Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 14, Volumen XXV, 1988

Literatura a toda velocidad


Manual de la literatura latinoamericana
Isaías Peña Gutiérrez

Educar, Bogotá, 1987, 374 págs.
 

Un manual es un libro de alta velocidad. Su lector es un hombre que padece de una inaplazable necesidad de información de la cual puede depender el monto de una apuesta, la nota de un examen o la vertical número cinco de un crucigrama. Peña Gutiérrez ha escrito su Manual para estos lectores apresurados, pero también para aquellos que quieren saber algo de literatura y no tienen por dónde comenzar ni qué leer. En este sentido (y en todos), el autor no se aparta de lo que se suele entender por un manual: se trata de una obra de divulgación, escrita en un lenguaje claro y sencillo y que viene acompañada de un índice onomástico y una tabla de contenido que se compadecen de las urgencias del lector y le facilitan el conocimiento de una breve noticia literaria. 

Y por el contrario, leer el Manual con un mayor detenimiento, un domingo en una poltrona y desde la primera página hasta la última, puede conducir al marasmo o a la postración. Como todas las obras de su tipo, este trabajo de Peña Gutiérrez quiere ofrecer al mismo tiempo una información detallada y una visión panorámica de la literatura latinoamericana. El equilibrio entre ambos propósitos no es fácil de alcanzar. Escritores como Paul Valéry y Jorge Luis Borges han sugerido prescindir de los detalles y escribir una historia de la literatura que omita los nombres de los autores y el lugar y la fecha de su nacimiento y su muerte, pero esa historia resulta imposible de escribir o, cuando menos, no ha sido escrita todavía. Tanto Pedro Henríquez Ureña como Luis Alberto Sánchez y, más recientemente, John S. Brushwood (para mencionar sólo a tres influyentes historiadores de nuestra literatura) no han podido evitar las listas de obras y de autores. Sin embargo, su virtud ha consistido en la singular y a veces polémica relación que establecen entre una obra y otra, en la peculiar manera que tienen de ordenar la biblioteca ideal de la literatura latinoamericana. 

El Manual no logra ese propósito. Su ambición es más de tipo cuantitativo que cualitativo. En un solo volumen se refiere a las literaturas precolombina y colonial, al romanticismo y al realismo, a la literatura contemporánea y a la literatura brasileña desde el siglo XVI hasta nuestros días. Con tan desmesurada cantidad de información (se mencionan cerca de dos mil nombres), el Manual se convierte en un simple catálogo de obras y de autores. Esto no quiere decir que la información se presente siempre de un modo tan escueto o que no se pueda inferir de su presentación una idea de lo que, según el autor, ha sido el proceso de la literatura latinoamericana; pero debido a que Peña Gutiérrez no tiene una concepción historiográfica clara, sus afirmaciones terminan siendo desbordadas y dominadas por una historiografía más tradicional y contraria a la que él mismo quisiera. 

Así por ejemplo, en la “Advertencia” declara que su objetivo es estudiar la literatura latinoamericana en el dinamismo que engendran tres perspectivas complementarias: el individuo, la sociedad y la forma literaria (pág. IX). Varias veces repite esta afirmación (págs. 104 y 206), y aunque es obvio que la falta de espacio le impide hacer cualquier tipo de reflexión sobre sus presupuestos metodológicos, tampoco el lector llega a apreciar ese dinamismo en la simple presentación de las obras literarias. El aspecto individual se limita a unas breves notas sobre la vida de un autor, el aspecto social a una rápida descripción del momento histórico que le tocó vivir, y el aspecto literario a la reseña de la obra o a la enumeración de cinco o seis características del período o del movimiento estético en que se sitúa. 

Esta metodología es pobre y poco original, y cuando se emplea a fondo convierte los estudios literarios en un asunto de clasificaciones o taxonomias. Hace ya más de treinta años que Northrop Frye advirtió en su Anatomía de la crítica sobre la necesidad de despojar los estudios literarios de métodos que parecen inspirados en la botánica. Sólo dentro de una concepción “botánica” de la literatura es posible afirmar, por ejemplo, que el realismo finisecular tiene ocho características (y no nueve), que el modernismo tiene seis (y no cinco ni siete) y que se debe distinguir con precisión de filatelista entre el realismo mítico o mágico, el realismo maravilloso y el realismo fantástico. 

Antes que asumir a ciegas viejas categorías de clasificación o proponer otras nuevas que hagan más embarazoso hablar de literatura, es preferible establecer una relación crítica con las categorías ya existentes, de tal manera que ellas mismas ofrezcan nuevas perspectivas de lectura, nuevos modos de comprensión de la obra literaria (que es, en última instancia, lo que más importa). Peña Gutiérrez adopta esta actitud crítica cuando decide romper el vínculo que usualmente se establece entre el costumbrismo y el movimiento romántico: “para el romántico lo nacional (la patria) es una ausencia; para el costumbrista es una presencia por consolidar”, y mientras el primero adopta una postura solemne y trágica, el segundo prefiere el tono ligero y las observaciones picantes (cap. VIII). 

