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Las condiciones de la centralización política:
a propósito de la Constitución del 86
MARCO PALACIOS
INTRODUCCION
DESDE el Renacimiento,
la centralización política y la unidad nacional son rasgos estatales, así como desde la
Revolución Francesa la universalización de la ciudadania es una de las características
centrales de la vida democrática.
Con relación a la organización del Estado colombiano, los grandes contrapunteos que han
elaborado nuestros tratadistas de derecho constitucional colombiano versan,
principalmente, sobre el federalismo-centralismo o sobre la naturaleza más o menos
autoritaria o más o menos democrática de nuestro régimen presidencial. A su vez, los
historiadores de la época que vade la Convención de Rionegro a los tratados de
Neerlandia y del Wisconsin-lndalecio
Liévano, el más eminente de ellos nos han dejado fascinados con Rafael Núñez, la
personalidad más enigmática y formidable de esos tiempos. Formidable por la coherencia y
unidad que su visión dio a todo el período; enigmática por la conducta del cartagenero
rodeado de cachacos, como aquél Pallas, judío en la corte del emperador Claudio,
exhibiendo. según Tácito, esa trisfis arrogantia, que dibujó Alberto Urdaneta en
su retrato del Regenerador.
Pero no es Núñez, Caro o los convencionistas del 85 y 86 el tema de estas líneas.
El interés de estas notas
se desplaza de las condiciones que permitieron a Núñez certificar la muerte de la
constitución de Rionegro, o de las que impidieron el reinado de "la paz
científica" durante la Regeneración, al enfoque de las condiciones que permitieron
la transición efectiva de la fragmentación regional del poder a la centralización
política en Colombia fenómeno que, a mi juicio, se presenta entre 1903 y 930
aproximadamente.
La centralización política
exige el desarrollo de unas bases materiales y económicas mínimas; el funcionamiento de
una maquinaria fiscal y de una burocracia civil y militar, cuyo cubrimiento territorial
consiga poner freno a los particularismos localistas,
El colapso del Estado
español en América debilité las bases materiales del poder central. La fragmentación
fue inevitable. El discurso político que desarrollaban diversas vertientes de la
soberanía popular y agitaba el tema de la
nacionalidad, no fue suficiente para llenar el "vacío
político". Solamente hasta la época de la integración latinoamericana al mercado
mundial y superada la honda crisis económica que siguió a las guerras de independencia,
fueron emergiendo aquellas condiciones de una economía mercantil, agraria y minera,
capaces de soportar el peso de un moderno Estado unitario.
A lo largo de la segunda
mitad del siglo XIX colombiano ninguno de los proyectos constitucionalistas tuvo
viabilidad. Las condiciones propicias para la centralización política que
explícitamente acogió el estatuto del 86, se crearon imperceptiblemente entre 1903 y
1930. Casi medio siglo después de expedida, la constitución había ganado consenso entre
las clases dominantes y dirigentes del país, aunque en ese decenio de 1930 un último
eslabón de la cadena debería ser remachado: la soberanía del Estado en los asuntos de
la libertad de conciencia y enseñanza. La "única vértebra" de la
constitución del 86 que se rompió en el 36, según el inspirador de la reforma
constitucional de ese año, Alfonso López Pumarejo.
En este ensayo se precisan
algunos aspectos del proceso de fortalecimiento estatal de 1903-1930, cuya dinámica
provino más de la vitalidad de la integración de un mercado mundial y del desarrollo del
capitalismo colombiano, que del mismo discurso y decurso constitucional.
LA PAZ NECESARIA, SI NO LA
PAZ CIENTIFICA
El período que cubre el
arco que va del final de la guerra de los Mil Días y de la separación de Panamá hasta
la caída del régimen conservador y la gran crisis mundial de 1930, resulta decisivo para
comprender a cabalidad el conjunto de procesos acumulativos que llevaron de la
fragmentación tradicional del poder político a la centralización moderna del Estado
colombiano, o al menos apuntaron hacia esta última.
Los tres decenios de 1903 a
1930 se distinguen en la historia nacional porque nunca antes ni nunca después ha vivido
Colombia tan prolongado periodo de paz política.
Podríamos afirmar que, en
buena medida, las guerras civiles del siglo pasado se originaron en conflictos derivados
de la centralización política; fueron manifestaciones y respuestas contra ésta y
simultáneamente expresaron la inexistencia de consenso político entre las clases
dirigentes del país, ellas mismas regionalmente fragmentadas e ideológicamente
desgarradas.
Aunque en 1903 y 1930
arrecia intermitentemente la lucha regionalista contra el afianzamiento de un centro
político incuestionable, ésta se debilita y asume formas institucionales que pasan por
el filtro del sistema económico y fiscal, del Congreso y de la Iglesia católica.
