Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 6,  Volumen XXIII , 1986
 

Socavón de nostalgia


Díaz azules
El río del tiempo
Fernando Vallejo

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Con ternura y rabia, dos emociones tan infantiles como las imágenes que anuda a lo largo de las doscientas páginas de Díaz azules, El río del tiempo, Fernando Vallejo consigue vengar sus recuerdos, su memoria, su pasado. Y queda en paz: la misma sensación de sosiego que le transmite al lector para no poder soltar el libro a pesar de tener que enfrentar a veces anécdotas ajenas a sí mismo, a no ser que se sea de por allí, de Boston, o La Toma, Buenos Aires, La América, Prado, Manrique, Guayaquil o Aranjuez, de algún barrio de esos de Medellín, del Medellín que se le fue a Vallejo, de ese Medellín que se llevó el Río del tiempo. Porque Vallejo concatena pequeñas historias circunstanciales, en torno al trasteo, al aprendizaje del catecismo Astete, la construcción de la piscina, la semana santa, cuando nos fuimos a vivir a Bogotá, Bellas Artes, Teresita Gómez... tan simples y cotidianas que derivan emociones limpias y vitales pero sin conseguir hacer literatura ni construir ficción narrativa, ni armar un mundo autónomo, ni cercar la narración con referencias propias. Vallejo no se decide a —y es una lástima— construir personajes, personajes para querer u odiar, como en toda buena novela. Aparecen nombres, se mencionan apellidos, muchos nombres y apellidos, pero no sujetos conjugando verbos, generando acciones, desatando pasiones y padeciéndolas. El gran personaje es el pretendido ritmo impersonal, el transcurrir del tiempo, donde el libro se desvanece página a página, perdiendo el vigor y hasta la fuerza evocativa.
Vallejo, 38 años, forma parte de la generación colombiana que gozó de las ciudades-pueblos, que creció en medio de la armonía, la ingenuidad y la calidez del vecino de siempre—"yo que los vi crecer, mijo"—, y que vio arrasar los Días azules en las calles conocidas, por el anonimato de la ciudad, siempre desbordándose porque siempre iba creciendo. En el libro aparece precisamente esa historia, la historia del país bipartidista, donde para la generación de la violencia el destino no lo decidió la posición de los astros en el cielo sino el color del partido político de la familia. "No voy a referir aquí en sus pormenores una historia que me niego a hacer mía. Está en los periódicos. Es harto conocida. El encono se había vuelto odio, y el odio muerte. En primera plana aparecían las fotos de los genocidios: veinte, treinta, cincuenta, cien cadáveres de campesinos descalzos tendidos sobre el suelo, decapitados y frente a los cadáveres decapitados sus correspondientes cabezas: cabezas confundidas, asignadas por manos piadosas a cuerpos extraños [...] Fue surgiendo entonces en el barrio de Guayaquil, de tango y cuchillo, en las esquinas donde paran los camiones de escalera, esos que se van a cabalgar montañas, una literatura fúnebre escrita en papel amarillo —muerte, que iba a desplazar los Ibis de Vargas Vila y sus sierpes voluptuosas: la nueva literatura de la violencia, con cruces sobre el túmulo de las tumbas de las portadas y gallinazos volando sobre su cielo siniestro—. Luego los genocidios pasaron a segunda plana y después ni eso, desaparecieron de los periódicos. Eran obviedad de todos los días, como titular que dijera:
‘Nos morimos de calor"’ (pág. 67).
Ese país expulsé a Vallejo —hoy reside en México— y logró alebrestarle su ingratitud con los días azules llevándolo a escribir un libro tan dolorosamente lúcido como es Barba Jacob, el mensajero (México, Editorial Séptimo Círculo, 1984. Véase Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. XXII, núm. 3, 1985, pág. 97).
El tono y el trabajo del lenguaje es acertado. Con puntería introduce, dentro de una narración directa de primera persona en singular y plural, giros coloquiales, lugares comunes, refranes y sabiduría popular. consiguiendo en general darle mayor ritmo y eficacia al torrente de anécdotas enunciadas. Por medio de este recurso formal consigue además ironizar, burlarse y sobre todo liberarse de tanta objetividad y a veces ascetismo narrativo, introduciendo su propia subjetividad.
"Sólo puedo comparar a la impresión del mar otra que viví muchos años después: la de la nieve, en el desamparo, en Nueva York. En estas expansiones líricas, caemos siempre los que somos del trópico y de montaña, pero qué le vamos a hacer. Pido disculpas. Qué risa me darán los limeños describiéndome la lluvia, a mí que nací bajo un aguacero..." (pág. 62).
"Al año siguiente entraba a estudiar con unos esbirros tonsurados de Satanás en el colegio del Sufragio. ¡Más me valiera no haber nacido! Cambio cien vibriones coléricos por uno de ellos. Cambio cien años de purgatorio o infierno por los seis que pasé allí. Qué fieritas los Padrecitos Salesianos, y aún no les clausura el negocio la Secretaría de Educación" (pág. 52)
Y por último, no podría terminar de leerse el testimonio del Río del tiempo de Vallejo sin pensar en el mexicano José Emilio Pacheco, y sus Batallas en el desierto, otra estrujada de memoria, emocional. La diferencia entre los dos, además de ser este último la tercera parte en longitud, es la misma que existe entre el poeta y el narrador. Pacheco es poeta, y por tanto sucumbe felizmente en el reino de los sueños, de las sutilezas, de lo no mentado, del lenguaje evocativo que universaliza imágenes... Vallejo es narrador y, por tanto, hombre de anécdotas explícitas, de secuencias, de hechos y más hechos, de pruebas, de datos y más datos.
Sin embargo, ambos tienen en común la misma nostalgia, el dolor de lo perdido: "demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, [...] Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria [...] de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia. Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola". (José Emilio Pacheco, Las batallas en el desierto, México, Editorial Era, pág. 68). Y queda sólo el hueco de un recuerdo inexistente.

 

MARÍA ELVIRA BONILLA O.