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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
14, Volumen XXV, 1988
El libro infantil en Colombia
PATRICIA LONDOÑO
ALICIA FAJARDO M.
Reproducciones: Mario Rivera
SABEMOS QUE desde el decenio de 1970 se aceleraron una serie de cambios en la
vida de los niños en las ciudades colombianas
y en el mundo editorial, que ampliaron el mercado de
libros infantiles. Las librerías empezaron a
ofrecer mayor variedad y cantidad de dichos libros,
los cuales a veces han llegado a ocupar cuartos o secciones
enteras. Hoy, Mundo Libro Infantil en Medellín
y la librería del Centro Experimental del Libro
Infantil y Juvenil en Bogotá trajinan exclusivamente
con este material.
En lo que va corrido del decenio de 1980, también han ido apareciendo
bibliotecas dirigidas a los menores, aunque siguen siendo
muy insuficientes y a veces se orientan más que
todo a la realización de tareas escolares. Pero
ya existen algunas que son pensadas para estimular el
amor por la lectura entre los niños y los jóvenes.
Pienso, por ejemplo, en la biblioteca, de carácter
experimental, de consulta para adultos y de apoyo a
los talleres con los niños, que funciona hace
dos años en el Centro Experimental del Libro
Infantil y Juvenil, y en la de la Fundación Rafael
Pombo, abierta hace poco más de un año,
ambas en Bogotá. O en el caso de las bibliotecas
piloto que el Ministerio de Educación entregó
en el municipio de labio (Cundinamarca) y en el barrio
La Candelaria de Bogotá. Pienso también
en la cadena. de bibliotecas de Comfenalco o en aquellas
anexas a las bibliotecas de las sucursales del Banco
de la República en Pasto, Girardot, Riohacha
y otras ciudades del país.
El surtido ofrecido en librerías y bibliotecas proviene sobre todo de
libros importados. Sin embargo, en sus estantes se han
ido acomodando las primeras muestras del libro infantil
colombiano, aunque esta producción no alcanza
a ser todavía ni el diez por ciento de los libros
de este tipo que circulan en el país.
En conjunto, la calidad de los primeros ensayos dejaba mucho que desear, pero
esto era explicable, pues no existía mucha experiencia
en el oficio de hacer libros para niños. Faltaban
editores preparados para asumir el asunto y, así
mismo, ilustradores y escritores. Mucha ventaja nos
llevaban otros países latinoamericanos como Argentina,
México, Cuba o Brasil; este último, el
único en Latinoamérica que ha sido distinguido
con el más prestigioso premio en el género:
el Hans Christian Andersen.
Cuando se suscitó el interés por los libros infantiles en los años
setenta, poco a poco aparecieron cursos, conferencias
y debates sobre el tema, a pesar de que buena parte
de ellos se desperdiciaron en discutir las interpretaciones
más fantásticas sobre los supuestos peligros
que esta literatura podía encerrar. Con una visión
del mundo cuadriculada, muchos de quienes así
lo llegaron a pensar, dirigían su cantaleta sobre
todo a los cuentos que no eran propios,
pues consideraban que los cuentos que se transplantan
de sus estructuras correspondientes son enajenantes,
y punto. Proponían, en cambio, que se rescatara
la obra de autores colombianos como Tomás Carrasquilla
o Euclides Jaramillo Arango, entre otros, inspirada
en el acervo costumbrista nacional, de alto valor literario
y apta para el lector infantil y juvenil. También
hacían un llamado a que se aprovechara la rica
e inexplotada materia prima contenida en leyendas, tradiciones,
folclor, creencias, cuentos y personajes de la memoria
oral colectiva. A pesar de lo estrecho de su mira, señalar
esto fue la parte meritoria de su trabajo.
