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Llenando un vacío en la historia
cultural
Las lenguas indígenas
en la historia social del Nuevo Reino de Granada
Humberto Triana y Antorveza
Instituto Caro y Cuervo (Biblioteca Ezequiel Uricoechea), Bogotá, 1987, 608 págs., más
ilustraciones.
"Política cultural a
medias...pero no
historia social de las lenguas y culturas
aborígenes en Colombia"
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El examen del proceso de
imposición de la lengua castellana a las poblaciones sometidas a raíz del descubrimiento
de América es un problema histórico que ha merecido entre nosotros numerosos artículos,
pero nunca una obra de conjunto. Aparece ahora el presente texto de Humberto Triana y
Antorveza con el propósito de llenar esa laguna cultural, laguna en que se esconde un
problema de grandes dimensiones, pues sobre la base de la investigación de la política
sobre la lengua y de su historia social es posible penetrar en secretos muy recónditos y
en aspectos muy ocultos de la vida de una sociedad. Por fortuna, todo parece indicar que
se trata de un texto moderado y realizado sin premura, pues en su base se encuentran dos
añejos artículos de 1973. El propio autor considera su obra como "revisión,
ampliación y actualización" de esos artículos, lo cual indica el hecho saludable
de que se trata de un tema persistente en quien escribe; un autor que, contrariando
repetidas tradiciones locales, llega a la figura del "libro" lentamente. Y todo
en una edición más que decorosa y muy bien ilustrada, en la que sólo hay que lamentar
el exceso de erratassuceso extraño, tratándose de la cuidadosa Imprenta
Patriótica, algunas de ellas en los datos cronológicos, lo que no siempre puede
advertir el lector. A ello se suma un constante abuso del llamado "dequeísmo",
que un buen corrector de estilo, discípulo de Caro o de Cuervo, hubiera podido evitar.
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Lo bueno
Sin duda, lo mejor del
libro corre por cuenta de las primeras páginas. Ahí encontramos el rechazo de la
hipótesis habitual de que "España al colonizar estos territorios impuso la lengua
castellana, destruyendo sin fórmula de juicio nuestras lenguas indígenas", leyenda
negra que, como se sabe, impide plantear un problema tan difícil con la complejidad que
merece, favoreciendo además un maniqueísmo que fue ideológicamente justificado en la
construcción de las historias patrias del siglo XIX, pero que ya resulta imposible de
sostener. En contra de tal simplificación, que realmente es una falsificación de hechos
históricos protuberantes, Triana prefiere el camino menos fácil del planteamiento y
examen de algunas tesis (o proposiciones), que curiosamente llama "instancias",
dos de las cuales, por su relativa originalidad,
importancia y papel que desempeñan en el
análisis, serán las que aquí abordaremos. 1) El Estado español mantuvo una actitud
prudente frente a las lenguas indígenas, pero su posición fue oscilante en razón de las
discusiones locales. 2) La política sobre la lengua no política
"lingüística", como insiste en decir el autor encontró defensores e
impugnadores locales apareciendo en tales discusiones sobre la lengua las primeras
muestras de "criollismo". Se trata de tesis valiosas (las demás, también muy
importantes, recogen hechos establecidos con alguna anterioridad:
la pluralidad de lengua del nuevo
mundo, el papel unificador del castellano, la contribución indígena a la formación del
idioma a través de múltiples lexías y fonemas), tesis que tienen la virtud de permitir
avanzar más allá de la leyenda negra, y de incluir el elemento local del proceso, el que
casi siempre resulta reprimido.
