Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 19, Volumen XXVI, 1989

 

Continuación

 

Evidentemente, el fenómeno presenciado escapaba a la comprensión de una mirada eurocentrista, como puede observarse por la ironía del lenguaje. Gosselman, en este momento, ni siquiera es capaz de captar las tendencias de la sensibilidad popular. Sus ojos se abren a medida que avanza su estadía en la costa, y cuando se traslada a Santa Marta, unos días más tarde, su entendimiento empieza a registrar algunos elementos sonoros del trópico. Al igual que el anónimo súbdito británico ya citado, Gosselman considera a Santa Marta como el sitio más aburrido de la república, por el bajo nivel de cultura de sus clases altas y la falta de entretenimientos nocturnos; se encontró con la costumbre de sentarse a la puerta de la calle con sillas reclinadas contra las paredes, con gente que no leía pero que colmaba este vacío con la conversación, con mujeres que fumaban cigarros y tenían la costumbre de ir a los bailes "con un adorno en el cabello en forma de puro, que, a modo de diadema, ataviaba con gusto exquisito sus cabezas. Si lo consideraban necesario lo retiraban y se lo fumaban". Se sintió a gusto en Gaira, adonde fue a pasar la fiesta de Pentecostés, y allí sentó un precioso registro de una de las expresiones musicales propias de la costa atlántica:

Por la tarde del segundo día se preparaba un gran baile indígena en el pueblo. La pista era la calle, limitada por un estrecho círculo de espectadores que rodeaba a la orquesta y a los bailarines. La orquesta es realmente nativa y consiste en un tipo que toca un clarinete de bambú de unos cuatro pies de largo, semejante a una gaita, con cinco huecos, por donde escapa el sonido; otro que toca un instrumento parecido, provisto de cuatro huecos, para los que solo usa la mano derecha, pues en la izquierda tiene una calabaza pequeña lkna de piedrecillas, o sea, una maraca, con la que marca el ritmo. Este último se señala aún más con un tambor grande hecho en un tronco ahuecado con fuego, encima del cual tiene un cuero esiirado, donde el tercer virtuoso golpea con el lado plano de sus dedos. A los sonidos constantes y monótonos que he descrito se unen los observadores, quienes con sus cantos y palmoteos forman uno de los coros más horribles que se puedan escuchar. Enseguida todos se emparejan y comienza el baile. Este era una imitación de/fandango español, aunque daba la impresión de asemejarse más a una parodia. Tenía todo lo sensual de él pero sin nada de los hermosos pasos y movimientos de la danza española, que la hacen tan famosa y popular. Mezclados a las canciones un negro indígena, acompañándose con una pequeña guitarra, recitaba versos. Su uso era frecuente y el sonido bonito, pues la música lleva siempre una armonía, que se compkmenta con sus voces puras y profundas que tanto tienen de melancolía y tan bien se ajustan al clima de su patria y a la orgullosa grandeza que los cobija. Era una canción sobre la toma de Santa Marta durante la guerra de independencia, que declamaba con emoción, teniendo en cuenta que él participó en ella 12.

Ya aquí se trata de una mirada que podrá no estar aclimatada, pero sí lo suficientemente impactada por lo observado como para haber retenido vívida y respetuosamente muchos elementos analíticos. El detalle de un mestizo de Gaira entonando canciones de contenido político relativas a la reciente guerra de independencia sugiere la temprana presencia en nuestro medio de algo parecido a lo que Paulo de Carvalho-Neto denomina "folclor de las luchas sociales" 13 o simplemente música de protesta social. No hay razón para pensar que la producción musical de este "negro indígena" era un caso aislado, pero el probable cancionero costeño de la gesta independentista continúa sepultado por la amnesia colectiva, tal vez "hasta que la esperanza cree de su propia ruina aquello que contempla", según la frase premonitoria que utiliza Isaac Deutscher para anunciar un mañana universal posible y más humano.

