados seguidores: Belisario Betancur
3
.
El mero hecho de que la
otra mitad de la población colombiana, los conservadores, fuesen mejores demócratas de
lo que algunos voceros liberales admitían, no significaba que la democracia colombiana en
los días anteriores a la Violencia contara con bases firmes. Consistía,
evidentemente, en un juego formal llevado a cabo por equipos de políticos profesionales,
alrededor de cuestiones y con objetivos que tenían escaso significado para las mayorías
populares. Los jugadores activos no siempre respetaban sus propias reglas, ni siguiera
durante la república liberal. El asesinato de campesinos conservadores por la policía
liberal en Gachetá, en enero de 1939, no era precisamente producto de la torturada
imaginación de Laureano Gómez
4
.
y el mismo Alfonso
López Pumarejo confesó sin ambages al embajador de Estados Unidos que sólo
mediante el fraude su partido había ganado las elecciones en Norte de
Santander
5
.
Había, sencillamente, una enorme diferencia
entre Colombia y la Alemania de Hitler, la Rusia de Stalin o la República Dominicana de
Trujillo. Tanto las más desorbitadas como las más responsables alegatos de Gómez y los
conservadores se publicaban libremente. No se denegaba a los negros el derecho al voto ni
se les linchaba, como en el sur de los Estados Unidos.
Como es bien sabido, en
la primera mitad del presente siglo el crecimiento económico fue impresionante. La
industria del café, específicamente, tuvo su más acelerado periodo de expansión en el
segundo decenio, y al finalizar éste, Colombia se había convertido en el segundo
productor y exportador de café en el mundo, lugar que aún mantiene. En el decenio
siguiente, el de 1920, comienzan a llevarse estadísticas más o menos aceptables del
producto interno bruto y del ingreso. Entre 1925 y 1975 ellas muestran como le gusta
señalar a Miguel Urrutia un avance más rápido de las tasas de crecimiento en
Colombia que en Estados Unidos y Japón
6.
En algunos aspectos, esa comparación quizás sea
engañosa, pero indudablemente Colombia disfrutó de un acelerado desarrollo económico en
la década del veinte, tan sólo interrumpido por un breve y moderado retroceso durante la
gran depresión
7
, para luego presenciar una notable expansión de
la manufactura, especialmente en los años treinta: 10% anual desde 1930 hasta 1938
8
.
Este constituía un resultado
respetable, de acuerdo con cualquier patrón, y los colombianos podían sentirse
satisfechos de que, fuera de las concesiones petroleras y bananeras, no habían enajenado
significativamente el control de su economía. En la medida en que la economía se
orientaba hacia el comercio exterior tendencia creciente, aunque menos que en la
mayoría de los principales países latinoamericanos se tornaba más dependiente de
fuerzas exteriores. Sin embargo, los medios de producción y de distribución se hallaban
predominantemente en manos colombianas, lo cual significaba que una mayor proporción de
las ganancias por exportaciones permanecía en el país. Esto no quiere decir que los
beneficios obtenidos por la expansión económica o por el aflujo de dólares derivado de
la indemnización convenida en el tratado de 1921, fueran siempre utilizadas sabiamente,
puesto que la especulación financiera y el consumo suntuario eran características
destacadas del panorama colombiano, al igual que de casi todo el mundo en los años
inmediatamente anteriores a la depresión. Sin embargo, en comparación con el caso,
digamos, del Perú, la variante colombiana de la "danza de los millones"
resultó considerablemente más constructiva, al traducirse en el crecimiento sustancial
de la infraestructura del transporte, en una genuina distribución interregional de
beneficios (tanto lícitos como ilícitos) e incluso en la repercusión positiva sobre el
nivel de los salaríos
9
,
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Si la reputación
democrática de Colombia, dentro del conjunto latinoamericano, ocultó algunos serios
defectos del sistema político, los rendimientos económicos resultan menos impresionantes
si se examinan las condiciones de millones de colombianos condenados a vivir en agobiante
pobreza. Alfonso López Pumarejo se refirió a "esa vasta clase económica miserable
que no lee, que no escribe, que no se viste, que no se calza, que apenas come, que
permanece involuntaria, aunque no muy conscientemente, al margen de la actividad"
10
López Pumarejo y otros
se esforzaron inicialmente por reformar las instituciones tradicionales cuyo influjo ha
tenido supuestamente efectos retardatarios en Colombia. Las reformas sociales y laborales
de la Revolución en Marcha de López son tan suficientemente conocidas, que no hace falta
efectuar un recuento de ellas, aun cuando todavía se discuten sus efectos. Al mismo
tiempo aumentó el predominio de los pequeños caficultores sobre los grandes productores
de café, no tanto como resultado de la reforma agraria de 1936 (la cual, en algunos
aspectos, quizás fuera contraproducente), sino más bien a causa de las condiciones
económicas de la industria y de la política gubernamental de adquirir, para
redistribuírlas, propiedades en zonas de conflictos agrarios
11.
Pasando a otro campo,
durante el gobierno de Enrique Olaya Herrera se reformó el código civil con el fin de
eliminar la incapacidad legal de la mujer casada, que había estado totalmente sujeta a la
autoridad del marido, incluso en el manejo de sus bienes personales. El sufragio femenino
era impensable para el grueso de liberales y conservadores, pero al menos empezaba a
discutirse, y encontró en el "Leopardo" conservador Augusto Ramírez Moreno uno
de sus proponentes más decidido.
12.
