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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
14, Volumen XXV, 1988
Socaire
Socaire (1) es un cuento infantil donde el humor y la ternura corren paralelos a las aventuras
de una niña de nueve años y de su amigo,
el capitán loco. El verdadero nombre
de la pequeña es María Isabel, pero su
viejo abuelo pescador la llamaba Socaire,
que quiere decir al abrigo del viento. El
capitán, su compañero de juegos, es un
hombre disciplinado en su trabajo, pero en los períodos
de descanso se dedica a las travesuras. Divirtiéndose
en la playa o navegando por el mar, los dos personajes
exploran los secretos de la amistad y del mundo submarino.
Empleando elementos característicos del cuento infantil y de la fábula
la niña que disminuye de tamaño
o la presencia de la tortuga y el delfín parlantes,
Pilar Lozano transforma los arquetipos provenientes
de la tradición europea a los que el lector-niño
está acostumbrado. El había una
vez un capitán loco, con que se inicia
el cuento, continúa fluyendo en un lenguaje simple,
infantil y cotidiano; gracias a frases breves y transparentes,
entra en escena un capitán entre cuyas locuras
se cuenta el anhelo de arrullar a una niña, en
lugar del de tener un varón para que creciera
igual a él; aparece también la pequeña
Socaire, a quien gustan más los balones que las
muñecas y quien quiere ser pelota para así
poder saltar tan alto como desee.
El mundo de fantasía en que coexisten los pobladores de esta historia
es el mundo del conocimiento y del juego. En compañía
del capitán y posteriormente con la tortuga Tomasa
y el delfín Serafín, Socaire recorre las
profundidades del mar averiguando lo que son las esponjas
silíceas y las algas microscópicas, y
aprendiendo las diferencias que existen entre el sinnúmero
de seres que habitan bajo el océano. La naturaleza
didáctica de Socaire no disminuye en nada
la cualidad lúdica del relato ni el interés
que despiertan las aventuras de los personajes. Por
el contrario, el proceso de aprendizaje del lector es
simultáneo con el de la chiquilla, lográndose
así la empatía entre uno y otra, y la
introducción del primero en el cosmos del cuento.
Fuera de su actividad periodística, Pilar Lozano ha recorrido el espacio
de la imaginación infantil con la publicación
de Socaire y con su último libro Colombia,
mi abuelo y yo (1987); éste es un textocuento
de geografía, concebido como una narración
puesta en boca de un niño que, junto con su abuelo,
descubre las maravillas del universo y de nuestro país.
A la calidad y gracia de ambas historias, se suma el
acierto con que Olga Cuéllar elabora las ilustraciones
que las acompañan. Sus dibujos recrean e interpretan
logradamente los sucesos relatados y suscitan en el
plano visual la misma simpatía que los personajes
inspiran en el plano narrativo. La historia de la niña
y de su loco amigo está poblada de los detalles
con que Olga enriquece el cuento, y las caras sonrientes
de los aventureros, de los caballitos de mar y de Serafín,
van junto a la sonrisa del lector que se interna en
su mundo.
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Palabras que me gustan: diccionario fantástico.
Clarisa Ruíz, ilustrado por Esperanza Vallejo.
Bogotá. Editorial Norma, 1987
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Juan Tabaco
También del fondo del océano, del interior de la burbuja que se
formó cuando un caballito
y una caballita de mar se besaron, emerge Juan Tabaco.
Juan Tabaco (2) es una carpeta de quince serigrafías en siete colores y sus respectivas
reproducciones para ser coloreadas; los dibujos ilustran,
con figuras cándidas, las preguntas que se hace
el sorprendido personaje de la burbuja cuando sube a
la superficie y observa cuanto le rodea. ¿Por
quién suspira la ballena?, se pregunta
Juan. ¿Dónde descansa mi sombra cuando
yo me acuesto?; ¿quién vive en la
barriga de la guitarra?; ¿qué historia
contarán mis zapatos cuando se les despega la
lengua?.
Y esas respuestas las busca Juan en los niños, cuya ingenuidad e imaginación
es comparable a la de quien formula las preguntas. Es
por eso que las explicaciones dadas por los que han
visto el trabajo de Giuliana Anzellini han satisfecho
a Juan Tabaco: La ballena suspira por el ballenato
, respondió uno; los zapatos cuentan
que están viejos, jartos y cansados,
escribió otro.
Giuliana fue ganadora del segundo lugar en el concurso de cuento Juan Rulfo,
celebrado en París (1986), con su relato La
enseñanza de Buda. En su reciente creación
pictórico-literaria, espera que sean sus lectores
quienes completen la labor: el volumen de esta obra
sólo hallará su plenitud en la medida
en que los niños reciban el mundo que Juan les
ofrece, lo llenen de sus propios colores y cuenten sus
propias historias a quien aún no sabe cuántos
adioses tiene un parabrisas.
Retozos pluviosos
Al parecer, el universo del agua es un lugar de donde recurrentemente
surgen la fantasía y la magia de la infancia.
