Boletín Cultural y Bibliográfico. Número16,  Volumen XXV , 1988
  LAS TRES TAZAS  "De Santafé a Bogotá, a través del cuadro de costumbres" (segunda parte)


TRES PASEOS SANTAFEREÑOS

En 1846 los textos de geografía proclamaban: "Santafé de Bogotá, capital de Colombia, situada al pie de los nevados de Monserrate y Guadalupe, en donde nacen los caudalosos ríos de San Francisco y San Agustín, atravesados por magníficos puentes, en sus aguas se pescan anguilas y capitanes. Todas las calles están perfectamente empedradas, y embaldosadas y por el centro de ellas corren arroyos de aguas puras y cristalinas". Semejante hipérbole era pura fantasía creadora. Pero, ciertamente, había un auge económico y la ciudad crecía. Por entonces se fundaron varios colegios, como el de don Ricardo Carrasquilla y el de don Santiago Pérez. La vida de los estudiantes se refleja en la Historia de un alma de don José María Samper, agradable autobiografía de aquel patricio. Esa última Santafé, aldea de buhoneros, de tabernas, de horchata de ajonjolí y de buñuelos, es descubierta por libros que no son del todo costumbristas; es el caso de Bogotá en 1849 de Camacho Roldán. Toda la literatura de la época está impregnada por el costumbrismo, hasta los libros de viajes. No se le puede negar ese carácter a la Peregrinación de Alpha de Manuel Ancízar (1853), para citar un caso ejemplar. Y es que, con el apogeo económico, los viajes cobraron importancia. Los que podían, marchaban allende los mares, por la ruta de Villeta, Guaduas y Honda, tan bellamente descrita en Fax de Lorenzo Marroquín y José María Rivas Groot y en La otra raya del tigre de Pedro Gómez Valderrama, topándose en camino con los sartales de pianos que subían a lomo de mula, o con las primeras compañías de ópera, tenores y barítonos que turbaban con sus vozarrones la tranquilidad del páramo. Después era el Magdalena de caimanes y manatíes, cuyo aroma rescató García Márquez en El amor en los tiempos del cólera, antes de pasar dos largos meses marinos para estar por fin en Europa.

El Chorro de Padilla. Acuarela de Manuel Dositeo Carvajal, 2871 (Fondo Cultural Cafetero).

Todos soñaban con el mar. "Mercaderes conozco por sartales / y que no han visto otro río que el Fuchá", repetía el poeta. Santafé estaba "a más de doscientas leguas del mar, sin caminos para transitar por los despeñaderos que la separan del mundo civilizado, y tan próxima al vacío atmosférico que podría decirse, sin hipérbole, que vivimos en otro planeta", escribía Cordovez Moure. Y José Eusebio Caro lamentaba la suerte de los no pudientes:

¡Mar insondable, eterno, inmenso y solo!
El pobre no os vera.

Y, ciertamente, el hombre del interior vendría a descubrir el mar a través de Gregorio Castañeda Aragón y de León de Greiff, casi un siglo más tarde.

Las aguas. Acuarela de Manuel Dositeo Carvajal (Fondo Cultural Cafetero).

Similares a estas deberían ser las chozas campesinas a las que se refería el escritor Caicedo y Rojas, en su libro Apuntes de rancherias. (Recuerdos de Bogotá Ediciones Augusto Schimmer).

Pero el pobre gozaba de algún consuelo. Podía ir de pesca al Fucha o Bogotá, donde sacaría alguna "guapucha"; o podía ir a rezarle a la virgen de Lourdes en la vecina población de Chapinero. Otros se iban a "temperar" a la Mesa de Juan Díaz, en la provincia de Tequendama. Es de sumo interés comparar tres paseos relatados por los costumbristas. Don José Manuel Groot (1800-1878), santafereño de pura cepa, describió un "inolvidable" viaje a Ubaque, lleno de peripecias desagradables para el paciente relator que se resiste a buscar potreros lejanos, a pesar del queso, del bocadillo y del chocolate que alegran un camino lleno de dificultades, con parada a beber chicha en Las Cruces antes de trepar por Los Laches.