Lo verdaderamente
problemático, y que empieza a mostrar la falsa solidez de este libro por lo demás,
muy crecido en páginas, es la forma de tratamiento de sus tesis, forma que desde el
principio resulta discutible:
multiplicación
abrumadora, por la vía de las citas, de hechos que parecen favorecer lo que se quiere
demostrar, con desconocimiento de los matices diversos y, sobre todo, del examen de las
prácticas concretas que resultan contrarias a la argumentación que se sostiene. Así,
por ejemplo, el autor "infla" (y esto a lo largo de todo el libro) el
significado de las disposiciones de Felipe II sobre el uso de las lenguas indígenas en
las doctrinas, tratando de convertirlo en adalid y defensor de ellas, sin suponer siquiera
que tal legislación retiraba las lenguas aborígenes de la enseñanza y de las
actividades sociales corrientes y regulares, condenándolas al ostracismo de las
prácticas religiosas, y aun de manera ambigua, pues ni siquiera allí su práctica fue
dominante, como lo comprueba el que las disposiciones tuvieran que reiterarse año por
año: a partir de 1567, en el 78, en el 80, en el 82, y todavía en 1619. A esto agrega
Triana, en un intento de reforzar su argumento de un Felipe II constante
mente afecto a las lenguas aborígenes, consideraciones
imposibles de aceptar en las que, sin ningún apoyo, como historiador piadoso, se decide a
tomar la palabra por los propios indígenas, como cuando escribe: "los propios
naturales nunca estuvieron conformes con la doctrina en castellano [. . .] por no entender
[en él] el sentido auténtico del evangelio". Se podría decir que la apología que
en el libro existe del Estado español y de la política de Felipe II sobre las lenguas
indígenas depende en mucho de la perspectiva legislativa que el texto
utiliza, la que para un análisis, no digamos de historia social, sino de un conjunto de
directrices culturales, resulta insuficiente.
Cosa
similar ocurre con el examen que Triana realiza de las posiciones de defensores e
impugnadores locales del uso de las lenguas aborígenes. Resulta claro del texto, y
francamente de una manera excesiva por la acumulación farragosa de datos, que los
regulares eran defensores del uso del castellano y que los seculares impulsaban el uso de
las lenguas vernáculas en las doctrinas. Pero lo que no resulta claramente expuesto ni
cumple papel de peso en el análisis son las bases sociales reales del enfrentamiento y de
las opciones: la lucha por las doctrinas, que no por azar se denominaban
"beneficios". Del conocimiento de las lenguas de la población sometida hizo el
clero secular una estrategia para desalojar a los regulares que, hasta más o menos 1580,
monopolizaban todas las doctrinas importantes. No existió nunca una actitud
"indigenista" o prolengua vernácula per se, sino un uso estratégico de
una condición de saber en unas luchas de poder. Es lo que explica, por otra parte, el
interés de los regulares de la Compañía de Jesús en las lenguas indígenas y su
petición de la cátedra de lengua en propiedad y con exclusividad, lo que la corona le
negó. Es lo que explica, así mismo, la acelerada campaña de ordenación sacerdotal
emprendida por el combativo fray Luis Zapata de Cárdenas, quien "fabricó"
con exclusión de toda reserva sobre origen social y de todo impedimiento jurídico
o teológico el primer grupo
criollo
de seculares que iría a tomar el control de las doctrinas de la parte centrooriental del
país, decidiéndose este primer acontecimiento de lucha en favor de los diocesanos.
Lo malo
Pero, además de tesis
importantes, el libro en reseña contiene algunos supuestos e incluye algunos prejuicios
que hay que considerar con calma. Los primeros resultan discutibles. Los segundos
inaceptables.
Como el enfoque
que utiliza el autor para pensar el problema de la política sobre la lengua evita las
nociones de dominio, lucha y resistencia, lo que en parte le viene de la noción de
cultura que utiliza, la que toma ¡aún! de Linton, privilegiando la función adaptativa,
el supuesto básico de Triana es que evangelización es igual a aculturación, porque los
españoles vinieron al nuevo mundo a evangelizar, como actividad determinante, lo que
quiere decir para él que la evangelización fue el núcleo principal de toda actividad
aculturadora, y de toda actividad social en general. "La evangelización de América
fue escribe el hecho social y cultural más importante de la época y el
máximo factor de transformación de las culturas indígenas"; supuesto que explica
la nula elaboración que la "historia social" recibe en el texto, pues para
Triana sólo merece un tratamiento como "factores-obstáculos" que se opusieron
a la supervivencia de las lenguas vernáculas. Pero esos "factores"
socioculturales que sólo considera como obstáculos, y que son diferentes de la
evangelización, resultan ser el contenido más preciso de una historia social: así, por
ejemplo, el proceso de integración socio-territorial y el consiguiente mestizaje, que
explican, más allá de cualquier legislación, el rápido fenómeno de
"castellanización". Como lo reconocía el padre Zamora hacia 1690, en una cita
que se ha usado repetidamente: "Fue muy útil [el catecismo de fray Bernardo de
Lugo[...] Pero como los indios de la Nación de los Moscas y otras de este Reino [...]
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tienen
trato tan continuo con los españoles, extienden y hablan nues
tra lengua, sin haber menester la suya para explicarse...".
