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Democracia
bipartidista: el caso colombiano
The dinamica of colombian
two-party democracy:
and historical analysis
James Carl Powers
University Microfilm International, Ann Arbor,
Michigan, 1979, 350 págs.
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Esta disertación retorna
un supuesto funcional de la teoría política, planteando que el sistema bipartidista
demuestra una capacidad superior a la del sistema multipartidista para preservar el orden
democrático (pág. IV). Luego de reconocer las vicisitudes que ha tenido esta
proposición, convirtiéndose en una especie de "cuestión de fe", la
disertación intenta determinar hasta dónde la sostiene o la refuta la historia del
sistema de partidos colombiano. Hay que recordar cómo el análisis político desarrolla
en torno al hecho partidista un enfoque del estudio general del poder, y que la visión
sistémica se organiza con base en el objetivado marco de referencia de las democracias
liberales. El método utiliza fundamentalmente los modelos eastonianos de insumos
(demandas)-productos (decisiones) en la estructura, y consenso-conflicto en los
procesos componentes del fenómeno político.
La disertación no discute entonces la categorización conocida de mono, bi, o
multipartidismo como referencia unidimensional al objeto, factor este que convierte al
esquema clasificatorio popularizado por Maurice Duverger en una variable peligrosa, por lo
limitada, para intentar explicar o predecir la situación política de un Estado.
Por otra parte, incluso limitándose al panorama funcional, la disertación se
circunscribe a justificar pragmáticamente y a evaluar el alcance terapeútico del sistema
de partidos, llegando en su conclusión a advertir la necesidad de gran precaución por
parte de los ingenieros políticos que prescriben el sistema bipartidista como cura
parcial para los países subdesarrollados que sufren de los males de inestabilidad
democrática. Al centrarse en ese propósito queda marginal o totalmente sin considerar
otros impactos funcionales, como "la contribución de los sistemas de partidos
a la viabilidad y funcionamiento efectivo de otras estructuras, incluyendo el sistema
político en su totalidad", lo que para el caso colombiano significa interrogarse
sobre qué permitiría, por ejemplo, afirmar que el bipartidismo pueda llegar a formar
parte de los hábitos de esta sociedad.
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El objetivo, entonces, se
reduce a un estudio político comparado, tomando la historia de los dos partidos
tradicionales colombianos, delimitada desde su gestación hasta 1953, esto en razón a que
"el acuerdo bipartidista para compartir el poder político retardó la reanudación
de la competición bipartidista hasta 1974" (pág. 4). Gravitando tal historia de
relaciones entre partidos, se consideran tres aspectos fundamentalmente: la relación
entre ese sistema de partidos y el sistema electoral (factor determinante), hasta qué
punto el sistema bipartidista hizo o no estable la democracia colombiana, y el surgimiento
y declinación de las opciones tercerpartidistas, faccionalistas y coalicionistas.
En conjunto este sesgo metodológico plantea serios interrogantes, ya que por una parte
intenta compaginar historia política con política comparada, lo que no resulta
necesariamente en historia política comparada, siendo la dificultad para ello
compaginar la visión sistémica (diacrónica) con la metodología de la historia.
Además, al tomar como idea básica el modelo consenso-conflicto, incurre en un epicentrismo
semejante al de algunos estudios sobre personajes de la historia política nacional,
en los que el método deja anónimos multiples procesos paralelos (subterráneos o no),
reduciendo significativamente la fuerza explicativa del estudio.
Pero pedir algo distinto es desconocer las parcelaciones propias de los métodos de
historiógrafos y politólogos norteamericanos, para quienes, como James Power lo
reconoce, "la democracia bipartidista siempre ha disfrutado de un estatus
especial" (pág. 1). Además, ante la escasez de democracias bipartidistas (se cita a
Robert Dahl y su hallazgo de ocho casos en 1966 [pág. 28]), el estudio de Colombia
adquiere significación, por cuanto permite establecer bajo qué condiciones la
efectividad del sistema bipartidista para manejar el conflicto es limitada.
Resumiendo el planteamiento comparativo de este análisis, busca sopesar cómo en Colombia
la competición partidista se convirtió en un medio para la expresión de las demandas en
conflicto y por esta razón los partidos desempeñaron un papel importante en la
moderación y resolución del conflicto. En el capítulo 1, donde se presenta el enfoque,
se aclaran los dos elementos relevantes del modelo: el primero es la condicionalidad que
conlleva el estilo de los participantes en el conflicto, y el segundo la conversión del
partido político en la más efectiva institución que actúa como mecanismo capaz de
confinar el conflicto a niveles moderados. Consecuente con esta tipificación, la
exposición organizada en dos partes (1820-1900 y 1900-1953) aborda el papel del partido y
el estilo, de los participantes respectivamente: "analiza el esfuerzo de algunos
líderes colombianos por alterar esta dinámica con la esperanza de terminar el ciclo de
violencia e intolerancia partidista que ha venido a ser una parte establecida del proceso
político del país" (pág. 3). Con relación a los partidos, los ejemplos del caso
colombiano ilustran cómo se repiten intentos de moderación de demandas, agregación de
demandas y la puesta en práctica de medidas políticas. Hubo moderación de demandas cuando
Laureano Gómez y otros líderes conservadores comenzaron a reincorporar a los jóvenes
derechistas dentro del partido conservador, con el ofrecimiento de incluir el punto del
corporativismo en el nuevo programa de 1939. Hubo agregación de demandas cuando
"para mantener la unidad del partido una cortina de silencio fue colocada sobre las
principales diferencias separadoras de gólgotas y draconianos", como Power explica
refinendose al "vacío y banal" programa de Ezequiel Rojas en 1848 (pág. 63).
