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Lo
efímero y lo perenne de la literatura y el papel
BaIón y pedal (notas sobre
deportistas)
Daniel Samper Pizano
Fundación Simón y Lela Guberek,
Bogotá, 1986, 158 págs.
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Después de haber sido
comerciante, político tránsfuga, libelista a sueldo de partidos opuestos, agente secreto
y periodista, casi a los sesenta años, Daniel piensa que es hora de llevar una vida más
serena y se dedica a escribir historias. No porque hubiera sentido el llamado de las musas
ni porque la inspiración se le hubiera convertido en ventarrón, sino porque
quería ganar dinero trabajando sentado en su propia casa.
Desconocía los preceptos literarios, escribía más de tres mil páginas al año y
representaba meticulosamente los oficios de su clase, la burguesía, para que las lectoras
se reconocieran en sus libros. Si los editores pretendían que revisara la obra, se hacía
pagar el doble por cada página escrita; de lo -contrario la entregaba así, como iba
saliendo de su pluma de ganso y de su mano, sin quitarle ni ponerle nada, sin corregir
incoherencias (que le importaban un comino), ni borrar repeticiones (que eran la
salvación de sus lectores semianalfabetos). De esta manera desenfadada, antirromántica,
Daniel, Daniel Defoe, contribuyó a inventar un nuevo género: la epopeya burguesa, la
novela moderna.
Si el libro de Daniel Samper hace venir a la
mente a Defoe no es solamente porque sean tocayos. Los une el periodismo, el hecho de que
ambos se hayan ganado el paté de ganso gracias a sus plumas y, sobre todo, la confianza
en las palabras, la convicción de que las letras son un instrumento idóneo para atrapar
la realidad.
Tal vez esta confianza, en Samper, sea aumentada por la tranquilidad de estar escribiendo
algo verdadero, real, copiado de un modelo que está al frente, y no extirpado con
dificultad a fuerza de imaginación o de memoria. Si este siglo ha llevado la literatura a
extremos de desconfianza tales que la única producción literaria que se considera actual
es la de la incomunicabilidad, a lo mejor el refugio ideal donde se puede mantener vivo el
antiguo placer de contar y oír historias se encuentra, precisamente, en el periodismo.
Esto se debe, entre otras cosas, a que el periodismo no siente el pavor a la
inverosimilitud. Su ejercicio no incluye la preocupación o el trabajo para convencer a
los lectores de que se les cuenta algo posible (o algo que funciona porque es coherente
con cierto universo imaginario), pues los lectores, de antemano, confían en que van a
leer hechos y no sólo palabras. El intento, a veces, es completamente opuesto: tratar de
hacer parecer imposible lo real. En el periodismo
las palabras son todavía un instrumento, una herramienta,
como lo eran para Defoe, y no un fin, como lo fueron para Góngora o como lo son para gran
parte de los escritores contemporáneos.
Sin embargo, leyendo estos fragmentos de vida, estos episodios de vidas reales (que en
literatura serían posibles pero inverosímiles, mezcla que ya Aristóteles aconsejaba
evitar), que no son fruto de la invención sino del calco de la realidad (periodismo es a
fotografía como literatura es a pintura), leyéndolos, repito, surge la sospecha de que
algunas de estas crónicas, nacidas como periodismo, se estén convirtiendo
imperceptiblemente en cuentos, en leyendas, en capítulos que pertenecen más a la
literatura que a la historia.
Sólo el profeta Daniel, intérprete de sueños, podría decirnos sin equivocarse cómo
evolucionará la lectura de estas flotas sobre deportistas con el pasar de los
años. De todas formas es un hecho que ya hoy mismo, para algunos lectores jóvenes, el
nombre de Oswaldo Pérez es tan ficticio como Lázaro de Tormes o Guzmán de Alfarache. Es
como si, con el tiempo, las crónicas perdieran su nexo inmediato con lo real y se
despojaran de su precariedad, ese pecado original del periodismo que se hace para durar un
día, lo que dura un diario.
En su nota de balón (que nos sorprende al empezar con cuernos) y en la mayoría de
las notas de pedal, el humor, la agilidad y aun la ternura de Samper nos hacen
notar que en estas crónicas las palabras se están independizando de su relación directa
con las cosas (con un referente concreto, histórico) y van creando un mundo aparte donde
nos divierten, alegran, conmueven, sin que nos interese su verdad o su mentira, sin que
nos importe que el nombre del personaje sea también el de una persona.
Creo que esta sensación, con el añejamiento del alejamiento, está destinada a
acentuarse. Las ganas de contar y de escuchar historias no se acaban nunca y a veces la
literatura incluso la mejor
literatura de los últimos años, tan apartada del arte figurativo, tan abstracta,
conceptual,
sonora, etc., no logra
satisfacer este deseo ancestral. Probablemente el buen periodismo es el único ámbito del
lenguaje escrito que puede actualmente colmar esta laguna. Y así, como Defoe, sin
proponérselo, tal vez sin saberlo, también el periodista que escribió estas crónicas
está cargando agua para alimentar el molino de la literatura.
Sancho Panza, que nunca existió, es mucho más real que Juan Gallo de Andrada, el
escribano del rey que le dio el visto bueno y le fijó el precio a la primera edición del
Quijote. Así mismo, guardando las proporciones, un día las letras que componen el nombre
de, pongamos, Lucho Herrera, será lo único que sobrevivirá de él, con su leyenda. El
proceso es inverso, pero simétrico: las letras se hacen realidad, la realidad se
convierte en letras. Las historias de Herrera serán cada vez más eso, historias,
cuentos, y cada vez menos capítulos de la historia.
Desgraciadamente hay pocas posibilidades de que este intento de Samper pueda vivir lo
suficiente para desligarse totalmente de la historia y entrar a formar parte de la
literatura. Es más: existe el peligro de que sus crónicas de campeones no doblen
indemnes ni siquiera la esquina del próximo siglo. No es un defecto de escritura; no se
trata del holocausto nuclear. Es un problema mucho más sencillo: el papel. Hay una peste
que recorre las bibliotecas del mundo. En los países que empezaron antes que nosotros la
moda del pocket-book supereconómico ahora se empiezan a dar cuenta del desastre.
Los libros se deshacen, se desmenuzan, las páginas se hacen polvo entre los dedos. Por
ahorrar en celulosa, nuestro siglo (el más cargado de libros, el del apogeo y decadencia
de Gutenberg), corre el riesgo de quedarse mudo, sin escribas ni juglares que hayan dejado
huella de su canto.
La boga de los objetos desechables, del use una vez y tire, ha penetrado también en las
empresas editoriales, y se ve que en esta trampa han caído hasta los serísimos editores
de la Fundación Guberek. Por eso, si al menos se quiere dar la oportunidad de que las
personas de estas crónicas lleguen a ser personajes, queda sólo la esperanza de los
microfilmes. Lo que es el papel de este libro es más efímero que un diario: no lograrán
hojearlo ni los nietos de Samper.
HECTOR ABAD F.
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