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Hay que preguntar
Gabriel García Márquez y la novela de
la
violencia en Colombia
Manuel Antonio Arango.
Fondo de Cultura Económica, México, 1985,
167 págs.
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El libro de Manuel Antonio Arango, según él mismo lo explica en la
parte preliminar, es fruto de cinco años de investigación acerca de la novela de la
violencia en Colombia y constituye un compendio de crítica literaria sobre las
principales obras de este ciclo. Reúne estudios referentes a ocho novelistas y doce obras
publicadas entre los años 1953 y 1971: Viento seco de Daniel Caicedo y Cóndores
no entierran todos los días de Gustavo Alvarez Gardeazábal marcan estos límites.
Otros de los autores incluidos son García Márquez (obviamente), Cepeda Samudio, Zapata
Olivella, Caballero Calderón, Mejía Vallejo y Jaramillo Arango. La aproximación a
dichos novelistas pretende abordar el análisis de la violencia en diferentes zonas del
país, según aparece en los relatos; así, dependiendo del lugar donde se sitúe la
acción, se consideran los departamentos de Boyacá, Cundinamarca, Tolima, Quindio,
Caldas, Antioquia, Santander, Valle del Cauca, la costa norte y los llanos orientales.
Sin embargo, de la exposición del objetivo y método que propone el autor al iniciarse el
texto, el lector no puede deducir el criterio de selección de las novelas que se van a
estudiar (de entrada se presentan como "las principales"), ni el que gula la
división del país en diferentes regiones. A lo largo de los ensayos no se aclara qué
importancia tiene la división geográfica para la comprensión del fenómeno de la
violencia; simplemente se tipifican sus manifestaciones, y lo que predomina son los rasgos
generalizadores (gamonalismo, bipartidismo, expropiación de tierras, la ley del terror y
del más fuerte), que al cabo terminan por anular la división propuesta al principio.
Por otra parte, si bien es cierto que el número de novelas escritas por García Márquez
que se analizan en la obra de Arango La hojarasca, La mala hora, El coronel no
tiene quién le escriba, Cien años de soledad supera al de los demás autores
estudiados, tal primacía no justifica los términos excluyentes del título García
Márquez y la novela de la violencia en Colombia, que para un visitante ordinario de
librerías eliminan los demás contenidos del texto.
Cada estudio va encabezado por una breve
biobibliografía del autor que le ocupa, seguida del análisis de una de sus novelas o
más: en el caso de Eduardo Caballero se estudian El Cristo de espaldas, Siervo sin
tierra y Manuel Pacho, y en el de Manuel Zapata La calle 10 y Detrás
del rostro. La aproximación a las obras sigue por lo general una misma línea:
resumen
de su argumento y partes destacadas, presentación de los personajes principales, manejo
del tiempo y la voz narrativa y largas citas tomadas de las novelas que ilustran la forma
en que se manifiesta la violencia, al igual que comentarios de otros críticos acerca de
aquellas. Se trata de un enfoque tradicional que no cuestiona ni su objeto de estudio ni
las fuentes en que se fundamenta.
Si no se busca rigor crítico y polémico, García Márquez y la novela de la
violencia es un libro adecuado para obtener una visión amplia y completa de cómo se
presenta la temática de la violencia en ciertas novelas colombianas. Mas hay que estar
alerta, porque uno de sus presupuestos teóricos es el de que estas obras son
"reflejo de la realidad"; es común hallar observaciones tales como "la
obra de García Márquez revela por medio de sus personajes la realidad que se daba en
Colombia en los veinte años de violencia" (pág. 31) o, refiriéndose a La casa
grande, la de que "aunque haya una aparente realidad maravillosa en la
narración, toda la novela es ejemplar por señalar una plena realidad histórica"
(pág. 90).