La misma actitud crítica se observa cuando el autor intenta comprender el sistema literario que constituyeron las obras narrativas de los años 30, la novela de la tierra, la novela de la revolución mexicana y la novela indigenista (que los “botánicos” literarios distinguen de la novela indianista). Peña Gutiérrez anota entonces que todas estas obras literarias comparten una gran preocupación social:  

Entronizados quienes habían ido ganando las guerras civiles, fundadas las primeras capitales nacionales y ajustadas todas las internacionales, definidas las nacionalidades o los estados, asumida la autoctonía cultural, las luchas pasaron a otro estadio: el de las relaciones sociales entre los detentadores del poder y del capital y las masas campesinas [...] los obreros, los empleados, los mineros, o los sin oficio [pág. 178].  

Estos aciertos, estos comentarios que parecen polémicos a la luz de una historia más tradicional de nuestra literatura, no son tan frecuentes como fuera de desearse. Es comprensible que un manual evite los riesgos, que elija la presentación de una obra a su discusión, que prefiera un pávido estilo de enciclopedia al tono más audaz del ensayo. Inevitablemente, los lugares comunes de la crítica abundan en sus páginas. La literatura aborigen es de nuevo surrealista (pág. 9), el barroco vuelve a dividirse en culteranismo y conceptismo (pág. 30), Machado de Assis “se adelantó a su tiempo” (pág. 306) y los poemas de Vinicius de Moraes “preludiaban su deceso trágico en la década del 70” (pág. 320). 

Muchas veces los lugares comunes se deben a un vacío en la investigación o a que las fuentes del autor son secundarias (y hasta terciarias). Cuando se ocupa de la literatura del siglo XVIII, dice que sólo se referirá a Concolorcorvo y como para matar el tiempo declara que “mientras tanto añadiremos un marco de orden histórico, con el que siempre llenan los autores de ‘literaturas’ este siglo penumbroso” (pág. 44); al preguntarse acerca de la poca estima que ha merecido el costumbrismo, afirma sin mayor preocupación que “el origen de esta tergiversación, tan lejana de la realidad, puede encontrarse —vamos a especular— en la leyenda negra española [...]“(pág. 90). Por lo demás, muchas de sus citas no son directas, sino tomadas de otros autores. En el caso del escritor puertorriqueño Eugenio María de Hostos, apunta: “El ensayista colombiano Carlos Arturo Torres, citado por Medardo Vitier, en su libro del Ensayo americano, dijo de él:’[...]" (pág. 278). Antes que cimentarla, estos excesos diluyen nuestra credibilidad. En principio podemos considerar acertada la opinión de Torres sobre De Hostos, pero si Peña Gutiérrez dice que Vitier dice que Torres dice, un parloteo debilita lo que parecía indiscutible. 

Como todas las historias, el Manual de Peña Gutiérrez quiere legitimar una literatura, confirmar su existencia y establecer su evolución y su canon de acuerdo con un criterio ideológico determinado. En el caso del Manual ese criterio, esa idea central corresponde al “mestizaje” o a “la cultura mestiza”, y ha sido inspirada directamente en el autor por las obras del doctor Otto Morales Benítez. Hay, por supuesto, otros escritores que han enriquecido su pensamiento acerca del mestizaje o de la identidad cultural latinoamericana, como Alejo Carpentier o Roberto Fernández Retamar. Estos escritores han querido superar el problemático dilema de Sarmiento, “civilización o barbarie” (Carpentier con la propuesta estética del “realismo maravilloso”; Fernández Retamar con la idea de lo “concreto” que es propia del materialismo dialéctico), pero podría preguntarse si esa discusión no pertenece ya a la historia de nuestra cultura o si, más bien, no ha llegado el día en que debamos plantearnos esa misma historia en otros términos. A propósito de Doña Barbara, la novela de Romúlo Gallegos, dice Peña Gutiérrez: “La ideologización hacía olvidar que [...] Europa no era la ‘civilización’. No éramos bárbaros, entonces, por el simple hecho de no parecernos a Europa, porque ellos no eran la civilización, como tampoco resultamos civilizados por tratar de copiarlos, por la misma razón” (pág. 189). 

Un galimatías lleva de la civilización a la barbarie, un exceso de palabras. Nuestra literatura, como cualquier literatura, se articula a partir de un “otro”, de un “distinto”. Dibujar el perfil de ese “otro”, de ese “curioso interlocutor”, puede ser una tarea tan necesaria como la de buscarnos un espejo en donde apreciar nuestros propios rasgos. Esa tarea excede los límites de un manual y quizás no debe proponerse en la reseña de ese manual. La reseña es un género rápido; la reseña de un manual debe ser tan vertiginosa como un interrogatorio de cultura general: 

— ¿Cuál es el autor de los Comentarios reales?   
El Inca Garcilaso de la Vega.   
— Enumere tres obras precolombinas.   
El Popol- Vuh, el Chilam-Balam y Yurupary   
— ¿En qué año nació Vargas Vila?
    
En 1860.
   
— ¿Podría citar un poema del brasileño Ronaldo Azeredo?

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VVVELOCID
VVELOCIDA
VELOCIDAD

 

J. E. JARAMILLO ZULUAGA