Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 14, Volumen XXV, 1988


Los jeroglíficos del poder 

El término felinos juega a lo largo de la novela con casi todos sus significados posibles. Alude a todos los colombianos, con la autoridad del verso de Darío: “Colombia, tierra de leones”. También al carácter zoológico de la lucha política, humanizada por la diplomacia, que, al menos en la etimología, está emparentada con los vocablos presbicia y proxenetismo. Esta visión desencantada de Félix Barahona sobre ambas actividades, la política y la diplomacia entre nosotros, en la versión de su abuelo apunta a los leopardos, ese cuarteto de jóvenes derechistas y provincianos que en los veinte amenizaba las tertulias del café Windsor y que más tarde se constituyó en influyente club político. “En efecto —dice Gonzalo Barahona— los llamados Leopardos fueron la mejor encarnación en política de la divisa felina que parecía justificar su vida y sus convicciones y cuyo lema auspiciaba el motivo que ilustra la Empresa XXXIII de Saavedra Fajardo y en la que aparece un león reflejado en los pedazos de un espejo roto”. 

En la novela, la obra del embajador murciano de Felipe IV —cuyo tema es el discernimiento de la razón de Estado para un monarca católico que debía moverse en las traicioneras aguas de las alianzas dinásticas del siglo XVII— es empleada como texto y pretexto.

Como texto hace suponer que Gonzalo Baharona la leyó concienzudamente y aplicó sus consejos. Como pretexto, el libro de Saavedra Fajardo se convierte en objeto de disputas y fraudes de bibliómanos en el sentido intelectual y delictivo. 

En 1936, durante su primera estancia en Nueva York, Félix Baharona gestiona en la biblioteca pública de la ciudad (cuyo pórtico está flanqueado por dos leones de piedra) una referencia bibliográfica para su abuelo, quien sostiene una intrincada polémica con Gavidia, encarnación del modelo colombiano de la envidia. Por el azar de las circunstancias y sin propósito, Félix termina enviando a su abuelo una referencia certificada por la biblioteca de Nueva York, en la que aparece una edición magunciana de las Empresas de Saávedra Fajardo, hasta entonces desconocida. La edición no existe, pero su certificado proporciona al abuelo un contundente triunfo y lleva al suicidio a su ponzoñoso enemigo. Más tarde, hurgando los cajones del abuelo, Félix encontrará documentada la disputa Gavidia-Barahona. 

La culpa de una desavenencia filológica que fue creciendo hasta convertirse en el odio patológico de Gavidia, no estribaba tanto en Barahona sino en Mancipe, una especie de Marco Fidel Suárez, un igual de Gavidia. ¿Por qué, entonces, Gavidia la emprende contra Baharona? Félix supone, con instinto certero pero quizá poco práctico, que “para un arribista atacar al poderoso, es una forma de tocar la gloria”. 

El otro momento en que la obra de Saavedra Fajardo es pretexto nos introduce en ciertas modalidades de la administración colombiana. Félix descubre que uno de los libros de protocolos del consulado de Filadelfia (trasladado a Nueva York) han arrancado los folios que corresponderían a las páginas 85 a 94. Cuando reniega de sus atributos esenciales, desertando del clan Barahona, acude en su arrebato a la biblioteca pública de Nueva York; pide una edición de las Empresas, y arranca del libro las páginas 85 a 94; deja una firma ilegible y una referencia al libro consular de protocolos. Por lo demás, los números de las páginas “correspondían por un siniestro azar” a los números que había empleado un antiguo cónsul en Filadelfia, enemigo de su abuelo. 

 

En su juventud, Gonzalo Barahona, gracias a las conexiones de su familia, había descubierto la piedra de Rosetta que le permitiría descifrar los jeroglíficos de la política, le abriría sus puertas, y así fue “cada vez más creciente su devoción por la filología”. El culto de Gonzalo al poder las palabras expresaba su apego al arte bogotano del eufemismo, “la obsesión del colombiano por hablar como los dioses”. 

El correlato es un actuar igualmente eufemístico, la calculada manipulación de personas y acontecimientos, exitosa en Gonzalo y que “su hijo y su nieto le heredaron y adoptaron como suya [...] asumir siempre una actitud de neutra aquiescencia respecto a las cuestiones más delicadas “Quizás más que eufemístico un actuar teatral: un teatro del poder en que para ser personaje se debe saber cambiar de máscara, porque la máscara no sólo encubre sino que “es intocable y establece una distancia entre el espectador y ella”  (4) .

