Boletín Cultural y Bibliográfico. Número16,  Volumen XXV , 1988


Iconografía bogotana


Santafé, capital del Nuevo Reino de Granada
Carlos Martínez
Bogotá, Banco Popular, Fondo de Promoción de la Cultura, 
1988, 302 págs. Mapas e ilustraciones.
Historia de Bogotá
Fundación Misión Colombia, Bogotá, Villegas Editores, 1988, 
Mapas e ilustraciones, 3 vols.

Como lo señaló alguna vez Hernando Téllez, hasta finales del siglo XIX Bogotá fue más una aldea grande que una ciudad: su vida económica, sus hábitos, su horizonte cultural, debían mucho al entorno sabanero y poco a lo propiamente urbano. Esa transformación de un conglomerado inmerso sin conflictos ni rupturas sustanciales en el medio rural, con sus valores y sus ritmos de vida, en una ciudad que impone su propia marca al medio que la rodea, que subordina y transforma su ambiente, es el tema implícito de buena parte de la Historia de Bogotá, un reciente libro publicado en tres extensos volúmenes por la Fundación Misión Colombia. Los autores, con razones un poco formalistas, sostienen que desde la época colonial ya era Bogotá una ciudad, y esto influye probablemente en su indiferencia radical hacia el mundo de la sabana, hacia los orejones y los hacendados, hacia esa inmensa población flotante que no era ni bogotana ni sabanera, que altera los censos de población y, aunque nacida fuera de Bogotá, viene muchas veces a morir en sus pobres hospitales. Por su parte, el libro Santafé, capital del Nuevo Reino de Granada, de Carlos Martínez, apenas se refierea esos. años remotos de la colonia, y más que en los cambios sociales y culturales se detiene en los aspectos urbanisticos de la expansión santafereña.

Los trabajos en cuestión representan un sustancial aporte al conocimiento de la historia capitalina, y en ese sentido continúan una tradición que, si no abundante, es al menos memorable. Dentro de la pobreza de los estudios de historia urbana en Colombia, donde apenas vale la pena mencionar alguna obra como la de Luis Orjuela sobre Zipaquirá la de Eduardo Lemaitre sobre Cartagena, Bogotá ha estado mejor librada: las Reminiscencias de Santafé y Bogotá de Cordovez Moure y las Crónicas de Bogotá de Pedro María Ibáñez, están llenas de imágenes de la historia local y más recientemente, Carlos Arbeláez y el mismo Carlos Martínez han hecho diversos trabajos sobre la historia bogotana, para no hablar de contribuciones menores, como las de Moisés de la Rosa y Daniel Ortega Ricaurte.

Carlos Martínez ha dedicado buena parte de su vida al estudio de la historia bogotana, y publicó hace años sus Apuntes sobre el Urbanismo en el Nuevo Reino de Granada. (Bogotá, 1967) y el libro Bogotá, Sinopsis sobre su evolución urbana (Bogotá, 1976), así como una interesante colección de descripciones, Bogotá, reseñada por cronistas y viajeros y ilustres, Bogotá, s. f.). Todos estos años de trabajo cuidadoso sobre la historia local le han dado un magnífico dominio de los detalles de la historia arquitectónica y urbanística de la capital, sobre todo durante la colonia, lo que encuentra su expresión en su último libro, en el que Martínez ofrece una visión de arquitecto de la evolución bogotana. Sus énfasis están en los aspectos materiales de la vida urbana, la traza de la ciudad, la distribución espacial de funciones y servicios, de puentes, caminos, fuentes y edificaciones, en las normas de administración y en el desarrollo de los servicios esenciales: acueductos, alcantarillados, mataderos, mercados, cementerios, aseo, etc. En casi todos estos temas, su trabajo es seguro y presentado con claridad; sin alardes teóricos ni preocupaciones interpretativas, e ilustrados con mapas, planos y gráficos bastante útiles. Buena parte del trabajo está destinado a reseñar las principales edificaciones de la ciudad, tanto civiles como eclesiásticas, y a describir los procedimientos constructivos usuales. La vida social encuentra su cabida, más allá de lo estrictamente arquitectónico, en su preocupación por algunos servicios colectivos, como la educación, el sistema de correos, el cuidado de enfermos e indigentes, o en sus breves presentaciones de la historia del teatro, de las diversiones o las costumbres. En estos campos, sin embargo, su trabajo apenas roza la superficie de los problemas y es a veces difuso y de poco interés: los apartes sobre los sistemas educativos coloniales más bien confunden que aclaran el problema, e ignoran las mejores contribuciones recientes al tema.

