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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
14, Volumen XXV, 1988
Esta estructura, que rompe deliberadamente con una concepción lineal y
continua, es la que le permite a Vallejo organizar toda
la información, que hasta hace poco resultara
oscura e inaccesible, acerca de la vida escandalosa
de Barba Jacob.
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Sin lugar a dudas, el viaje con Rafael Delgado, que así se llamaba el
joven moreno y esbelto, es el eje que le permite a Vallejo
reconstruir paso a paso la vida del poeta por los hoteles
de mala muerte, los burdeles y el bajo mundo. Pero las
pesquisas de Vallejo no se quedan en este nivel. Vallejo
ha seguido, con la minucia y la pericia de un reportero
de guerra, la vida que llevara Barba Jacob como excelente
francotirador desde los periódicos que le abrieron
las puertas, desde México hasta Colombia. Ha
entrevistado políticos de todas las calañas,
ha conversado con poetas, financistas y tramposos, y
en esa búsqueda tenaz e implacable que lo llevó,
como él mismo lo dice, a encontrarse muchas veces
con la muerte, no sólo hizo la mejor biografía
que se merece uno de los mejores poetas de América,
sino que radiografió, con una prosa voraz y vertiginosa,
la historia política de México y de Centroamérica.
En Barba Jacob, el mensajero Vallejo dice: El veinticinco de mayo
renunció Porfirio Díaz a la presidencia
y se marchó a Europa, tras de gobernar treinta
y cuatro años con poderes absolutos. Se fue en
un vapor alemán, el Ipiranga, el mismo en que
por coincidencia se había embarcado a fines del
año anterior Rubén Darío, en Cuba
y rumbo a París, gracias al giro que desde allí
le envió el general Bernardo Reyes. Y ahora que
don Porfirio iba camino a Francia, don Bernardo venía
de regreso a México. Alejado del poder el santo
de sus devociones, el general podía aspirar a
reemplazarlo sin remordimientos de conciencia y oponérsele
a Madero... A Madero lo recibió la multitud;
al general los militares y sus amigos, y los andenes
de la estación donde llegó quedaron cubiertos
de claveles rojos. El dieciséis de junio una
fiesta del reyismo en la Alameda era dispersada por
las hordas maderistas, que irrumpieron gritándole
mueras al general... ¿Estaba Ricardo Arenales entre
los reyistas de la estación ferroviaria y de
la Alameda?.
Así, con ese tono limpio y seguro, característico de los mejores
cronistas, Vallejo nos va mostrando las relaciones que
el poeta tenía con el mundo y la vida política
de su época. Relaciones complicadas y riesgosas,
que un día lo llevaban a parar a la cárcel,
y al día siguiente a ser expulsado de algún
país, sin ninguna consideración. Ricardo
Arenales era uno de los tantos nombres que Barba Jacob
utilizara entre 1908 y 1914, cuando vagaba por Centroamérica
con una sola prenda de vestir, una maleta negra llena
de versos y un muchacho.
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En su relación con los poetas, Vallejo da cuenta de las escandalosas relaciones
que Barba Jacob sostuvo, no sólo con el medio
intelectual de México y Centroamérica
(recordemos a Vasconcelos, Tallet, Arévalo Martínez,
Pellicer), sino también con poetas y escritores
que llegaban a México, como Valle Inclán
y Federico García Lorca. De todas esas relaciones,
quizá la más intrincada y profunda fue
la que estableciera Barba Jacob con un paisano suyo,
hoy totalmente desconocido en Colombia, y que muriera
en una calle de México, loco, muerto de hambre
y en la más completa orfandad.
Sólo superaba el descaro de Arenales cuenta Vallejo la indolencia
de su paisano Leopoldo de la Rosa. Cuando Vasconcelos
nombró a Arenales Inspector de Bibliotecas,
queriendo también ayudar a Leopoldo le dio un
empleo cuya única función era darle cuerda
a un reloj de muro que había en la Secretaría
de Educación Pública, y que siempre estaba
parado. Tan parado como siempre continuó el reloj,
y cuando Vasconcelos le reclamó a Leopoldo éste
le respondió que era muy poco los seis pesos
diarios que le pagaban por su trabajo. Heroicamente
Leopoldo nunca trabajó. De su paso por México,
y por la vida, dejó una huella mendicante. Horacio
Espinosa Altamirano oyó decir que cuando Leopoldo
intentó matarse disparándose un revólver,
la bala que le atravesó los intestinos no lo
infectó porque estaban limpios después
de varios días de no comer. Y Alfonso Taracena
recuerda que, muchos años después, por
la época en que una comisión colombiana
vino a México a repatriar los restos de Barba
Jacob, Leopoldo andaba por las calles muerto de hambre,
hecho un cadáver: entonces Novo, el poeta Salvador
Novo, funcionario del gobierno, les dijo a los comisionados
colombianos con su lengua perversa: Señores
colombianos: ¿Por qué no se llevan también
los restos de Leopoldo de la Rosa? ".
