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No solo
de genética viven las ciencias
Tensión en la unidad familiar: padres
e hijos
Mauro Torres
Ediciones Tercer Mundo. Bogotá, 1986,
3a. edición, 188 págs.
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Para mí representa un motivo de agrado el escribir un comentario
acerca del libro de Mauro Torres, por dos causas principales: conozco su extensa obra casi
totalmente, a partir de El irracionalismo en Erich From (1960), primera
consecuencia de su sólida formación dialéctico-materialista, continuada por Dialéctica
de los sueños, seguida de Una interpretación psicoanalítica de La vorágine (1962),
en las que se suma a su preparación anterior la adquirida en su especialización en
psicoanálisis, en México. Y que es, en síntesis, un estudio de los sueños en un
paralelo esperado con las llamadas "categorías" o leyes fundamentales del
materialismo. Dentro del mismo periodo del escritor deben mencionarse Perspectiva
Psicoanalírica de Bolívar (1968) y psicoanálisis del escritor (1969).
Pero a partir de su Teoría de las dos funciones mentales (1972), se observa un
viraje muy grande de la exploración del inconsciente, de su influencia en la conducta y en la manera de ser de los
seres humanos, a la indagación en la biología, en la genética y en los factores
hereditarios, para explicar gran número de esos hechos. Este libro es uno más y quizás
el de mayor importancia de una serie que fue seguida por El hombre psicológico (1973)
y ha continuado hasta ahora con La evolución creadora del cerebro humano
(1984).
La otra razón, la principal, que resulta de
la lectura y del comentario de esta obra cuya primera edición se remonta a
1978 consiste en que permite y alienta la discusión de sus postulados básicos, que
caen en la
unidireccionalidad que antes se observaba en su periodo
psicoanalítico. Sin pretender en ningún momento negar la verdad esencial de su aporte,
resulta imperioso hacer énfasis en que paralelamente o secundariamente, si se
quiere a los factores genéticos y hereditarios, el ambiente se torna en moldeador
de los seres humanos hasta en las más sutiles modalidades y por lo tanto en uno
no en todos, lo repito de los factores
esenciales de lo que se ha llamado "normal" o "patológico", puesto
así, entre comillas, por el carácter provisional y cambiante que tienen esos términos.
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Es cierto, como lo dice el autor, que "una familia
tiene dos hijos. Uno de ellos, el mayor, es bastante normal; el otro muy difícil desde
que era un niño de brazos [...]".
(pág. 35). Pero uno y otro tienen la misma
herencia. ¿Cómo, entonces, explicar su diversidad? ¿Podrá pensarse, por ejemplo, que a
uno y a otro se les ha tratado y
se les ha querido siempre en la mismo forma? ¿O
que sus entornos, en especial fuera de su casa, son idénticos?
Por otra parte, es de observación común la serie de similitudes entre las
personas de una misma región, de un mismo clima, de una misma época. Se habla, así, de
la alegría del costeño, de la pasividad del boyacense, de la flema inglesa, lo cual no
quiere
decir, es obvio, que todos tengan una u otra
característica. Pero ella es frecuente, predominante, explicable. Así como de las
consecuencias que sobre sus habitantes tienen la inseguridad, la agresividad, la premura
para todo, la ausencia de esparcimiento, en una ciudad con tan alto número de
desempleados como ocurre en Bogotá. Y la misma gente, habitante en esta ciudad, con
certeza experimenta cambios luego de un período mayor cuanto más largo sea
cuando se traslada a otro lugar.
¿Y cómo explicar las variaciones que existen entre el hijo único y el que pertenece a
una familia numerosa? En fin, esta discusión podría ser interminable, de hecho. Una vez
más, no intento negar las tesis esenciales expuestas por el autor. Simplemente agrego y
agregamos muchos que sobre esos componentes heredados se suman, en forma
determinante, aun cuando no tan fija, las influencias que el niño recibe consciente e
inconscientemente, para la conformación de su ser.
De una síntesis de los dos enfoques me parece que puede surgir una posición más acorde
con la realidad. Y con un componente de optimismo que la visión biológica sola no
permite. Si el ser humano está predeterminado, ¿qué puede hacerse en la práctica para
la búsqueda de su mejoría en el mundo? El optimismo, por fortuna, se encuentra basado en
la idea, que cuenta con el debido respaldo, de que la mayoría de las condiciones
sociales, la racionalización de la vida familiar, el logro de un equilibrio entre los
seres, entre los sexos, entre las edades; la igualdad para el desarrollo, para la salud,
para la educación, pueden obtenerse. Otros pueblos lo han hecho. Y los resultados son
palpables, así el tiempo transcurrido desde el vuelco obtenido en el modo de producción
cuente muy pocos decenios, luego de siglos de opresión, de injusticia y de atraso.
Al estudiar en conjunto la obra de Mauro Torres con el detenimiento que merece, se aprecia
una constante que en ningún momento niega pero que en muchos se constituye en un lastre
para su visión totalizadora
como
lo es su formación médica, a
la
que se sobrepone la psicoanalítica, que de manera espuria tuvo para muchos de
nosotros esa misma génesis.
"Constitución esquizoide", se lee ya en la página VIII del "Prólogo a la
segunda edición". "La adolescencia, o período de rebeldía" (pág. XIII)
de la misma parte. "Esquizofrenia", "esquizofrenia pura", "futura
esquizofrénica" (pág. 30). Palabras, términos carentes de fijeza, de
"universalidad". Contingentes, relativos, discutibles, como ha ocurrido en una
historia que no cesa. Ligados a criterios cambiantes, a circunstancias que hoy son y
mañana no parecen. Unidos inclusive a los infinitos vericuetos del poder, como en el caso
de la adolescencia que, como dice Félix Guattari, "es sencillamente un conflicto que
existe en la mente de los adultos". De algunos adultos, en algunas épocas y en
determinados estratos sociales, bien puede agregarse.
Tanto más en los complejos y al parecer multideterminados estados de quienes pueden
considerarse dentro de ese gran grupo de "las esquizofrenias", en que no es
posible para muchos especialistas el llegar a una cercana precisión del referente.
Por último, una observación que no es secundaria. El escritor no se ciñe a la
metodología corriente en las citas bibliográficas. No se sabe, cuando menciona un autor
y sus referencias son abundantes, en qué obra, en qué página, a qué año
corresponde lo citado. Lo cual dificulta el situar en el tiempo una idea, un concepto, lo
mismo que ampliarlos o contradecirlos, ya que, fuera del contexto, pueden resultar
incompletos, en particular para el público no especializado, al que sin duda está
dirigido este libro. Y sobre todo para las familias con hijos de ellas dependientes, que
encontrarán aquí meditaciones de mucha importancia, expuestas de manera clara y concisa. Esto contradice explícitamente la
disminuida importancia del ambiente y de la educación, que en un comienzo está
claramente señalada.
ALVARO VILLAR GAVIRIA
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