|
LAS TRES TAZAS "De Santafé a Bogotá,
a través del cuadro de costumbres" (segunda parte)
TRES PASEOS SANTAFEREÑOS
En 1846 los textos de
geografía proclamaban: "Santafé de Bogotá, capital de Colombia, situada al pie de
los nevados de Monserrate y Guadalupe, en donde nacen los caudalosos ríos de San
Francisco y San Agustín, atravesados por magníficos puentes, en sus aguas se pescan
anguilas y capitanes. Todas las calles están perfectamente empedradas, y embaldosadas y
por el centro de ellas corren arroyos de aguas puras y cristalinas". Semejante
hipérbole era pura fantasía creadora. Pero, ciertamente, había un auge económico y la
ciudad crecía. Por entonces se fundaron varios colegios, como el de don Ricardo
Carrasquilla y el de don Santiago Pérez. La vida de los estudiantes se refleja en la Historia
de un alma de don José María Samper, agradable autobiografía de aquel patricio. Esa
última Santafé, aldea de buhoneros, de tabernas, de horchata de ajonjolí y de
buñuelos, es descubierta por libros que no son del todo costumbristas; es el caso de Bogotá
en 1849 de Camacho Roldán. Toda la literatura de la época está impregnada por el
costumbrismo, hasta los libros de viajes. No se le puede negar ese carácter a la Peregrinación
de Alpha de Manuel Ancízar (1853), para citar un caso ejemplar. Y es que, con
el apogeo económico, los viajes cobraron importancia. Los que podían, marchaban allende
los mares, por la ruta de Villeta, Guaduas y Honda, tan bellamente
descrita en Fax de Lorenzo Marroquín y
José María Rivas Groot y en La otra raya del tigre de Pedro Gómez Valderrama,
topándose en camino con los sartales de pianos que subían a lomo de mula, o con las
primeras compañías de ópera, tenores y barítonos que turbaban con sus vozarrones la
tranquilidad del páramo. Después era el Magdalena de caimanes y manatíes, cuyo aroma
rescató García Márquez en El amor en los tiempos del cólera, antes de pasar dos
largos meses marinos para estar por fin en Europa.
|
|
El Chorro de Padilla. Acuarela de Manuel Dositeo Carvajal, 2871 (Fondo Cultural
Cafetero).
|
Todos soñaban con el
mar. "Mercaderes conozco por sartales / y que no han visto otro río que el
Fuchá", repetía el poeta. Santafé estaba "a más de doscientas leguas del
mar, sin caminos para transitar por los despeñaderos que la separan del mundo civilizado,
y tan próxima al vacío atmosférico que podría decirse, sin hipérbole, que vivimos en
otro planeta", escribía Cordovez Moure. Y José Eusebio Caro lamentaba la suerte de
los no pudientes:
¡Mar insondable,
eterno, inmenso y solo!
El pobre no os vera.
Y, ciertamente, el hombre
del interior vendría a descubrir el mar a través de Gregorio Castañeda Aragón y de
León de Greiff, casi un siglo más tarde.
|
|
Las aguas. Acuarela de Manuel Dositeo Carvajal (Fondo Cultural Cafetero).
|
|
|
Similares a estas deberían ser las chozas campesinas a las que se refería el
escritor Caicedo y Rojas, en su libro Apuntes de rancherias. (Recuerdos de Bogotá
Ediciones Augusto Schimmer).
|
Pero el
pobre gozaba de algún consuelo. Podía ir de pesca al Fucha o Bogotá, donde sacaría
alguna "guapucha"; o podía ir a rezarle a la virgen de Lourdes en la vecina
población de Chapinero. Otros se iban a "temperar" a la Mesa de Juan Díaz, en
la provincia de Tequendama. Es de sumo interés comparar tres paseos relatados por los
costumbristas. Don José Manuel Groot (1800-1878), santafereño de pura cepa, describió
un "inolvidable" viaje a Ubaque, lleno de peripecias desagradables para el
paciente relator que se resiste a buscar potreros lejanos, a pesar del queso, del
bocadillo y del chocolate que alegran un camino lleno de dificultades, con parada a beber
chicha en Las Cruces antes de trepar por Los Laches.