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Los días azules es la novela de la juventud. Aquella
primera obra a la que no se han escapado los grandes
escritores del siglo XX, y cuyo eje temático
central gira alrededor de la infancia y la adolescencia
del escritor. Recordemos Retrato del artista adolescente
de Joyce, Las tribulaciones del estudiante Törless
de Musil y la novela Maurice de E. M. Forster.
Utilizando el recurso de la evocación y en tono
muy personal, Vallejo nos va mostrando la relación
de un niño con su contorno socio-afectivo y cultural.
Es la historia de los primeros años que lo marcaran
de manera decisiva, y donde, a través de una
narración vigorosa y desbordada que alcanza verdaderos
momentos de lirismo, el personaje va poniendo en cuestión
todos los valores ideológicos propios de una
sociedad pacata, religiosa y profundamente conservadora.
La violencia tema que atraviesa como un hilo negro
la obra de Vallejo se presenta también
aquí, pero de manera sutil, velada. Podemos decir
que aquí se muestran aquellas primeras relaciones
castradoras y represivas que continuamente se producen
y se reproducen en la familia y en la escuela.
Los días azules está hecha a partir de un encadenamiento
ininterrumpido de planos, donde el escritor logra magistralmente
anudar el pasado con el presente, logrando crear una
novela ágil, eficaz y moderna.
Dentro de ese río del tiempo que es el punto de partida que
ilumina la obra de Vallejo, hay que comprender Los
días azules como la obra-puente que, un año
más tarde, va a dar pie a esa nueva novela que
hoy es piedra de escándalo y motivo de las más
encontradas posiciones: El fuego secreto. No
sólo por lo que ahí se dice, sino por
esa forma áspera y descarnada propia de un arte
destructor, que le recuerda a uno aquella máxima
de los expresionistas de los años 20, y que decía:
En lo feo también puede estar lo bello.
En El fuego secreto se cuenta la historia de una generación que,
atravesada por el homosexualismo, descubre el amor en
los peores antros de Bogotá y Medellín.
Allí el lector se encontrará con los ambientes
sórdidos que pululan en pleno corazón
de estas ciudades, se topará ante escenas verdaderamente
patéticas donde se muestra toda clase de forniques
y cópulas, y, lo que puede ser fatal en una sociedad
mojigata como la nuestra, irá descubriendo que
cada una de estas historias tiene nombre propio. ¿Ligereza
del autor?, nos preguntamos. ¿Descuido involuntario
de Fernando Vallejo? Creemos que no. La literatura de
Vallejo hay que entenderla como una literatura abiertamente
deliberada y transgresora. Una literatura donde el autor,
antes que nadie, está metido hasta el fondo en
esa olla podrida que es la vida. Y aunque su propósito
inicial no sea la de escandalizar (al fin y al cabo,
lo que cuenta Vallejo, ¿no es su propia vida?), su obra,
en el fondo, escandaliza.
Escándalo y oprobio de Medellín se dice en El fuego
secreto, rueda el Studebecker cargado de bellezas
y cervezas, con alegre complicidad. Un ventarrón
de libertad se levanta a su paso. La cama ambulante
lo ha apodado esta ciudad mendicante de alma ruin, para
la que no hay mayor insulto que la ajena felicidad.
Todo la hiere, todo la ofende, todo la ultraja, nada
le complace como no sea el celibato de los curas y la
desdicha ajena. Arruínese usted, envenénese,
fracase, y sólo así saldrá de la
punta de su lengua venenosa. Mientras mayor sea su desgracia
más feliz la hará. ¡Pero a quién
se lo vienen a decir! A mí, que no nací
para consecuentar ciudades, la indignación ciudadana
me provocaba una verdadera embriaguez. ¡Maricas!
nos grita Medellín desde una esquina cuando nos
ve pasar.
Su obra, que en principio se plantea como una autobiografía, se levanta
como una tromba para denunciar y poner sobre el tapete
a un país y a una sociedad que, pese al moralismo
y a la mojigatería, se sigue pudriendo y desangrando
por dentro.
Para bien y para mal dice Ernesto Sábato, el escritor
verdadero escribe sobre la realidad que ha sufrido y
mamado. Esto es, precisamente, lo que ha hecho
Vallejo, y lo que le corresponde hacer a un escritor
de nuestro tiempo.
Fernando Vallejo, pues, con su vida y con su obra, no es ningún santo.
Es el ángel del Apocalipsis y, por esto mismo,
ya tiene ganada una entrada al cielo.
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