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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
14, Volumen XXV, 1988
La novela es tan absolutamente minuciosa, que a medida que aparecen los personajes
principales y secundarios no se escatima
en la información acerca de ellos y de todo aquel
con el que se relacionan, dando cuenta hasta de su pasado
más remoto. Hay exceso de información,
parrafadas hiperbólicas, solución a las
situaciones que de pronto resultan inverosímiles.
Hasta la presencia de Lina Insignares, como parte de
la acción o como simple interlocutora, resulta
tediosa.
Es hiperbólica al plantear la manera como los hombres sojuzgan a las mujeres.
Al mismo tiempo lo es la forma como se justifica la
actitud lacerante de los hombres hacia las mujeres.
De un lado están ellas, Dora, Catalina y Beatriz,
enfrentadas al hombre, mal mayor, que les tocó
en suerte. Cada una a su manera, logrará deshacerse
del tirano. Dora, la más ingenua y sin elementos
para dar la batalla, encontrará en la huida de
Benito Suárez su forma de liberación,
pero de todos modos quedará estigmatizada, con
el cuerpo torturado, amputado, pinchado y drogado con
el único objetivo de anular su instinto sexual.
Catalina será la más audaz; probablemente
la favorece la fortuna que hereda de su madre, porque
resiste largamente su matrimonio con Alvaro Espinosa,
calculando fríamente la forma de quitárselo
de encima. Beatriz es la voluble, con crisis religiosas,
grandes oportunidades, militancia maoísta; se
casa con el hijo de un inmigrante alemán, Javier
Freisen, impulsivo a la manera de Benito Suárez,
con quien llevará una vida bastante plana y frustrada.
El terror bíblico de los hombres a las mujeres, base central del argumento,
larga indagación sobre el placer, placer en saber
sobre el placer, forma un todo enunciado por Foucault:
Entre sus emblemas, nuestra sociedad lleva el
del sexo que habla. Del sexo sorprendido e interrogado
que, a la vez constreñido y locuaz, responde
inagotablemente. Cierto mecanismo, lo bastante maravilloso
como para tornarse él mismo invisible, lo capturó
un día. Y en un juego donde el placer se mezcla
con lo involuntario y el consentimiento con la inquisición,
le hace decir la verdad de sí y de los demás.
El terror de los hombres a las mujeres, en las que ven el origen del mal, Lina
lo escucharía de labios de tía Eloísa:
Así, desde el principio, apenas comenzaron
a fabular su historia, los hombres manifestaron cobardía:
reconociendo implícitamente en la mujer el origen
de la rebelión, habían enunciado el formidable
mensaje de poder inscrito en aquellas frases para mejor
reducirlo a un sentimiento de pérdida. Porque
los hombres no escapaban jamás a la ley del padre
y, si conducidos por una inteligencia femenina se sublevaban
contra él un instante, al siguiente regresaban
contritos y angustiados a someterse a su autoridad.
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A menudo el peso de la tesis, el afán de sustentar su diatriba contra
el sexo masculino, provoca anécdotas inverosímiles,
situaciones hiperbólicas sujetas a la voluntad
de entregar un discurso feminista a ultranza. El problema
de la literatura seguirá siendo el cómo,
el estilo. Comparto la opinión de Vargas Llosa
cuando dice que las buenas historias de la literatura
no suelen venir con su moraleja bajo el brazo; ellas
nos aleccionan a menudo, indirectamente, y de una manera
que su autor no pudo prevenir ni acaso ayudar.
Porque no otra cosa que el afán de diatriba contra el sexo femenino, es
lo que produce argumentos como éste: Porque
ellos eran diferentes: rudos, musculosos, desordenados;
su influjo nervioso les hacía actuar con precipitación,
su producción de adrenalina los volvía
patológicamente agresivos, la regularidad de
sus hormonas les impedía conocer la gama de matices
de la sensibilidad. Por exceso o por defecto ellos se
alejaban de la norma: la mujer: el ser que daba, protegía
y continuaba afirmando la existencia del hombre, quien
lleno de frustración se las había amañado
para ignorar la realidad de su insignificancia presentándose
a sí mismo como creado a imagen y semejanza de
Dios (cosa que debía de hacer estremecer de risa
al universo) y que valiéndose de su fuerza física
se había vengado de la fecundidad femenina, a
todos los estadios de eso que llamaban cultura y que
en fin de cuentas se reducía a disfraces de una
misma barbarie, expuesta en su inicial desnudez entre
los pueblos primitivos que cosían el orificio
vaginal para luego abrirlo a fuerza de cuchillo o arrancaban
el clítoris con un instrumento parecido a la
ganzúa, más elaborada o camuflada en la
sociedad a la cual ella, tía Eloísa, había
decidido adaptarse sin dejarse en un momento alienar,
es decir, ocupando siempre el lugar que por naturaleza
le correspondía, el de reina de amantes y servidores,
pero manteniendo con los representantes del sexo inferior
las mejores relaciones del mundo, pues a pesar de sus
defectos tía Eloísa los amaba a ellos,
los peludos, suficientes, vanidosos hombres que tanto
placer le habían dado en su existencia.
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El enaltecido cosmopolitismo de estas mujeres parece
un contrasentido. Son
casi siempre herederas de cuantiosas fortunas o tienen
vínculos con la clase
prominente local, y sin embargo no parece servirles
de nada: en casi todas hay
un regreso frustrante (véanse tía Irene,
Divina Arriaga, Beatriz).
El exceso de información (desde las estepas,
pasando por la Italia fascista,
espías alemanes en Colombia, colombianos en la
resistencia francesa, Turín,
París, Tunja, Bogotá, la Guajira) sobre
casi ciento cincuenta años de historia
produce como respuesta la reiteración y el agobio
de conocer los intríngulis de
la solución de las situaciones (el suicidio de
Beatriz, la iniciación sexual de
Alvaro Espinosa en el prostíbulo de Petulia,
la batalla del reinado del periodismo, tía Irene
y su relación con los italianos, María
Fernanda y su misión de ponerle un amante a Alvaro
Espinosa que lo llevará al suicidio, Benito Suárez
escondido en la selva añorando a Dora). Es una
novela que apunta a la
explicación del deseo y su aprendizaje. Dos generaciones
confluyen para
mostrar un estado de cosas que no puede ser más
pavoroso y que en el fondo lo
es para los dos sexos. No hay triunfadores, ambos son
igualmente perdedores.
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Hasta aquí lo que ha sido mi lectura. Nuevamente repito que son opiniones
su absolutamente personales, sujetas a mi propia subjetividad,
señalando que no es mi interés hacer crítica
y que muy probablemente me haya equivocado. Otros
con mucho mayor autoridad en estos emprendimientos también
se a equivocaron. Gide se equivocó con Proust.
Virginia Woolf se equivocó con Joyce . |