Boletín Cultural y Bibliográfico. Número16,  Volumen XXV , 1988

 

Llenando un vacío en la historia cultural

Las lenguas indígenas en la historia social del Nuevo Reino de Granada
Humberto Triana y Antorveza
Instituto Caro y Cuervo (Biblioteca Ezequiel Uricoechea), Bogotá, 1987, 608 págs., más ilustraciones.

"Política cultural a medias...pero no 
historia social de las lenguas y culturas 
aborígenes en Colombia"

El examen del proceso de imposición de la lengua castellana a las poblaciones sometidas a raíz del descubrimiento de América es un problema histórico que ha merecido entre nosotros numerosos artículos, pero nunca una obra de conjunto. Aparece ahora el presente texto de Humberto Triana y Antorveza con el propósito de llenar esa laguna cultural, laguna en que se esconde un problema de grandes dimensiones, pues sobre la base de la investigación de la política sobre la lengua y de su historia social es posible penetrar en secretos muy recónditos y en aspectos muy ocultos de la vida de una sociedad. Por fortuna, todo parece indicar que se trata de un texto moderado y realizado sin premura, pues en su base se encuentran dos añejos artículos de 1973. El propio autor considera su obra como "revisión, ampliación y actualización" de esos artículos, lo cual indica el hecho saludable de que se trata de un tema persistente en quien escribe; un autor que, contrariando repetidas tradiciones locales, llega a la figura del "libro" lentamente. Y todo en una edición más que decorosa y muy bien ilustrada, en la que sólo hay que lamentar el exceso de erratas—suceso extraño, tratándose de la cuidadosa Imprenta Patriótica—, algunas de ellas en los datos cronológicos, lo que no siempre puede advertir el lector. A ello se suma un constante abuso del llamado "dequeísmo", que un buen corrector de estilo, discípulo de Caro o de Cuervo, hubiera podido evitar.

Lo bueno

Sin duda, lo mejor del libro corre por cuenta de las primeras páginas. Ahí encontramos el rechazo de la hipótesis habitual de que "España al colonizar estos territorios impuso la lengua castellana, destruyendo sin fórmula de juicio nuestras lenguas indígenas", leyenda negra que, como se sabe, impide plantear un problema tan difícil con la complejidad que merece, favoreciendo además un maniqueísmo que fue ideológicamente justificado en la construcción de las historias patrias del siglo XIX, pero que ya resulta imposible de sostener. En contra de tal simplificación, que realmente es una falsificación de hechos históricos protuberantes, Triana prefiere el camino menos fácil del planteamiento y examen de algunas tesis (o proposiciones), que curiosamente llama "instancias", dos de las cuales, por su relativa originalidad, importancia y papel que desempeñan en el análisis, serán las que aquí abordaremos. 1) El Estado español mantuvo una actitud prudente frente a las lenguas indígenas, pero su posición fue oscilante en razón de las discusiones locales. 2) La política sobre la lengua —no política "lingüística", como insiste en decir el autor— encontró defensores e impugnadores locales apareciendo en tales discusiones sobre la lengua las primeras muestras de "criollismo". Se trata de tesis valiosas (las demás, también muy importantes, recogen hechos establecidos con alguna anterioridad: la pluralidad de lengua del nuevo mundo, el papel unificador del castellano, la contribución indígena a la formación del idioma a través de múltiples lexías y fonemas), tesis que tienen la virtud de permitir avanzar más allá de la leyenda negra, y de incluir el elemento local del proceso, el que casi siempre resulta reprimido.

