Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 9,  Volumen XXIII , 1986
 

Hay que preguntar


Gabriel García Márquez y la novela de la 
violencia en Colombia

Manuel Antonio Arango.
Fondo de Cultura Económica, México, 1985,
167 págs.

El libro de Manuel Antonio Arango, según él mismo lo explica en la parte preliminar, es fruto de cinco años de investigación acerca de la novela de la violencia en Colombia y constituye un compendio de crítica literaria sobre las principales obras de este ciclo. Reúne estudios referentes a ocho novelistas y doce obras publicadas entre los años 1953 y 1971: Viento seco de Daniel Caicedo y Cóndores no entierran todos los días de Gustavo Alvarez Gardeazábal marcan estos límites.
Otros de los autores incluidos son García Márquez (obviamente), Cepeda Samudio, Zapata Olivella, Caballero Calderón, Mejía Vallejo y Jaramillo Arango. La aproximación a dichos novelistas pretende abordar el análisis de la violencia en diferentes zonas del país, según aparece en los relatos; así, dependiendo del lugar donde se sitúe la acción, se consideran los departamentos de Boyacá, Cundinamarca, Tolima, Quindio, Caldas, Antioquia, Santander, Valle del Cauca, la costa norte y los llanos orientales.
Sin embargo, de la exposición del objetivo y método que propone el autor al iniciarse el texto, el lector no puede deducir el criterio de selección de las novelas que se van a estudiar (de entrada se presentan como "las principales"), ni el que gula la división del país en diferentes regiones. A lo largo de los ensayos no se aclara qué importancia tiene la división geográfica para la comprensión del fenómeno de la violencia; simplemente se tipifican sus manifestaciones, y lo que predomina son los rasgos generalizadores (gamonalismo, bipartidismo, expropiación de tierras, la ley del terror y del más fuerte), que al cabo terminan por anular la división propuesta al principio.
Por otra parte, si bien es cierto que el número de novelas escritas por García Márquez que se analizan en la obra de Arango —La hojarasca, La mala hora, El coronel no tiene quién le escriba, Cien años de soledad— supera al de los demás autores estudiados, tal primacía no justifica los términos excluyentes del título García Márquez y la novela de la violencia en Colombia, que para un visitante ordinario de librerías eliminan los demás contenidos del texto.
Cada estudio va encabezado por una breve biobibliografía del autor que le ocupa, seguida del análisis de una de sus novelas o más: en el caso de Eduardo Caballero se estudian El Cristo de espaldas, Siervo sin tierra y Manuel Pacho, y en el de Manuel Zapata La calle 10 y Detrás del rostro. La aproximación a las obras sigue por lo general una misma línea:
  resumen de su argumento y partes destacadas, presentación de los personajes principales, manejo del tiempo y la voz narrativa y largas citas tomadas de las novelas que ilustran la forma en que se manifiesta la violencia, al igual que comentarios de otros críticos acerca de aquellas. Se trata de un enfoque tradicional que no cuestiona ni su objeto de estudio ni las fuentes en que se fundamenta.
Si no se busca rigor cr
ítico y polémico, García Márquez y la novela de la violencia es un libro adecuado para obtener una visión amplia y completa de cómo se presenta la temática de la violencia en ciertas novelas colombianas. Mas hay que estar alerta, porque uno de sus presupuestos teóricos es el de que estas obras son "reflejo de la realidad"; es común hallar observaciones tales como "la obra de García Márquez revela por medio de sus personajes la realidad que se daba en Colombia en los veinte años de violencia" (pág. 31) o, refiriéndose a La casa grande, la de que "aunque haya una aparente realidad maravillosa en la narración, toda la novela es ejemplar por señalar una plena realidad histórica" (pág. 90).