Igualmente infausto
resulta el paseo narrado en Mi familia viajando de don Ricardo Silva, réplica del
anterior. Aparte de la bella imagen de las numerosas torres y tejados de Bogotá entre la
bruma transparente, el paseo deja la impresión de la anarquía más completa. "Como
buenos colombianos dice Silva, todos mandábamos y disponíamos sin que
ninguno hiciera cosa de provecho". El mercado en los pueblos es más caro y más
escaso y, "por fin de fines", los viajantes regresan a la ciudad "enfermos,
flacos, quemados y feos, todo por consecuencia de haber pasado unos días en el campo
inmediato a la ciudad".
El tercero, de Cordovez
Moure, no es menos desdichado, a pesar de que su destino es otro: Villeta. "No podía
ser más penosa la situación de los que creían salir a descansar a otros climas",
escribe Cordovez. "Cada dedo de los pies de los viajantes era un panal de niguas,
que, en opinión de nuestro amigo Diego Fallon, deben dejarse entrar tranquilamente para
gozar la imponderable delicia de rascarse contra el colchón de la cama". Eso,
agregamos, si se encuentra cama, porque don Miguel Cané observa que en Villeta una cama
es "lujo asiático". Cordovez Moure remata con gracia: "Al fin llegaba el
término fijado para regresar a Santafé, a donde volvían los paseantes cargados de
calabazos, cocuyos, pericos y toches, de los que daba cuenta en poco tiempo el gato de la
casa; y como del paseo a veranear a tierra caliente sólo traían recuerdos enfadosos,
pocos eran los que quedaban con ganas de repetirlo". Razón tenían los santafereños
en preferir estarse quietos en sus moradas en vez de ir a pasar trabajos y sufrir toda clase de
percances en lo que antaño se llamaba ir a mudar temperamento. Y razón quizá tendremos
los que dormimos plácidamente en la mañana dominical, imaginando las torturas sin nombre
que sufren los que creen estarse divirtiendo comiendo almojábanas en Chía o garullas en
Soacha tras hacer una cola que parece cuidadosamente preparada para un mitin político.
|
|
Avenida de
San Diego (Recuerdos de Bogotá; Ediciones Augusto Schimmer).
|
TERCERA TAZA, EL TE.
¡SANTAFE HA MUERTO... VIVA BOGOTA!
Estamos en 1866.
"¡Todo ha variado! exclama Vergara ¡Qué triste es quedarse uno poco a
poco atrás! ¡Qué triste y qué desolador es encontrarse uno de extranjero en su
patria!". La irritación del escritor se dirige contra el engendro social que ha
creado el comercio, el engreído y fatuo pisaverde bogotano, el anticachaco, un dandi
importado, el terrible Mateo Castillo, ascendido primero a Mathieu Chateau y de allí
simplemente a "chato", y el no menos odioso y aborrecible marqués de Gacharná,
un francesito "natural de Sutamerchán (sic)"y de estirpe "aclimatada en
Noruega". De edad de veintiún años logró ir a París; vivió en un quinto piso,
devorando escaseces dos años mortales" hasta que regresó a Bogotá y se casó con
una "inglesa del barrio Santa Bárbara", heredera de cuantiosa fortuna. Es
decir, un "nuevo rico".
Ahora es París lo que
atrae. Vergara es invitado a una soirée a la que en lo posible sólo asisten
extranjeros, que serán atendidos por una "bona". Se sirven bizcochuelos
extranjeros con sabor a enfermedad, helados, llorones y, vaya usted a saber por qué,
uchuvas verdes. Silva advierte que por entonces está de moda el dulce de uchuvas, así
como los "huevos al plato". La mostaza inglesa habrá sido sustituida por la de
Dijon, mientras que los pobres seguirán consumiendo ají, "la mostaza de los
pobres" (Eugenio Díaz).