El trabajo de la Fundación Colombia es el resultado de un ambicioso proyecto investigativo. Durante cuatro años un amplio número de investigadores, bajo la dirección de Fabio Zambrano (siglo XX), Eugenio Gutiérrez Cely (siglo XIX) y Julián Vargas (Descubrimiento y Colonia), recogieron una inmensa documentación sobre el pasado de la vida bogotana. Los tres volúmenes recientemente publicados, redactados en su versión final por Alfredo Iriarte, ofrecen los primeros resultados de este trabajo, al mismo tiempo excelentes y decepcionantes. La belleza de los libros es abrumadora, y a la primera ojeada de los libros el lector queda arrollado por el alarde de buen gusto, por la calidad del diseño gráfico, por el atractivo de las ilustraciones, por los magníficos criterios de impresión.

Además, es evidente que la investigación se orientó con criterios más serios y rigurosos que los que impulsaron a los historiadores urbanos tradicionales: se advierte la ambición de hacer una historia total, en la que la evolución de la ciudad no se reduzca a los aspectos arquitectónicos y urbanísticos, sino que reconstruya todos los elementos y aspectos de las formas de vida desarrolladas en ella. Y en esta historia total, los aspectos privilegiados corresponden a la historia social, en áreas como el crecimiento de población, las formas de trabajo, las costumbres, los sistemas de higiene y salud, las diversiones, etc. Los hallazgos en estos campos son en muchos aspectos novedosos y aclaran importantes facetas del desarrollo bogotano.

Quizás buena parte de las decepciones que produce la obra sean resultado de las promesas que sugiere. Un trabajo de esta ambición, se espera, debe ser impecable. Y es posible indicar importantes vacíos y descuidos en el texto producido, que pueden atribuirse en parte a debilidades de la investigación y en parte a la curiosa idea de que la redacción (y no solo un drástico proceso de edición, el cual es siempre recomendable) fuera hecha por alguien distinto a los investigadores. Y quizás mayores son las decepciones que produce la presentación final de la obra, pues pronto se advierte que tras la belleza del libro se esconden fallas editoriales inesperadas.

La búsqueda de información para estos libros se centró, para el siglo XVIII, sobre todo en los documentos del Archivo Nacional, mientras que para los siglos XIX y XX el material proviene casi totalmente del análisis de la prensa publicada en la ciudad. Los capítulos sobre los chibchas se basan en literatura secundaria y son bastante descuidados e inexactos, e igualmente la historia del descubrimiento y fundación es pobre y llena de imprecisiones. (Para poner solo algunos ejemplos: el libro sostiene que "en todo el continente americano no se han encontrado hasta ahora vestigios de civilización rudimentaria alguna más antiguos que los hallados en El Abra" (t. 1, 3) o confunde solares y estancias al discutir las primeras asignaciones de tierras en Santafé, como si en las manzanas urbanas pudieran caber "caballerías" o "peonias", (t. 1,73)o atribuye la matrilinealidad en el sistema social chibcha a la "desconfianza" de los caciques hacia sus esposas (t. 1, 15); en el contexto de estas confusiones no es extraño que el frísol aparezca como un aporte europeo a la agricultura americana (t. 1, 165). Mientras tanto, el tratamiento del siglo XVIII constituye uno de los aportes más significativos del libro: nunca se habían descrito con tanta viveza la vida cuotidiana colonial, las relaciones entre la ciudad de los indios y la de los criollos, ni se había reconstruido mejor el mundo complejo de la medicina, de la asistencia social o de la criminalidad durante el período español.

Por el contrario, los periódicos del siglo XIX parecen haber ofrecido pocas sorpresas y revelaciones. Los textos más entretenidos corresponden sobre todo a las periódicas quejas de los bogotanos por la suciedad y el desaseo que parecen haber destacado a la capital —esa ciudad con olor a incienso y caca" como decía Antonio José Restrepo— sobre otras ciudades del país y algunas informaciones más o menos desconocidas sobre crónica roja. Incluso el lector tiene la sensación de que la prensa, sea porque no se alcanzó a revisar en forma completa o por vacíos propios, conduce a generar amplios baches de información. Uno de los puntos más curiosos del libro es el hecho de que casi todos los temas del siglo XIX se analizan con cuidado durante los años de 1820 a 1830 y luego a partir de 1880, en una forma que deja en la oscuridad los cambios y transformaciones ocurridos durante la mayor parte del siglo.