Igualmente infausto resulta el paseo narrado en Mi familia viajando de don Ricardo Silva, réplica del anterior. Aparte de la bella imagen de las numerosas torres y tejados de Bogotá entre la bruma transparente, el paseo deja la impresión de la anarquía más completa. "Como buenos colombianos —dice Silva—, todos mandábamos y disponíamos sin que ninguno hiciera cosa de provecho". El mercado en los pueblos es más caro y más escaso y, "por fin de fines", los viajantes regresan a la ciudad "enfermos, flacos, quemados y feos, todo por consecuencia de haber pasado unos días en el campo inmediato a la ciudad".

El tercero, de Cordovez Moure, no es menos desdichado, a pesar de que su destino es otro: Villeta. "No podía ser más penosa la situación de los que creían salir a descansar a otros climas", escribe Cordovez. "Cada dedo de los pies de los viajantes era un panal de niguas, que, en opinión de nuestro amigo Diego Fallon, deben dejarse entrar tranquilamente para gozar la imponderable delicia de rascarse contra el colchón de la cama". Eso, agregamos, si se encuentra cama, porque don Miguel Cané observa que en Villeta una cama es "lujo asiático". Cordovez Moure remata con gracia: "Al fin llegaba el término fijado para regresar a Santafé, a donde volvían los paseantes cargados de calabazos, cocuyos, pericos y toches, de los que daba cuenta en poco tiempo el gato de la casa; y como del paseo a veranear a tierra caliente sólo traían recuerdos enfadosos, pocos eran los que quedaban con ganas de repetirlo". Razón tenían los santafereños en preferir estarse quietos en sus moradas en vez  de ir a pasar trabajos y sufrir toda clase de percances en lo que antaño se llamaba ir a mudar temperamento. Y razón quizá tendremos los que dormimos plácidamente en la mañana dominical, imaginando las torturas sin nombre que sufren los que creen estarse divirtiendo comiendo almojábanas en Chía o garullas en Soacha tras hacer una cola que parece cuidadosamente preparada para un mitin político.

Avenida de San Diego (Recuerdos de Bogotá; Ediciones Augusto Schimmer).

TERCERA TAZA, EL TE. ¡SANTAFE HA MUERTO... VIVA BOGOTA!

Estamos en 1866. "¡Todo ha variado! —exclama Vergara— ¡Qué triste es quedarse uno poco a poco atrás! ¡Qué triste y qué desolador es encontrarse uno de extranjero en su patria!". La irritación del escritor se dirige contra el engendro social que ha creado el comercio, el engreído y fatuo pisaverde bogotano, el anticachaco, un dandi importado, el terrible Mateo Castillo, ascendido primero a Mathieu Chateau y de allí simplemente a "chato", y el no menos odioso y aborrecible marqués de Gacharná, un francesito "natural de Sutamerchán (sic)"y de estirpe "aclimatada en Noruega". De edad de veintiún años logró ir a París; vivió en un quinto piso, devorando escaseces dos años mortales" hasta que regresó a Bogotá y se casó con una "inglesa del barrio Santa Bárbara", heredera de cuantiosa fortuna. Es decir, un "nuevo rico".

Ahora es París lo que atrae. Vergara es invitado a una soirée a la que en lo posible sólo asisten extranjeros, que serán atendidos por una "bona". Se sirven bizcochuelos extranjeros con sabor a enfermedad, helados, llorones y, vaya usted a saber por qué, uchuvas verdes. Silva advierte que por entonces está de moda el dulce de uchuvas, así como los "huevos al plato". La mostaza inglesa habrá sido sustituida por la de Dijon, mientras que los pobres seguirán consumiendo ají, "la mostaza de los pobres" (Eugenio Díaz).

Tras una conversación en la que se menciona a menudo "la Colombí" sigue un baile muy indecente para la extrema sensibilidad de Vergara; "consiste en bailar extremadamente abrazados, con otras circunstancias deplorables". La moral de Cordovez Moure marcha por la misma senda: "Bailar oprimiendo la pareja, como hace la boa constrictor que ahoga ala gacela que va a devorar, o hacer del baile un acto de preparación para comulgar al día siguiente, es malo". El paroxismo se produce a la hora del té:"¿Por qué toman el té en lugar de tomar agua de borraja que era el sudorífico que enantes se usaba?". Un vientecillo del Boquerón y la sudada del té obtienen un resultado apenas previsible en el pobre Vergara: una pulmonía, "que fue considerada por los médicos como una obra maestra en su género: llegaron hasta desear que no me salvara para ver cómo estaban mis pulmones

