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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
19, Volumen XXVI, 1989
Continuación
BOLÍVAR Y LA
LIBERTADORA
Un importante índice
de la fuerte presencia de la música en el temperamento costeño de entonces yace en la
personalidad de Simón Bolívar, nacido a orillas del Caribe venezolano y portador de
rasgos culturales muy cercanos a nuestra costa atlántica. Su pasión por la música
popular consta en la escasa información disponible, como si en ello el fundador de la
república hubiera querido dejar a la posteridad un mensaje en clave: a bailar los unos
con los otros como yo he bailado, he ahí Vuestro futuro. Un rústico clavicordio, que hoy
forma parte de la colección Perdomo, lo acompañó en muchos viajes
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, y quienes lo conocieron de cerca,
como el general José Antonio Páez, coinciden en afirmar su proclividad al baile y su
destreza para el mismo, así como para algunos elementos propios del entorno danzario
como, por ejemplo, la galantería hacia el sexo femenino. Los testimonios salidos de la
legación argentina en Bolivia lo muestran como una especie de líder en las actividades
festivas, lo que hoy se denominaría frívolamente como el "alma de la fiesta".
El episodio de su amorío con la estadounidense Jeannette Hart, ocurrido en 1825, lo
muestra como un consumado bailarín, según cuenta ella misma en su Diario, que cita
Antonio Maya en su obra sobre el intrigante asunto:
Cuando bailaba con el
general Bolívar pude notar que solamente los pies de un bailarín por naturaleza podían
llevarme a través de aquellos intricados pasos y figuras de aquellas danzas exóticas y
poco familiares para mí [...] La última pieza que tocó la banda y que bailamos
los dos,fue un vals; la multitud cesó de bailar dejándonos el centro del salón a
nosotros solos y colocándose alrededor para vernos bailar [...] La armonía de
nuestros movimientos era tan bella, que ninguna otra pareja hubiese podido competir. El
general se movía como silos acordes de aquel vals emanaran de su propio
cuerpo, era algo como una disposición heredada
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.
Esta norteamericana
podía tender a mitificar los hechos pasados y épicos de su vida afectiva, es cierto,
pero en este caso el mito tiene un fuerte sustrato material. Que Bolívar hubiera
resultado un gran amante, una especie de latin lover, un hombre inolvidable para
ella, lo indica el hecho de que hasta el final de su vida Jeannette mantuvo cerca de su
corazón el retrato y otros recordatorios de su novio prócer. Lo importante es que su
testimonio podrá estar exagerado o quizás el recuerdo del travieso Libertador
sacralizado por el paso del tiempo, pero no hay duda 8obre su vocación rumbera. Tampoco
la hay sobre la identidad de los ritmos principales de la época: el minué, que era el
menos apetecido por rígido y formalista; la cachucha, lajota, el bolero, el ondú
baile muy elegante, de origen peruano, el vals, el bambuco y la contradanza,
que era su ritmo favorito.
La marcada inclinación
del Libertador por este último ritmo
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merece consideración especial. En el
estado actual de las investigaciones no hay muchas luces sobre el desarrollo de la
contradanza en Colombia, y la mayoría de las afirmaciones deben entenderse como
hipotéticas. Parece ser que la contradanza más escuchada fue la española, aparecida en
las cortes peninsulares como resultado de la influencia francesa, y no la diseminada en el
Caribe por la emigración haitiana a raíz de la legendaria sublevación del Bois Caiman a
fines del siglo XVIII y comienzos del XIX
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Así las cosas, parece que
Colombia recibió el ritmo favorito de la nobleza española mientras que Cuba acogió un
baile burgués de figuras, muy popular en la provincia francesa pero que no llegó a
Versalles. En todo caso, esta predilección del Libertador tuvo su eco en el ejército
republicano, que acostumbró incluir contradanzas en sus actos marciales y, así, vemos
que en la batalla de Boyacá se tocó repetidas veces una contradanza llamada La
vencedora
y, con ocasión de la entrada triunfal del ejército libertador a Bogotá se compuso,
en honor de Bolívar, una célebre contradanza titulada La
libertadora.
No sería del todo descabellado pensar que estas piezas ocuparon en nuestras luchas
independentistas un lugar semejante al de La marsellesa, La bayamesa y La borinqueña en
los conflictos sociales respectivos de Francia, Cuba y Puerto Rico.
Ahora bien: el repertorio
musical más vanguardista de nuestra gesta emancipadora no estuvo formado por auténticos
ritmos de la tierra, como sí ocurre en proyectos revolucionarios como el de José Martí,
que tuvo como símbolos vivos al punto cubano y el son oriental, y con la Revolución
Mexicana, que todo los latinoamericanos hemos sentido a través de sus corridos. En este
sentido, se puede decir que nuestra lucha independentista apareció demasiado temprano en
la historia, cuando todavía no habían florecido los productos culturales del proceso de
mestizaje con la música popular a la cabeza. Ni siquiera en la costa atlántica contaban
los sectores republicanos con una cultura sonora propia, como lo evidencia el baile que el
general Ucrós ofreció en Cartagena al Libertador, festejo que debió de resultar muy
elegante y aburrido, porque sólo se bailó minué, ritmo europeo de mucha etiqueta y poca
popularidad, como lo sugieren quienes han escrito sobre esta ocasión
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.
