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La
difícil facilidad o el huevo de Colón
Social-polltlca y mamagallísticamente
hablando
César Almeida (Kekar)
Impreso en los talleres gráficos de la Contraloría General de la República.
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El dibujo de Ricardo
Rendón en una época aún de difíciles comunicaciones coincidía
extrañamente con el de algunos caricaturistas europeos de su tiempo. No era igual ni era,
por supuesto, inferior. Pero una estética, quizá cercana al déco, lo había
tocado, porque los hilos del arte son inalámbricos. El rival de Rendón, en cuanto a
calidad de dibujo (no de humor: Rendón era un panfletario nato y genial, equiparable en
nuestra literatura, a pesar de sus ideologías opuestas, al olvidado Rubayata de (En la
república de los vagabundos), era Horacio Longas, quien como caricaturista casi no
trascendió los límites de Antioquia. Después he descubierto otra extraña coincidencia
y lo fue entre su trabajo y el de Castelao, español gallego que descolló en
los años 20 y 30 en un país con riquísima tradición de humor gráfico. Castelao tenía
una línea muy pura, muy lírica, y miraba a sus gentes y a sus campesinos con un prisma
semejante al que usaba Longas, perdido en las breñas antioqueñas, para mirar a los
suyos. Menciono estos nombres porque son los de la llamada época de oro de la caricatura
colombiana. Podría añadir otros:
Pepe Mexía y Facio Lince, por ejemplo. Hay más. No estaban, pues, entonces
nuestros caricaturistas lejos del mundo. Siguió luego una época de transición en que
las cosas se opacaron un poco o un mucho. Podría rescatarse la obra de Hernán Merino,
pero Merino fue mejor dibujante que caricaturista. Como tal, lo que lo preserva es la fina
inteligencia de sus apuntes, aún vigente, según creo. Los demás hicieron su trabajo con
discreción, sin mayores contrastes entre uno y otro, aunque, desde luego, sería
importante una revisión crítica de este periodo del humor gráfico colombiano. Pero no
es posible intentarla aquí y ahora.
Hace unos quince años visitó a Colombia un ilustre caricaturista mexicano. Alguien
pidió su opinión sobre sus colegas de aquí, y él dijo:
buenos, pero un poco tradicionalistas en su concepción gráfica. Quiso decir simplemente
que se había quedado atrás. El humor gráfico evoluciona o muere, puesto que está
inmerso ni más faltaba en el río del arte. Lo que aquel visitante dijo era
cierto, y el hecho de que nadie lo hubiera señalado en Colombia apunta a una de nuestras
carencias en este campo, la falta de rigor crítico en editores, autores y lectores. La
caricatura colombiana es tierra de nadie.
El mexicano, sin embargo, olvidó un nombre: el de Buitrago, por Otro apelativo Ugo Barti,
por otro Timoteo. A mi modo de ver, Barti es el verdadero precursor del actual desarrollo
de la caricatura colombiana. Él nos enseñó, creo, que el dibujo podía ser desdibujo.
Él, consciente o inconscientemente, recordó que existía un Steinberg, un Chúmez, un
Wolinsky. Y también que el contenido de un cartoon exige una visión personal, una
síntesis, un llamado a la inteligencia. Él nos puso en el mapa del tiempo. Lo demás,
porque el talento crece donde encuentra un reto, vino por añadidura. Tras Barti llegaron
Cárdenas, Caballero, Osuna, Naide. Son autores disímiles, pero de todos podemos hablar
con admiración y respeto. Después de ellos el asunto es claro, aunque no muchos lo
sepan: hay que hacer las cosas bien, o, mejor, hay que hacerlas mejor. Habría que
mencionar a Mico, a Grosso, a Guerrero, a Palosa. Y a muchos otros, no tan conocidos, que
hacen humor, en la capital o en provincias, a través de revistas más o menos marginales
o esporádicas. En todo ese personal joven se aprecia el nuevo tono, la urgencia de
denuncia y la fluidez visual que ya no puede detenerse y que nos pone, de algún modo, y
no es poco, en el contexto del actual humor latinoamericano.
El libro de Kekar constituye un notable aporte (ha habido otros, en los últimos años) en
el camino de ese afianzamiento del nuevo humor gráfico del país. Disiento de su
prologuista, Rodolfo González, cuando compara la línea del autor con la de Fontanarrosa,
que, a mi juicio, en nada se le parece. También cuando señala que "el éxito de su
labor, residía en su capacidad para estampar el diálogo del hirsuto mono, la mordacidad
de sus frases colgadas de esos personajes armados endeblemente". En esas palabras
parece juzgarse un predominio, un desajuste entre lo gráfico y lo conceptual, si este
último vocablo puede aplicarse a tan específica forma de poesía. Kekar, en cambio, nos
dice: "Mi preocupación por lo estético es continua". Y más adelante nos habla
de "la elegancia del trazo". Tales asuntos son fundamentales en su trabajo,
delatan un dibujante excepcional no libre de influencias y un artista gráfico
con un alto sentido de la composición, de la línea, del claroscuro, del contraste. Un
"animal plástico", en suma. Mirando sus cartones con el cuidado que merecen, se
confirma una antigua verdad: todo caricaturista ha de serlo de veras. Es decir, debe
plantearse un problema gráfico, y resolverlo limpiamente, con todo el riesgo y la
aventura que tal actitud implica. Kekar es sin duda un gran artista. En cuanto a lo
otro... ¿Cómo es el humor de Kekar? Un humor armado sobre la realidad nacional,
como debe ser aquí y ahora. De sobra sabemos cuál es esa realidad, hecha de miseria,
agonías e impudicias. Evitemos también los lugares comunes: irreverencia, ironía,
mordacidad. Todo esto se da por sabido en un humorista que se precie de tal. Pero en Kekar
hay un claro apego a la síntesis, un tremendo talento para congelar una situación en una
fracción de segundo. Y un sentido de la sorpresa, un saber cosechar de lo cotidiano la
cuota absurda que, desde siempre, sin que "los otros" lo noten, ha estado allí.
Tal parece ser el mejor camino del caricaturista de hoy, aunque, desde luego, esto es más
fácil decirlo que hacerlo. Me parece que el arte de Kekar consigue aquel extraño
desafío que nos hace pensar ante sus monos: "Pero... ¡claro!". Todo parece
fácil después que el talento descorre los obvios pero secretos velos. La difícil
facilidad. que dijo alguien. El huevo de Colón.
Para terminar, anoto una especie de pardoja. Estamos en lo que podríamos llamar una
segunda edad de oro o casi de la caricatura colombiana. Pero, como ya se dijo,
no son muchos los que lo saben. Ni el público, ni los directores de periódicos o
revistas. Ni. mucho menos, los editores de libros. El rigor y la calidad alcanzados por
los nuevos humoristas nacen de ellos mismos, obedecen a una urgencia personal. Como
creadores vamos bien, quizá muy bien. Como lectores, seguimos en Babia. Tal vez el tiempo
se encargue de convertir en diálogo fructífero lo que aún hoy es una especie de
monólogo dramático. El drama del humor.
ELKIN OBREGÓN
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