Ahora bien: la descripción hecha por Gosselman constituye un logro. La "orquesta" a que se refiere es indudablemente un conjunto de gaitas, el formato original de la música costeña, y aparecen identificados sus instrumentos básicos como son las maracas, la gaita hembra y la gaita macho; aparece también un tambor que no está lo suficientemente bien determinado como para establecer su denominación y origen étnico preciso. Dado el grado avanzado que debía de registrar para esta época el proceso de mestizaje 14 es muy probable que estemos en presencia de una agrupación que combina elementos musicales de las etnias indígenas y africana pero que se diferencia de cada una de ellas individualmente considerada. No son muy sólidas, entonces, las inseguras aseveraciones de Luis Antonio Escobar sobre este mismo texto, cuando afirma que se trata de una danza indígena, apoyándose en una lectura inadecuada del pasaje, literal y sin tener en cuenta el contexto histórico 15 . De la narración se desprende que muy seguramente se bailaba en rueda y se entonaban cantos, cosa que violentó los oídos occidentales del sueco, y se trata probablemente del baile can tao, también llamado bunde o fandango, el cual existía desde muchos años antes, toda vez que a mediados del siglo XVIII había sido objeto de prohibición episcopal, cosa que originó una coyuntura de protesta general en la provincia de Cartagena 16 , y en 1785 la realización de un bunde sin permiso oficial tuvo alguna incidencia en el origen de un conflicto social que culminó en la proclamación de la comuna de Ayapel 17

Pero Gosselman también alcanzó a disfrutar de la amabilidad de las mujeres samarias, de la costumbre un tanto curiosa que tenían ellas de regalarle al extraño el tabaco recién encendido en su propiaboca. Entre las largas conversaciones nocturnas y un ambiente que oscilaba entre lo bucólico, la modorra y el aburrimiento puro y simple, logró constatar la utilización masiva del arpa por las mujeres samarias:

Al igual que en Cartagena, les gusta mucho el baile. A la vez es frecuente escuchar a las mujeres tocar una especie de pequeña arpa. Ellas no saben distinguir las notas, pero poseen buen oído, así es que tocan con precisión y ritmo admirables. Ayudadas por la forma en que se cortan las uñas, chasquean con mucha fuerza, cortándose en poco tiempo las cuerdas. En un depósito ubicado en el mismo instrumento mantienen las cuerdas finas y tienen gran habilidad para arreglar una cuerda cortada o colocar una nueva [...] Raras veces se las oye cantar y después de haberlo comprobado uno desea que lo hagan más espaciadamen te, ya que les suena muy mal la voz; resulta extraño esto considerando su hermoso lenguaje musical y su gran oído. El error [...] se encuentra [...] en el poco entrenamiento del elemento indispensable para el canto: la voz 18 .

Esta predilección por el arpa, un tanto sorprendente hoy día, tuvo cierta acogida entre las mujeres costeñas del siglo XIX. No sólo las samarias sino también las momposinas se destacaron en el manejo del instrumento, es decir, el arpa era popular en dos de las tres principales ciudades de ese entonces y esto puede indicar que era una habilidad usual en un porcentaje elevado del elemento femenino regional. Y, además, tan notable que Gosselman lo considera el rasgo cultural más importante de la población:

El mejor talento está reservado a las mujeres de aquí. Estas tocan el arpa con verdadera maestría y virtuosismo y por ello su fama ha atravesado todo el país. Lo inaudito es que las notas musicales son absolutamente desconocidas, lo que acrecienta el valor de su habilidad. Es común encontrarse un cuarteto de ellas, tocando y entonando alguna pieza, mientras que cada una sé acompaña con la voz sin la más leve falla. Su seguridad es total. Pese a todo no son orgullosas ni egoístas con su arte. Con gusto permiten a los forasteros escuchar sus pequeños conciertos nocturnos. He ahí una gran diferencia con Santa Marta, donde las mujeres no cultivan el canto. Seguramente se han dado cuenta de sus limitaciones, ya que no atormentan a nadie con sus voces, ni siquiera a ellas mismas 19.

Los dos textos antes citados recuperan un hecho musical perdido en la actualidad: las mujeres costeñas tenían habilidad especial para el arpa. De esa habilidad no quedan rastros, y esto hace pensar a Luis Antonio Escobar que no existen huellas del pasodel arpa por Cartagena como para poder sostener, con cierto apoyo empírico, que este instrumento entró al país por esta ciudad en su itinerario viajero hasta los llanos orientales, donde se asentó para conformar la base musical de esa región 2O . Sin embargo, esta huellas sí existen en una interesante y muy popular categoría de bailes que detecta Posada Gutiérrez en la Cartagena de entonces: los bailes de las cuarteronas 21 , Con este nombre se denomina a aquellas muchachas de "color entre el nácar y la canela, de ojos chispeando fuego y amor, y dentadura esmaltada cual hilera de perlas panameñas", que se dedicaban a oficios generalmente artesanales como los de costurera, modista, bordadora, cigarrera, etc., que componían sus trajes con muselina y zaraza, y lucían calzado de rasete.