Lo verdaderamente problemático, y que empieza a mostrar la falsa solidez de este libro —por lo demás, muy crecido en páginas—, es la forma de tratamiento de sus tesis, forma que desde el principio resulta discutible: multiplicación abrumadora, por la vía de las citas, de hechos que parecen favorecer lo que se quiere demostrar, con desconocimiento de los matices diversos y, sobre todo, del examen de las prácticas concretas que resultan contrarias a la argumentación que se sostiene. Así, por ejemplo, el autor "infla" (y esto a lo largo de todo el libro) el significado de las disposiciones de Felipe II sobre el uso de las lenguas indígenas en las doctrinas, tratando de convertirlo en adalid y defensor de ellas, sin suponer siquiera que tal legislación retiraba las lenguas aborígenes de la enseñanza y de las actividades sociales corrientes y regulares, condenándolas al ostracismo de las prácticas religiosas, y aun de manera ambigua, pues ni siquiera allí su práctica fue dominante, como lo comprueba el que las disposiciones tuvieran que reiterarse año por año: a partir de 1567, en el 78, en el 80, en el 82, y todavía en 1619. A esto agrega Triana, en un intento de reforzar su argumento de un Felipe II constante mente afecto a las lenguas aborígenes, consideraciones imposibles de aceptar en las que, sin ningún apoyo, como historiador piadoso, se decide a tomar la palabra por los propios indígenas, como cuando escribe: "los propios naturales nunca estuvieron conformes con la doctrina en castellano [. . .] por no entender [en él] el sentido auténtico del evangelio". Se podría decir que la apología que en el libro existe del Estado español y de la política de Felipe II sobre las lenguas indígenas depende —en mucho— de la perspectiva legislativa que el texto utiliza, la que para un análisis, no digamos de historia social, sino de un conjunto de directrices culturales, resulta insuficiente.

Cosa similar ocurre con el examen que Triana realiza de las posiciones de defensores e impugnadores locales del uso de las lenguas aborígenes. Resulta claro del texto, y francamente de una manera excesiva por la acumulación farragosa de datos, que los regulares eran defensores del uso del castellano y que los seculares impulsaban el uso de las lenguas vernáculas en las doctrinas. Pero lo que no resulta claramente expuesto ni cumple papel de peso en el análisis son las bases sociales reales del enfrentamiento y de las opciones: la lucha por las doctrinas, que no por azar se denominaban "beneficios". Del conocimiento de las lenguas de la población sometida hizo el clero secular una estrategia para desalojar a los regulares que, hasta más o menos 1580, monopolizaban todas las doctrinas importantes. No existió nunca una actitud "indigenista" o prolengua vernácula per se, sino un uso estratégico de una condición de saber en unas luchas de poder. Es lo que explica, por otra parte, el interés de los regulares de la Compañía de Jesús en las lenguas indígenas y su petición de la cátedra de lengua en propiedad y con exclusividad, lo que la corona le negó. Es lo que explica, así mismo, la acelerada campaña de ordenación sacerdotal emprendida por el combativo fray Luis Zapata de Cárdenas, quien "fabricó" —con exclusión de toda reserva sobre origen social y de todo impedimiento jurídico o teológico— el primer grupo criollo de seculares que iría a tomar el control de las doctrinas de la parte centrooriental del país, decidiéndose este primer acontecimiento de lucha en favor de los diocesanos.

Lo malo

Pero, además de tesis importantes, el libro en reseña contiene algunos supuestos e incluye algunos prejuicios que hay que considerar con calma. Los primeros resultan discutibles. Los segundos inaceptables.

Como el enfoque que utiliza el autor para pensar el problema de la política sobre la lengua evita las nociones de dominio, lucha y resistencia, lo que en parte le viene de la noción de cultura que utiliza, la que toma ¡aún! de Linton, privilegiando la función adaptativa, el supuesto básico de Triana es que evangelización es igual a aculturación, porque los españoles vinieron al nuevo mundo a evangelizar, como actividad determinante, lo que quiere decir para él que la evangelización fue el núcleo principal de toda actividad aculturadora, y de toda actividad social en general. "La evangelización de América fue —escribe— el hecho social y cultural más importante de la época y el máximo factor de transformación de las culturas indígenas"; supuesto que explica la nula elaboración que la "historia social" recibe en el texto, pues para Triana sólo merece un tratamiento como "factores-obstáculos" que se opusieron a la supervivencia de las lenguas vernáculas. Pero esos "factores" socioculturales que sólo considera como obstáculos, y que son diferentes de la evangelización, resultan ser el contenido más preciso de una historia social: así, por ejemplo, el proceso de integración socio-territorial y el consiguiente mestizaje, que explican, más allá de cualquier legislación, el rápido fenómeno de "castellanización". Como lo reconocía el padre Zamora hacia 1690, en una cita que se ha usado repetidamente: "Fue muy útil [el catecismo de fray Bernardo de Lugo[...] Pero como los indios de la Nación de los Moscas y otras de este Reino [...] 

