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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
14, Volumen XXV, 1988
No debe
olvidarse tampoco que entre 1960 y 1967, el año de aparición de Cien años de
soledad, habían circulado y fueron leídos, en mayor o menor número, pero siempre
dentro de un interés generalizado, variadas obras de ficción latinoamericanas. Citemos
algunas: Hijo de hombre (1960), de Augusto Roa Bastos; La muerte de Artemio Cruz
(1962), de Carlos Fuentes; Sobre héroes y tumbas, (1962), de Ernesto Sábato; La
ciudad y los perros (1963) y La casa verde (1966), de Mario Vargas Llosa; Gran
sertón: veredas (1963), de Joáo Guimaraes Rosa; Paradiso (1966), de José
Lezama Lima; Los premios (1960) y Rayuela (1963) de Julio Cortázar. El
astillero (1961) y Juntacadáveres (1964), de Juan Carlos Onetti; Tres
tristes tigres (1967), de Guillermo Cabrera Infante; El siglo de las luces (1963),
de Alejo Carpentier, y José Trigo (1966), de Fernando del Paso.
Los jóvenes narradores colombianos no sólo
tendrían que combatir parricidamente con García Márquez sino contra toda la anterior
pléyade mencionada. Y del mismo modo que García Márquez se trasladó a Barcelona
(España) para escribir El otoño del patriarca varios jóvenes siguieron su
ejemplo y se fueron también a escribir a Barcelona. Como lo ha censado uno de los propios
miembros de esta diáspora, entre 1970 y 1985 se escribieron y editaron allí por lo menos
una docena de novelas colombianas de cierta significacion.
Son ellas Dos veces Alicia (1972) y Misiá
señora (1982), de Alba Lucía Angel (1939); Crónica de tiempo muerto (1979) y
Jóvenes, pobres amantes (1983), de Oscar Collazos (1942); Hasta el sol de los
venados, de Carlos Perozzo (1939); Sin nada entre las manos (1976) y Entre
ruinas, de Héctor Sánchez (1940); Las ciento veinte jornadas de Bouvard y
Pécuchet (1982), de Ricardo Cano Gaviria (1948); Los parientes de Ester (1978),
de Luis Fayad (1945), y la trilogía de Rafael H. Moreno-Durán (1946) llamada Fémina
suite y compuesta por Juego de damas (1977), El toque de diana (1981) y Finale
capriccioso con madonna (1983). Algunos de estos narradores, junto con otros que no
salieron del país, o se establecieron en otras ciudades, compondrían el sector más vivo
y renovador de la narrativa colombiana, situado, en todo sentido,
después de Cien años...
(9)
. Pero ahora, para terminar este repaso inicial,
quisiera referirme a quien, con resultados contradictorios, se proclamó como punto de
ruptura con García Márquez y Cien años. Hablo de Gustavo Álvarez
Gardeazábal.
Gustavo Alvarez Gardeazábal (1945)
Aun cuando ya lleva publicadas unas nueve
novelas, en el momento de aparecer Cóndores no entierran todos los días (Barcelona,
Destino, 1972) Alvarez Gardeazábal sólo había publicado, fuera de un pecado juvenil,
que nunca incluye en sus bibliografías, una primera novela: La tara del papa (Buenos
Aires, Compañía General Fabril Editora, 1972, 169 páginas), y varios cuentos,
aparecidos en publicaciones periódicas.
Cóndores no
entierran todos los días
es la novela
de la violencia política en Tuluá, un pueblo del Valle del Cauca, regido por el jefe de
los "pájaros" conservadores León María Lozano. Rey del mismo durante cinco
años, fui eliminando liberales, en una cotidiana atmósfera de terror que ahora, luego di
su muerte, se nos cuenta desde la perspectiva colectiva del propio pueblo que contempla
estos cinco años, de 1949 a 1953, como un tiempo ya inamovible El pasado, por más
que esté lleno de cruces, no puede ser removido (pág. 161. Cito según la edición
de la Editorial Oveja Negra, colección Biblioteca de Literatura Colombiana, núm. 6, 164
páginas).
Este es el tono básico de la obra, centrada
toda ella en esa figura de un fanático doctrinario.
Hijo del contador de los ferrocarriles, vendedor
de libros primero, luego dueño de un puesto de venta de quesos en la galería, este León
María Lozano, conservador, asmático, bajo y con mirada de mula cansada, aparece también
desde el comienzo como una leyenda viva.
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Rafael
Humberto Moreno-Durán.
(Archivo Inversiones Cromos S.A.)
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Alvaro
Mutis.
(Archivo Inversiones Cromos S.A.)
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Con
un taco de dinamita en la mano y un cigarro en la boca, disuade a una
turba liberal de incendiar el colegio salesiano de Tulúa. De ahí en adelante, el hombre
que asiste todos los días a misa de seis, que tiene esposa y concubina ésta le da
dos hijas que él termina por llevar al hogar legal, donde no deja de ejercer, por cierto, su celoso machismo, se
colocará con su sombrero gris
como el más fiel amanuense del
partido conservador en sus campañas de represión política por aquella época.