Un partidario de la
teoría de modernización desarrollista habría reconocido fácilmente, en la Colombia de
la primera mitad del siglo XX, la mayoría de los signos clásicos de progreso, de
aproximación creciente a las normas de que eran ejemplo las democracias burguesas,
consolidadas, aunque también imperfectas, de la región noratlántica. Tal como ocurrió
tarde o temprano en varios países latinoamericanos, entre ellos algunos que parecían
avanzar a grandes pasos, el progreso se interrumpió abruptamente. Aunque en Colombia no
lo interrumpió el brote de "autoritarismo burocrático", como en el cono sur, o
la injerencia de la CIA, como en Guatemala, ni tampoco la ambición personal de un hombre
fuerte aburrido de su retiro, como Batista cuando, en 1952, hizo cesar el coqueteo de Cuba
con la democracia liberal; sino más bien una epidemia de luchas entre los seguidores de
los partidos tradicionales colombianos. No cabe aquí analizar las raíces de la Violencia
la tan debatida cuestión de hasta qué punto la contienda política dio salida a
los antagonismos socioeconómicos subyacentes o al malestar cultural y mucho menos
analizar este fenómeno que quizás se comprenda mejor leyendo las novelas por él
inspiradas que cualquier número de análisis sociales o científicos. Yo sólo
subrayaría lo obvio, o sea, que la más grande limitación del impresionante progreso
colombiano en el siglo XX fue precisamente el fracaso en vencer el morbo de los odios
partidistas. Es más: aunque la guerra de los Mil Días y otras contiendas civiles del
siglo pasado dilapidaron cruelmente innumerables vidas y recursos, al menos los dirigentes
de uno y otro partido que las libraron perseguían objetivos claramente proclamados,
tuvieran o no sentido para los militantes rasos. En contraste, durante la Violencia la
mayoría de los dirigentes de los partidos se mantuvieron detrás de la barrera, desde
donde atizaban las pasiones de sus adictos y se perdían de vista las metas, nubladas por
la paranoia.
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La Violencia constituyó,
por muchas razones, el peor momento de la historia moderna colombiana. Sin embargo, de
acuerdo con el contexto del presente artículo, la propia magnitud de lo acontecido hace
que su desenlace, el Frente Nacional, se evidencie como un formidable logro. Claro está
que cualquier cosa podía considerarse un gran logro comparado con la Violencia. Aunque
Colombia habría podido optar por una solución distinta de la del Frente Nacional,
sabiamente no lo hizo. Una de las soluciones era la vía cubana de la revolución
socialista, que han tratado de poner en práctica, sin mayor éxito, varias agrupaciones
de izquierda. A diferencia de Cuba, en Colombia, con instituciones tradicionales más
fuertemente atrincheradas y con una arraigada herencia de violencia política, resulta
difícil imaginar que dicha opción hubiera podido realizarse sin un baño de sangre ante
el cual la propia Violencia habría perdido importancia, y tras el cual hubieran quedado
pocos sobrevivientes para disfrutar de los supuestos beneficios del socialismo. Lo que
ocurrió en Argentina después del derrocamiento de Perón en 1955, señala otra
posibilidad: una corta luna de miel entre las fuerzas políticas no peronistas y los
militares, seguida de la reincidencia en las rencillas y la desconfianza, que impidió
restaurar definitivamente la democracia hasta por lo menos 1983. Lo que necesitaban los
argentinos era la institucionalización de un Frente Nacional al estilo colombiano, pero
nunca lo concibieron y tuvieron que pasar por una sucesión de dictaduras militares y
abortados regresos a la democracia.
O, finalmente, Colombia
pudo haber reconstruido el Quinquenio de Rafael Reyes, que inició un proceso
encaminado a restañar las heridas dejadas por la guerra de los Mil Días; intervalo
dictatorial en el que, en contraste con el fallido intento suprapartidista de Gustavo
Rojas Pinilla, hubo colaboración bipartidista explícita. Un nuevo Quinquenio (¿o
quizás Decenio?) bien podía haber ofrecido una transición exitosa. Sin embargo,
el Frente Nacional fue aún más ingenioso y obtuvo un brillante triunfo al eliminar la
principal fuente de la Violencia, a saber, la tradicional y mortal competencia entre los
dos partidos, en la cual, como en un juego con posturas limitadas, cualquier ganancia para
una de las partes constituía necesariamente una pérdida para la otra. Ciertamente, fue
menos efectivo en el tratamiento de la protesta social, que también abrió paso durante
la Violencia, pero reformar la conducta de los partidos mayoritarios no significó una
realización de poca monta.
Es verdad que el sistema
del Frente Nacional, que con modificaciones se encuentra aún vigente, no ha alcanzado
universal admiración. En sí constituye la razón fundamental para que se tenga de
Colombia la imagen poco halagüeña de una nación supuestamente bajo el dominio de
estructuras institucionales anquilosadas. Por una parte, era engorroso. Y, lo que
resultaba aún más grave, al sancionar constitucionalmente el monopolio del gobierno para
liberales y conservadores, parecía congelar las relaciones políticas de poder (e,
indirectamente, las socioeconómicas).
Indudablemente, acentuaba
aquellos rasgos de la vida política colombiana que, en una sesión de la Asociación de
Estudios Latinoamericanos dedicada a Colombia, había escuchado deplorar a uno tras otro
de los oradores. Colombia, decían, era notable por los debates políticos carentes de
contenido ideológico, por la baja participación electoral, por la ineficacia política
del movimiento obrero, por la debilidad endémica de la izquierda y, entre otras muchas
cosas, por la evidente imposibilidad de que un hombre pobre llegara a ser elegido
presidente
13
.