  Todo tenía que estar consumado en una ciudad que había cambiado hasta de nombre: "!Ay mi Bogotá! ¿Dónde estás, arrabal de mis entrañas? ¿Quién me diera que en vez de este té fuera un chocolate en casa de Samper, con asistencia de Carrasquilla, Marroquín, Quijano, Valenzuela, Pombo, Guarín, Salvador Camacho y otros que no sudan?". Se refiere Vergara a algunos de los ilustres miembros de El Mosaico (1857-1871), tertulia que intentará, por encima de todo, salvar el honor perdido del chocolate, lo que no creo que haya sido advertido por los historiadores literarios. Se reunirán en las tardes a saborearlo con molletes, bizcochos, calaos y otras "arandelas", entre las cuales no se desdeñará el queso de estera traído de Ubaté. De vez en cuando, un buen ajiaco; y siempre, conversación. Nunca bebidas alcohólicas y jamás política. ¿Cómo no va a ser ampliamente generoso un grupo de tales calidades?

  Algo había ocurrido entre tanto; el pueblo grande que vivió en plena colonia hasta después de 1850, había desaparecido como por arte de ensalmo. "La guerra, entre 1860 y 1863, marcaría la ruina de Santafé ", escribió con nostalgia Cordovez Moure. "!Sus funerales, como los de Alejandro, fueron sangrientos!". Había nacido Bogotá, la metrópoli. Todo era posible en un mundo dislocado y conmovido por las historias fantásticas que traía don Nicolás lanco Armero, primer y último santafereño que estuvo en la China y que traía, entre otras maravillas, un ajedrez que le había costado más de dos mil pesos en oro.

  El costumbrismo estaba destinado a morir, pero lo iba a hacer lujosamente. Su alma sería Vergara y Vergara, y a su gran figura tenemos que volver. Como mecenas, Vergara descubrió el genio ignorado del campesino Eugenio Díaz, a quien se debió la idea del Mosaico, y el de Jorge Isaacs, tan importante para nuestras letras. Recopiló Vergara un Museo de cuadros de costumbres y aun tuvo tiempo para escribir una novela Olivos y aceitunos todos son unos; y la primera historia de la literatura colombiana.

  Modesto agricultor, dedicado al trabajo manual, fue el sorprendente Eugenio Díaz (1805-1865). Como Daniel Defoe, empezó a escribir casi en la vejez. Su notable novela Manuela no es un cuadro bogotano, y como tal no viene al caso aquí. Sin embargo, su valor social es grande; después de leer una novela como aquella, queda el sabor de que la sociedad, las costumbres, las maneras, han cambiado profundamente desde entonces. Más relacionados con la ciudad son algunos de sus cuadros, como Los pescadores del Funza y Los aguinaldos en Chapinero.

José David Guarín (1830-1890), aunque muy bogotano, había nacido en Quetame (Cundinamarca). Fue cónsul en Nueva York y se hizo célebre por Los doce pañuelos, cuadro del tendero bogotano que no sabe negociar, y por  Mi primer caballo, recuerdo de un premio que en su niñez le diera el general Santander. También merecen ser nombrados el antioqueño Emiro Kastos (Juan de Dios Restrepo, 1823-1894), cuya obra sigue siendo agradable de leer, y Ricardo Carrasquilla (1827-1886), quien, aunque nacido en Quibdó, produjo el mejor cuadro de costumbres versificado, Fiestas de Bogotá.

Vista de Egipto tomada del lado norte, sobre el camino de Agua Nueva, Bogotá. Acuarela de Manuel Dositeo Carvajal. Agosto 1853 (Fondo Cultural Cafetero). Vista de Monserrate mirada de lado sur. Acuarela de Manuel Dositeo Carvajal. Diciembre de 1852 (Fondo Cultural Cafetero).