Ya en la época de
Bolívar se capta la existencia de una usanza muy extendida en la costa atlántica y todo
el Caribe. Posada Gutiérrez refiere que, en los bailes de Cartagena, a la medianoche
aparecían "algunos bailes de la tierra alegres y vivarachos", y con esto los
rumberos señoriales cartageneros reproducen la relación vergonzante con la música de
los sectores populares que se repite, con variantes, en todas partes: la música
socialmente aceptada es la europea, con diferencia de poca o ninguna significación, y la
de los sectores populares es silenciada totalmente o sale a relucir en las horas perdidas
de la madrugada, cuando sólo quedan en el baile los espíritus más esclarecidos,
perniciosos o bohemios de las clases pudientes. Semejantes debilidades coyunturales de la
buena sociedad blanca no quedarían sin consecuencia para la historia, pues con esto se
establecía un mecanismo de comunicación y asimilación de los elementos musicales
originados en los sectores populares. No sería excesiva suspicacia pensar que estas
conductas un tanto irregulares fueron uno de los muchos caminos utilizados por la música
costeña para ampliar su radio de acción en un proceso lento que duró muchísimos años.
LAS OBSERVACIONES
DE GOSSELMAN
Ahora bien: la
existencia de ritmos europeos en el Caribe colombiano de aquellos tiempos significó
necesariamente su aclimatación, esto es, que las gentes de aquí los interpretaron
de acuerdo con su cultura, temperamento y ambientación. De esto se conservan algunos
testimonios, producto de la muy cosmopolita práctica de escribir libros de viajes que
tenían los europeos cultos del siglo pasado. Entre 1825 y 1826 estuvo por estas tierras
el funcionario oficial sueco Carl August Gosselman, hombre culto y con fino sentido de la
observación, quien presenció en Cartagena un suntuoso baile en la Casa de la
Gobernación, el cual describió con estas palabras:
Su danza era de mucha
gracilidad, aunque no usaban ninguno de los pasos que acostumbrábamos nosotros, los que
de todas formas habrían sido imposibles de efectuar en el piso de piedra y al compás de
la lenta y pomposa música con que se acompañaban sus valses y contradanzas, que en
definitiva resultaban ser un compás inglés con una serie de variantes que les habrían
introducido. No es posible bailar en este clima tan caluroso con la rapidez y vivacidad
con que lo hacemos en nuestros bailes de invierno, pero es grato observar lo hermoso y
original que resulta el orgullo y galanura de sus vueltas en el vals, además de la gracia
y elegancia con que se mantienen en el aire en un baile como el minué
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Este acto era la
culminación de unas celebraciones patrióticas que incluyeron desfiles de bandas
militares con música que calificó como estridente y de mala calidad. Las mujeres le
parecieron más bien feas y chiquitas, aunque con los pies bonitos. De su pluma salió una
frase que condenaba a los costeños ante los ojos de la ética calvinista europea, siempre
tan intolerante y agresiva frente a lo que no comprende: "Puedo decir con razón que
los colombianos durante la mitad del año tienen días de fiesta y el otro medio año no
hacen nada". Era lo menos que podía esperarse de un nórdico un tanto obnubilado por
lo que García Márquez denominó metafóricamente "el olor de la guayaba". Pero
Gosselman, como buen europeo, pudo admirarse ante el brillo de la ceremonia en un baile
tan importante, que a él asistieron los próceres Soublette y Mariano Montilla y
proliferaron sedas, perlas y joyas. Percibió que las versiones musicales presenciadas, a
pesar de tratarse de los mismos ritmos europeos, tenían algo "hermoso y
original", ingrediente que asocia a la "gracia y elegancia" con que se
baila. ¿Sería esto el Caribe y su pimienta que empezaba a deslizarse en las reuniones
sociales de la joven república?
Por otra parte, Gosselman
anota acertadas indicaciones de sociología musical: las relaciones entre los estilos de
baile y los climas, como cuando menciona la velocidad de los bailes de invierno europeos y
los bailes cadenciosos del trópico. Esto en 1825 era una indicación notable, aun para
Europa.
A este baile oficial
siguió un baile parecido en casa del cónsul inglés, y después siguieron muchos más,
hasta que nuestro teniente sueco llegó por sí mismo a la conclusión de que el baile y
los juegos de salón eran el único entretenimiento de las clases altas cartageneras. En
lo que respecta a la cultura sonora de los sectores populares, sus conceptos experimentan
variaciones. Gosselman llega a Cartagena en Semana Santa sin que hubiera notado la
presencia de eventuales sincretismos religiosos y sólo constata que las calles estaban
llenas de negros con ropas vistosas. En ese momento, no ha afinado sus oídos para los
sonidos vernáculos:
Todo el espectáculo
se acompaña de una música que, para quien no está acostumbrado a oír, resulta una
variante del parloteo de los papagayos sentados en las puertas y en los balcones; es decir, el lenguaje del pueblo inferior
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.
CONTINUAR
5 Alfredo Gómez Zurek,
"La colección Perdomo, una herencia musical", en boletín Cultural y
Bibliográfico, Biblioteca Luis-Angel Arango, vol. XXII, núm. 5, págs. 17-26, Bogotá,
Banco de la República, 1985, pág. 21. (regresar5)
6
Aníbal
Noguera y Flavio de Castro (comps), Aproximación al Libertador. Testimonios de una
época. Bogotá, Plaza y Janés, 1983, pág. 161. (regresar6)
7 Luis Antonio Escobar, La
música en Cartagena de Indias, Bogotá, 1985, pág. 89. (regresar7)
8 Alberto Londobo, Danzas
colombianas. Medellín, 1986, págs. 294 - 295.
(regresar8)
9 José Ignacio
Perdomo, Historia de la música en Colombia. Bogotá, Plaza y
Janés, 1980,
págs.
196- 197. (regresar9)
10 Carl August
Gosselman, Viaje por Colombia: 1825 y 1826. Banco de la República, 1981, pág. 45.
(regresar10)
11 Ibíd. pág.
34. (regresar11)
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