.
Y cuantas más personas hablaban, más me preguntaba si el país al que se
referían era Colombia... o Estados Unidos, acerca del cual podían hacerse idénticas
afirmaciones. La última resultaba más apropiada para Estados Unidos: aunque
Belisario Betancur no era pobre cuando llegó al palacio de Nariño, se necesitaría
remontarse muchos años atrás en la historia de Estados Unidos, para encontrar un
presidente que hubiera comenzado su vida en circunstancias tan adversas. Y jamás se
encontraría un Marco Fidel Suárez.
Aunque a primera vista
parecía una verdad evidente, una de las más capciosas críticas al Frente Nacional se
refería a su empeño aparente en prevenir hasta 1974 la participación de un
tercer partido en las elecciones. Lo que tomó inocua esta previsión fue la ausencia de
una definición legal de la afiliación partidista, de tal manera que cualquiera podía
declararse liberal o conservador el día de las elecciones, compitiendo así en igualdad
de condiciones con las innumerables fracciones en que estaban divididos los partidos.
Entre quienes decidieron aprovechar esta particularidad, estuvieron los comunistas, a
quienes les fue tan mal postulándose como liberales como cuando compitieron bajo sus
propias banderas, y la Anapo, de Gustavo Rojas Pinilla, que utilizando los rótulos de
ambos partidos, estuvo a punto de alcanzar el poder
14
. Estos subterfugios no han sido
necesarios desde 1974 y, por lo tanto, es difícil saber en qué consiste el monopolio
liberal-conservador, en términos formales y legales.
Críticos más
conocedores no atribuyeron la misma importancia a la exclusión legal de los partidos
menores. Eran conscientes de que el control del poder político en Colombia por los
partidos tradicionales tenía profundas raíces históricas, y que liberales y
conservadores habrían monopolizado el gobierno incluso sin tal disposición, así como lo
hace el Partido Revolucionario Institucional en México, con el cual puede ser
provechosamente comparado el actual sistema colombiano. A mi modo de ver, la comparación
no es deshonrosa, puesto que el sistema mexicano constituye una adaptación
específicamente latinoamericana de la democracia liberal occidental a las condiciones
nacionales, lo cual difiere de una mera imitación de un modelo extranjero. La clara
autenticidad, tanto de sus méritos como de sus defectos, es seguramente la razón
fundamental de la larga supervivencia del sistema mexicano. Los fundadores del PRI han
sido quizás los latinoamericanos que han actuado más de acuerdo con la reiterada
recomendación del Libertador Simón Bolívar, de que las leyes e instituciones de las
antiguas colonias de España se ajustaran al medio geográfico, histórico y cultural en
el cual funcionaran. Por su parte, el sistema colombiano, en su variante
frentenacionalista, es una adaptación casi igualmente ingeniosa. A diferencia del
mexicano, el sistema colombiano consiste aparentemente en dos partidos en vez de uno, pero
éstos y sus respectivas subdivisiones no se diferencian mucho de los amplios sectores y
subdivisiones fraccionales que integran el PRI. En ambos países el gobierno lo conforma
una coalición permanentemente que rota con regularidad su cúpula dirigente, que si en
ciertos aspectos cambia continuamente, en esencia permanece igual. En ambos países el
control se mantiene, no tanto por la fuerza y el fraude aunque éstos no se hallen
totalmente ausentes como por la apropiación del camino de en medio, la captación
de disidentes y la manipulación de los medios de comunicación. En donde hay diferencias,
la comparación favorece generalmente a Colombia, como en el caso del grado de corrupción
oficial. Ésta puede tener cierto aspecto positivo, en cuanto constituye un medio de
movilidad social ascendente (de la clase emergente se decía), pero en México es
manifiestamente excesiva, mientras que en toda la historia colombiana, desde la
independencia hasta la actualidad, es imposible encontrar un jefe del ejecutivo que se
haya enriquecido de manera parecida a la escala revolucionaria mexicana. Prácticamente,
es muy poco frecuente que un presidente colombiano sea sospechoso de malos manejos
financieros.
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En cuanto al papel de la
prensa en Colombia, incluso bajo el estado de sitio, es posible publicar revistas de
izquierda, de reducido tiraje, que proclaman casi abiertamente el derrocamiento violento
del régimen. Como casi nadie las lee, el régimen no se siente amenazado por ellas. En
cambio, cuando a principios de la década del 70 un nuevo diario bogotano, El Periódico,
con alto contenido crítico de corte liberal de izquierda y populista, comenzó a ganar
amplio espacio entre los lectores, rápidamente se le sometió mediante el rechazo
concertado de las empresas, soportes del régimen existente, a darle más avisos. No fue
necesaria la censura. El episodio resulta ilustrativo de las restricciones a la libertad
de expresión que se encuentran siempre presentes, por lo menos potencialmente, en la
sociedad capitalista
15
. Con todo, no llegan a la
supresión absoluta: el M-19, por ejemplo, nunca ha carecido de medios para difundir su
mensaje.
Últimamente, la
democracia colombiana ha sufrido otros desmedros, como son los atentados contra los
derechos humanos, implícitos tanto en los secuestros políticos como en las
"desapariciones". Sin embargo, desde una perspectiva más amplia, es manifiesto
que cuando, en el decenio pasado, se veía que los gobiernos militares y el
"autoritarismo burocrático" se iban extendiendo por toda América Latina, uno
de los países que sobresalientemente se mantuvieron aparte de ese proceso fue Colombia.