Y, efectivamente, en los años ochenta empezaron a publicarse escritos
que parecían atender este último llamado
Las coediciones latinoamericanas una de las formas
de superar las carencias y al mismo tiempo los problemas
de un mercado que desde el punto de vista de las utilidades
seguía siendo estrecho se embarcaron en
series como la dedicada a difundir entre los niños
la propia tradición oral, iniciativa apoyada
por el Centro Regional para el Fomento del Libro en
América Latina (Cerlal) y coordinada en Colombia
por Editorial Norma. Aunque de calidad dispareja, hubo
en estos libros muchas cosas bien logradas.
Menos alentador resultaba el balance de las publicaciones nacionales que se han
inspirado en un repertorio similar, a pesar de que algunos
fueron galardonados en el Concurso Enka de Literatura
Infantil, creado en 1976 y el primer estímulo
para los autores locales del género. A algunos
libros les hacía falta material gráfico,
a otros les sobraba el que tenían, por malo;
en general eran libros que no daban punto,
pues no resultaban atinados ni el tono ni el ritmo,
para que los niños o los grandes
quisieran leerlos.
Fue en el terreno de las antologías de adivinanzas, poemas, cuentos cortos,
trabalenguas y retahílas para niños desde
la primera infancia, donde empezaron a lucirse los libros
colombianos. Recordemos a Polvorín, antología
literaria para niños y País azul,
dos libros de Editorial Presencia, y sobre todo
a los tres tomos de Postre de letras: Arrume de rimas,
Adivina, adivinador y Traba la lengua, lengua
la traba, que por su calidad merecieron en diciembre
de 1986 el Premio al Libro Infantil y Juvenil Colombiano,
que empezó a otorgaren esa ocasión la
Asociación Colombiana para el Libro Infantil
y Juvenil. Una diferencia entre este galardón
y los que ya había antes radica en que éste
no considera únicamente autores de textos, sino
al libro en su conjunto: texto, formato, papel, ilustraciones,
todo. Otra diferencia es que está planteado como
un premio fijo, cada dos años. A excepción
del de Enka, concursos como el Nacional de Novela Infantil,
patrocinado en 1979 por el Centro para la Investigación
de la Cultura Negra, los del Instituto Colombiano de
Bienestar Familiar o el Raimundo Susaeta de 1987, han
sido ocasionales.
Los libros infantiles y juveniles de Editorial Norma
En 1985 Editorial Norma amplió su línea editorial a los
libros infantiles y juveniles con miras a exportarlos
a los países de habla hispana. Entre las editoriales
que operan en Colombia, ésta es tal vez la que
ofrece al mercado mayor variedad de títulos para
niños, en su mayoría proyectos importados
y traducidos que se imprimen y encuadernan en el país.
Otras de las editoriales que publican este tipo de libros
son Susaeta, Carlos Valencia Editores, Salvat y, en
forma más esporádica, El Círculo
de Lectores y Editorial Presencia.
Vale la pena echar una ojeada a lo que Norma produce en el campo que nos ocupa.
Entre los libros de ficción, los hay de retahílas,
trabalenguas, adivinanzas, poesías y rimas, todos
ellos ilustrados, así como también otros
de narrativa lograda únicamente a punto de imágenes.
Hay otros, de carácter más informativo
que literario, que consiguen su objetivo bien sea a
través de lo gráfico, combinando lo visual
con lo escrito o mediante actividades de escritura,
dibujo y trabajos manuales que los niños pueden
realizar. A esta categoría de no ficción
pertenece Así éramos los muiscas, casi
totalmente colombiano, coeditado por la Fundación
de Investigaciones Arqueológicas Nacionales del
Banco de la República, con textos de María
de la Luz Giraldo de Pueche ilustrado por el brasileño
Gian Calvi.
Obtuvo en 1986 la segunda mención en el premio de la Asociación
Colombiana para la Literatura Infantil y Juvenil.
Los libros animados ofrecen resúmenes y escenas de cuentos clásicos
infantiles, de aventuras de personajes como Popeye o
el oso Yogui, de narraciones modernas, o proveen información
sobre plantas, animales y cosas del mundo. Traen numerosas
ilustraciones e imágenes tridimensionales de
gran tamaño, que en algunas series permiten movimientos.