ECONOMÍA CAFETERA Y
ESTADO
En esta época de 1903 a
1930 queda eslabonado el viejo proyecto centralista de Núñez y Caro, inscrito en la
constitución del 86, a las exigencias de modernización económica y social, nítidas y
contundentes después de 1930.
Aparece en estos años una
base económica estable que favorece: a) la centralización del poder; b) la unificación
orgánica de clases dirigentes de naturaleza regional y provinciana, y c) su consenso en
torno a la organización del Estado.
El desarrollo de una
economía exportadora competitiva en los mercados internacionales es patente: entre
1910-1912 y 1930 se sextuplica el volumen de café exportado; entre 1905 y 1930, Colombia
pasa de producir el 3% de la cosecha mundial de café a producir el 12%.
Este desarrollo cafetero
tuvo tres efectos que son relevantes en el análisis de la centralización política:
Primero, creó condiciones
para la diversificación económica y la profundización de la división social y técnica
del trabajo, impulsando el tránsito de una economía agrominera y artesanal a una
economía manufacturera urbana (fabril y artesanal) y, mediante la mejora de las
comunicaciones, a una mayor movilidad de la fuerza de trabajo, del capital y la inversión
y a una integración espacial de las regiones económicas y de los mercados locales. Así,
por ejemplo, el ámbito territorial de la acumulación de capital de origen cafetero rebasó
el ámbito territorial de las regiones productoras de café.
Segundo, el aparato
burocrático-estatal se expandió considerablemente en este periodo. Entre 1910 y 1930 los
ingresos del estado central se triplicaron en términos reales per cápita. Con todo, la
relación ingresos del estado central/ingresos de departamentos y municipios fue
fluctuante en el período aunque en el decenio de 1920 se fortalecieron considerablemente
las rentas del estado central y de los departamentos y se deprimieron las municipalidades.
Hacia 1930 estos indicadores señalaban que la centralización política había avanzado
considerablemente; la composición porcentual de los ingresos fiscales era: estado
central, 43,5%; departamentos, 39,5%; municipios, 17%. El terreno estaba preparado para el
gran viraje hacia el control de los ingresos y del gasto público por parte del centro
político, fenómeno que se da precisamente en este decenio de 1930.
Tercero, en el plano de la
vida política y social, la expansión de la economía cafetera y el incremento del tamaño
del Estado y la mayor complejidad de sus funciones económicas provocan fuertes
dislocamientos en la tradicional correlación de fuerzas entre diferentes regiones.
Aparecen en la escena nuevas clases sociales que van ganando consistencia con la
urbanización y diversificación de las ocupaciones. El periodo de 1910 a 1930 corresponde
a la etapa formativa de las clases populares urbanas modernas, a la formación del
sindicalismo urbano y de los enclaves petrolero y bananero y, finalmente, al ascenso de la
protesta campesina; la reforma agraria se convierte en un tema apremiante de la sociedad
urbana politizada.
ESTADO Y REGIONES
Habría que subrayar que la
expansión del aparato estatal, su mayor cobertura territorial y el incremento de sus
recursos, no fue un fenómeno lineal en la dirección del debilitamiento correspondiente
de las fuerzas regionalistas. Más que debilitarlas, el fortalecimiento estatal de
1903-1930 (y en particular del decenio de 1920) contribuyó a la redefinición del balance
interno de polos regionales. En la medida en que el centro político estatal ampliaba el
campo de su intervención económica dentro de un modelo liberal de desarrollo
económico más se fortalecían los intereses regionales ligados al sector
exportador e importador, como se desprendería de un estudio del efecto de las políticas
en torno al arancel, a la moneda y la banca, o de la política de obras públicas.
En el interior del mismo
"sector cafetero" hubo desplazamientos considerables y reacomodamientos
notorios. Una hipotética jerarquización regional del país cafetero mostraría que el
occidente, dominado por los antioqueños, rebasaba a las regiones del centro-oriente
colombiano. Del lado de la producción, la finca cafetera caldense desplazaba a la
hacienda de Cundinamarca y Santander como la unidad más dinámica del desarrollo; y del
lado de la comercialización, las inversiones ferroviarias en el occidente daban piso al
eje
Medellín-Cali-Buenaventura, incrementando la productividad general de la economía
agroexportadora e importadora.
En otras regiones, la
modernización produjo fisuras y redefinió los balances internos. Verbigracia, en la zona
bananera de Santa Marta se presentaron fuertes conflictos económicos y sociales en el
seno dejos plantadores colombianos por su posición relativa frente al monopolio de la
United Fruit Company.