tienen trato tan continuo con los españoles, extienden y hablan nues tra lengua, sin haber menester la suya para explicarse...". A esto hay que sumar el hecho, que Triana menciona pero no utiliza en el análisis, del odio de la sociedad mayoritaria (dominante y subalterna) a las lenguas indígenas, lo que produjo el fenómeno de "querer blanquearse", lo que tanto favoreció en la segunda mitad del siglo XVIII la política de conversión de los pueblos de indios en parroquias, pues el grupo mayoritario de "vecinos" —para este momento, blancos pobres y mestizos— realizó todo esfuerzo posible para no parecerse en nada a los residuos— de población indígena que habían sobrevivido a la catástrofe inicial, actitud que continúa siendo muy visible en la actual sociedad colombiana. Hay que señalar en términos precisos que, más allá de las leyes protectoras, las lenguas indígenas fueron en su mayor parte destruidas, porque las sociedades que eran su sustrato material también lo fueron. La castellanización fue simplemente el efecto de superficie, porque más abajo quedaron muchas cosas vivas, de la nueva sociedad mestiza que sobre sus ruinas creció. Y también un elemento importante de uniformidad cultural para el proyecto de "Nación" que intentarían los políticos del siglo XIX.

Pero el supuesto evangelización igual aculturación se combina con la intromisión en el análisis de algunas creencias particulares del autor, valiosas y respetables, pero externas a cualquier trabajo de investigación. Para Triana, la evangelización se logico "prácticamente con medios naturales, aunque sin carecer en absoluto de los sobrenaturales", sólo que no en la misma medida en que con lo sobrenatural fueron amparados los apóstoles, y acepta, sin ningún rubor, las versiones que incluyen algunos cronistas sobre el "don de lenguas con que fueron premiados algunos misioneros". Cita el caso, por ejemplo, del padre Luis Vero, predicador en Valledupar, a quien, "predicando en su lengua española, le entendían todas las naciones que habitaban los términos arriba señalados" (¡!).

 Lo feo

Además de los problemas anotados, que tienen que ver tanto con el enfoque como con el uso de la documentación citada, hay que señalar dos dificultades más, presentes en el texto. Por una parte la cuota, aquí grande, de anacronismo de lenguaje, cuota de la cual parece resentirse la mayor parte de los libros sobre historia de Colombia. Así, en un momento en que Triana quiere señalar un cambio en la política imperial sobre la lengua nos hablará del "viraje metodológico emprendido por la Corona". Desde luego también, pues el hábito obliga, anacronismo en el análisis, como cuando escribe hablando del choque cultural inicial entre el invasor y las naciones indígenas: "Pero, rotas las aprehensiones mutuas, más tarde se hizo posible el intercambio de ideas", como si la relación pudiera ser planteada como una ecuánime tête-à-tête entre dos grupos que dialogan.

Por otra parte, la documentación seleccionada, que, como dijimos, se instala plácidamente en la órbita legislativa en la mayor parte de las ocasiones, dotándose de una perspectiva que hace imposible por principio la historia social que el título del libro anuncia. Así mismo, el recurso repetido a los cronistas de la conquista y la colonia usados sin ningún examen crítico y con la carga de todos sus prejuicios. En general se podría decir que, con la excepción del uso a medias de los documentos publicados por Friede y por Hernández de Alba, el libro recurre a un tipo de documento que por principio o por su uso resulta insuficiente para penetrar en las formas menos evidentes del intercambio social. Pero más que todo ello, la bibliografía citada. No sólo por su casi completa limitación a las fuentes historiográficas más tradicionales (las academias civiles y eclesiásticas) sino por la inclusión de textos tan dudosos como la enciclopedia para todos Monitor y otros por el estilo. Lo necesario, en todo caso, y esto es lo verdaderamente importante, es dejar en claro que este libro, que trata un problema histórico fundamental, deja de lado, con todo el olimpismo necesario, lo que la moderna investigación histórica ha propuesto en Colombia en los últimos quince años como análisis de la sociedad colonial, de manera notable en los campos de la historia económica y demográfica (ahora tan vilipendiadas). Si bien el libro tiene como base dos artículos de 1973, una "revisión, ampliación y actualización" hubiera exigido la lectura e incorporación de los resultados pertinentes de los tres o cuatro libros esenciales que sobre el curso de la sociedad colonial existen. Porque ahí hay novedades.

RENÁN SILVA OLARTE