Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 6,  Volumen XXIII , 1986
 

Seguimos sin un buen diccionario histórico


Diccionario de la historia de Colombia
Horacio Gómez Aristizabal
Editorial Plaza y Janés, Bogotá 1985,
2a. edición, 287 págs.

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El autor, que ha escrito sobre los más variados temas derecho, problemas sociales del país, historia— había publicado en 1983 una primera edición, algo más amplia, de este diccionario. La idea es excelente y a nadie se le oculta cuánto faltan en el país buenos materiales de referencia, tanto para el especialista como para los estudiantes y el público en general. Los clásicos trabajos de Joaquín Ospina Diccionario biográfico y bibliográfico de Colombia,
3 vols., Bogotá 1927-39), Rafael Mesa (Colombianos ilustres, 5 vols., Bogotá, 1916-29) y Gustavo Otero Muñoz (Semblanzas colombianas, 2 vols., Bogotá, 1938, Hombres y Ciudades, Bogotá, 1948) no se consiguen por ninguna parte y su detalle y extensión los hacen útiles ante todo para escritores e investigadores.
Este libro se va al otro extremo, al punto de resultar casi inútil. En efecto, las biografías son muy pocas (182) y tan breves y genéricas ("ocupó diversos cargos coloniales"), que escasamente permiten hacer una tarea para la escuela elemental. En todo libro de este tipo es fácil encontrar omisiones y discutir los criterios que han llevado a seleccionar los artículos incluidos. Pero en este caso la arbitrariedad es demasiado patente. En primer lugar, fuera de quienes han ejercido el poder ejecutivo —entre los cuales se incluye a Jorge Mario Eastman pero no a Rafael Azuero—, apenas se dan las biografías de unos pocos escritores y un puñado de personajes dispersos. Pero si se incluye a Bastidas, ¿por qué ningún cartagenero podrá buscar a Heredia ni ningún antioqueño a Robledo? Si está Felipe Paul, ¿por qué no don Miguel Samper? Y si aparece monseñor Vicente Arbeláez, ¿por qué se excluyen a los arzobispos Mosquera y Herrán? El estudiante buscará en vano la biografía de José Antonio Galán, del arzobispo Caballero y Góngora o del padre Camilo Torres. Encontrará, es cierto, la biografía de escritores como José Joaquín Casas o José María Torres, pero no la de Alvaro Mutis ni la de Osorio Lizarazo. Y entre los historiadores, sabrá quién fue Julio César García pero no Luis Ospina Vásquez. Y, por supuesto, al registrar políticos y escritores, no aparecen Fernando Botero, Guillermo Uribe Holguín, Pepe Sierra o Francisco Javier Cisneros.
La segunda parte del libro comprende una serie de monografías temáticas ordenadas alfabéticamente. Allí se presentan unas cuantas páginas sobre el 9 de abril, algunas batallas, la reforma agraria o la autonomía municipal, sin que se advierta ningún plan claro detrás de la acumulación casual de temas. La presentación, por lo demás, es bastante incompleta y arbitraria. Un artículo titulado comercio e industria sólo habla de la ¿poca colonial, y ante todo del monopolio comercial español; el artículo sobre la cultura es bastante arbitrario —entre los filósofos no se menciona a Danilo Cruz y entre los sociólogos se omite, por supuesto, a Orlando Fals Borda—. Y aunque el autor insiste en el prólogo en que ha evitado los juicios de valor, la presentación factual es tan sesgada que los prejuicios saltan a la vista. ¿Qué pensar de una monografía en la que se destaca que los encomenderos "debían enseñar prácticamente la agricultura en todas sus formas a los indios"? ¿Qué opinión merece que en el artículo esclavos no diga nada sobre su cultura, sus formas de vida, su distribución en el país o sus ocupaciones, y se limite a subrayar cómo hacia ellos hubo "comprensión y solidaridad humana", cómo en ciertas regiones "no les exigían un esfuerzo superior al que los mismos amos eran capaces de realizar", para concluir que "los hijos de los señores muchas veces eran educados junto con los siervos y desde la infancia se creaban entre ellos el sentimiento de igualdad y los nexos de simpatía y servicios recíprocos. Se explica de este modo que al obtener la libertad, muchos de ellos no hubieran querido abandonar la morada de sus antiguos amos"?
Sigue, pues, el país sin un buen diccionario de historia. Como referencia básica para estudiantes, el único recomendable —el de Roberto C. Davis está, desafortunadamente, en inglés. Y un diccionario para especialistas sólo podrá ser el resultado de un trabajo de equipo de gran envergadura.

J. O. MELO