En Retozos pluviosos
(3) , la lluvia invade la prosa poética de Alvaro Morales Aguilar y se constituye en el motivo en
torno al cual giran sus composiciones. Como en su obra
anterior, Vida y asombros de don Ruma
(1984), Morales se nutre en Retozos de la
dinámica de un contexto rural; en aquélla,
el protagonista es el sabio y anciano cuentero popular
de cuya boca de sombrero de mago salen innumerables
historias.
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| Giuliana Anzellini F., Juan Tabaco, Tenjo, Taller Gráfico de Javier Gutiérrez,
1987. |
Sin embargo, en ambas obras se advierte falta de dominio sobre el material con
que se elaboran las creaciones. Vida y asombros evidencia
debilidades técnicas que se manifiestan, por
ejemplo, en diálogos que fluyen trabajosamente,
o en una voz omnisciente que disminuye la eficacia de
la modalidad oral de las narraciones de don Ruma. El
relato se desenvuelve, además, a través
de una serie de breves historias populares encadenadas,
que bien podrían prescindir de la historia principal
que las enmarca; ello se debe, sobre todo, a la falta
de volumen de los personajes, que pierden su perfil
individual al ser superados por la dimensión
que adquieren los acontecimientos.
También en Retozos se manifiesta esta carencia de control sobre
el lenguaje literario. El libro está formado
por un conjunto de fragmentos que recurren a episodios
de la infancia, en los que la lluvia cambia el ritmo
de las actividades; la lluvia es el momento insólito
en que los niños inventan nuevos juegos y se
dedican a la ensoñación. El tono descriptivo
de estas composiciones se queda en el nivel de lo obvio
y elemental; de allí que inhiba la formación
de imágenes poéticas de calidad que alimenten
e impulsen la fantasía del lector. Tal es el
caso de La lluvia y la solidaridad, donde el
autor anda en el simplismo, al referirse a los cambios
que se operan en la gente cuando llueve: Empiezan
a desnudarse las nubes/ los techos a murmurar/ enseguida
nos/ reunimos a conversar./ Si arrecia y se desbandan
los rayos y se despeñan/ los truenos,/ nos acordona
el pavor/ y nos amarra la boca. En otros casos,
la pobreza del lenguaje lleva a que el yo lírico
se estacione en lugares comunes como los de su exclamación
"¡Bella es la naturaleza!", ante el espectáculo
de la tormenta, o su referencia a la perennidad del
croar de los sapos con que habremos de dormir/
jamás por siempre.
Por otra parte, en aquellas instancias en que el autor pretende concebir metáforas
que tengan vuelo poético, se limita a un reducido
repertorio de referentes; las gotas de agua, la tormenta
y los charcos constituyen las principales manifestaciones
naturales a las que Morales acude para la recreación
literaria del fenómeno de la lluvia. En consecuencia,
el lector se halla ante una cadena de imágenes
que, dada su repetición, pierde fuerza: las gotas
de lluvia son chispas de icopor, maíces de agua,
centavos, harina, pulgas relumbrantes; el agua empozada
en las calles semeja lunares, ojos de agua, mares enanos
de agua de azúcar; la tormenta es un tropel de
fiesta, candela y humazón.
El título de la obra anuncia una atmósfera de alegría y
juego que posteriormente se ve opacada por un lente
de nostalgia. Este libro se sitúa más
en el plano de lo que es la evocación de escenas
infantiles desde el punto de vista de un adulto, que
en la dimensión de una obra para niños.
El lenguaje sencillo no es suficiente para hacer de
ésta una obra infantil, puesto que el tipo de
reflexiones que la constituyen parten de la añoranza
del pasado, rasgo ajeno a la mentalidad de los niños.
Dentro de esta línea se halla el poema La
lluvia y la infancia. Desde los días
de la estera/ y de los baños en batea/ a esta
parte, se ha ido/ forjando la vida a machacones/ de
herrero y el cuerpo camina/ y respira cuarteado por
los años.
A la rigidez y unidimensionalidad literaria de Retozos, corresponde la
de sus ilustraciones, también realizadas por
Alvaro. Se trata de representaciones de trazos infantiles
en los que el autor adulto no logra superar su poca
disposición para el dibujo; supongo que la convicción
que subyace a esta iniciativa es la de que lo
que es infantil, es para niños. No obstante,
pienso que tal actitud pasa por alto el horizonte de
expectativas tanto del niño como del adulto.
En literatura, así como en pintura, el género
infantil es la plasmación de un potencial imaginativo
y creativo que el niño aún no está
en capacidad de concretar y que el arte viene a incentivar
y a suplir. Las ilustraciones y los contenidos de Retozos
pluviosos no trascienden la dimensión de
lo posible infantil, y por lo tanto este libro no alcanza
a situarse como objeto logrado dentro de su género.
Continuar
(1) Pilar Lozano, Socaire. Bogotá, Carlos
Valencia Editores, 1987, 74 págs. (Regresar
al 1)
(2) Giuliana Anzellini F., Juan Tabaco, Tenjo, Taller
Gráfico de Javier Gutiérrez, 1987, 34
págs. (Regresar a 2)
(3) Alvaro Morales Aguilar. Retozos Pluviosos, Bogotá,
Sección de Imprenta y Publicaciones de la Contraloría
General de la República, 1987, 42 págs.
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