Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 6,  Volumen XXIII , 1986
 

¿No hay poetas en la costa?


Poetas en abril
Luz Eugenia Sierra
Fundación Talleres de Medellín, 1985,
364 págs.

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Este libro parece más uno de esos directorios especializados, como el de abogados o el de equipos para oficina, que una antología. este sería, digamos, el directorio de poetas costeños, y como en cualquier directorio, pueden estar todos los que se pretenden poetas, sin importar calidad, edad, tendencia. Incluso su presentación tiene ese estilo publicitario: propagándas en las últimas páginas, y fotografías de página entera de cada poeta para acompañar apenas unos cuantos poemas, como si importara más "la pinta" que el texto. La antologista es, a su vez, una especie de gerente de ventas: su nombre aparece en grandes letras, y sus palabras de introducción son las más vendedoras: alusiones irremediables a García Márquez, y ditirambos para resaltar "una excelsa factura en el trabajo poético".
Pero aun si se deja a un lado el mal gusto de las fotografías, o las sospechas que despierta tal cantidad (¡35!) de "excelsos" poetas, y se atiende sólo a la letra, se descubre una realidad aplastante: no hay, en 364 páginas, ni un solo poema que valga la pena. Hay, en cambio, un verdadero compendio de los vicios, lugares comunes, imitaciones, y hasta viles copias, con los que se hace la inmensa mayoría de nuestra poesía. Siendo generosos, se podría decir que ésta es la única utilidad de Poetas en abril: enseñar —muy a pesar de lo que pretende la antología— en qué consiste la tan promocionada abundancia de poetas colombianos.
En cuanto a las imitaciones y los lugares comunes, cabe señalar que van desde García Lorca ("Son las cinco y cuarto de la tarde") hasta los versos de palabras de Ungaretti:

En su lecho
Tumba
De basalto
Los amantes
La Historia
Los acoge
En el orgasmo
Detenido

y pasan, claro está, por Borges y Paz y Nicolás Guillén, hasta uno que otro compositor de rock y vallenatos. No falta el que "habita despierto entre los sueños" ni el que no canta "un dolor de exportación", ni la que compara "la tarde y la tristeza", o el que le dedica poemas a escritores y actrices de cine. No faltan tampoco "las guerras ganadas y perdidas", y el "padecer los días y las noches", o el poema que se deshace "en la orilla de la página", o el que esta "solo en medio del desamor", o la que ruega para que el amante se quede "vagando entre mis versos", o dice que "también el hielo abrasa".
De los vicios habría que destacar el más común y el más grave de todos; que es el de creer que la poesía no es más que una prosa cortada en versos:

El camión de la Shell aún no ha
llegado
como todos los días
con dos hombres engrasados
En la trastienda Noam sigue atendiendo su
burdelito de baratijas y de tetas
flácidas,
donde se pudren al calor de las
tardes
amores de quinceañeras que ya han trasegado
otros dispensaderos de placeres
rápidos y
han ajado su ternura en los
sudores
[...]
Se achantó en esto último:
tarareó boleros los primeros días
pagó a crédito los muebles
pasó a las jaquecas, a los partos

Los pocos que no caen en esta fórmula se hunden en otros esquemas igual de desabridos: poemas con un falso tono de castillos medievales, donde abundan los olivos, las hadas, los demonios, los cánticos, el lapislázuli, hasta otros que se disfrazan de nadaístas.
Aunque se puede seguir la costumbre tan nuestra de elogiar el esfuerzo y la buena voluntad, creo que ya va siendo hora de exigirles tanto a los poetas como a los antologistas un mínimo de rigor y calidad. Si no se hace, la poesía va a perder los pocos lectores que le quedan.

DANIEL WINOGRAD