Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 19, Volumen XXVI, 1989

Historia Regional con antagonismo político... y todo


Estado Soberano del Cauca: federalismo y
Regeneración
Alonso Valencia Llano
Banco de la República, Bogotá, 1988,
297 págs.

La historia se escribe casi siempre como “juicio de Dios”. Es bien conocido el aforismo de Pascal según el cual los hombres en general, ante la incapacidad para hacer fuerte la justicia, han terminado por hacer justa la fuerza. Escribir la historia es, ciertamente, en la mayoría de los casos, un privilegio del vencedor. Los triunfos políticos y militares —y sobre todo estos últimos— se legitiman ex postfacto. El vencedor aparece entonces como propietario de la razón, y la historia misma salva su coherencia. La historia política y constitucional colombiana no ha sido ajena a este modo autocomplaciente de mirar las cosas por parte de las tendencias que en determinada coyuntura obtuvieron victorias decisivas y, con ellas, el privilegio de contar el pasado y construir el futuro.

Después de la disolución del imperio colonial español, la idea de la construcción de un Estado-nación se había convertido, para los pueblos hispanoamericanos en general y para el neogranadino en particular, siguiendo el ejemplo de Europa y los Estados Unidos y bajo la égida del republicanismo, en imperativo histórico.

Después de casi un siglo de conflictos velados y explícitos entorno a la cuestión estatal-nacional, el movimiento de la Regeneración, política y militarmente victorioso, constituyó y afianzó, por fin, ese pequeño Leviatán criollo que fue el Estado unitario y central colombiano de 1886, e impuso con él su visión del pasado y su proyecto de futuro. La idea de una identidad estatal nacional fue entonces retrotraída por. el vencedor hasta los tiempos de la Independencia. Se pudo entonces decir que tanto el federalismo de la segunda mitad del siglo XIX como el radicalismo liberal que lo sustentaba no habían sido sino una quimera de adolescentes impetuosos e irresponsables y, en el mejor de los casos, un grave y sangriento error refutado por la historia ulterior.

Hoy, cien años después de la fundación jurídico-institucional del Estado colombiano como Estado unitario, se ha vuelto un lugar común el reconocimiento de su desarrollo hipertrofiado. Una obesidad desmesurada lo condena al inmovilismo, y las regiones, rebajadas a la humilde condición de departamentos, se mueren de asfixia bajo su peso. Olvidado el peligro de la desintegración territorial bajo el imperio de los Estados regionales soberanos, y aun superado el trauma de la secesión de Panamá, empezamos a mirar, si no con nostalgia por lo menos con curiosidad de aprendices, hacia ese pasado largamente denigrado y estigmatizado de la república radical. Sentados bajo la lámpara del pasado, discutimos entonces sobre las posibilidades y el sentido de restaurar el equilibrio entre nación y región en la Colombia de hoy.

El libro que queremos comentar encuentra su legitimación en este nuevo espíritu de recuperación de la memoria regional. Su actualidad e importancia radican precisamente allí. Mucho se habla de historia regional, pero la crónica de las vicisitudes de los Estados regionales soberanos en el seno de la república federal está llena de páginas en blanco. Algo se ha dicho sobre regiones como Antioquia y Santander. El Gran Cauca sigue siendo, en cambio, a pesar de su importancia mayúscula para la historia del siglo XIX, un gran olvidado.

La obra está dividida en tres partes:   La primera y menos interesante es un intento de caracterización de la economía caucana entre 1863 y 1890. Casi exclusivamente con base en literatura secundaria del orden nacional, intenta el autor construir un marco económico para la contextualización de la historia política del Estado soberano del Cauca. Se trata, pues, de un rápido bosquejo del comportamiento de la economía de exportación regional, fundada en el cultivo y comercio del tabaco y la quina, durante la segunda mitad del siglo XIX. Dos ideas aparecen como fundamentales en este precario ámbito explicativo: 1. El afán de las oligarquías caucanas por aislar políticamente la región, con miras a consolidar la hegemonía del mosquerismo como garante de la paz y, con ello, de la estabilidad del comercio exportador, y 2. La asociación de la crisis de la economía exportadora, en la década del setenta, con el surgimiento de los grupos de interés que habrían de constituir el núcleo de articulación del llamado liberalismo independiente en el viejo Cauca.

La segunda parte del estudio se ocupa de la “consolidación del liberalismo mosquerista” en el decenio comprendido entre 1863 y 1873. Salvo el último capítulo, esta segunda parte constituye un excelente ejercicio de sentido común.

La premisa fundamental de todo el análisis, a partir de la cual se construyen las hipótesis de trabajo que orientan la investigación, es la de la extrema debilidad del Estado como instancia aglutinante de la sociedad colombiana durante el siglo XIX. En ausencia de un Estado central capaz de ejercer a cabalidad su función integradora, ésta deben cumplirla el caudillismo y el gamonalismo y, con ellos, los partidos políticos. El autor renuncia a precisar de manera unívoca el significado de estas categorías; así que prefiere respetar su maleabilidad, redefiniendo sus matices de significación según el contexto explicativo de que se trate.

El concepto de ‘caudillismo’ utilizado, con contadas excepciones, de manera intuitiva en la historiografía colombiana, muestra a través de estas páginas su enorme capacidad explicativa. El caudillismo aparece, en términos generales, como hijo de la guerra. Sin embargo, no quedan del todo claros, como impuestos por el caudillismo, los límites entre el civilismo y el militarismo y, con ellos, entre gólgotas y draconianos, entre independientes y mosqueristas. Tampoco quedan del todo claros los límites difíciles entre el caudillismo y el gamonalismo.