Tras una conversación en
la que se menciona a menudo "la Colombí" sigue un baile muy indecente para la
extrema sensibilidad de Vergara; "consiste en
bailar extremadamente abrazados, con otras
circunstancias deplorables". La moral de Cordovez Moure marcha por la misma senda:
"Bailar oprimiendo la pareja, como hace la boa constrictor que ahoga ala gacela que
va a devorar, o hacer del baile un acto de preparación para comulgar al día siguiente,
es malo". El paroxismo se produce a la hora del té:"¿Por qué toman el té en
lugar de tomar agua de borraja que era el sudorífico que enantes se usaba?". Un
vientecillo del Boquerón y la sudada del té obtienen un resultado apenas previsible en
el pobre Vergara: una pulmonía, "que fue considerada por los médicos como una obra
maestra en su género: llegaron hasta desear que no me salvara para ver cómo estaban mis
pulmones
Todo tenía que estar consumado en una ciudad que había cambiado hasta de
nombre: "!Ay mi Bogotá! ¿Dónde estás, arrabal de mis entrañas? ¿Quién me diera
que en vez de este té fuera un chocolate en casa de Samper, con asistencia de
Carrasquilla, Marroquín, Quijano, Valenzuela, Pombo, Guarín, Salvador Camacho y otros
que no sudan?". Se refiere Vergara a algunos de los ilustres miembros de El Mosaico
(1857-1871), tertulia que intentará, por encima de todo, salvar el honor perdido del
chocolate, lo que no creo que haya sido advertido por los historiadores literarios. Se
reunirán en las tardes a saborearlo con molletes, bizcochos, calaos y otras
"arandelas", entre las cuales no se desdeñará el queso de estera traído de
Ubaté. De vez en cuando, un buen ajiaco; y siempre, conversación. Nunca bebidas
alcohólicas y jamás política. ¿Cómo no va a ser ampliamente generoso un grupo de
tales calidades?
Algo había ocurrido entre tanto; el pueblo grande que vivió en plena colonia
hasta después de 1850, había desaparecido como por arte de ensalmo. "La guerra,
entre 1860 y 1863, marcaría la ruina de Santafé ", escribió con nostalgia Cordovez
Moure. "!Sus funerales, como los de Alejandro, fueron sangrientos!". Había
nacido Bogotá, la metrópoli. Todo era posible en un mundo dislocado y conmovido por las
historias fantásticas que traía don Nicolás lanco Armero, primer y último santafereño
que estuvo en la China y que traía, entre otras maravillas, un ajedrez que le había
costado más de dos mil pesos en oro.
El costumbrismo estaba destinado a morir, pero lo iba a hacer lujosamente. Su
alma sería Vergara y Vergara, y a su gran figura tenemos que volver. Como mecenas,
Vergara descubrió el genio ignorado del campesino Eugenio Díaz, a quien se debió la
idea del Mosaico, y el de Jorge Isaacs, tan importante para nuestras letras. Recopiló
Vergara un Museo de cuadros de costumbres y aun tuvo tiempo para escribir una
novela Olivos y aceitunos todos son unos; y la primera historia de la literatura
colombiana.
Modesto agricultor, dedicado al trabajo manual, fue el sorprendente Eugenio Díaz
(1805-1865). Como Daniel Defoe, empezó a escribir casi en la vejez. Su notable novela Manuela
no es un cuadro bogotano, y como tal no viene al caso aquí. Sin embargo, su valor
social es grande; después de leer una novela como aquella, queda el sabor de que la
sociedad, las costumbres, las maneras, han cambiado profundamente desde entonces. Más
relacionados con la ciudad son algunos de sus cuadros, como Los pescadores del Funza y
Los aguinaldos en Chapinero.
José David Guarín
(1830-1890), aunque muy bogotano, había nacido en
Quetame (Cundinamarca). Fue cónsul en Nueva York
y se hizo célebre por
Los doce
pañuelos, cuadro del tendero bogotano que no sabe negociar, y por Mi primer caballo, recuerdo de un premio que en su
niñez le diera el general Santander. También merecen ser nombrados el antioqueño Emiro
Kastos (Juan de Dios Restrepo, 1823-1894), cuya obra sigue siendo agradable de leer, y
Ricardo Carrasquilla (1827-1886), quien, aunque nacido en Quibdó, produjo el mejor cuadro
de costumbres versificado, Fiestas de Bogotá.
|
|
|
|
Vista
de Egipto tomada del lado norte, sobre el camino de Agua Nueva, Bogotá. Acuarela
de Manuel Dositeo Carvajal. Agosto 1853 (Fondo Cultural
Cafetero).
|
|
Vista
de Monserrate mirada de lado sur. Acuarela de Manuel Dositeo
Carvajal. Diciembre de 1852 (Fondo Cultural
Cafetero).
