Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 19, Volumen XXVI, 1989

 

Continuación

 

LA MUSICA, CLAVE DEL ALMA

Jamaica, como la metrópoli inglesa del Caribe, se constituye como el generador de caracteres culturales irradiados por el constante intercambio de información sobre costumbres, modas y noticias.

Durante los primeros tiempos de la colonia, el desprecio y exclusión de los negros de la vida que no representara "actividades mecánicas asignadas a esa infeliz raza según su merecimiento", en la triste ideología de superioridad puritana, el colonizador dedicó buena parte de su energía de destruir sin apelaciones toda manifestación de individualidad, espiritualidad o arte, para reemplazarlas por una evangelización y una reeducación que actuaran como principio de autoridad en el esfuerzo por justificar hasta la última consecuencia su "humanidad" frente al "cafre".

Sin embargo, la intensa vida que se fermentaba en los barracones de esclavos, con su intercambio de experiencias y los relatos de la Mama Africa traídos de boca en boca, hicieron aflorar, por un lado, la vieja tradición de revuelta y rebeldía, y por otro, los múltiples atavismos culturales. Los ingleses, conscientes de ello y advertidos sobre la contraproducente política represiva, tuvieron que abrir espacios que, aunque mínimos, actuaran como puntos de fuga del ferviente impulso rebelde de los esclavizados, instituyendo las jornadas anuales conocidas como Congo Meetings. En ellas afluían los represados gritos, bailes, gestos dramáticos y expresiones apisonadas. Los británicos habían logrado reducir a su mínima expresión las reconstrucciones culturales y místicas de los negros, que éstos practicaban en el secreto abigarrado de la manigua, plantación adentro.

El tambor es el más grande representante de la música de percusión, aquí interpretado por José Zebina. Esta es la quijada de caballo que hace parte de la "sección rítmica junto al bajo artesanal conocido como bass-tube.

 

La voz instrumento vocal, Willy Leger.

El tambor, un símbolo místico, esotérico, representante de la más grande cultura de la música percutida, fue erradicado casi por completo de las plantaciones inglesas, por sus evocaciones a espíritus terribles y las prácticas de terrorífico significado a los ojos de los asustadizos colonos. (Hay que recordar que fueron los tambores un arma decisiva en el triunfo de diversas sublevaciones, pues con su sonido hueco y retumbante ahuyentaban a ejércitos diestros en la lucha frontal, pero poco entrenados para pelear contra cuadrillas invisibles, con tácticas militares dignas de fantasmas y sangrientas apariciones; a ejércitos que no sabían interpretar el significado de aquellos mortales ritmos de guerra).

Es esa razón por la cual el tambor no fue, durante muchísimo tiempo, un instrumento cultivado en las sociedades de negros brutalizados por los ingleses.

Había que esperar hasta cuando la prohibición de la trata de negros fuese promulgada. Pero, antes de eso, algunos "libertos" ya utilizaban instrumentos musicales europeos, dando lugar a un fenómeno muy peculiar y muy extendido en el Caribe de todas las influencias: la músicá y su ejecución en el ámbito popular, y en algunos casos en el académico (como en Cuba), estuvo en manos de los negros.

Este es el caso de la música de San Andrés y Providencia en aquel ponderado período de oro iniciado en 1847. Los negros isleños tuvieron acceso, durante esta estapa de "fusión de valores" a los instrumentos europeos, como la guitarra, la mandolina y el violín, interpretando con ellos aquellas melodías que entre los ingleses eran populares, como valses, chotises, minués.

La percusión estaba fuertemente prohibida, y ya para 1847 no quedaba rastro de ella. Tal vez en los reductos rebeldes de Bottom House, en Providencia, o de Slave Hill, en San Andrés, se percutiera sobre bases poco ortodoxas (huesos, cocos, maderos sin ninguna construcción específica). Esto determina la precariedad instrumental de la música básica, pero un gran desarrollo en la parte vocal.

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