Al uso de una documentación algo limitada —no se ve, en el texto, que se haya utilizado la información gráfica recogida, ni informes nacionales que se referían a Bogotá, como los del Ministerio de Fomento, que manejaba el aseo de la ciudad a fines del siglo pasado— se añade cierta tendencia a no utilizar los resultados de anteriores trabajos sobre la ciudad, problema que afecta sobre todo los volúmenes relativos a la colonia y al siglo XIX. Así, por ejemplo, no existe alusión alguna en el análisis del cabildo colonial al extenso estudio de George Brubaker, la descripción del desarrollo industrial en la primera mitad del siglo XIX parece ignorar a Safford; la del teatro a Fernando González Cajiao, la de las mujeres a Patricia Londoño y René de La Pedraja, la de la energía al mismo de La Pedraja, la de la organización de los artesanos a Humberto Triana. La de la alimentación y el vestido, cápítulos muy pobres, las contribuciones más sólidas de Aida Martínez. Del mismo modo, parece muy escaso el uso de las magníficas descripciones que han hecho los viajeros de Bogotá: ni en la bibliografía ni en el texto hay alusiones a Cochrane, Hamilton, Holton, Róthlisberger, García Merou, d’Espagnat o Romoly, para citar sólo algunas de las más conocidas. Por último, el texto no refleja una lectura de las fuentes literarias, que habrían resultado de gran ayuda para reconstruir en forma más sutil y compleja el ambiente urbano capitalino: algunas de las mejores descripciones de la ciudad son sin duda las de Angel Gaitán, Manuel María Madiedo, Clímaco Soto Borda, José Antonio Osorio Lisarazo o Antonio Caballero: la novela urbana tiene en Bogotá un ancestro de al menos 140 años, y a ella puede sumarse la amplia literatura de los costumbristas.

Si el uso parcial de las fuentes conduce a un tratamiento débil de algunos fenómenos que no encontraban adecuada resonancia en la prensa o en los archivos, en otros aspectos el proyecto ha definido sus propios límites. Como ya se señaló, los tres volúmenes son especialmente fuertes en historia social. Por el contrario, la historia política casi no se trata, aunque lo poco que hay está escogido casi siempre con acierto: el énfasis está en esos momentos en que el pueblo bogotano, desde la elección de José Hilario López hasta el paro cívico de 1977, se moviliza, presiona, explota o se rebela. La historia de las estructuras políticas locales, de los sistemas de organización de los partidos, de los caudillos y manzanillos bogotanos, está aún por hacerse, desde los tiempos del Sapo Gómez hasta los del Mosco Rodríguez o los urbanizadores-concejales de hoy. Hacer la historia política de Bogotá, en todo caso, es excepcionalmente difícil: se confunde en buena parte con la vida política nacional, sobre todo desde finales del siglo XIX, y buena parte de los momentos de quiebre de aquella encuentran su manifestación central en incidentes urbanos bogotanos; en algunas páginas completamente superfluas del tercer tomo se narra la vida política nacional como si fuera la historia de la política bogotana.

También se han omitido amplios aspectos de lo que podría llamarse la vida cultural. De acuerdo con el parti pris de los investigadores, que por lo menos ofrece una visión fresca, los mejores aportes se refieren a aspectos de las culturas populares, como los relativos a la medicina, aunque el tratamiento es en general muy asistemático: poco se encuentra, por ejemplo, sobre la música popular, la historia de la alimentación o los cambios en las formas de religiosidad. Completamente superficial es por otra parte casi todo lo relativo a la educación formal, y es muy poco lo que aparece sobre artistas e intelectuales. ¿Por qué no intentar presentar en una historia de Bogotá la secuencia de sus grupos literarios, desde el Mosaico hasta nuestros días, con sus polémicas, sus tertulias, sus revistas? O la de sus pintores y escultores? Y ¿Por qué usar a la prensa como fuente pero sin dedicar unas páginas a presentar su propia historia? ¿No podría haberse intentado algo más amplio de historia "de las mentalidades" como dicen los franceses, para tratar de reconstruir algo del peculiar clima espiritual de Bogotá, de sus clases dirigentes o de sus grupos inferiores? En términos generales, sin embargo, la investigación de las áreas cubiertas por el libro parece muy bien hecha y exitosa, y además tiene la virtud de abrirse a posteriores complementos: la fundación Misión Colombia ha quedado con una inmensa colección de fichas sobre los temas incluidos en el libro y sobre muchos más, que pueden ser la base para estudios especializados que profundicen lo que a veces en esta obra es solo un abrebocas.