Los Barahonas son de la clase de gente que sólo deja traslucir su dimensión moral del mundo a través del lenguaje eufemístico, modales y modas, y que requiere vaciarse de ideas abstractas para actuar con soltura. La armadura conceptual de los Barahonas, se apuntalaba en dos duques, Chateaubriand y Saint-Simon, y en el gran embajador de Felipe IV, cuya filosofía no tenía nexos directos con la historia vivida por ellos, como la Constitución del 86, el concordato pactado por Núñez y cuyos intríngulis dominan el abuelo y el canciller, la cuestión panameña o los preparativos del laudo arbitral de la frontera colombo-venezolana. 

La tolerancia religiosa no es problema, ni siquiera tema, para estos diplomáticos, pese a las “legalizaciones” conyugales de Gonzalo, repudiador de Teotiste Mancera y amante y subsiguiente esposo de la anglicana Lesley-Anne Beilamy. Poco sabemos, salvo el fastidio de Lesley-Anne, de las relaciones específicas de los Barahonas con los políticos y burócratas de la época. La neutralidad de los Barahonas es hasta tal punto contundente, que no toman partido en las fricciones, subterráneas para todo el mundo menos para gente bien informada como ellos, entre Gran Bretaña y los Estados Unidos, que se van acentuando hasta desbordar los canales de la circunspección durante la inmediata posguerra y los años veinte. A los Barahonas los dejó tan indiferentes la “danza de los millones” como si escucharan un bambuco. Pero es difícil imaginar una política exterior en que no intervengan petroleros, bananeros, aseguradores y banqueros; contratistas de ferrocarriles, puentes y puertos, o proveedores de armas, caballos, driles y botas por las fuerzas militares; una política ramificada, porque sus gestores e intermediarios abarcaban todo el organigrama de la administración pública, como lo demostraron con singular maestría las caricaturas de Ricardo Rendón. ¿Cómo es que estos creadores de derecho internacional, que veían la separación entre lo público y lo privado en sfumato. no se atrincheraron en una buena oficina de abogados, defendiendo tantos y tan cuantiosos intereses en juego? 

Gonzalo no fue un filólogo. Fue un instrumentista que hizo de la parla fina su instrumento. Pronto debió descubrir que para ascender al poder político por la vía de la filología necesitaba más que filología. Caro o Suárez como filólogos de dedicación exclusiva son una leyenda. Cuervo o Uricoechea, que sí lo fueron, se autoexiliaron en Europa. 

 

Es posible que ese tipo de intelectuales —como hoy los economistas y ayer los juristas— encarnara el vínculo orgánico que en nuestras sociedades ha existido entre los intelectuales y el poder. Al fin y al cabo, venimos de la tradición que dice que “en el principio fue el verbo y el verbo se hizo con el poder”. Pero la carrera de un Caro demuestra que fue un formidable periodista, un ideólogo bien conectado, un burócrata de tradición y sobre todo un hombre de ideas claras —económicas y constitucionales—, en un período de confusión mental, como lo descubrió en el momento preciso el finísimo olfato de Núñez, político de veras clarividente que supo combinar el conocimiento del mundo noratlántico y de las idiosincrasias nacionales. 

En su vicepresidencia, Caro quiso hacer de la Constitución del 86 una catedral gótica, en un país que no tenía la tradición para hacer los cálculos de un andamiaje pétreo tan complejo. Las alturas ofrecidas, la inestabilidad de los cimientos y de los pesos y contrapesos, llevaron al desplome sangriento de la guerra de los Mil Días. 

Del episodio, como de todos los demás, hasta la balacera en el recinto del congreso de la república en 1949, salen ilesos y airosos estos Barahonas. Pero si la fuerza incontrovertible de Caro fue el sello ideológico que imprimió a su lucha, la definición de una nación ontológica y no histórica, eterna en su hispanismo y catolicismo, presentada como pálida copia en los escritos del otro filólogo-presidente, el señor Suárez, en Gonzalo Barahona no encontramos más que escarceos y ensayos insuficientes y por ende poco convincentes de su papel. 

Por lo demás, es bien sabido que durante la república conservadora las candidaturas para las más altas dignidades del Estado provenían del nuncio y del primado. 