|
Vergara
describió al bogotano de siempre: "perezoso por modestia, modesto por pereza... Lo
comprende todo, pero se burla de todo". Tal vez a nadie cae mejor ese retrato que a
don Ricardo Silva (1836) acaso la figura más interesante del período, opacada por el
brillo inmenso de su hijo José Asunción. Dueño de una lujosa tienda en la que se
vendían sedas y porcelanas, Silva vivía como un mandarín comerciante, dado a la
literatura en momentos de ocio. En sus chispeantes cuadros, llenos de gracejos, señaló
que los santafereños o raizales estaban desapareciendo para dar paso a una multitud de
provincianos, agregando que éstos se estaban enriqueciendo. Y retrata por vez primera al
bogotano decadente que Vergara presintió (los Silvas son buen ejemplo), que vive de la
moda y no de la corriente impetuosa de los negocios, tan distinto de aquel advenedizo que
no se deja "envolver en la red de ese lujo exagerado y ridículo". Un enfoque
marxista hablaría de la ascensión de la burguesía. Se diría que Silva presentía su
ruina y la de sus desgraciados hijos en un mundo cada vez más hostil a su delicada manera
de ser.
Con humor e irreverencia, con algo de Swift y algo de Daniel Samper Pizano, Silva
conocía todo, pero de todo se burlaba, como en aquella espléndida pieza antológica en
la que se mofa de las continuadas y cuantiosas indemnizaciones
que reclamaban los súbditos extranjeros al
gobierno de Colombia por los más fútiles motivos. En otra ocasión, se burlará de las
juntas, reforzando la idea de que, si se quiere que algo no funcione, lo mejor es dejarlo
a un comité o a una junta. A veces, son sencillos episodios de la vida cotidiana, como la
pérdida continua de un manojo de llaves o la desgracia de pasar un domingo en casa dizque
descansando, o una réplica ingeniosa a la "docena de pañuelos" de Guarín, en Ponga
usted tienda. Especialmente graciosos son los cuadros que retratan al
"chino" bogotano, antecedente del gamín. Chinos se les decía a los hijos de
las criadas. Januario Salgar había escrito "El chino de Bogotá; Silva replicó con El
niño Agapito. Caicedo y Roj as había clasificad o a las criadas en tipos fácilmente
discernibles: copulativas, disyuntivas, condicionales y causales (casi todas
adversativas). En La cruz del matrimonio, Silva afirma: "Las criadas no mueren
nunca y todas son iguales; cambiamos, pues, de nombre al tener una criada nueva; pero es
un error creer que hemos cambiado de criada". Tras exponer los remilgos y alevosía
de aquéllas, establece como regla general que todas son sordas. Su visión muy
aristocrática, por cierto se completa con La niña Salomé, a la cual
podemos agregar La niña Agueda de don Manuel Pombo (1827-1898), hermano de don
Rafael.
FINAL MELANCOLICO
El viajero argentino
don Miguel Cané, a su paso por Bogotá, quedó admirado por "la superioridad
incontestable" del nivel intelectual bogotano y de su "maravillosa facilidad de
palabra". "Una mesa escribió es un fuego de artificio
constante" en donde con frecuencia se da "el aplastamiento de un tipo en una
frase". El personaje descrito estaba, por desdicha, en trance de muerte. El pesimismo
final de Vergara lo dice todo: "La vida es una canallada, es un robo cuatrero, ¡es
una miseria!". Era el grito del bogotano derrotado, del costumbrista que iría, con
Marroquín y con don Tomás Rueda Vargas después, a refugiarse en las fincas de la
sabana, en medio de los orejones, llamados así por las orejas que se les formaban a los
pañuelos que colocaban bajo el sombrero; "todo orejón es sabanero, pero no todo
sabanero es orejón", escribía el último descendiente del grupo, Rueda Vargas,
sobreviviente de una época extinta. El longevo Marroquín, en su hacienda Yerbabuena,
vería cómo la literatura declinaba, limitada acaso por un estéril fanatismo gramatical
del cual eran responsables directos, aunque inocentes, Cuervo y él mismo. Vería también
cómo Teodoro Roosevelt insultaba a esas "contemptible little creatures in
Bogota", a esa "corrupta comunidad simiesca", y quizá compartía la
desoladora conclusión que en el Congreso expresara por esos días don Esteban Jaramillo:
"En materia de tradición y de costumbres, lo único que subsiste entre nosotros
son... las malas costumbres"
|
|
|
|
Camellón de
las Nieves, lugar que hace tiempo se conoció como Tenebroso arrabal (Recuerdos de
Bogotá, Ediciones Schimmer).
|
|
La legación
inglesa arribó a Bogotá en época de Bolívar, y con ella trajo la taza de café, que
reemplazó a la de chocolate. Esta es la casa de la legación británica, agos más tarde
(Recuerdos dc Bogotá, Ediciones Augusto Schimmer).
|
Bibliografía
-
ARANGO FERRER, Javier, "Raíz y
desarrollo de la literatura colombiana", en Historia extensa de Colombia, vol.