A esto hay que sumar el hecho, que Triana menciona pero no utiliza en el análisis, del
odio de la sociedad mayoritaria (dominante y subalterna) a las lenguas indígenas, lo que
produjo el fenómeno de "querer blanquearse", lo que tanto favoreció en la
segunda mitad del siglo XVIII la política de conversión de los pueblos de indios en
parroquias, pues el grupo mayoritario de "vecinos" para este momento,
blancos pobres y mestizos realizó todo esfuerzo posible para no parecerse en nada a
los residuos de población indígena que habían sobrevivido a la catástrofe
inicial, actitud que continúa siendo muy visible en la actual sociedad colombiana. Hay
que señalar en términos precisos que, más allá de las leyes protectoras, las lenguas
indígenas fueron en su mayor parte destruidas, porque las sociedades que eran su sustrato
material también lo fueron. La castellanización fue simplemente el efecto de superficie,
porque más abajo quedaron muchas cosas vivas, de la nueva sociedad mestiza que sobre sus
ruinas creció. Y también un elemento importante de uniformidad cultural para el proyecto
de "Nación" que intentarían los políticos del siglo XIX.
Pero el
supuesto evangelización igual aculturación se combina con la intromisión en el
análisis de algunas creencias particulares del autor, valiosas y respetables, pero
externas a cualquier trabajo de investigación. Para Triana, la evangelización se
logico "prácticamente con medios
naturales, aunque sin carecer en absoluto de los sobrenaturales", sólo que no en la
misma medida en que con lo sobrenatural fueron amparados los apóstoles, y acepta, sin
ningún rubor, las versiones que incluyen algunos cronistas sobre el "don de lenguas
con que fueron premiados algunos misioneros". Cita el caso, por ejemplo, del padre
Luis Vero, predicador en Valledupar, a quien, "predicando en su lengua española, le
entendían todas las naciones que habitaban los términos arriba señalados" (¡!).
Lo feo
Además de los problemas
anotados, que tienen que ver tanto con el enfoque como con el uso de la documentación
citada, hay que señalar dos dificultades más, presentes en el texto. Por una parte la
cuota, aquí grande, de anacronismo de lenguaje, cuota de la cual parece resentirse la
mayor parte de los libros sobre historia de Colombia. Así, en un momento en que Triana
quiere señalar un cambio en la política imperial sobre la lengua nos hablará del
"viraje metodológico emprendido por la Corona". Desde luego también, pues el
hábito obliga, anacronismo en el análisis, como cuando escribe hablando del choque
cultural inicial entre el invasor y las naciones indígenas: "Pero, rotas las
aprehensiones mutuas, más tarde se hizo posible el intercambio de ideas", como si la
relación pudiera ser planteada como una ecuánime tête-à-tête entre dos grupos
que dialogan.
Por otra parte, la
documentación seleccionada, que, como dijimos, se instala plácidamente en la órbita
legislativa en la mayor parte de las ocasiones, dotándose de una perspectiva que hace
imposible por principio la historia social que el título del libro anuncia. Así mismo,
el recurso repetido a los cronistas de la conquista y la colonia usados sin ningún examen
crítico y con la carga de todos sus prejuicios. En general se podría decir que, con la
excepción del uso a medias de los documentos publicados por Friede y por Hernández de
Alba, el libro recurre a un tipo de
documento
que por principio o por su uso resulta insuficiente para penetrar en las formas menos
evidentes del intercambio social. Pero más que todo ello, la bibliografía citada. No
sólo por su casi completa limitación a las fuentes historiográficas más tradicionales
(las academias civiles y eclesiásticas) sino por la inclusión de textos tan dudosos como
la enciclopedia para todos Monitor y otros por el estilo. Lo necesario, en todo
caso, y esto es lo verdaderamente importante, es dejar en claro que este libro, que trata
un problema histórico fundamental, deja de lado, con todo el olimpismo necesario, lo que
la moderna investigación histórica ha propuesto en Colombia en los últimos quince años
como análisis de la sociedad colonial, de manera notable en los campos de la historia
económica y demográfica (ahora tan vilipendiadas). Si bien el libro tiene como base dos
artículos de 1973, una "revisión, ampliación y actualización" hubiera
exigido la lectura e incorporación de los resultados pertinentes de los tres o cuatro
libros esenciales que sobre el curso de la sociedad colonial existen. Porque ahí hay
novedades.
RENÁN SILVA OLARTE
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