Tres jefes
conservadores venidos de Cali los doctores Navia, Olano y Ramírez Moreno le
proporcionarán las carabinas y la convicción necesaria: ser un defensor a ultranza de la
religión católica y del partido godo. A partir de allí sus gavillas de
esbirros, en carros oficiales, eliminarán adversarios con un tiro en la nuca y
difundirán el miedo con intimidantes tarjetas impresas en letra gótica.
Toda la novela será la repetición del mismo enfrentamiento, se dé este en forma
solapada o con coraje y valentía, a plena luz. Lector del periódico El Siglo y oyente de
La Voz Católica, hay en la figura gorda del personaje principal, acostumbrado al trato
cotidiano y casi comercial con la muerte desde su oficina en el bar Happy, condecorado con
la orden de San Carlos, que pone todas las tardes sus pies en aguasal, una silueta
convincente de hombre religioso y de buenos modales, que termina por naufragar en el
maloliente charco de sangre que ha ido produciendo a su alrededor.
En cambio, las restantes figuras, como su mujer,
Agripina Salgado, o su concubina, María Luisa de la Espada, son tan anodinas y
esquemáticas como sus perennes guardaespaldas: José del Carmen Celín y Emiro
Atehortúa. Solo el cóndor León María Lozano adquiere presencia en el
libro. Su mayor antagonista, la matrona liberal de bastón de plata, la señorita doña
Gertrudis Potes, semeja más un desvarío anacrónico del pasado que alguien capaz de
oponerse a tan opaco y letal depredador. El cóndor mantiene, como lo exige el género, su
inalterable y ahí sí conservadora condición humana a partir de esa patológica
criminalidad. Como si la una no pudiera excluir la otra, o como si los principios
terminaran por justificar tantas aberraciones concretas.
León María
Lozano manejó con el dedo meñique a todo el Valle y se tornó en el jefe de un ejército
de enruanados mal encarados, sin disciplina distinta a la del aguardiente, motorizados y
con el único ideal de acabar con cuanta cédula liberal encontraran en su camino. De
todos sus pescuezos colgaban escapularios del Carmen. La mayoría iba a misa todos los
domingos y comulgaba los primeros viernes. Todos, menos el jefe, que nunca cargó otra
arma distinta que su mirada de mula cansada, iban armados con dos o tres revólveres y una
carabina. Viajaban en carros azules, sin placas, o en las volquetas de la secretaría de
obras públicas. Para ellos no regía el toque de queda que el gobierno impuso todos los
días a las siete de la noche [pág. 91]
La novela
resulta muy garciamarquesca en muchas de las inflexiones de su escritura. Por
ejemplo:
León María se
nutrió de ira, de ínfulas extrañas y terminó con ella en la cama grande que siempre le
dijeron había pertenecido a la primera María Luisa, la poseedora del tesoro del indio
Calima. Desde allí empezó para los dos una amistad de siete años y nueve meses exactos,
cuando la segunda de las hijas se atrancó en el vientre de la madre y la desangró por
completo, dejándolo a él padre de dos niñas sin crecer que tuvo finalmente que llevar
una tarde de agosto a casa de Agripina
[pág.
22].
O
también
en este otro fragmento, igualmente deudor de García Márquez:
Agripina no
durmió esa noche. Oyó pasar los carros de la muerte y contó siete disparos en todo su
insomnio. A medianoche hizo agua de toronjil y miró el cielo estrellado en el momento que
un aerolito pasaba de una estrella a otra y ella recordaba que algo tenía que estar
sucediendo porque no en vano todo estaba unido para demostrarlo. A las dos, oyó cantar
unos gallos y creyó que ya amanecía. Volvió a levantarse y cuando vio que el reloj de
la sala apenas sí iba a dar las dos, preparó agua de lechuga y volvió a la cama.
Recordó entonces a sus hijas en Manizales, a María Luis de la Espada y a don Benito
Lozano boqueando en su agonía
[págs.
130-131].