La idea del caudillo lo ilumina todo. Los partidos políticos, caracterizados en sus orígenes por un primado del elemento personal sobre el institucional y programático, cumplen su función integradora en la mediación de las clientelas y caudas de gamonales y caudillos, instancias personales de concentración del poder social y político en las esferas local, regional y aun nacional. A su presencia aglutinante parece deberse, entre otras cosas, el milagro de la no disolución territorial.

La evolución histórica de los partidos tradicionales se entiende, entonces, como un tránsito desde el caudillismo hacia la comunidad de ideas. Así se explica, por ejemplo, el camino que va del mosquerismo, pasando por el liberalismo independiente, hasta la Regeneración. Mosquera, el gran caudillo militar, es sustituido a partir de 1867 por Trujillo, el más civilista de los caudillos militares, hasta que éste, a su vez, resulta reemplazado por Núñez, el caudillo ideológico.

La misma constitución de Rionegro (1863) se presenta como una camisa de fuerza impuesta para controlar al general Mosquera y, con ello, para impedir el establecimiento y consolidación de un caudillismo nacional. Y después de la caída de Mosquera (1867), la defensa celosa de la soberanía del Estado caucano aparece, así mismo, como el marco jurídico-institucional para el aislamiento político de la región y, en última instancia, para la consolidación de la hegemonía regional del mosquerismo.

A diferencia de los capítulos anteriores, relativos a las conflictivas relaciones entre el gobierno central en manos del radicalismo y el gobierno regional dominado por el mosquerismo (cap. II), así como a la descripción de los sistemas electoral y de orden público en el viejo Cauca (cap. III), el último capítulo de la segunda parte, reflexión alambicada sobre la cultura política regional, no acaba de convencer al lector. Se especula allí, sin serios controles de realidad pero sobre todo sin un sustento teórico adecuado, sobre la “representación social del caucano” y sobre “el papel providencial del mosquerismo”. Dejando de lado la cuestión de la idoneidad de los mecanismos psicosociales que intentan dar cuenta de un tal proceso de interiorización y recomposición de las representaciones sociales, cabe anotar que la imagen de hombres belicosos atribuida a los caucanos no es específica de ellos y no aporta en tal sentido gran cosa a la definición de su identidad cultural. Acaso sirva para distinguir al hombre caucano del antioqueño, pero en ningún caso de tipos igualmente pendencieros como el santandereano. Colombia toda, o por lo menos casi toda, estaba inmersa por ese tiempo en el drama cotidiano de las guerras civiles. Representaciones culturales asociadas al mismo debieron florecer en todas partes.

La tercera sección del libro es, tanto desde un punto de vista metodológico como temático, la más original. Aperado con las categorías de análisis desarrolladas y puestas a prueba en la primera parte, emprende el autor un estudio sobre el origen y evolución del llamado liberalismo independiente en el Cauca grande hasta su absorción por el movimiento de la Regeneración.

El aporte historiográfico es considerable. Por primera vez hablan de manera sistemática las fuentes primarias. De la correspondencia personal de algunas personalidades de la época, de los informes oficiales de los distintos presidentes del Estado Soberano del Cauca y de sus ministros de gobierno, pero sobre todo de la prensa regional, va saliendo la información requerida para mostrar cómo grupos de interés surgidos de la crisis política y económica se fueron articulando, a mediados de la década del setenta, para conducir al mosquerismo en su evolución hacia el independentismo y hacia la Regeneración.

La vinculación del mosquerismo con los comienzos de la Regeneración constituye acaso la idea más original de toda la obra. Es bien esclarecedor, en tal sentido, el lugar que le atribuye Valencia al independentismo como puente entre el mosquerismo y la Regeneración. El independentismo aparece entonces como un hibrido entre los elementos caudillistas provenientes del pasado y los elementos institucionales y programáticos que anuncian el futuro regenerador. De la misma manera que el tránsito del mosquerismo al independentismo se había mostrado antes como simbolizado por la sustitución de Tomás Cipriano de Mosquera por Julián Trujillo, así mismo se explica el ascenso del conservatismo en el seno del Partido Nacional por el derrumbamiento de la figura caudillista de Eliseo Payán, último gran representante del viejo liberalismo y de la grandeza caucana decimonónica.

No menos interesante que el lúcido adentramiento del autor en el estudio de los vericuetos del faccionalismo liberal en el ámbito regional, resulta su análisis de la política conservadora hasta su triunfo sobre la fracción liberal en el seno del Partido Nacional. El liberalismo se había transformado, después de la revolución triunfante, de 1860, en una simple federación de caudillos regionales, de manera tal que ni siquiera el independentismo había conseguido evolucionar hacia formas verdaderamente nacionales de la movilización, articulación y representación políticas. El conservatismo, por el contrario, excluido del poder central desde la guerra de 1860 y vuelto a derrotar militarmente en 1876, no estaba atado de manera tan fundamental como su fraccionado adversario político a la función de garantizar la consolidación del poder social y político de las cutes regionales. Ello le permitió, sin lugar a dudas, obtener un grado mayor de institucionalización y de proyección suprarregional y, en última instancia, de capacidad para hegemonizar el proceso de construcción del nuevo Estado nacional.

Muchas otras cosas cabria y valdría la pena comentar en torno a este excelente trabajo de historia regional. Que baste, sin embargo, lo dicho para motivar al lector a penetrar, a través de esta obra, los misterios del período de la república radical, así que su exótico paisaje de autonomías regionales llevadas hasta el límite casi imposible de una cuasinternacionalización del espacio político interior, ayude a ilustrar el sinnúmero de preguntas formuladas por el renacer presente de la cuestión regional y local en nuestro país.

IVAN OROZCO ABAD