Algunos estudiosos estadounidenses y latinoamericanos como Peter H. Smith y Claudio
Vélez escribieron entonces que esa nueva ola de autoritarismo significaba tan sólo
la reafirmación de la perdurable tradición latinoamericana
16
, lo que implicaba que Colombia (y, en esta
ocasión, Venezuela), y no el Chile de Pinochet o la Argentina de Videla, constituia la
aberración. Ahora Videla y compañía se han ido, Pinochet se encuentra cada vez más
acorralado, mientras Colombia continúa arreglándoselas, lo cual indica que, al menos en
términos colombianos, la peculiar democracia de coalición bipartidista no constituye
ninguna aberración. Aún más en el proyecto de la elección popular de alcaldes vemos
otra ingeniosa adaptación en perspectiva. No es muy factible que esta reforma produzca
realineamientos políticos significativos, y de hecho recuerda la reforma electoral
mexicana de 1977, que aseguró a los partidos minoritarios una cuota artificialmente
aumentada de escaños en el Congreso, tanto para mejorar la reputación democrática
mexicana como para ensanchar la válvula de escape para la expresión del descontento,
mediante instituciones legales
17
. Cabe suponer que en Colombia la gran mayoría de los
alcaldes serán elegidos por los partidos tradicionales, aun sin recurrir al fraude, tan
corriente en los comicios municipales mexicanos. No obstante, si las FARC, el M-19 y otros
contendores aún más improbables, obtienen una tajada en el funcionamiento de la
democracia burguesa, al elegir algunos alcaldes, esta medida habrá representado un
inteligente ajuste del sistema colombiano al surgimiento de una fuerte, aunque amorfa,
corriente de opinión enajenada por la izquierda.
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Según el científico
político Jonathan Hartlyn, Colombia no siguió la moda del autoritarismo burocrático
ante todo por la estructura diferente de sus procesos políticos tradicionales y de su
industrialización por sustitución de importaciones, en comparación con Brasil y el cono
sur. Se ha argumentado que en esos otros lugares el crecimiento de la industria moderna
produjo. a la postre, demandas de un proteccionismo oficial, beneficios para los
trabajadores, y una asignación de divisas escasa, necesarias para la importación de
equipo industrial y de materias primas, no todas las cuales podían satisfacerse. Desairar
a los trabajadores era peligroso, por la influencia que habían adquirido los sindicatos,
mientras los intereses agroexportadores luchaban para prevenir una mayor transferencia de
recursos fuera de su sector; y sólo alguna forma de autoritarismo podía resolver, o por
lo menos reprimir, estos conflictos de clase y de sector. En Colombia, como lo señala
Hartlyn, la industrialización a gran escala se inició más tarde, se prosiguió con
mayor cautela y produjo menos choques abiertos con los agroexportadores. Las demandas de
los trabajadores eran también más manejables, gracias a que la sindicalización y la
movilización de la clase obrera se habían dado en el contexto de amplias y profundas
lealtades multiclasistas y alrededor de los partidos tradicionales. Por lo tanto, las
presiones de la industrialización nunca quebraron las formas de democracia liberal, como
sí sucedió en otras ocasiones
18
. Ciertamente, ni el populismo anapista, ni mucho menos la
fuerza de los partidos izquierdistas en Colombia, significaron amenaza suficiente para
provocar reacciones extremas. Lo moderado de las demandas laborales en el sistema
colombiano puede considerarse una de las variadas formas de lealtad partidaria que han
operado como "el opio de las masas", alejando a los trabajadores de una defensa
más militante de sus intereses de clase. No obstante, si ella salvó de un Pinochet a los
trabajadores colombianos, la droga no ha sido completamente nociva.
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Colombia también evitó
exitosamente una crisis explosiva de la deuda externa, sin negar que ha habido problemas
financieros graves, que las reservas han disminuido agudamente, que la devaluación de la
tasa de cambio se ha acelerado, etc. Los rumores recurrentes de una devaluación masiva
resultan invariablemente falsos; la posibilidad de que el gobierno deje de pagar sus
deudas no se ha mencionado seriamente y la situación fiscal colombiana nunca ha aparecido
en la primera página del diario de mi ciudad, el Gainesville Sun. La explicación que
corrientemente se ofrece acerca de la relativa buena suerte colombiana, es la entrada de
dólares ilegales procedentes del tráfico de drogas, pero el argumento pierde peso si se
considera que bonanzas mucho mayores de dólares perfectamente legales no impidieron que
paises como Venezuela y México cayeran en los más tremendos aprietos financieros. Otros
han atribuido la buena situación colombiana al buen manejo económico; y es indiscutible
que los encargados de las finanzas en los distintos gobiernos han demostrado un alto grado
de habilidad técnica. Sin embargo, otros países han contado con economistas igualmente
eficientes; así que el buen manejo de la situación colombiana supone algo más que
pericia. Más bien, como lo dijo Alfonso López Michelsen en Caracas, precisamente
es la buena administración de la "hormiguita" como la cigarra de la fábula,
que trabajó y pensó en el futuro mientras los otros estaban atentos tan sólo al
disfrute del momento
19.