Ese narrador omnisciente que en tercera persona
recrea la estrecha historia de un pueblo oscilante entre la religión vuelta algo
supersticioso, el chismorreo político y las ancestrales luchas partidarias, sólo alcanza
fluidez en la figura del Cóndor. Su progresiva mitificación como nulo hombre
grande y la asunción de un trasfondo histórico muy específico se nos dan a ras de
tierra, en datos e incidentes, sin llegar
nunca a alcanzar dimensiones de fábula. Una novela menor sobre un personaje nocivo de la
limitada vida política colombiana. Novela cuyo foco se desplaza inalterable entre los
campesinos que enterraban NN y los notables liberales del pueblo que acuchillaban en sus
propias casas. Como lo recalca el autor: El gobierno era igual a los pájaros y los
pájaros eran algo igual al gobierno (pág. 135). De tal modo la figura de un poder
aparentemente desinteresado de toda motivación económica y más bien inspirado en
principios religiosos y un sonambulismo político
cerrado, ofrecen, en este microcosmos, la versión local de lo que ya habíamos visto en
el Boyacá de Caballero Calderón o en los pueblos de tierra caliente de Mejía Vallejo,
sin contar La mala hora de García Márquez. El mismo prisma autoritario para
contemplar una similar barbarie generalizada. La Colombia cuyas estadísticas anunciaban
un total de ciento sesenta mil muertos entre 1947 y 1953, que llegarían a doscientos mil
en 1965, y dos millones de personas desplazadas. En un país que en 1951 tenía quince millones de habitantes, el 1% por ciento de su población había sido
asesinada
(10)
.
Ante tal catástrofe, es natural que muchas
novelas no fuesen mucho más allá de la denuncia, lo cual se evidencia más en las
ulteriores novelas de Álvarez Gardeazábal, de gran acogida popular, y motivadas, en
forma cada vez más inmediata, polémica y en ocasiones panfletaria, por lo que iba
pasando, ya sea en la esfera de los poderes constituidos, en la de los cerrados grupos
sociales de clase alta, en la del izquierdismo universitario, o en la de efímeras
coyunturas políticas de grupos y alianzas, sin olvidar, como en el caso de El Divino
(1986), el elemento homosexual y el interés creciente de la televisión colombiana por
adoptar para la pantalla obras de ficción de autores colombianos, series que también
tenían el controvertido antecedente de La mala hora, por
imágenes con la
intervención del propio García Márquez. Son algunas de las otras novelas de Álvarez
Gardeazábal: Dabeiba (1972), El bazar de los idiotas (1974), El
titiritero (1977), Los míos (1981) y Pepe botellas (1984).
Habrá que esperar, entonces, a otros autores
distintos de Álvarez Gardeazábal y más omnicomprensivos procedimientos literarios para
escapar tanto al cerco
de la violencia como al de la retórica de García Márquez. Aun cuando los signos son
promisorios, también la tantas veces manifiesta tendencia colombiana a apelar a la
violencia como único medio de resolver los conflictos sigue dominando, con nuevos
agravantes: los trece millones de colombianos que viven en la pobreza absoluta, el
narcotráfico, la guerrilla y las once mil muertes
violentas
de 1986, según informaba Alan Riding, corresponsal del New York Times. En tal tensión
angustiosa, la respuesta creativa de estos y otros narradores colombianos merece nuestra
atención crítica y entusiasta.
(9)
Puede ser el caso de Helena Araújo, desde Suiza, donde escribió Fiesta en
Teusaquillo; el de Jaime Manrique Ardila (1949), desde Nueva York, donde escribió Oro
colombiano (1985), e incluso los de más jóvenes, como Eduardo García Aguilar
(19531, quien ya lleva publicadas en México dos novelas: Tierra de leones, México,
Leega Literaria, 1986, 126 págs.. y Bulevar de los héroes, México, Plaza y
Valdés, 1987, 238 págs., o Fvelio Rosero Diago (1958), quien vive en Barcelona y
ha publicado Juliana los mira, Barcelona, Editorial Anagrama, 1987, 200 páginas.
Para internarse en ese variado y bastante cercano período, resulta útil el trabajo de
Raymond Williams Una década de la novela colombiana. La experiencia de los setenta, Bogotá,
Plaza y Janés, 1981, en el cual destaca, año por año, las obras que considera más
importantes, así: 1970: Fanny Buitrago, Cola de zorro; 1971: Fernando Soto
Aparicio, Viaje a la claridad. 1972: Gustavo Alvarez Gardeazábal, Dabeiba; 1973:
Manuel Mejía Vallejo, Aire de tango: 1974: Gustavo Alvarez Gardeazábal, El
bazar de los idiotas; 1975: Gabriel García Márquez, El otoño del patriarca, 1976:
Héctor Sánchez, Sin nada entre las manos; 1977: Andrés Caicedo, ¡Qué viva
la música!; 1978: Flor Romero de Nohra, Los sueños del poder; 1979: Plinio
Apuleyo Mendoza, Años de fuga. Ver también la contribución de Williams sobre
Colombia en el volumen colectivo compilado por David William Foster, Handbook of Latin
American Literature, Nueva York, Garland, 1987, págs. 153-190. Igualmente, por su
acopio documental, los dos volúmenes de Isaías Peña Gutiérrez La generación del
bloqueo y del estado de sitio. biografías, entrevistas, bibliografías, Bogotá,
Ediciones Punto Rojo, 1973, y La narrativa del Frente Nacional, Bogotá,
Universidad Central, 1982. (Regresar a 9)
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Las estadísticas sobre la violencia han sido tomadas del citado libro de Daniel Pécaut.
(Regresar a 10)
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