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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
19, Volumen XXVI, 1989
¿Biografía,
documentación?
Antonio José Uribe
Humberto Cáceres
Fundación Segunda Expedición Botánica,
Bogotá, 1987, 283 págs.
Todo alumno de derecho conoce,
siquiera de nombre, la obra clásica de Champeau y Uribe, Tratado de derecho civil colombiano
*,
del cual
misteriosamente sólo existe un volumen de los cinco originales, de setecientas páginas
cada uno. Pocos saben en realidad quiénes fueron sus autores, el profesor francés Edmond
Champeau y Antonio José Uribe Gaviria, objeto de esta biografía por encargo.
Pocos saben también, y este libro lo ignora, el destino infausto que cupo a esa gran
obra, hoyjoya bibliográfica, cuyos originales perecieron el 9 de abril de 1948, sin que
se conozcan copias, según el testimonio de quienes tuvieron acceso a la obra completa,
como el doctor Rodrigo Noguera Laborde.
No escribir sino sobre lo que se
ama, aconsejaba Renan. Ese, y no otro, puede ser el pecado original de todo libro por
encargo, que como éste, patrocinado por Colciencias, es una demostración más de que el
ánimo de trabajar, sin objetivos claros, no conduce sino a un derroche inútil de
energías, porque es mejor no hacer
nada que elaborar un texto completamente anodino o,
por qué callarlo, francamente insoportable. El motivo dé tal encargo es la autoría de
nuestra Ley Orgánica de la Instrucción Pública (ley 39 dc 1903), obra de Uribe como
ministro de Instrucción Pública. El personaje, es verdad, fue autor de una labor
verdaderamente grande en ese ramo: a su esfuerzo se debieron las Escuelas de Artes y
Oficios, el Congreso Pedagógico Nacional, la reinstalación, en 1904, de la Universidad
Nacional, y el establecimiento de la obligatoriedad de la educación fisica. Aun así, es
más interesante, a nuestro entender, su labor diplomática. Varias veces canciller de
Colombia, Uribe fue autor de nuestra primera recopilación jurisprudencial, así como de
los célebres Anales diplomáticos y consulares de
Colombia, del libro La reforma administrativa (1903)
y de un
Tratado de
derecho penal, junto con Carlos E. Restrepo, entre un número de obras que lo cuentan
entre los más prolíficos escritores de toda nuestra historia, debiendo hacerse resaltar,
de su labor impresionante como internacionalista, su proyecto de un código de derecho
internacional. Sabemos, además, que trató temas literarios en escritos perdidos.
¿Cómo fue la vida de ese hombre serio, pero
afable y gentil, tan recordado por familiares y amigos? El libro no da una respuesta. Su
infancia es traducida en un retrato del Medellín de 1869, para lo cual se acude a
documentos que dicen más del general Pedro Justo Berrío que de la ciudad, y simplemente
se hace un repaso de la historia polltico-militar de Antioquia, antes de naufragar
definitivamente en un fárrago de datos, de listas, y en un catálogo tedioso de nombres
propios en cantidades verdaderamente alarmantes, como que pasan de cien en algunas
páginas; para
completar, no indica las fuentes, mientras que sí nos ofrece los textos
completos de varios tratados como el del Winsconsin, que puso fin a la guerra de los Mil
Días, el Herrán-Hay
(14 págs.), el Urrutia-Thomson, o el Lozano-Salomón, añadiendo su larga ratificación,
el Acta de Independencia de Panamá, fragmentos de discursos bien conocidos, mensajes al
congreso, declaraciones, proclamas, manifiestos, consultas, pasquines, presentaciones de
libros que, por desgracia, a veces dicen más del personaje que todo lo demás, sin obviar
los firmantes completos de cuanto decreto se atravesó en la vida del personaje,
convirtiendo poco a poco el libro en una pesadilla dantesca superior a la de leer de
seguido el Diario Oficial o los Anales del Congreso.
Nos cuenta el autor que Uribe
realizó investigaciones jurídicas con Fernando Vélez, su maestro, a quien admiró
en sumo grado y escuchó de sus labios hermosas anécdotas y enseñanzas inolvidables
.
Es decir, precisamente lo que
hace falta en este libro. Ni una sola anécdota, ni un solo rasgo circunstancial, viven en
él, aunque, según propia confesión del autor (pág. 35), haya hecho un rápido viaje a Medellín en busca
de información.
En un ensayo sobre la poesía de
Cote Lamus, Hernando Valencia Goelkel emprendió una reivindicación de la anécdota,
una de las bestias negras de los preceptistas actuales. No sé bien qué sea
una biografía, pero si sé que este libro no lo es. Los lectores buscamos, ciegamente,
quizá culpablemente, aquello que tan a la ligera llamamos el hombre,
encerrado, lo presumo, en la anécdota, alma misma del discurso. De Antonio José Uribe
sabemos apenas, en estas páginas, que nació, se casó y murió. Para no pecar de
injustos en la apreciación, nos queda claro que en 1886 Uribe obtuvo la máxima
calificación universitaria, que no presentó fallas de asistencia y su conducta
mereció el calificativo de intachable (pág. 30) y que su esposa fue doña
Clementina Portocarrero Carrizos a: En el nuevo hogar halló [
...
] el complemento indispensable de
su vida y la razón de
ser de sus afectos y de sus esperanzas, pues su virtuosa y culta
esposa supo comprenderlo y compartir con él todo lo bueno y amable de su
existencia. ¿Porqué no mencionar siquiera a sus hijos, uno de ellos el doctor
Antonio José Uribe Portocarrero, ilustre maestro durante medio siglo en el Colegio Mayor
del Rosario?
El trabajo del biografiado como congresista está
resumido así: En el Congreso Nacional siempre se distinguió Uribe por su
elocuencia, caballerosidad, preparación y patriotismo. Muchas de sus iniciativas se
convirtieron en leyes muy benéficas para los colombianos. Nadase nos cuenta de sus
cátedras en el Rosario y en la Javeriana. A cambio, por supuesto, el autor nos regala un
catálogo completo de capítulos, introducciones y presentaciones de lenguaje acartonado y
burocrático, plagadas de comentarios insulsos, de las obras de Uribe.
Paralelamente, se escribe la historia colombiana
contemporánea, que ocupa, a falta del personaje, casi todo el libro, aunque no se dice
nada nuevo acerca de los mayores episodios que jalonan nuestra historia, ya que se
entiende que su intención, fallida por demás, es la de dar un ambiente a la vida del
personaje.
La historia es apenas una ciencia conjetural. El
autor de este libro intenta volverla matemática, exacta. Su resultado es monstruoso; tras
leerlo nos queda la terrible certeza de que, cien años después, casi todos los hombres
son, apenas eso, un nombre, un anónimo nombre, paradojalmente, o una fotografía grisosa,
y después... la nada, viviendo en el
recuerdo de nadie. Tema más para un poema, que, lo
sospecho, Darío Jaramillo ya escribió.
LUIS H. ARISTIZABAL
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Uribe, Antonio José y Edmond
Champeau, Tratado de derecho civil colombiano, París,
L.
Larousse, 1899, 22 cm. (regresar*)
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