La frugalidad desplegada por Colombia, mientras los demás contraían deudas
astronómicas, se deriva, por lo menos parcialmente, de la ausencia de un partido
populista fuerte, de amplias bases, capaz de gastar sin medida en beneficios inmediatos o
de obligar a otros a hacer lo mismo para enfrentar su atractivo. Lo enredado y complicado
del régimen de coalición bipartidista multifraccional, si bien es cierto que dificultó
la adopción de reformas fundamentales, también hizo, sin duda, más difícil cometer
locuras notorias. En resumen, muchas de las características del sistema colombiano que
ayudan a explicar que se hubiera evitado reincidir en el autoritarismo burocrático se
encuentran, así mismo, entre las que, según el punto de vista de Fernando Cepeda, dotan
a la política colombiana de un espíritu de "moderación" que, por lo menos
desde el advenimiento del Frente Nacional y, a pesar de frecuentes apariencias en contra,
ha sido su virtud esencial
20
.
Si parte del secreto del
éxito político y financiero radica en que las demandas de las mayorías populares han
sido incluídas dentro de esa moderación, es lógico suponer que las masas han recibido
escasos beneficios durante todos estos años. Sin embargo, cuando se pregunta qué
reformas deberían haberse puesto en práctica en Colombia, frecuentemente la única
respuesta concreta que se escucha es: la reforma agraria, una reforma agraria real, para
diferenciarla de la muy modesta reforma que se llevó a cabo. Si, por otro lado, se
escucha a contrariados defensores del orden tradicional, éstos ofrecen una lista más
extensa de "reformas", muchas de las cuales han sido incorporadas a los códigos
por pura demagogia del gobierno, cuando no, como creen algunos, por obra de
criptocomunistas infiltrados en el sistema. En esta lista, también la reforma agraria
ocupa el primer renglón. Una reforma que rara vez se menciona pero que, por lo menos para
el visitante estadounidense, resulta sorprendente es la fuerte estructura progresiva de
las tarifas de servicios públicos, ideadas para que una parte desproporcionada del costo
total recaiga en los consumidores de las clases media y alta
21
. El que medidas como éstas se adopten a la
manera de disposiciones de rutina no deja, por lo menos, de proyectar una duda sobre la
idea de que el gobierno de Colombia es invariablemente manipulado en detrimento de los
desposeídos.
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Por la carencia de
reformas estructurales profundas, agrarias u otras (las cuales, hay que admitirlo, no es
fácil que se produzcan en Colombia sin un baño de sangre), las condiciones de vida de la
mayoría se verán afectadas por la disponibilidad o no de servicios públicos
convenientes y por las tendencias, tanto a corto como a largo plazo, de la economía
capitalista mundial, entre ellas los precios cambiantes del café, el carbón y la
cocaína. Al mismo tiempo, se ha difundido la creencia de que uno de los fenómenos de la
América Latina contemporánea Colombia incluida, por supuesto es el
empobrecimiento progresivo de las masas. Mas, en términos absolutos, en lo que respecta a
Colombia, la afirmación es insostenible: cuando más, de acuerdo con los años escogidos
para establecer la comparación, podría demostrarse la existencia de un empobrecimiento
relativo, como resultado de una distribución desigual de los aumentos del ingreso
22
. Hay también algunas series estadíticas que indican
mejoras a largo plazo, más bien notables, durante el siglo. ¿Se atrevería alguien a
argumentar seriamente que el común de los colombianos disfrutaba de mejor
situación en 1910, cuando la expectativa de vida era de 30,5 años, o en 1930,
cuando había subido tan solo a 34 años, que hoy. cuando es más o menos de 65 años? El
primer dato escasaniente llegaba a la mitad del que entonces correspondía a los Estados
Unidos, mientras que el actual se encuentra entre el 85% y cl 90% del nivel
estadounidense, sin que los Estados Unidos sean los primeros del mundo en esta categoría
23.
Un aumento semejante en
el porcentaje de alfabetizados aparece en los registros estadísticos: de menos de 30% en
1912 al 53% en 1938, y de 61% en 1961 a un estimativo del 85% actualmente, un patrón que
señala un rápido aumento inicial, una disminución durante el lapso que incluye los
años de mayor violencia política y un nuevo esfuerzo de progreso en la era de supuesto
inmovilismo del Frente Nacional
24
. Hay que admitir que las definiciones de
alfabetización son más bien flexibles, así que una mejor guía en cuanto a las
tendencias de la educación es quizás la matrícula escolar. A este respecto, la
proporción de colombianos que no recibían educación escolar, aproximadamente la mitad a
principios del siglo XX, había descendido al 15% o menos en 1958, al iniciarse el Frente
Nacional, y se redujo aún más, hasta llegar al 5% en 1970
25
. La escolaridad ha continuado en ascenso, así
que actualmente todos los niños de la ciudad y la mayoría de los del campo tienen por lo
menos un mínimo acceso a la escuela. Para acercarse a una alfabetización más
universalizada habrá que esperar la desaparición de los analfabetos más viejos. El
logro alcanzado no es totalmente satisfactorio, pues ha servido tan sólo para subsanar
una deficiencia evidente y, por lo demás, la calidad de la educación pública no es
suficienteniente alta. Sin embargo, hay que subrayar que es en el campo de la educación
donde la actividad oficial ha tenido un efecto claramente redistributivo, puesto que los
colombianos de bajos ingresos son los únicos que utilizan las escuelas primarias
estatales y porque en sí la alfabetización constituye una condición previa para una
mayor igualdad socioeconómica.
