Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 14, Volumen XXV, 1988

 

 

Felipe Valencia, la ciudad Bogotá, Editorial Norma, 1986, Colección Un mundo de cosas por mirar

 

3.  Colección Un mundo de cosas para mirar  

He aquí otra media docena de libros informativos en imágenes para niños que aún no saben leer. En ellos aparecen los “elementos que componen la vida familiar, la organización social, la cultura y la diversión” (Catálogo de Norma, 1987), cada uno trabajado por una persona diferente, así: La ciudad, por Felipe Valencia; La escuela, por Stella Cardozo; La casa, por Cecilia Cáceres; Las diversiones, por Esperanza Vallejo; La granja, por Ivar da Coll, y El mercado, por Alekos. La colección obtuvo el segundo premio en el Concurso Nacional de Carátulas (1987), organizado por la Cámara Colombiana de la Industria Editorial (el primer premio lo recibió un libro para adultos). 

Es similar a la colección Mira, ¿qué es esto?, pero dirigida a niños un poco mayores, de dos a seis años. Las imágenes, que recrean aspectos del tema al que se dedican las diez páginas de cartón grueso que forman cada volumen, pueden servir como punto de referencia para que los niños se imaginen historias. Así aprenden a “formar conceptos, hacer generalizaciones y enumeraciones, establecer relaciones...”. (Catálogo de Norma, pág. 10) y a desarrollar el gusto por la lectura.

 

Alekos, El mercado, Bogotá, Editorial Norma, 1986. Colección Un mundo de cosas para mirar Como surgieron los seres y las cosas, Editora Martha Muñoz de Coronado. Coedición Latinoamericana.

 

4.  Colección Abra palabra  

Esta colección trae muestras de la tradición literaria oral, latinoamericana y mundial. Se trata de una colección abierta, de la que irán saliendo nuevos títulos, apta para diferentes edades. Hasta ahora se han publicado El mico y el loro, La casa que Juan construyó, Palabras que me gustan, Rafael Pombo, poemas y están anunciados otros títulos de próxima publicación: Cúcuru Mácara (poesía folclórica), Tope tope tun (arrullos, rimas y juegos) y Ensalada de animales (otro de tradición oral). Como en este caso no se trata de una serie, voy a examinarlos uno por uno. 

 

El mico y el loro: tradición oral, ilustraciones de Diana Castellanos, Bogotá, Editorial Norma, 1987. Colección Abra Palabra.

—El mico y el loro, mi favorito, es un relato en verso, de tradición oral, ilustrado por Diana Castellanos. Se trata de un libro con texto cómico, sonoro y corto, en letra grande, y con ilustraciones donde están retratados nuestros pueblos de la costa caribe. Un libro que cumple todos los requisitos para que a los niños mismos les provoque leerlos. Es la historia de dos animales que imitan, el uno con su gesto, el otro con su hablar, al hombre, los cuales un buen día se montan en una absurda pelea de la que no sobrevive sino uno de ellos, que tiene que desterrarse inmediatamente después.  

No pienso que los libros para niños tengan la función de predicar tal o cuál forma de pensamiento o de comportamiento. Afortunadamente, hoy ya empieza a calar la idea de que parte de su razón de ser es el goce y enriquecimiento de la imaginación. Pero esto no quiere decir que dejemos de ver el mérito y, por qué no decirlo, hasta la utilidad, del mensaje o contenido que puedan tener los libros cuando estos transmiten valores positivos, y lo hacen de forma implícita, de tal manera que no le señalan derroteros estrechos de comportamiento al lector. Me parece que esto sucede con el libro El mico y el loro. Allí, tanto el texto como las ilustraciones muestran lo ridículo que resulta la violencia por la violencia, y eso hoy vale la pena destacarlo. 

Las ilustraciones de Diana Castellanos motivaron la inclusión del libro en la lista de honor que selecciona la Organización Internacional de Libros para Niños y Jóvenes (International Board of Books for Young People). En la página final hay una espontánea nota autobiográfica de la ilustradora, cuyo nombre ya era bien conocido por sus anteriores trabajos. 