MODERNIZÁClON Y
GAMONALISMO
La expansión de una
economía moderna altamente localizada no afectó automáticamente el esquema político
tradicional de partidos. La estructura del sistema de lealtades partidarias seguía
anclada en el siglo XIX. Los efectos de la espectacular ampliación del sistema de
transportes, al menos en la modalidad ferroviaria, tendrían un efecto retardado en las
costumbres y en la vida cotidiana de las grandes masas rurales. Si bien en el quinquenio
1925-1930 se construyeron más kilómetros de ferrocarril que entre 1870 y 1914, la que
pudiéramos llamar una política monetaria, arancelaria o fiscal sólo parecía tener
efectos directos en Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla; el mundo rural y provinciano,
ajeno a un sistema nacional de precios y salarios, seguía alumbrado y conmovido por la
vitalidad y ritmo de los viejos focos de naturaleza partidista y sólo parecía responder
a sus mensajes sectarios; esto es, cuando respondía.
El gamonalismo seguía
llevando la batuta en las regiones y, ahora, en el centro político. Para comprobar este
fenómeno puede acudirse al estudio sobre la composición regional de los gabinetes del
poder ejecutivo nacional, que ciaboró, en el departamento de ciencia política de la
Universidad de los Andes, John T. Laun
1.
Entre 1903 y 1930, un 43% de los
ministros provenían de tres departamentos "tradicionales". Al confrontar las
estadísticas oficiales, apreciamos que estos tres departamentos sólo generaban el 10% de
los ingresos fiscales del estado central; Boyacá, Cauca y Bolívar, donde hoy predomina
un estilo "tradicional" de "hacer política" y que apenas generaban el
6% de los ingresos del estado central (menos del 3% de todos los ingresos fiscales)
tuvieron en ese periodo un tercio de los ministros nombrados. En tanto el manejo de
situaciones políticas locales se basa en recursos de origen fiscal, como las rentas de
licores, degüello, cervezas y loterías, entre otras, al devolver en 1910 el control
sobre dichas rentas a los departamentos, el estado central fortaleció las maquinarias
electorales de provincia.
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Además, en los años
veinte, que fueron el decenio de mayor aceleración de la modernidad económica, se
concedieron nuevas fuentes de ingreso a los departamentos: el producto de los
ferrocarriles, el 10% del impuesto nacional sobre la venta de oro físico, la
participación de los ingresos de salinas marítimas y minas de esmeraldas y el 50% de las
regalías nacionales (muy bajas para los niveles latinoamericanos) de la explotación
petrolera dada en concesión a empresas extranjeras. Empero, esta política
descentralizadora no tuvo efectos modernizadores, entre otras razones por la baja
calificación administrativa de los gobiernos locales. Parecía obedecer más a la
presión por recursos crecientes de las regiones y sus clientelas políticas. No hay que
olvidar que los departamentos más atrasados y pobres, aquellos que debido a las
emigraciones presentaban un crecimiento demográfico inferior al promedio nacional,
tenían más de la mitad del electorado potencial y ocupaban proporción similar de
escaños en el Congreso. Boyacá, Bolívar o el Cauca pesaban más en la vida partidista y
del Congreso que secciones ricas y pujantes como el Valle, Caldas o el Atlántico.
LAS CIUDADES, ESCENARIO DE
LA CLASE DOMINANTE NACIONAL
Para concluir este vistazo
al periodo de 1903 a 1930 habría que destacar de qué manera las regionalizaciones
económica y política, desencontradas, como lo hemos indicado, recibieron el impacto de
la urbanización preindustrial. En estos años quizás desde 1890 las cuatro
ciudades arriba mencionadas empezaron a tener una calidad de vida diferente de la del
mundo rural y provinciano. Las grandes aldeas comarcales parecían vaciarse de sus clases
altas que, en búsqueda de mejores oportunidades de ascenso, se desplazaban al nuevo medio
social de las ciudades.
Hacia 1930 se advierte un
fenómeno novedoso en las actitudes y expresiones sociales de las clases dominantes
regionales: éstas, ya instaladas en las grandes capitales departamentales, identifican el
progreso regional con el adelanto urbano; la actitud está definida en el celo y fervor de
las juntas de mejoras y ornato, primera entre ellas la de Bogotá, cuando en 1938 se
apresta a celebrar los cuatrocientos años de la llegada de las huestes de Jiménez de
Quesada. Paralelamente se presenta otro proceso mediante el cual las clases dominantes
regionales se desplazan a Bogotá y van sedimentando una clase dirigente nacional. Durante
la primera y quizás la segunda generación, estas clases no se separarán de sus raíces
provincianas, ganando mayor fuerza en el centro político al asumir la vocería de
intereses regionales, aunque los grandes voceros del regionalismo político en el centro
serian las maquinarias partidistas y los gamonales y manzanillos (la variedad urbana del
gamonal) confederados.
En suma, en 1930 el país
estaba mejor preparado para comprender y practicar el apotegma regenerador de
centralización política y descentralización administrativa. Si uno busca, la
"ironía de la historia" consistía esta vez en que el modelo fue exitoso
precisamente por las transformaciones al amparo de un poder civil y civilista
operadas bajo la llamada «república liberal".
1 John T.
Laun, El reclutamiento político en Colombia. los ministros de Estado, 1900-1975, Bogotá
1976. (regresar1)
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