Aunque las afirmaciones anteriores son acertadas en tanto que las novelas toman un referente histórico concreto y se nutren de material historiográfico de manera directa o velada, el profesor Arango no reflexiona sobre la distancia que va del hecho histórico al literario ni sobre los mecanismos empleados por este último para la creación de un mundo con leyes de funcionamiento propias. El arte y la realidad son indiscutiblemente dos entidades distintas que se alimentan recíprocamente.
García Márquez y la novela de la violencia se inicia con una introducción que aporta los rasgos sobresalientes de lo que fue el período de 1946 a 1958 en Colombia, caracterizado por la pugna bipartidista y los enfrentamientos entre liberales y conservadores, tanto en lo político como en la lucha armada en el campo y la ciudad. Cuando llega el momento de explorar las causas que suscitaron lo que, siguiendo a Omar González, Arango denomina "literatura de urgencia", el autor se queda corto en explicaciones: su investigación bibliográfica plantea el surgimiento de setenta y cuatro novelas que giran en torno al tema de la violencia como una "consecuencia histórica" (opinión de Lucila Inés Mena en Bibliografía anotada sobre el ciclo de la violencia en la literatura colombiana) y como la única expresión literaria de índole verdaderamente nacional (según García Márquez), quedándose en el terreno de las relaciones causa-efecto al enfrentar el fenómeno. Destaca el carácter de compromiso de los autores que emprenden la tarea, pero su propia opinión o sondeo en las causas que estimulan esta producción o la exploración en la actitud de los novelistas respecto al aspecto que recrean está ausente.
Se considera que hay escasez de crítica literaria en Colombia, mas la aparición de gente como Cobo Borda o Gutiérrez Girardot resta fuerza a tal afirmación; pero aun subsiste un sector dedicado al oficio, que no establece una distancia apropiada para el estudio del objeto elegido, resultando obras —como es el caso que nos ocupa— que se limitan a una labor descriptiva de las características formales y de los contenidos del texto literario, constituyéndose en manuales de literatura muy útiles como canal de información, pero poco inquietantes. La crítica literaria debe hacer surgir preguntas a la vez que cuestionar, ampliar las perspectivas desde donde se observa la obra de arte: iluminarla y relativizarla gracias a su propia creatividad.
La buena documentación en que se basa el libro de Manuel Antonio Arango debería haberle alertado—como sucede al lector— sobre la cantidad de material referente al tema de la violencia y, por esta razón, impulsarle a superar los estudios que le anteceden, ganando en profundidad analítica. Aunque su objetivo no fue hacer una sociología de la novela, el hecho de que recurrentemente asocie el fenómeno histórico con el literario evidencia su inquietud al respecto. Sin embargo, desaprovecha el material por él mismo recopilado al no manejarlo ni conectarlo de manera más dinámica; al no inquietar con Cuestiones como, por ejemplo, ¿qué hace que durante treinta años ciertos novelistas converjan hacia la misma temática?, ¿se trata sólo de una "urgencia" determinada por aquel momento histórico?, ¿cómo varían las diferentes lecturas que se han realizado de la violencia, desde la primera novela que se escribió hasta ahora?, ¿qué lugares comunes habitan estas novelas y cuándo y por qué se distancian las unas de las otras?
Hay que buscar nuevos derroteros en un campo al que también con insistencia acude la crítica; buscar lo que generalmente está ausente en las novelas o lo que figura en un segundo plano y empieza a perfilarse cada vez con más nitidez: por ejemplo la presencia de la mujer en el contexto de la violencia: la novela de Jorge Eliécer Pardo El jardín de las Hartmann sería un buen texto para explorar en este sentido.
En síntesis, los logros de la obra de Manuel Antonio Arango se reducen por los límites que él mismo impone, así como por la falta de una buena revisión editorial que elimine la abundancia de erratas, citas bibliográficas repetitivas y errores de concordancia sintáctica. Esperamos que al preguntarle a la crítica "¿qué pasa?", ella se dinamice y no nos ofrezca respuestas sino que más bien continúe la cadena de preguntas.

ALICIA FAJARDO