 

La casa que Juan construyó, ilustraciones de Diana Castellanos, Bogotá, Editorial Norma. 1987 Colección Abra Palabra

 

—La casa que Juan construyó, otro libro basado en la tradición oral. Como en esta ocasión sí se da el crédito completo, podemos saber que se trata de una retahíla de origen inglés, adaptada e ilustrada por Diana Castellanos, quien se regodea mostrando aspectos del barrio bogotano de La Perseverancia, al que dedica el libro. Aparecen las calles, las casas por dentro y por fuera, los tenderos y otros residentes, los burros, perros, gatos y hasta un gallinero en un tejado, calcado de la realidad. Cada página contiene multitud de detalles para ver y volver a ver, pues siempre se podrá hallar algo en que antes no se había reparado. La presentación es impecable. Los colores, especialmente aquellos azulosos del paisaje urbano de las guardas, son muy bellos; y el papel, un tris más grueso que en el libro anteriormente reseñado, le sienta bien.  

Como vimos, se habían hecho antes en el país muchos otros esfuerzos por rescatar la tradición oral a través de la literatura infantil, pero las ediciones siempre habían fallado en algunos o en todos los elementos que componen el libro. Por ello resulta tan gratificante repasar este par, donde son agradables la adaptación del texto, las ilustraciones, el tamaño de la letra y el formato. 

—Palabras que me gustan. Diccionario fantástico. Quien ama los libros casi siempre se enamora a su vez de los diccionarios. Y existen muchos estilos de diccionarios. En éste, Clarisa Ruiz escogió un centenar de palabras que le gustan porque la hacen reír, porque le suenan bien, porque la asustan, por ser chiquitas o por grandulonas. La selección es tan personal como la que podría hacer cualquier otro que emprendiera la misma tarea. Lo importante aquí es que éste no es un diccionario cualquiera; es decir, no es lógico ni común. Cada palabra “se define” mediante la transcripción de un poema, una canción, un trabalenguas, un trozo de un cuento o una novela, escritos por ella misma o tomados de distintos autores, no importa cuál sea su época, su geografía, si son famosos o desconocidos.  

Esperanza Vallejo acompañó cada palabra de ilustraciones, a veces una sola, a veces varias, las unas grandes, las otras chicas, y en las dos últimas páginas agregó dos hojas de cuaderno rayado para que el dueño escriba sus palabras favoritas. 

—Rafael Pombo, poemas trae algunos de los mismos poemas que estaban en el libro Cuentos pintados que todos conocimos desde pequeños y otros menos conocidos, pero igual de sabrosos. Tanto nos habíamos acostumbrado a los personajes dibujados por Casajuana, que ponerse a ilustrarlo de nuevo era casi un atrevimiento, y otros intentos no habían sido muy afortunados. Pues, en el caso que nos ocupa, el caleño Nicolás Lozano lo hizo y le fue bien. Hay que agregar que la diagramación es muy cuidadosa.  

 

Para concluir 

Cuatro colecciones ideadas, ilustradas, impresas y encuadernadas, y en su mayor parte escritas en el país, dirigidas a la gama completa de edades de los “lectores” infantiles y que abarcan todas las posibilidades de “lectura”: de la imagen, del texto literario y del texto informativo. Cuatro colecciones que reconocen que deben existir varias clases de libros para los niños, al igual que sucede para los adultos, pues los lectores tienen necesidades distintas que dependen de la edad, pero también de los gustos y preferencias. Por todas estas razones, cabe afirmar que se trata de un hecho nuevo e importante en el mundo editorial colombiano. 

Incluye textos conocidos, como los poemas de Pombo, algo de tradición oral, e igualmente comprende otros tipos de libros que no se habían hecho antes en el país. Me refiero a aquellos pensados para los que todavía no saben leer. Otra novedad consiste en la atención integral que recibe el libro: todas sus partes importan y se les da un tratamiento profesional, que denota un trabajo de equipo y la trayectoria de las personas que en él participan. Es de hacer resaltar el papel que cumple la imagen —y, por consiguiente, la calidad de la impresión—, algo muy descuidado en otros proyectos. 

El esmero en la confección de los libros que nos ocupan y de otros títulos total o parcialmente colombianos, que se han producido recientemente, indica un elevamiento la calidad que permite evaluar cuánto se ha adelantado en Colombia en este campo y el efecto que van dejando el fogueo con los lectores, los cursos, talleres, premios, bibliotecas y listas de libros recomendados elaboradas por personas conocedoras del tema, en las que empieza a basarse la demanda. 

Por último, un detalle llama la atención: la literatura para jóvenes brilla por su ausencia en estas colecciones. Pero recordemos que es en este terreno donde sigue siendo más aguda la escasez de autores nacionales. Mirando el camino recorrido, es de esperar que dentro de un tiempo empiecen a aparecer. Por ahora es un gusto encontrar estas nuevas colecciones infantiles colombianas. 

 

PATRICIA LONDOÑO     

 

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