Es pertinente mencionar algunas sugerencias interesantes y algunas interpretaciones más o menos novedosas, mezcladas con un tratamiento a veces discutible de la evidencia empírica. Para el período colonial, la obra parece sugerir un paralelismo entre el ritmo de desarrollo de Bogotá y el de toda la Nueva Granada: Santafé se construye, en su forma colonial, casi completamente antes de 1640, para entrar luego en un período de estancamiento que dura hasta la segunda mitad del siglo XVIII. Aunque hay evidencias —por ejemplo cierto auge de construcciones públicas—de un despertar urbano durante los últimos años del régimen colonial, lo que sería congruente con el clima de rápido crecimiento económico de toda la Nueva Granada entre 1760 y 1800, es curioso que la población, según los datos presentados, no parezca haber aumentado. En efecto, a comienzos del siglo XVII la ciudad tenía cerca de 15.000 habitantes, que pasan apenas a 16.000 en 1770 y llegan a unos 23.000 habitantes en 1807:   A pesar del largo estancamiento y del lento crecimiento de la segunda mitad del siglo XVIII (la tasa que resulta entre 1770 y 1807 es de 0.9% anual), los autores sostienen que Santa Fe creció en esos años más rápidamente que el conjunto del Reino y de las colonias españolas, (t. 1, 102) lo que es contrario a todas las evidencias: la tasa de crecimiento para la Nueva Granada era por lo menos del 1.5% en esos años. En general, el tratamiento de la evolución demográfica y económica de Bogotá es muy pobre en el libro, y uno tiene la impresión de que el material recopilado fue utilizado en forma arbitraria e inconexa en la versión final. En efecto, aparecen textos que resultan ingenuos, incoherentes o incomprensibles por ausencia de elementos de comparación, por falta de fechas adecuadas, por seleccionarse la información estadística menos significativa mientras se sacrifica la esencial o por que son simplemente absurdos. ¿Qué puede pensarse de afirmaciones como éstas?: "el 76.2% de las edificaciones de la capital eran de carácter religioso" (t. 1, 85); "la iglesia tenía las tres cuartas partes de la tierra de la sabana a fines del siglo XVII" (t. 1, 182); "la población sacerdotal era una cuarta parte de los moradores blancos de Santafé" (t. 1, p. 250). Parte de este problema puede provenir de los desajustes entre la versión de los investigadores y la del redactor final, pero los errores en los cálculos estadísticos no pueden atribuirse a éste: ni una sola de las tasas de crecimiento (de población, de ingresos fiscales, etc.) para el período colonial está bien calculada: en un acto de ingenuidad sublime, se calculan dividiendo el total del crecimiento en un período dado por el número de años, lo que produce resultados inverosímiles.

Es evidente que el estancamiento bogotano se prolonga durante buena parte del siglo XIX. Como el tratamiento demográfico sigue siendo muy incompleto, no se mencionan los resultados de los recuentos de población de 1825, 1835, 1843,1851,1864, 1870 6 1882: solo se habla de que la población pasó de unos 20.000 habitantes en l800amásomenos 100.000 a fines de siglo. Esto impide precisar un poco más los ritmos reales de cambio, que parecen sugerir que Bogotá.. sigue relativamente estancada hasta cerca de 1870: la tasa de crecimiento que muestran las cifras de 1807 y 1870 es apenas del 1.0%, lo que mostraría que, a pesar de ser capital de la república, Bogotá crecía más lentamente que el país, y había pasado detener en 1778 el 2.2% de la población colombiana a menos del 1.6% en1870.

Ahora bien, ese estancamiento corresponde bien al desarrollo real de la actividad económica bogotana, que hasta esa época fue ante todo un núcleo poblacional de una comarca rural: la sabana de Bogotá. Una historia urbana de Santafé, al menos hasta finales del siglo pasado, debe tener presente la estrecha relación entre la población de la ciudad y el mundo rural circundante, y el carácter en buena parte parasitario de la economía bogotana. Y una atención mejor al mundo rural habría evitado proposiciones tan poco verosímiles como la de que los hacendados garantizaban el abastecimiento de alimentos de Bogotá en el siglo XVIII, mientras que los indígenas habían perdido su vocación agrícola: todos los testimonios del siglo XIX dicen lo contrario.

Por otra parte, el hecho de que gran parte del gasto público del gobierno nacional se haga en Bogotá no alcanza a tener mucho peso hasta la década de 1880, cuando el centralismo permitió una concentración de recursos fiscales en Bogotá que este libro ignora e incluso invierte: en el último tomo se trata de pasada este tema, y se afirma que Bogotá producía hacia 1940 19 millones de pesos en impuestos, mientras que el gobierno municipal tenía un presupuesto de 4, y se deduce de ello que la diferencia era un subsidio al resto del país (t. III, p. 43). Esto ignora que buena parte del presupuesto nacional, en la forma de salarios, y en buena parte, hasta la década del 50, en la construcción de "edificios nacionales", se hizo en Bogotá: un cálculo bien hecho probablemente comprobaría que hasta mediados &e siglo la capital fue subsidiada por el país.