Un indicador social aún
más sorprendente es la caída abrupta de la tasa de crecimiento de la población, quizá
el avance histórico más notable de los dos últimos decenios, aunque ha suscitado
escasos comentarios. Esta caída es consecuencia, no tanto de directrices y programas
oficiales, como de cambios más profundos que desmienten el concepto de que la sociedad
colombiana es una de las más "tradicionales" de América, y que, más
específicamente, rectifican la eterna teoría de que Colombia es una nación sujeta a los
caprichos de una Iglesia poderosa y reaccionaria: "La nación más conservadora [en
el aspecto religioso] de América Latina", según afirma un estudioso estadounidense
26.
En tanto Colombia no ha
estado nunca a la cabeza de la extensión de la educación pública, ni siquiera en el
ámbito latinoamericano, en cambio la evolución de su situación demográfica se destaca
frente a la de los países vecinos. Si bien las naciones del cono sur habían antecedido a
Colombia en la disminución del ritmo de crecimiento de la población. la tasa colombiana
descendió más bruscamente que las de México, Centroamérica, Venezuela y Brasil,
países con comparables características sociales y culturales. Entre 1950 y 1970, el
crecimiento de la población giró alrededor del 3% anual, sobrepasó ese nivel a finales
del decenio del 60, y después bajó hasta llegar al aproximadamente 2% actual. En los
últimos treinta años la tasa de natalidad declinó de 47,6 por mil a 31,0, y en esta
categoría el nivel colombiano, entre veinte naciones latinoamericanas, pasó de un empate
con Costa Rica en el séptimo puesto, durante el primer lustro de los años 50, al
decimotercero hoy en día
27
. Seguramente se colocará aún más por debajo, porque
Colombia ha sido proclamada recientemente como el país "subdesarrollado" que
utiliza más los anticonceptivos
28
. Muchos, tanto de la derecha
católica tradicional como de la izquierda marxista, han deplorado todo esto y al igual
que en otros lugares del tercer mundo, han denunciado que se ha ejercido presión sobre
las mujeres de la clase baja para que acepten la esterilización
29
. Aunque no hay pruebas de que en la
gran mayoría de los casos la decisión de limitar la familia no haya sido voluntaria, el
apoyo oficial ha sido muy efectivo, pero lo suficientemente discreto para evitar que la
polémica suba de tonos. Y son precisamente los colombianos de las clases bajas los
que directa o indirectamente obtienen los mayores beneficios, puesto que el descenso de
las tasas de natalidad altera la relación de oferta entre el trabajo y los otros factores
de producción y promete, por lo tanto, ejercer un efecto positivo sobre el salario real.
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Una tasa de natalidad
decreciente se halla, naturalmente, relacionada con cambios en el papel de la mujer,
simultáneamente como causa y efecto. Al igual que en la mayoría de los países
latinoamericanos, sólo desde años recientes este tema ha atraído la investigación de
profesionales serios. Por lo tanto, mucho de lo que al respecto se oye o se lee tiene
carácter impresionista. En general, las impresiones registradas por observadores
extranjeros conciernen al estilo de vida dc las clases media y alta de las ciudades. Vale
la pena, por consiguiente, agregar algunos comentarios. Colombia fue una de las últimas
naciones latinoamericanas que concedieron igualdad de derechos políticos a la mujer, y
ésta hubo de esperar tres años, después de haber adquirido el derecho al voto en 1954, para ejercitarlo
30
. Desde entonces, sin embargo, las mujeres no solamente
votan sino que son elegidas; la proporción de mujeres en el Congreso colombiano es casi
la misma que en el de Estados Unidos, en donde empezaron a participar en elecciones
nacionales tres decenios antes. La proporción (más o menos el 3%) no es motivo de
orgullo para ninguno de los dos países. Empero, no carece de interés el hecho de que
Colombia haya alcanzado la paridad con Estados Unidos casi de la noche
a la mañana
31
. Tampoco ha surgido en la política de los
Estados Unidos una figura femenina tan poderosa como doña Bertha Hernández de Ospina
Pérez, y mucho menos ha habido algo semejante al monopolio femenino de los
viceministerios en el gabinete de Belisario Betancur. De todas maneras, el surgimiento de
las mujeres como francas participantes en la vida política es sólo una muestra, y no la
más importante, de la rápida generalización de la presencia femenina en las profesiones
y empleos. Como historiador, estoy personalmente enterado para pensar que el departamento
de historia de cualquier universidad colombiana seguramente ha de contar con una mayor
proporción de profesoras que mi universidad en Florida. No he conocido otro país,
después de México, en el cual, como en Colombia, una mujer dirija el Archivo Nacional
respondiendo por las fuentes documentales, que son la materia prima de nuestro trabajo cotidiano
32
. El
acceso de la mujer al franco desempeño de cargos de servicio público, tuvo un temprano
precedente, infortunadamente fallido, cuando en la provincia de Vélez, en 1853, se
otorgó a la mujer según parece, por vez primera en el continente americano- el
derecho al voto en igualdad de condiciones con el hombre. Casi inmediatamente, la Corte
Suprema de Justicia echó atrás esta conquista, por considerarla incompatible con la
Constitución Nacional
33
. Aquí es preciso preguntarse si, en el caso de que las
mujeres hubieran seguido participando con plenitud de derechos en el proceso político, la
nación habría rodado al mismo abismo de autodestrucción al que, menos de un siglo
después de la decisión tomada en Vélez, se precipitó. Posiblemente sí, pero al menos
las mujeres se hallan en situación de rechazar su responsabilidad formal. En cambio, sí
participaron en el viraje siguiente, que demostró la aptitud de los colombianos para
aprender de la experiencia lo cual no todo el mundo hace y efectuar los
reajustes necesarios. Así mismo, los colombianos han dado hasta ahora muestras de
sabiduría para conservar aquellos rasgos de su tradición histórica que, antes que
nocivos, han probado más bien ser saludables, y entre los cuales se cuentan la
supremacía civil, cierto grado de tolerancia a la oposición y la rotación regular de
las personalidades en los altos cargos. De ahí que, por lo menos desde mi punto de vista,
el panorama que se ofrece sea muy reconfortante. Ni siquiera socavan mi fe colombianista
las amenazas ocasionales de traficantes o de guerrilleros en contra de los imperialistas
norteamericanos siendo yo mismo un pequeño inversionista en el extranjero. De ningún
modo pienso vender mis acciones de Bayana y espero continuar gastando mis dividendos en
Colombia; naturalmente, en los mismos productos de la compañía.