XIX, Bogotá, 1965.
ARCINIEGAS,
Germán, América, tierra firme. Bogotá, Plaza y Janés, 1982.
CAICEDO
ROJAS, José, Apuntes de ranchería y otros escritos escogidos, Bogotá, BPCC, vol.
78.
CAMACHO GUIZADO, Eduardo, "La
literatura colombiana entre 1820 y 1900", en Manual de historia de Colombia. Bogotá,
Colcultura, 2a. edición, 1982.
CAPARROSO, Carlos Arturo, Cldsicos
colombianos. serie La granada entreabierta, núm. 25, Bogotá, Instituto Caro y
Cuervo, 1980.
COBO BORDA, Juan Gustavo, Arciniegas de cuerpo
entero, Bogotá, Planeta, 1987.
CORDO VEZ MOURE, José
María, Reminiscencias de Sant afé y Bogotá, Madrid, Aguilar, 1962.
DIAZ, Eugenio, Manuela.
Biblioteca de literatura colombiana, núm. 44, Bogotá, La Oveja Negra, 1985.
GOMEZ RESTREPO,
Antonio, Historia de la literatura colombiana, vol. 1, Bogotá, Publicaciones de la
Biblioteca Nacional de Colombia, s.f.
HERNANDEZ DE MENDOZA,
Cecilia, "Humorismo bogotano en Germán Arciniegas", en Arciniegas de cuerpo
entero de Juan Gustavo Cobo Borda, págs. 133 y sigs. (Fuente principal para los
apuntes sobre la historia del cachaco).
HUMBOLDT, Alexander von, Alexander
von Humboldt en Colombia. Extractos de su diario
(edición bilingüe), Bogotá, Flota
Mercante Grancolombiana, Publicismo y Ediciones,
1982.
IBAÑEZ, Pedro M., Crónicas
de Bogotá, Bogotá, Imprenta Nacional, 1923.
KASTOS, Emiro, Artículos
escogidos, Bogotá, Biblioteca Banco Popular, 1973.
LEMAITRE, Eduardo, Panamá
y su separación de Colombia, Bogotá, Editorial Pluma, 1980.
MARROQUIN, Lorenzo; Rivas
Groot, José María, Pax, Biblioteca de literatura colombiana, Bogotá, La Oveja
Negra, 1986.
MELO. Jorge Orlando,
"El ojo dc los franceses", en Boletín Cultural y Bibliográfico, núm. 5, vol.
XXIV, Bogotá, Banco de
la República, ¡985, pág. 97 (Rescíia dc las obras de Pierre dEspagnat, Augusto
Le Moyne y Charles Saffray sobre la Colombia del siglo XIX).
MONTAÑA, Antonio, Fauna
social colombiana, Bogotá, Gamma, 1987.
MUSEO DE CUADROS DE
COSTUMBRES.
Variedades y
viajes. Biblioteca dc El Mosaico, 1866, Bogotá, Biblioteca Banco Popular, núms. 46 a 49,
1973. (Muy completa selección de textos de José María Vergara y Vergara y demás
miembros de El Mosaico).
NIETO ARIETA, Luis
Eduardo, Economía y cultura en la historia de Colombia, Bogotá, Tiempo Presente,
1975.
POSADA, Jaime,
"Entre zanahorias y rascacielos", en Arciniegas de cuerpo entero de Juan
Gustavo Cobo Borda, págs. 265 y siga.
RODRIGUEZ FREYLE, El carnero, Biblioteca de literatura colombiana, núm.
95, Bogotá, La Oveja Negra, 1985.
RUEDA VARGAS, Tomás, Visiones
de historia y La sabana, Bogotá, Colcultura, BBC, 1975.
SANIN CANO, Baldomero, Letras colombianas, Colección autores
antioqucfios, vol. 1, Medellín, 1984.
SILVA, Ricardo, Artículos
de costumbres, Biblioteca Banco Popular, núm. 45, Bogotá, 1973.
VARGAS TEJADA, Luis, Las
convulsiones y Otras obras, Bogotá, Colcultura, 1971.
-
PRIMERA PARTE
|