Los libros tridimensionales, aclamados best-sellers a nivel mundial
(Catálogo de Norma, 1987, pág. 42), están
dirigidos tanto a jóvenes como adultos. Son modelos
a escala del Principio de la vida, la Evolución
y el Cuerpo humano y otros; dibujos y caricaturas
de grandes construcciones del mundo, de viajes por países
exóticos, o del funcionamiento de trenes, barcos,
aviones y automóviles, cámaras fotográficas,
computadores personales; datos sobre la vida de los
animales, acerca de personajes históricos o del
clima. Uno de ellos, Cristóbal Colón,
libro colombiano dedicado al quinto centenario del
descubrimiento de América, alcanzó mucho
éxito en la Feria de Francfort el pasado mes
de octubre.
Los primeros libros infantiles colombianos
Con esta frase se están anunciando actualmente cuatro nuevas colecciones
de Editorial Norma, las cuales paso a comentar en seguida.
Son ellas: Mira qué es esto, pensada para
los nenés; Un mundo de cosas para mirar, para
párvulos de dos a seis años; Chigüiro,
para niños de cuatro años en adelante;
y por último la colección Abra palabra,
que abarca diferentes edades. Su concepción y
dirección estuvo a cargo de Silvia Castrillón;
la dirección artística la desempeñó
Diana Castellanos; la producción, Marta Forero.
Un mundo de cosas para mirar fue publicada en
1986 y el resto en 1987.
1. Colección Mira, ¿qué es esto?
Seis libros con palabras ilustradas para bebés, que les muestran representaciones
de su mundo más inmediato como en Mira
tus juguetes, Mira tus cosas y Mira tu casa
y de otros entornos que ellos aún desconocen
como en Mira tus animales y Mira tus
plantas. Para cada página, Cristina
López dibujó un objeto de manera atractiva,
realista y simple pero no esquemática, enmarcado
por una amable margen de colores y nada más.
Aunque se trata de un libro informativo, su intención,
antes que atarugar al niño para que aprenda más
rápido, es que éste disfrute con las imágenes
y las reconozca, iniciándose de paso en
el mundo de los libros y enriqueciendo su expresión
verbal y gráfica. La última página
trae sugerencias de juegos que los adultos pueden realizar
al mirar los libros con los pequeñines, identificando
con éstos los objetos, los colores, lo que más
les guste, para qué sirven las cosas, etc., sugerencias
que se rematan con el consejo de que todas estas
actividades deben tener carácter de juego y no
de tarea escolar.
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| Ivar Da Coll, chigüiro viaja en chiva, Bogotá, Editorial Norma.
1987. Colección el chigüiro
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Martha Riuz, Mira tus cosas, Bogotá, Editorial, Norma, 1987, Colección
Mira ¿Qué es esto? |
2. Colección Chigüiro
Al recorrer las secuencias de imágenes que muestran cada uno de los seis
libros de esta colección, los niños de
cuatro años en adelante pueden armar historias
de cómo el chigüiro viaja en chiva, se hace
el chistoso, encuentra ayuda, juega con un lápiz
o con un palo, seducidos por la forma tierna, pícara,
juguetona y solidaria como actúa este animal.
Al final del libro se informa quién es el protagonista: un simpático
mamífero, el roedor más grande del mundo,
que habita en manadas cerca de los ríos, lagunas
y pantanos de algunos países suramericanos, especialmente
de Colombia y Venezuela, y actualmente en proceso de
extinción. Hay otra nota titulada A los
padres, donde se explica a los adultos qué
utilización cabe dar al libro. Por último,
se incluye un autorretrato y una breve nota en que Ivar
da Coll, colombiano a pesar de su nombre, autor de las
historias y las ilustraciones, les dice a los lectores
que nació en 1962 y que, entre otras cosas, ha
sido príncipe, león, ogro, y hasta
ratón, cuando era titiritero y ahora como
ilustrador.
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