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Los
infortunios de la belleza
Los infortunios de la Bella Otero
y otras desdichas
José Manuel Freidel
Ediciones Otras Palabras, Medellín,
1985, 86 págs.
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Esta es la única
edición que conocemos de una de las ya numerosas piezas dramáticas escritas por el
antioqueño José Manuel Freidel, director, en Medellín, de grupos teatrales como La
Fanfarria y los de la Escuela Popular de Arte y la Universidad Nacional de Medellín.
José Manuel Freidel ha escrito y montado él mismo numerosas piezas como Las medallas
del general; Desenredando, Amantina o la historia de un desamor, Las arpías, En casa de
Irene, obra reciente que trata del 9 de abril El romance del bacán y la maleva, con
el grupo La Fanfarria; o como Hamlet en un país de ratas retóricas, juego de
teatro dentro del teatro representado en el Festival de Manizales de 1985, con la Escuela
Popular de Arte, y cuyo título da idea del estilo del autor, irreverente y cruel, pero
también capaz de un sórdido lirismo que alcanza a veces altos niveles de expresión.
Los infortunios de la Bella Otero fue también representada por el grupo La
Fanfarria en el Festival de Manizales de 1985. Si hubiese que colocarla dentro de algún
género, el que mejor le convendría sería el del esperpento al estilo de Valle Inclán,
pero la pieza asimila casi todos los estilos del teatro contemporáneo e incluso del
antiguo, sin excluir, claro está, las técnicas del teatro brechtiana y modalidades del
teatro de Enrique Buenaventura, a quien recuerda mucho en su morboso desencanto y en la
escogencia de personajes sórdidos, estilo que tiene ya más de veinte años entre
nosotros y que ojalá la juventud supere en busca de nuevas formas, más interesantes y
creativas, si no más estimulantes.
El idioma de la obra es quizás lo más original. Escrito a la manera del verso castellano
antiguo, pues el autor trata de producir un efecto medieval de atraso y miseria, concuerda
bien con la atmósfera general de la pieza, pero resulta de lectura difícil y seguramente
también de difícil interpretación ya que fácilmente se presta a los excesos
recitativos y de difícil escucha para un público poco acostumbrado a los
relumbrones lingüísticos, a menudo demasiado oscuros, en el teatro. De manera que, para
abordar la lectura, hay que hacer un verdadero esfuerzo de paciencia y concentración, no
sólo por el posible desagrado que a veces producen las descarnadas imágenes y las
expresiones soeces, sino porque, siendo el idioma en el fondo de raigambre y entonación
muy antioqueñas, es excesivamente complicado, con sus verbos al final de la frase, sus
palabras a veces inventadas e indescifrables ("acamarcarse",
"cuamalquero", "repichingas"), sus imágenes recargadas y no siempre
claras, sus poemas intercalados, que no parecen cumplir función precisamente brechtiana
sino más bien romántica, para crear atmósfera. Aunque el autor demuestra talento e
inventiva en el manejo del idioma, que llega a grandes logros, la retórica no siempre
funciona bien el teatro, a menos que se haya adquirido una auténtica maestría, que el
autor aún no posee. Hay, en efecto, licencias gramaticales excesivas, tales como la
frecuente falta de verbo en la frase, lo que tiende a convertirla en simple interjección,
comprensible, sólo a veces, dentro del contexto; o la falta de conservación de la
persona en el tuteo o en la utilización del usted. A este estilo, seguramente
popular pero evidentemente descuidado, el autor agrega la dificultad de seguir la línea
argumental, que no se desarrolla cronológicamente, porque ciertas escenas y poemas dan la
impresión de no justificarse, al no parecer contribuir al desenvolvimiento progresivo de
una acción, sino más bien a enredar y confundir al público que trata de seguir la obra.
La pieza promueve así un estilo lineal eminentemente narrativo, expositivo, no
dramático, que produce, en el más grave de los casos, la impresión de que se trata de
una obra lenta y pesada que no conduce a ninguna parte; y ello debido a que la acción no
parece seguir un objetivo que pueda darle interés.
La pieza se compone de tres partes, que pueden ser actos, cada una de las cuales consta de
siete, ocho o nueve escenas numeradas y con títulos, al estilo del teatro épico. La
segunda parte antecede a la primera, cronológicamente hablando. Se trata de un flash-back
o acción retrospectiva que permite entender mejor lo que hemos visto o
leído antes y que busca profundizar en el personaje del Paiche, el marido de la
protagonista, la Bella Otero. Las escenas, muy breves, se efectúan en lugares y con
personajes casi siempre diferentes, a veces con personajes que el público no está
preparado para ver, inusitados, pues su aparición es difícil de justificar. Tal cosa
ocurre, para citar un ejemplo, con Bárbara, cuya aparición parece innecesaria, ya que
demuestra, una vez más, la desmoralización absoluta a que llega la protagonista,
obligada a hacerle el amor, además, a otra mujer.