Vergara describió al bogotano de siempre: "perezoso por modestia, modesto por pereza... Lo comprende todo, pero se burla de todo". Tal vez a nadie cae mejor ese retrato que a don Ricardo Silva (1836) acaso la figura más interesante del período, opacada por el brillo inmenso de su hijo José Asunción. Dueño de una lujosa tienda en la que se vendían sedas y porcelanas, Silva vivía como un mandarín comerciante, dado a la literatura en momentos de ocio. En sus chispeantes cuadros, llenos de gracejos, señaló que los santafereños o raizales estaban desapareciendo para dar paso a una multitud de provincianos, agregando que éstos se estaban enriqueciendo. Y retrata por vez primera al bogotano decadente que Vergara presintió (los Silvas son buen ejemplo), que vive de la moda y no de la corriente impetuosa de los negocios, tan distinto de aquel advenedizo que no se deja "envolver en la red de ese lujo exagerado y ridículo". Un enfoque marxista hablaría de la ascensión de la burguesía. Se diría que Silva presentía su ruina y la de sus desgraciados hijos en un mundo cada vez más hostil a su delicada manera de ser.

  Con humor e irreverencia, con algo de Swift y algo de Daniel Samper Pizano, Silva conocía todo, pero de todo se burlaba, como en aquella espléndida pieza antológica en la que se mofa de las continuadas y cuantiosas indemnizaciones que reclamaban los súbditos extranjeros al gobierno de Colombia por los más fútiles motivos. En otra ocasión, se burlará de las juntas, reforzando la idea de que, si se quiere que algo no funcione, lo mejor es dejarlo a un comité o a una junta. A veces, son sencillos episodios de la vida cotidiana, como la pérdida continua de un manojo de llaves o la desgracia de pasar un domingo en casa dizque descansando, o una réplica ingeniosa a la "docena de pañuelos" de Guarín, en Ponga usted tienda. Especialmente graciosos son los cuadros que retratan al "chino" bogotano, antecedente del gamín. Chinos se les decía a los hijos de las criadas. Januario Salgar había escrito "El chino de Bogotá; Silva replicó con El niño Agapito. Caicedo y Roj as había clasificad o a las criadas en tipos fácilmente discernibles: copulativas, disyuntivas, condicionales y causales (casi todas adversativas). En La cruz del matrimonio, Silva afirma: "Las criadas no mueren nunca y todas son iguales; cambiamos, pues, de nombre al tener una criada nueva; pero es un error creer que hemos cambiado de criada". Tras exponer los remilgos y alevosía de aquéllas, establece como regla general que todas son sordas. Su visión —muy aristocrática, por cierto— se completa con La niña Salomé, a la cual podemos agregar La niña Agueda de don Manuel Pombo (1827-1898), hermano de don Rafael.

FINAL MELANCOLICO

El viajero argentino don Miguel Cané, a su paso por Bogotá, quedó admirado por "la superioridad incontestable" del nivel intelectual bogotano y de su "maravillosa facilidad de palabra". "Una mesa —escribió— es un fuego de artificio constante" en donde con frecuencia se da "el aplastamiento de un tipo en una frase". El personaje descrito estaba, por desdicha, en trance de muerte. El pesimismo final de Vergara lo dice todo: "La vida es una canallada, es un robo cuatrero, ¡es una miseria!". Era el grito del bogotano derrotado, del costumbrista que iría, con Marroquín y con don Tomás Rueda Vargas después, a refugiarse en las fincas de la sabana, en medio de los orejones, llamados así por las orejas que se les formaban a los pañuelos que colocaban bajo el sombrero; "todo orejón es sabanero, pero no todo sabanero es orejón", escribía el último descendiente del grupo, Rueda Vargas, sobreviviente de una época extinta. El longevo Marroquín, en su hacienda Yerbabuena, vería cómo la literatura declinaba, limitada acaso por un estéril fanatismo gramatical del cual eran responsables directos, aunque inocentes, Cuervo y él mismo. Vería también cómo Teodoro Roosevelt insultaba a esas "contemptible little creatures in Bogota", a esa "corrupta comunidad simiesca", y quizá compartía la desoladora conclusión que en el Congreso expresara por esos días don Esteban Jaramillo: "En materia de tradición y de costumbres, lo único que subsiste entre nosotros son... las malas costumbres"

Camellón de las Nieves, lugar que hace tiempo se conoció como Tenebroso arrabal (Recuerdos de Bogotá, Ediciones Schimmer).

 

 

La legación inglesa arribó a Bogotá en época de Bolívar, y con ella trajo la taza de café, que reemplazó a la de chocolate. Esta es la casa de la legación británica, agos más tarde (Recuerdos dc Bogotá, Ediciones Augusto Schimmer).

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PRIMERA PARTE