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Seguimos
sin un buen diccionario histórico
Diccionario de la historia de
Colombia
Horacio Gómez Aristizabal
Editorial Plaza y Janés, Bogotá 1985,
2a. edición, 287 págs.
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El autor, que ha escrito
sobre los más variados temas derecho, problemas sociales del país,
historia había publicado en 1983 una primera edición, algo más amplia, de este
diccionario. La idea es excelente y a nadie se le oculta cuánto faltan en el país buenos
materiales de referencia, tanto para el especialista como para los estudiantes y el
público en general. Los clásicos trabajos de Joaquín Ospina Diccionario biográfico
y bibliográfico de Colombia,
3 vols., Bogotá 1927-39), Rafael Mesa (Colombianos ilustres, 5 vols., Bogotá,
1916-29) y Gustavo Otero Muñoz (Semblanzas colombianas, 2 vols., Bogotá, 1938, Hombres
y Ciudades, Bogotá, 1948) no se consiguen por ninguna parte y su detalle y extensión
los hacen útiles ante todo para escritores e investigadores.
Este libro se va al otro extremo, al punto de resultar casi inútil. En efecto, las
biografías son muy pocas (182) y tan breves y genéricas ("ocupó diversos cargos
coloniales"), que escasamente permiten hacer una tarea para la escuela elemental. En
todo libro de este tipo es fácil encontrar omisiones y discutir los criterios que han
llevado a seleccionar los artículos incluidos. Pero en este caso la arbitrariedad es
demasiado patente. En primer lugar, fuera de quienes han ejercido el poder ejecutivo
entre los cuales se incluye a Jorge Mario Eastman pero no a Rafael Azuero,
apenas se dan las biografías de unos pocos escritores y un puñado de personajes
dispersos. Pero si se incluye a Bastidas, ¿por qué ningún cartagenero podrá buscar a
Heredia ni ningún antioqueño a Robledo? Si está Felipe Paul, ¿por qué no don Miguel
Samper? Y si aparece monseñor Vicente Arbeláez, ¿por qué se excluyen a los arzobispos
Mosquera y Herrán? El estudiante buscará en vano la biografía de José Antonio Galán,
del arzobispo Caballero y Góngora o del padre Camilo Torres. Encontrará, es cierto, la
biografía de escritores como José Joaquín Casas o José María Torres, pero no la de
Alvaro Mutis ni la de Osorio Lizarazo. Y
entre los historiadores, sabrá quién fue
Julio César García pero no Luis Ospina Vásquez. Y, por supuesto, al registrar
políticos y escritores, no aparecen Fernando Botero, Guillermo Uribe Holguín, Pepe
Sierra o Francisco Javier Cisneros.
La segunda parte del libro comprende una serie de monografías temáticas ordenadas
alfabéticamente. Allí se presentan unas cuantas páginas sobre el 9 de abril, algunas
batallas, la reforma agraria o la autonomía municipal, sin que se advierta ningún plan
claro detrás de la acumulación casual de temas. La presentación, por lo demás, es
bastante incompleta y arbitraria. Un artículo titulado comercio e industria sólo
habla de la ¿poca colonial, y ante todo del monopolio comercial español; el artículo
sobre la cultura es bastante arbitrario entre los filósofos no se menciona a Danilo
Cruz y entre los sociólogos se omite, por supuesto, a Orlando Fals Borda. Y
aunque
el autor insiste en el prólogo en que ha evitado los juicios de valor, la presentación
factual es tan sesgada que los prejuicios saltan a la vista. ¿Qué pensar de una
monografía en la que se destaca que los encomenderos "debían enseñar
prácticamente la agricultura en todas sus formas a los indios"? ¿Qué opinión
merece que en el artículo esclavos no diga nada sobre su cultura, sus formas de
vida, su distribución en el país o sus ocupaciones, y se limite a subrayar cómo hacia
ellos hubo "comprensión y solidaridad humana", cómo en ciertas regiones
"no les exigían un esfuerzo superior al que los mismos amos eran capaces de
realizar", para concluir que "los hijos de los señores muchas veces eran
educados junto con los siervos y desde la infancia se creaban entre ellos el sentimiento
de igualdad y los nexos de simpatía y servicios recíprocos. Se explica de este modo que
al obtener la libertad, muchos de ellos no hubieran querido abandonar la morada de sus
antiguos amos"?
Sigue, pues, el país sin un buen diccionario de historia. Como referencia básica para
estudiantes, el único recomendable el de Roberto C. Davis está,
desafortunadamente, en inglés. Y un diccionario para especialistas sólo podrá ser el
resultado de un trabajo de equipo de gran envergadura.
J. O. MELO
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