También ocurrió con la convención liberal de 1922 en la que Benjamín Herrera alcanzó
finalmente una influencia para minar el naciente partido socialista, a través de
"propósitos políticos que eran respuestas parciales a las demandas de los
obreros" (pág. 184). La puesta en práctica de medidas políticas reflejaría el
éxito del partido liberal durante los años treinta. En relación con el estilo es
notoria la caracterización de los principales líderes políticos colombianos de este
siglo según su moderación (un López Pumarejo, un Herrera, un Santos, un Ospina
Pérez) o inmoderación (un Reyes, un Uribe Uribe, un Gaitán, un Aizate Avendafto)
entendiendo esta calificación como "ciertas disposiciones de los participantes en la
disputa" (Lapalombara, J., Politics within nations, Prentice Hall N. J., 1974,
(págs. 541-543).
Sin embargo, el modelo se queda corto, ya que en la historia colombiana se halla una
asociación anormal entre democracia bipartidista y violencia política, o, en otras
palabras, un fracaso de la democracia bipartidista en mantener la estabilidad
democrática, lo que lleva a tomar en cuenta factores distintos de las diferencias
ideológicas (concebidas como núcleo del conflicto) para explicar tal asociación.
Volviendo al modelo antes mencionado, el caso colombiano permite arribar a las siguientes
conclusiones:
1. Con relación al origen de los terceros partidos, se confirma la hipótesis de que los
sistemas bipartidistas son expertos en prevenir la adquisición (para aquellos) de apoyo
electoral significativo (v.g., movimiento republicano, partido comunista, Unir, comando
nacional). Se hallan tres razones principales para la continuidad de esta hegemonía
bipartidista: fuertes lealtades tradicionales de partido, existentes a lo largo del país
y resultado de la violencia interiorizada; derivada de la anterior, la verificación
práctica de que los dos partidos tradicionales han sido los únicos contendores
posibilitados realmente para ganar el poder, y un apoyo electoral producto de estructuras
clientelistas, especialmente en zonas rurales, estructura decimónónica que ha encontrado
patrones de apoyo, incluso violentos, cuando los terceros partidos han intentado
reproducirla.
2. Con referencia a la relación bipartidismo excluyente-estabilidad política, la
verificación de que lo primero no ha contribuido a la segunda. La cooptación de los
terceros partidos ha sido sólo parcialmente exitosa (v.g., partidos tradicionales entre
1930-1953).
3. Con relación a la agregación de demandas como mecanismo de resolución de los
conflictos y mantenimiento de la estabilidad política, se establece su fracaso, mediado
por el intenso faccionalismo que ha caracterizado el sistema político colombiano. El
fracaso ha sido el producto de la naturaleza clientelista de la relación votante-partido
(especialmente en zonas rurales) que falsea la aseveración referente a la racionalidad
del votante, es decir, su actuación centrada en las orientaciones y no en los
"favores", y como factor complementario la permanente presencia del fraude y la
intimidación en el sistema electoral.
4. Finalmente respecto a las relaciones entre los dos partidos y la masa flotante,
localizada en el centro del espectro ideológico que llevaría a la moderación del
estilo del conflicto al hacer semejantes los programas, la conclusión señala lo dudoso
en creer que la polarización política (condición frecuente en el caso colombiano) fuera
producto de conflicto ideológico. Por una parte, ni las propuestas socialdemocráticas de
los Nuevos (liberales de la década del 20), ni las posiciones antidemocráticas de los
jóvenes derechistas conservadores en 1935, ni el tradicionalismo elitista de Laureano
Gómez correspondieron temporalmente con los más álgidos períodos de violencia
partidista. Al contrario, las persecuciones ocurrieron al iniciarse gobiernos
bipartidistas o de coalición dirigidos por jefes políticos reformistas (Alfonso López
en 1934) o moderados (Ospina Pérez en 1946). Por otra parte, contra lo que pudiera
esperarse, las divergencias ideológicas más acentuadas se dieron dentro de cada partido
antes que entre ambos. Leves diferencias en los programas de 1850, y luego virtual
identidad en los puntos de vista de liberales y conservadores moderados. Tampoco fue
geográficamente comparable el ámbito de mayores diferencias ideológicas (las ciudades),
con el de violencia política (el campo).
Luego, en síntesis, se concluye, con relación a Colombia, que las diferencias
ideológicas cumplen solamente un papel secundario en el desencadenamiento de la
conjunción trágica, y que otras causas más significativas, (lealtades y odios
interiorizados, estructura clientelista, atmósfera de estancamiento económico rural,
liderazgo político personalista, utilitario de estos factores con fines de poder y
prestigio individual) condujeron a la inestabilidad política, ante la cual el sistema
bipartidista lo que hizo fue estimular el desorden, intensificando conflictos que eran en
sí mismos relativamente menores. La implicación de estos hallazgos en términos de
"ingeniería política" es desaconsejar la presencia de un sistema bipartidista
en un país subdesarrollado, ya que, como este caso lo ejemplifica, en realidad hace
fracasar el desenvolvimiento de una democracia estable.
Queda a juicio del lector actualizar de 1974 a 1986 esta perspectiva de estudio comparado
de los sistemas bipartidistas...
ERNESTO RAMIREZ
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