Esto para no hablar en detalle de los fraudes y corrupciones con los bonos públicos, principalmente con los de la deuda externa. Su “manejo” requería la aritmética suficiente para especular, jugando con la tasa de interés, la posible tasa de devaluación y el fluctuante valor de mercado. La edad florida de la carrera ascendente del joven Gonzalo Barahona en Londres y París, coincide con uno de los períodos colombianos famosos por los escándalos de corrupción política. La punta del témpano de las negociaciones de la deuda pública puede entreverse en los escritos polémicos de Jorge Holguín y Santiago Pérez Triana; por lo demás, las andanzas de este último fueron objeto de chistes malévolos contra su padre, el patricio radical perseguido hasta el final de sus días —y aún después— por la ferocidad ultraclerical. Se decía entonces que don Santiago Pérez había producido dos cosas: un libro, que se vendía muy mal, y Santiaguito, que se vendía muy bien...

                                             Paidología 

Los felinos también son Félix y Angélica, nietos de Gonzalo, hijos del Canciller. Nacieron como correspondía a una familia diplomática: Félix el año del asesinato en Sarajevo, y Angélica en 1918, el año del armisticio que puso fin a la terrible carnicería humana. Angélica murió de tuberculosis el año en que Hitler invadió a Polonia: “duró lo que la paz de Versalles”, comentaría el abuelo. Gonzalo los llamaba Dioscuros, cuando advirtió que desde su infancia sacaban garras y se rebelaban solidariamente contra las reglas básicas de la casa. Captó con cierto sobresalto que la alianza de esta pareja podría encerrar inconvenientes, puesto que si “el enceste entre parientes era un riesgo aristocrático”, no debía ser llevado a los extremos. La familia y la tradición buscaron separar a la pareja de felinos, con resultados adversos. 

En efecto, el mundo de los niños es hermético, insensible a todo aquello incapaz de ganar su mancomunada curiosidad de modo espontáneo. 

Las lecciones de griego que recibe Félix sólo alejan temporal y materialmente a los hermanos y crean entre ellos una alianza espiritual más firme. La aduana educativa no dejaba pasar mujeres: “enseñar griego a una mujer es como arar en el mar”. El aprendizaje del griego (en un país que ni siquiera tenía un miserable consulado en Grecia, comentará después Félix) le sirvió con creces para mofarse y despreciar al prójimo, comenzando por Luisa Galván, su esposa. El aporte más sustancial en este campo fue quizá la etiqueta que puso al servicio diplomático: “la piara de Epicuro”, versión griega del actual “el país se derrumba y nosotros de rumba”.  

La carriere diplomatique, para la que Félix estaba destinado desde la cuna, es el segundo medio de separación de estos Cástor y Pólux, puesto que la diplomacia es actividad masculina por definición: “la única carrera que las mujeres pueden exhibir es la de sus medias”. 

Final e irremisiblemente, el matrimonio de uno de ellos debería desunir a los felinos. A pesar de todas sus resistencias, Angélica se casa con un idiota bueno y comprensivo, incapaz de ejercer el tutelaje de los derechos del domicilio de la mujer casada consagrado en el código civil promulgado para todo el país desde 1873 y que dejó intacto la reforma a que fue sometido en 1932, aunque atenué levemente su capitis deminutio con relación a la disposición de los bienes. Angélica atraviesa las fases finales de su enfermedad en la casa paterna, más cerca que nunca de su hermano. 

Ni el griego, ni la trinidad clásica de la biblioteca de Gonzalo consiguieron moldear el carácter de Félix, al menos en lo que concernía a las expectativas paternas. Félix se extravía. Prueba que no transige con “el arribismo por la vía del soneto”, dedicándose a las matemáticas. Afición que es otra forma de escapar a la realidad histórica, porque si una ecuación se resuelve de igual manera en la Atenas Suramericana que en la China, un epígrafe bogotano sólo pueden entenderlo los del lugar. Además, su papá le había explicado que “la aritmética y esas cosas [...] están muy bien para los comerciantes de Antioquia, para los judíos o para los que construyen puentes, pero no para gente de la carriere”.   

Atolondrado, aumenta su amor por la lógica matemática para terminar descubriendo el principio de indeterminación que, si bien hacía añicos todo el saber positivistá de sus contemporáneos, lo fue arrinconando a conclusiones insólitas. El formidable principio según el cual el azar está inscrito en las leyes de la naturaleza le dejó comprender a cabalidad el carácter inevitable de su trasgresión del tabú de la sangre.  

Una glosa adicional: 

Sabemos que desde 1890 hasta 1955, aproximadamente, la tasa cambiaria permitió a la elite colombiana vivir más barato en Londres, París o Nueva York que en la polis nativa. ¿Por qué educaron a Santiago y, sobre todo, al rebelde Félix en Bogotá?

 

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(4) E. Canetti, Masa y poder, Barcelona, Muchnik Editores, 1981, pág. 372. (Regresar 4)