Aunque las afirmaciones anteriores son acertadas en tanto que las novelas toman un
referente histórico concreto y se nutren de material historiográfico de manera directa o
velada, el profesor Arango no reflexiona sobre la distancia que va del hecho histórico al
literario ni sobre los mecanismos empleados por este último para la creación de un mundo
con leyes de funcionamiento propias. El arte y la realidad son indiscutiblemente dos
entidades distintas que se alimentan recíprocamente.
García Márquez y la novela de la violencia se inicia con una introducción que
aporta los rasgos sobresalientes de lo que fue el período de 1946 a 1958 en Colombia,
caracterizado por la pugna bipartidista y los enfrentamientos entre liberales y
conservadores, tanto en lo político como en la lucha armada en el campo y la ciudad.
Cuando llega el momento de explorar las causas que suscitaron lo que, siguiendo a Omar
González, Arango denomina "literatura de urgencia", el autor se queda corto en
explicaciones: su investigación bibliográfica plantea el surgimiento de setenta y cuatro
novelas que giran en torno al tema de la violencia como una "consecuencia
histórica" (opinión de Lucila Inés Mena en Bibliografía anotada sobre el ciclo
de la violencia en la literatura colombiana) y como la única expresión literaria de
índole verdaderamente nacional (según García Márquez), quedándose en el terreno de
las relaciones causa-efecto al enfrentar el fenómeno. Destaca el carácter de compromiso
de los autores que emprenden la tarea, pero su propia opinión o sondeo en las causas que
estimulan esta producción o la exploración en la actitud de los novelistas respecto al
aspecto que recrean está ausente.
Se considera que hay escasez de crítica literaria en Colombia, mas la aparición de gente
como Cobo Borda o Gutiérrez Girardot resta fuerza a tal afirmación; pero aun subsiste un
sector dedicado al oficio, que no establece una distancia apropiada para el estudio del
objeto elegido, resultando obras como es el caso que nos ocupa que se limitan
a una labor descriptiva de las características formales y de los contenidos del texto
literario, constituyéndose en manuales de literatura muy útiles como canal de
información, pero poco inquietantes. La crítica literaria debe hacer surgir preguntas a
la vez que cuestionar, ampliar las perspectivas desde donde se observa la obra de arte:
iluminarla y relativizarla gracias a su propia creatividad.
La buena documentación en que se basa el libro de Manuel Antonio Arango debería haberle
alertadocomo sucede al lector sobre la cantidad de material referente al tema
de la violencia y, por esta razón, impulsarle a superar los estudios que le anteceden,
ganando en profundidad analítica. Aunque su objetivo no fue hacer una sociología de la
novela, el hecho de que recurrentemente asocie el fenómeno histórico con el literario
evidencia su inquietud al respecto. Sin embargo, desaprovecha el material por él mismo
recopilado al no manejarlo ni conectarlo de manera más dinámica; al no inquietar con
Cuestiones como, por ejemplo, ¿qué hace que durante
treinta años ciertos novelistas converjan hacia la misma temática?, ¿se trata sólo de
una "urgencia" determinada por aquel momento histórico?, ¿cómo varían las
diferentes lecturas que se han realizado de la violencia, desde la primera novela que se
escribió hasta ahora?, ¿qué lugares comunes habitan estas novelas y cuándo y por qué
se distancian las unas de las otras?
Hay que buscar nuevos derroteros en un campo al que también con insistencia acude la
crítica; buscar lo que generalmente está ausente en las novelas o lo que figura en un
segundo plano y empieza a perfilarse cada vez con más nitidez: por ejemplo la presencia
de la mujer en el contexto de la violencia: la novela de Jorge Eliécer Pardo El
jardín de las Hartmann sería un buen texto para explorar en este sentido.
En síntesis, los logros de la obra de Manuel Antonio Arango se reducen por los límites
que él mismo impone, así como por la falta de una buena revisión editorial que elimine
la abundancia de erratas, citas bibliográficas repetitivas y errores de concordancia
sintáctica. Esperamos que al preguntarle a la crítica "¿qué pasa?", ella se
dinamice y no nos ofrezca respuestas sino que más bien continúe la cadena de preguntas.
ALICIA FAJARDO
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