1.Malcom Deas,
"Defensa de Bogotá", en El Tiempo, Lecturas Dominicales, Bogotá, 9 de
septiembre de 1984, págs. 3-5. (regresar1)
2 Sobre cl cambio de
imagen de Núñez, véase Helen Delpar, "Renegade or Regenerator? Rafael Núñez as
seen by Colomhian Historians", que se publicará próximamente en Interamerican
Review of Bibliography. (regresar2)
3. Sobre Gómez, véase
David Bushnell, Eduardo Santos and the Good Neighhor, 1938-1942, Gainsville,
Florida, 1967, págs. 25-29 el pássim. En esa época Betancur se hallaba vinculado
al periódico La Defensa, que servía de órgano al laureanismo en Medellín, en
competencia con El Colombiano, periódico conservador más moderado. (regresar3)
4. El Tiempo, Bogotá,
9-II de enero de 1939. Este es, por supuesto, apenas uno de los más famosos ejemplos de
las malas acciones de las fuerzas policiales en la época liberal. (regresar4)
5
.
Spruille Braden al secretario de Estado, 26 de
marzo de 1941, en 821.001 López, Alfonso/125, Archivos Nacionales, Estados Unidos. (regresar5)
6. Véase, por ejemplo,
Miguel Urrutia, "El desarrollo del movimiento sindical y la situación de la clase
obrera", en Instituto Colombiano de Cultura, Manual de historia de Colombia, 2a.
ed., 3 vols., Bogotá, 1982, t. III. pág. 188. (regresar6)
7. Albert Berry ("A
Descriptive History of Colombian Industrial Development in the Twentieth Century", en
Berry [comp.], Essays on !ndustrialization in Colombia, Tempe, Arizona, 1983, pág.
30) señala una baja del 5% en el ingreso bruto, desde el comienzo de la depresión hasta
"el momento más crítico, en 1931". En el lustro 1930-34, sin embargo, el
crecimiento per cápita fue positivo. Véase Miguel Urrutia, Cincuenta años de
desarrollo económico colombiano, Bogotá, 1979, pág. 16. (regreear7)
8. Jesús A. Bejarano,
"La economía", en Manual de historia de Colombia, t. III, pág. 50.
(regresar8)
9.
Rosemary
Thorp y Carlos Londoño," EI efecto de la Gran Depresión de 1929 en las economías
de Perú y Colombia", HISLA, Lima, núm. 3, primer semestre de 1984, págs. (regresar9)
10. Alfonso López
Pumarejo, Lopez Pumarejo; obras selectas primera parte (1926 1937), Bogotá, 1979,
pag. 182. El resto de la frase dijo. ".. de los dos millones de colombianos que
escasamente pueden calcularse en pleno uso de sus atributos ciudadanos". (regresar10)
11, Charles Berquist,
"Colombia", borrador de un capítulo de una obra, en preparación, sobre
historia laboral contemporánea, basada en algunas experiencias latinoamericanas, págs.
35-41, 83-92 y sigs. (regresar11)
12 Elba María Quintana
Vinasco, Por la plenitud de la ciudadanía de la mujer colombiana, Bogotá, 1950,
págs. 107-119; Augusto Ramírez Moreno, La crisis del partido conservador en Colombia,
Bogotá, 1937, págs. 34-36. (regresar12)
13. Me refiero a una
mesa redonda celebrada durante la reunión de la Asociación de Estudios Latinoamericanos,
en la ciudad de México, en septiembre de 1983. (regresar13)
14. Sobre Anapo, véase
Daniel Lawrence Premo, "Alianza Nacional Popular: Populism and the Politics of Social
Class in Colombia, 1961-1970", tesis doctoral, Universidad de Texas, 1972. La
orientación comunista era lanzar candidatos cuando pudieran lograrse ventajas concretas.
Para sucesivas elecciones de diputados a la Asamblea de Cundinamarca, se presentó con
regularidad una lista encabezada por el exguerrillero Juan de la Cruz Varela a nombre de
una fracción o suhfracción del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), disidencia de
uno de los partidos tradicionales, excepto) en 1966, cuando se utilizó el rótulo de
Frente Liberal Popular. El número de votos se mantuvo de una elección a otra: apenas los
suficientes para obtener el escaño de Varela en la Asamblea. En 1970 fue posible
lanzar candidatos para asambleas, bajo el rótulo de un tercer partido (aunque aún no
para el Congreso). Esta vez el venerable dirigente del partido comunista, Gilberto Vieira,
encabezó la lista y obtuvo 15.179 votos, de un total de 773.234, mientras en 1968, Varela
había alcanzado 12.352 de 385.272. Véase Registraduría Nacional del Estado Civil, Organización
y estadísticas electorales (el título exacto varía), Bogotá, 1958 a 1970.
