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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
14, Volumen XXV, 1988
Compartiendo dicho viaje con un alcohólico
capitán, ambos tratan de extraer un sentido de este viaje al fondo de sí mismos. Al
llegar a los aserraderos, proclamado objetivo del viaje, último engaño aceptado para
poder seguir, éstos simbolizan más bien la abstracta impersonalidad de esas creaciones
deshumanizadas inventadas por el hombre mismo para ahuyentar su terror. De ahí la
ciencia, el progreso, la ley y el Estado. La historia, en fin.
Aserraderos de vidrio, en mitad de la selva,
pero también de algún modo postrera máscara bajo la cual se ocultan las sucias
componendas que comparte el ejército con la guerrilla, nutriéndose mutuamente. Pero este
resultado no es tan válido como el otro. Aquel que ha obtenido Maqroll, a fuerza de
lucidez, de eludir todo subterfugio. De descubrir que no existe ninguna razón que
justifique vivir. Sólo la vida misma y su terquedad le permitirán sobrepasar este
escenario de penurias. Sólo la carne misma, herida y convertida en guiñapo, y su
fidelidad ejemplar, pueden darle aliento para dejarnos esas también fragmentarias huellas
de su paso. Diario y trozos de prosa, en alguna forma inconclusos, con que terminamos por
reconstruir, también como metáfora, esta amarga odisea por el laberinto del
trópico.
El viaje de Conrad al corazón de las tinieblas
se daba ahora dentro de los selváticos e inexplorados territorios de la geografía
colombiana, situados al margen de cualquier ley, y tanto la figura de Maqroll el Gaviero
como antes la de Lengerke dos extranjeros frente a una naturaleza impávida y, sobre
todo, frente a su propio corazón, en momentos en que ya no es posible mentir
mostraban el viraje, en calidad y libertad, que habían adquirido estos coetáneos de
García Márquez, para los cuales el influjo del narrador de Aracataca no se daba en forma
de asimilación mimética sino en el compartido nivel de exigencia que todos juntos
habían descubierto, a través de sus originales formas de percepción. Sólo que la
resonancia universal de García Márquez permitió que esas lecciones elementales se
formularan con mayor claridad volviéndolas algo práctico dentro de la propia obra, y no
convirtiéndolas en teoría previa al trabajo creador. Las descubrieron juntos
escribiendo, en soledad, cada una de estas ficciones comentadas.
Resumiéndolas veríamos cómo estas elásticas
leyes serían la necesidad de volver a leer, desde la ficción, nuestra propia historia.
Otra sería la inserción dentro de una narrativa pertinazmente realista, del ingrediente
onírico o alucinante por pura exacerbación de lo real. El conocido sustrato campesino de
supersticiones, aparecidos y magias, que tanto Caballero Calderón como Mejía Vallejo
ofrecen en sus páginas, adquiere aquí una dimensión mucho más exacta y alucinadora,
permeando todo el relato. Los sueños llegan a ser seres con vida propia gracias al fervor
poético de su escritura. Además, fueron quienes mejor iban captando nuestra realidad al
no mencionarla a cada rato, al no rendir testimonio servil de su actualidad. Su código,
un modo de formalizar la experiencia, y su mensaje, un modo de significar un contenido,
tenían que ver con una estructura más amplia, fuera la del rito o la de la memoria, que
con la supeditada a la simple transmisión de información, por más crítica que ella
pudiera ser. Lo suyo era una metáfora, una creación, que sólo la libertad del lector, y
la virtualidad de la lectura, podían complementar. La respuesta del lector podía ser tan
ambigua como la que la misma obra proponía, pero de todos modos el diálogo entre uno y
otra se había cumplido. No había imposiciones totalitarias sino un diálogo exigente y
gratificante dentro del espacio de la conquistada libertad textual.
El amargo placer de su lectura era la única
dicha concedida, en medio de una realidad cada vez más explícita y brutal. Más
surrealista en su desmesura real.
Otro punto que conviene destacar, en el caso de
Mutis, es cómo el influjo resulta de doble vía, en el plano de la transposición
poética de la realidad que es toda novela. Los primeros textos poéticos de Mutis, en
prosa, como El tren, de 1948, anuncian la singular manera de abordaje de la
realidad que caracterizaría, por ejemplo, a Cien años de soledad. Era un diálogo
de textos en un ámbito común.
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Carlos Perozzo. Ahí te dejo esas flores
2a. ed., Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1985
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Luis Fayad.
Los parientes de Ester, Madrid, Ediciones Alfaguara. 1978.
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El mercado
del libro en Colombia
Es también digno de señalarse el carácter
profesional con que desde entonces los escritores colombianos se ven abocados a realizar
su obra teniendo como paradigma a García Márquez. Escritores de tiempo completo, de
dedicación exclusiva: tal sería de ahora en adelante la meta que debía lograrse. Aunque
Caballero Calderón fuera columnista de periódico, Mejía Vallejo ejerciera la docencia,
Pedro Gómez Valderrama desempeñara la profesión de abogado y Alvaro Mutis trabajara
para una compañía estadounidense que distribuye películas para televisión, en
relación con Colombia se comenzaban a dar los primeros pasos para que el escritor
subsistiese gracias a su exclusivo trabajo como escritor. Esto aún no es así, pero la
progresiva ampliación del mercado del libro podía llegar a significar un comienzo.
¿Qué pudo significar todo
ello en la esfera de lo literario? Que en un primer momento el éxito de García Márquez
y el boom narrativo latinoamericano se encaminó hacia las editoriales extranjeras:
allí se refrendaban sus méritos y se trataba de obtener un nivel de irradiación más
amplio, ante la carencia de una industria editorial colombiana. Que, por su parte, y en un
segundo momento, los autores más jóvenes siguieron el mismo modelo, tratando de editar
tanto en Barcelona como en México y Buenos Aires: los casos, por ejemplo, de José
Stevenson (1934) y Germán Espinosa (1938) con Los cortejos del diablo (1971). El
reflujo posterior llevó a prestar mayor atención al mercado interno.
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Rafael Humberto Moreno-Durán. Finale
capriccioso con Madonna. Barcelona, Montesinos Editor. 1980.
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Gustavo Alvarez Gardeazábal, Cóndores no
entierran todos los días. Bogotá. Editorial Plaza & Janés. 1985
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Albalucía Angel, Misia Señora. Barcelona, Editorial Argos Vergara. 1982
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