En todo caso, entre 1880 y 1930 la concentración burocrática y presupuestal debe haber tenido un importante papel en el crecimiento de Bogotá, antes de que la industrialización se convirtiera en el sector dinámico de la economía capitalina, probablemente en la década de 1940. Esto no parecen advertirlo los autores del libro, en buena parte por el débil manejo de la información cuantitativa sobre Bogotá: las confusiones estadísticas alteran algunos parámetros fundamentales del crecimiento bogotano, como el ritmo de desarrollo de la población y los cambios en sus componentes (no es tampoco muy claro el manejo de las cifras de mortalidad y natalidad en el siglo XIX, de las cuales se concluye que el crecimiento natural era negativo), mientras que el tratamiento disperso y poco sistemático de procesos que requieren un análisis temporal continuo, como el problema de los recursos fiscales o la evolución de la industria, que prácticamente se ignora a partir de 1920, hace difícil presentar con alguna seriedad los factores centrales del desarrollo económico y social de la ciudad.

Constrasta en general la indecisión y pobreza del tratamiento de los aspectos demográficos y económicos con la presentación de los aspectos de historia social que podrían llamarse cualitativos: aquí parece haber existido un ajuste sin dificultades entre el material preparado por los investigadores y las necesidades de presentación del texto final. Como ya se dijo, las descripciones de la vida cuotidiana, del alcoholismo o de la criminalidad, de la medicina y los sistemas de atención social, así caigan algunas veces en la tentación de la frivolidad pintoresca, son animadas y eficaces, y hacen de este libro el mejor trabajo de historia urbana hecho en el país hasta ahora.

A las decepciones relativas al texto se suman las fallas editoriales: no es admisible que en un trabajo de esta calidad se presenten fotografías invertidas, remisiones a cuadros y tablas en el apéndice que no existen, confusiones reiteradas de nombres, repeticiones de textos, referencias a materiales ya citados que resultan estar más adelante o finalmente no aparecen, parágrafos que están evidentemente fuera de su sitio. Pero estos asuntos son descuidos menores. Más grave es el manejo que se dio al material gráfico. Aunque buena parte de él es excelente, no complementa en forma muy cercana el texto y es con frecuencia arbitrario. Muchas son las ilustraciones que no tienen absolutamente nada que ver con lo que se trata en el libro, aunque esto no se informa al lector. Todo lo contrario: por ejemplo aparece un grabado que muestra a una población mestiza atraída por un fotógrafo, y se quiere hacer creer que se refiere a los chibchas, con una leyenda que dice que entre estos el vicio de la chicha era muy extendido (t. 1, 171). Los pies de lámina, en general, son muy deficientes —casi nunca se precisa la fecha o época al que se refieren las ilustraciones, ni se describe con precisión lo que representan— y en muchos casos engañosos. es de suponer que las ilustraciones no son simplemente objetos bellos que se pueden seleccionar indiferentemente del texto histórico:  son parte de la información que se trasmite, es peor que ilustrar con materiales irrelevantes, es confundir al lector haciéndole creer que una ilustración se refiere de algún modo a algo con lo que no tiene nada que ver; por lo menos debería indicarse que se usan grabados relativos a otras épocas o sociedades (como cuando se ilustran las prácticas médicas coloniales con grabados europeos). Esto sería en parte corregible si hubiera un buen sistema de referencias sobre las ilustraciones, el cual no existe. Al fin de cada volumen se ha colocado una lista alfabética de ilustraciones, que a veces indica su autor, de donde se han tomado o donde se encuentran y a veces no. Pero si uno no sabe el título exacto con el cual se ordenó alfabéticamente el grabado —título que no se da al pie de éste— resulta imposible o por lo menos muy engorroso buscarlo en el índice, por lo que este resulta más bien un hábil mecanismo para acabar de enredar la pita e impedir descubrir realmente de qué trata una ilustración. Por estas razones, este trabajo presenta un curioso contraste entre un diseño y una impresión impecables y una edición llena de descuidos, así como parece sugerir cierto desajuste entre una investigación seria y novedosa y una versión final más superficial y en algunos casos incoherente.

JORGE ORLANDO MELO