El argumento narra la historia de esta mujer, María Botero, a quien llaman la Bella
Otero, y a quien su marido, llamado el Paiche, abandona, para partir a la guerra de los
Mil Días, a comienzos de siglo; a pesar de que la ama y de que ella también lo ama, él
parte sin saber exactamente por qué:
PAICHE: Dame un trago,
Boticario, estoy que lloro. ¿Guerrear por la patria? ¿Para qué? Si es una simple sirena
encantada a quien le quitaron el mar. ¿Por el honor? Ya no sé porqué guerrear en este
mísero tiempo de desdichas... Pero son tantas las humillaciones de estos cornudos
vejestoretes que nos dominan, que las güevas arden, duelen y escaldan.
Ella, mientras tanto,
endeudada y sin ninguna profesión, como las mujeres acomodadas de la época, se ve
obligada a prostituirse con la ayuda de su sirvienta, Liduvina, que depende totalmente de
ella y quien, al estilo señorial, le permanece fiel hasta la muerte. Sin embargo es
difícil entender cómo la Bella pudo haber dependido económicamente del Paiche, siendo
él un hombre pobre y sin oficio conocido, desorientado y falto de carácter. De manera
que, así las cosas, es el sacristán del pueblo quien, sórdidamente, consigue los
clientes para la Bella e interviene soterradamente en la política, acudiendo, incluso, a
la delación y al asesinato.
La obra no pretende ser histórica, sino más bien dibujar con morbo y sarcasmo la
desmoralización absoluta producida por la guerra y la pobreza. Los personajes que allí
aparecen, en consecuencia, son casi todos caricaturas que expresan esa miseria a todos los
niveles: el General Galindo, el Arzobispo, el Presidente, el Comerciante, Bárbara,
miembros ellos de clases dominantes y tan cínicos como los mendigos y demás personajes
extraídos, del más bajo estrato de una sociedad totalmente descompuesta y sin
auténticos valores. Acerca de estos últimos, cabe destacar la caracterización del
Mendigo de Andar, personaje en ocasiones muy hermoso, que lleva a menudo el peso de la
acción de la obra, al estilo de un narrador, o a la Juana, bebedora empedernida y
profetisa de desastres fabulosos.
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Al comienzo de la pieza
el Mendigo de Andar nos informa, hablándole al Paiche, que sus amigos, cuyos nombres
empiezan todos por z y que por ello son llamados los "zetas", han sido
vilmente asesinados. Los veremos vivos, en la segunda parte de la obra, en casa del
Barbero (caricatura, de nuevo, del Barbero de Sevilla), conspirando contra el gobierno
conservador y preparando la guerrilla liberal. Es, obviamente, el Sacristán, que los
espía, quien los manda matar. En la tercera parte de la obra el Paiche se halla en
Panamá, en el momento de la separación de Colombia, añorando a su Bella en un
prostíbulo y preguntándose por qué anda en la guerra. Ella, mientras tanto, agoniza, en
una escena simultánea, traicionada por el Sacristán, quien huye con el dinero que ella
ha ganado prostituyéndose. Muy al estilo medieval, el Demonio, un Ángel y la Muerte se
disputan el alma de la Bella, triunfando era lógico la Muerte, la Nada, en
una escena que alcanza quizás el mayor lirismo de la pieza y que la concluye con
indudable belleza.
Para terminar, a manera de epílogo, irrumpe el soldado Nicolás, el único personaje que
aporta un ingrediente de tenacidad, de optimismo, de lucha, y, al tiempo, de suspenso,
para leer un extraño mensaje que no había podido entregar en varios intentos frustrados
y que resulta ser la idea general de la obra; como dice uno de los bufones que aparecen en
la pieza, llamado Bufo:
¡Gira! iGira! A
presura tu andar:
Nada vale nada, nada vale la pena.
A pesar de estos
logros, la pieza, en realidad, carece de un verdadero desarrollo. La acción, que no está
definida desde un principio y que lógicamente, no puede tener una auténtica culminación
al final es predominantemente narrativa y, así, la obra carece de los altibajos rítmicos
indispensables para mantener el interés del lector o del espectador. Entre otras cosas,
también porque los personajes centrales carecen de voluntad, son veletas dentro de una
situación sin salida, son arrastrados, sin oponer resistencia, por el empuje del viento
caprichoso de una guerra que no entienden, de un "destino fatal" que les es
perfectamente ajeno y que no tratan de controlar. La obra, fatídica pero no trágica,
refleja muy bien la vida sin sentido, sin objeto, de una inmensa parte de nuestra sociedad
colombiana, continuando, en esta forma, la misma línea espiritual tan cercana al
anarquismo que preconizó el nadaísmo sin esperanza, nacido, precisamente, en Antioquia,
departamento que, paradójicamente, se nos ha querido siempre mostrar como el símbolo del
empuje progresista nacional y que hoy parece desintegrarse. El estilo teatral de esta obra
no es, pues, totalmente nuevo, sino que propone más o menos las mismas ideas de años que
sería mejor ver esfumados, en especial la caricatura grotesca ya demasiado fácil, y no
constituye, tampoco, una esperanza de la necesaria renovación del teatro colombiano. Se
trata, en fin de cuentas, de un testimonio más del inmenso desconcierto y del inmenso
deterioro una conciencia nacional que no tiene "destino".
FERNANDO GONZÁLEZ CAJIAO
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