(regresar14)
15.
Curiosamente,
El Periódico tuvo mejor suerte con las multinacionales que con las grandes corporaciones
colombianas. Para un comentario acerca de su trayectoria editorial hasta la salida de su
primera dirección
(a la cual seguiría rápidamente el cierre definitivo), ver El Espectador, Bogotá. 3 de
diciembre de 1972. (regresar15)
16. Peter H Smith,
"Political Legitimacy in Spanish America", en Richard Graham y Peter H. Smith
(compiladores), New Approaches to Latin American History, Austin, 1974, págs.
225-227; Claudio Vélez, The Centralist Tradition in Latin America, Princeton,
1980. (regresar16)
17
. George
W. Gravson, "Oil and Politics in Mexico", Current History, 78:454,
febrero de 1980, págs. 53-55. (regresar17)
18. Jonathan
Hartlyn, "The lmpact of Patterns of industrialization and of Popular Sector
lncorporation on Political Regime Type: A Case Study of Colombia", artículo inédito,
enero de 1983. (regresar18)
19. El
Universal, Caracas, 27 de junio de 1983. (regresar19)
20. Fernando
Cepeda Ulloa. Pensamiento político colombiano contemporaneo", articulo
mimeografiado, presentado al Congreso sobre el Pensamiento Político Latinoamericano,
Caracas, 1983. Al referirse a las marcadas diferencias entre México y Colombia, en cuanto al problema de la deuda externa, traza
un paralelo entre los sistemas políticos de los dos paises, que puede considerarse
superficial. Dígase lo que se diga acerca de la relativa fuera (le las presiones
"populistas", el sistema mexicano resulta menos "engorroso", por
cuanto pone menos trabas a un ejecutivo de gran voluntad pero un tanto desorientado.
(regresar20)
21.
Johannes F. Lino. "The Distributive
Effects of Local Government Finattces in Colombia: A review of the Evidence", en R.
Alberto Berry y Ronald Soligo. Economic Policy and lncome Distribution it,
Colombia,
Boulder, Colorado, 1980, págs. 87-103. Linn señala (pág. 102) que las tarifas
progresivas de los servicios pueden disminuir el acceso a éstos, al aumentar el costo de
su extensión a los proyectos de vivienda de bajo precio.
(regresar21)
22. R. Albert Berry y Ronald Siligo, "The Pistribution of
Income in Colombia: An Overview", en Herry y Soligo. op. ch., págs.
1-45. (regresar22)
23
. Urrutia, Cincuenta años, pág. 35: Statistical
Abstract of Latir, Amerjca. vol. 23, 1984. pág. 155. El dato más reciente representa
un estimativo global. Para un estimativo más alto ver The World Alnzanac and Book of
Facts, Nueva York. 1984. (regresar23)
24. Jaime Jaramillo Uribe, "El proceso de la educación del
virreinato a la época contemporánea", en Manual de historia de Colombia, t.
III, pág. 288: Latin America Weekly Report, Londres, 18 de enero de 1985, para un
estimativo oficial más reciente. Estas cifras corresponden a niños de siete o más años
de edad. (regresar24)
25. Berry y Soligo, "Distribution of Ineome", loc. cir.,
pág. 32, nota. (regresar25)
26. Sheldon B. Liss. Marxist thought ir, Latir, Arnerica, Berkeley,
1984, pág. 156. (regresar26)
27. Statistical Abstract of Latir, America, vol. 23. 1984, pág. 117:
Naciones Unidas, Comisión Económica para América Latina. Statistical Yearbook for Latin
America, 1983, pág. 66. (regresar27)
28. "En uso de anticonceptivos Colombia ostenta
récord", El País. Cali, 17 de junio de 1984, pág. 8C. El artictilo no especificaba
la definición de subdesarrollado, con que se trabajaba. Y, aunque es innecesario decirlo,
la confiabilidad de una encuesta de este tipo es cuestionable. (regresar28)
29. Véase, como contrarréplica. "La planificación es un
derecho: Miguel Trías". Cromos, núm. 3466, Bogotá. 19 de junio de 1984,págs.
32-34. (regresar29)
30. Robert H. Dix. Colombia: The Political
Dimensions of Change, Nueva Haven, 1967, págs. 118, 134 nota. (regresar30)
31
. Registraduria Nacional del Estado Civil, Estadísticas
Electorales, Corporaciones. Bogotá. 1982,pág. 514: The World Almanac and
Book of Facts, 1985, págs. 72-80. Para Estados Unidos el porcentaje actual es de 3,5%
y para Colombia un poco por debajo de 3%. En las primeras elecciones con participación
femenina fue un poco más del 4% y desde entonces ha fluctuando dentro de límites muy
estrechos. (regresar31)
32. Para una encuesta acerca de las mujeres que
desempeñan cargos políticos o de otra clase, véase "El poder femenino",
Semana, núm. 127, Bogotá, 9-15 de octubre de 1984. págs.26-42. (regresar32)
33. Informe que presenta el gobernador a la legislatura
provincial de Vélez, en sus sesiones de 1855, Bogotá, 1855, pág. 2: Carlos Restrepo
Picdrahfta, Constituciones de la primera repüblica liberal, 1853-1866, 2vols., Bogotá,
1979. t. 1, págs. 173-178. (regresar33)
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