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Las
andanzas históricas del doctor Covo
Einstein
(Relativamente fácil)
Freud (Para inconscientes)
Van Gogh (Para esquizoides)
Leonardo da Vinci (Al fresco)
Javier Covo Torres
El Ancora Editores, 1987.
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Hay muchas maneras de
escribir historia. Muchas más, quizá, de escribir biografías. Desde la más estricta
ortodoxia (si es que alguna queda) hasta los casi infinitos prismas que prestan Marx,
Hegel, Hausser, Lukács, Toynbee, la sociología, la economía, el psicoanálisis, la
perestroika. . . Sin olvidar, además, el inquietante "método emocional" de
Fernando González, o esa forma moderna de la historia: la novela. Javier Covo Torres
(alias Covo), joven arquitecto cartagenero, ha elegido otro método para fabricar
biografías: dibujarlas. O, en todo caso, unir la imagen a los textos para crear un todo
en que la preponderancia gráfica se manifiesta incluso en el
hecho de dibujar, también, las palabras. Estamos,
pues, ante una especie de comics-collage donde las páginas entran, literalmente,
por los ojos: grabados,
fotografías, dibujos, diseños, caricaturas, espacios y títulos. Y, por supuesto, las
admirables glosas de este historiador desabrochado.
Covo vivió en México y
allí publicó sus dos primeros títulos, ahora reeditados y continuados por El Ancora
Editores. No es extraño, pues, encontrar en sus trabajos un eco del caricaturista Rius,
tal vez el más conocido hacedor de este tipo de libros-imagen. La diferencia (una de
ellas) está en que Rius, cuya mejor vena se expresa a través de su historieta Los
olvidados, suele contaminar sus folletines históricos con una carga de
confesionalismo nada plausible en la visión de un humorista. No es este el caso de Covo.
El no escribe (o como diablos se llame lo que hace) para correligionarios. Lo hace más
bien para "esquizoides" o para "inconscientes". Para gente amiga, en
fin, y sin otro propósito que el muy mentado y poco aplicado de enseñar divirtiendo.
Resumiendo: en cuestión
de originalidad, Covo está libre de sospecha. (No otra cosa podía esperarse de alguien
que utiliza como seudónimo su propio apellido). Hemos de afirmar, pues, que todo en estos
libros le pertenece: no sólo su forma de mostrar, de narrar y de sintetizar, sino
también, y ante todo, de desolemnizar un material ciertamente peligroso, por cuanto está
hecho de destinos. El asunto podría mirarse con ojo culinario (todo buen libro tiene algo
de banquete): a esas vidas solemnes o trágicas, Covo les pone sal y pimienta, y las adoba
con un hilo de comentarios risueños y agudos, sin perderles por ello una pizca de
respeto. Cómo logra esa mezcla, digna de los mejores fogones, es uno de los amables
secretos, y el mayor encanto, tal vez, de estas biografías en pantuflas.
Pruebas al canto: un
imponente personaje, copa en mano, nos habla de las generosidades de Van Gogh:
"
Vincent
dio su dinero, su camisa, durmió en el suelo . Alguien se le asoma sobre el hombro:
"¿Ya se le corrió la teja?". Otra más: "La importancia de las cuestiones
sexuales
dice un texto de Freud
en la producción de la neurosis, y la existencia de una auténtica vida sexual en la
infancia, son descubrimientos siempre presentes en la historia del psicoanálisis".
"¡Bah! lo interrumpe un hombrecillo nada convencido ¡Pura pornografía!
".
Y así, a lo largo de
muchas ápocas, crónicas y páginas.
He aquí, pues, un
delicioso menú, que bien puede mirarse como un aperitivo juvenil para posteriores
lecturas, más rigurosas, quizá, aunque ciertamente menos divertidas. Pero no es justo
ceder toda la mesa a los jóvenes. El autor de esta nota, que ya despeina canas, ignoraba
que Van Gogh hubiera nacido dos veces. O que Leonardo hubiera
inventado¡también! el hombre rana. Nunca es tarde para volver a aprender a
leer. O a ver.
ELKIN OBREGÓN
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