Estas cuarteronas amenizaban sus bailes con una o dos arpas tocadas por ellas mismas con bastante maestría —según Posada Gutiérrez— y se hacían acompañar por una o dos flautas. Tan animadas e interesantes, por muchos motivos, debían de ser estas reuniones que, a pesar de tratarse de uno de los sectores más pobres de la población, los señores de las clases altas acostumbraron asistir a ellas fugándose soterradamente de sus propios salones. Pero lo importante es que el arpa de las momposinas observadas por Gosselman también estaba en manos de las cuarteronas de Cartagena y, aunque Posada Gutiérrez nada nos dice sobre los ritmos que interpretaban, no es aventurado suponer que lo hacían con un sabor muy típico.

Por lo demás, el viajero sueco no se le limitó a elogiar la calidad interpretativa de las momposinas —cosa notable, proviniendo de un occidental no predispuesto al elogio fácil ni al amor por el trópico— sino que extendió su observación a constatar la celebración de lo que llamó "el carnaval de Navidad" y las fiestas del 20 de enero, eventos que describe como llenos de hechos musicales, en los cuales no se detiene mayormente, y menciona, eso sí, el impacto que le produce la costumbre de empolvarse la cara con harina blanca 22 . También comprobó que los bogas negros del río Magdalena acompañaban sus labores con cantos corales, cuyo ritmo y lenguaje expresaría años más tarde Candelario Obeso en términos poéticos 23 .

Y un segundo paso por Cartagena le sirvió para observar otra rumba patriótica: la celebración de la liberación del dominio español, realizada por Montilla el 10 de octubre de 1821, acontecimiento que desató el frenesí colectivo en Barranquilla, cosa que registramos en las primeras páginas de este ensayo. El ambiente se semeja a una feria, con desfiles, música, muchos niños en las calles, y coincide el baile con el juego de azar 24 .

 

LOS BAILES "DECENTES" Y EL CARNAVAL

Por esos mismos años empezaron a llegar comerciantes extranjeros, evidenciándose así el nuevo signo de los tiempos republicanos, pero también los síntomas de la futura pujanza que alcanzaría Barranquilla, ciudad que comienza a aparecer en la historia. Un canadiense lo suficientemente importante en términos sociales y comerciales como para haber sido huésped de John Glenn, canadiense que luchó en el ejército republicano y uno de los principales comerciantes de Barranquilla, nos ha legado una preciosa descripción de un baile celebrado en casa de José María Peñez, quien desempeñaba el cargo de "juez político" en la ciudad. Luego de un refrigerio consistente en generosas cantidades de dulces, conservas, licores y cigarros, los caballeros se dirigieron hacia donde estaban las damas y:

al compás de una orquesta muy buena se abrieron las puertas de un salón adyacente y ¡vaya! aparecieron todas las bellezas de Barranquilla desplegadas alrededor de la sala en "orden pavoroso de la manera terrible y sistemática como he observado que ellas se muestran en sus casas, y estoy seguro de haber sentido mayor reticencia en encontrármelas que lo que sentiría ante un número igual de asesinos malvados, y en esta ocasión, toda la belleza que uno pudiera captar era contrapesada por la difícil prueba de pasar en medio de esa formidable asamblea. A esta hermosa falange y hacíamos una ronda de reverencias mientras llenábamos nuestros asientos en el lado opuesto de la sala. Cada uno de los caballeros selecciona su pareja respectiva y se coloca de pie ante ella en la sala y cuando todos están listos empieza la música, entonces la hermosa niña se levanta y comienzan las veloces vueltas y volteretas. Generalmente se bailan valses, pero también hay lo que llaman contradanzas, las cuales participan tanto de la naturaleza del vals que casi no alcanzó a distinguirlos [...] Una pequeña niña de trece años bailó elfandan go, una especie de giga o gaita con mucha viveza que sumió a la concurrencia en un éxtasis de dicha 25

Se trataba de una típica fiesta de la clase alta, con predominio de la contradanza y el vals, que son tocados por una orquesta supuestamente "muy buena lo cual nada dice sobre la real calidad de tal grupo, pero sí sugiere la posibilidad de que ya en ese entonces pudieran hallarse en Barranquilla músicos con cierto oficio, producto de cierta intensidad y continuidad de las actividades musicales; en otras palabras, seguramente había bastantes fiestas. Se observa también que la mirada del narrador está distanciada mediante el humor un tanto ácido con que se detiene en una situación que se le antoja muy poco civilizada, como era esa versión tropical de la moral puritana en la Barranquilla de 1829, celosa de formas y convencionalismos capaces de ahuyentar el espíritu del más galante. Sin embargo, tal vez Rensselaer van Rensselaer, a quien debemos este valioso texto, no alcanzó a captar que una sociedad puritana en el trópico tenía que resultar una aventura condenada al fracaso, una caricatura o una pretenSión en el vacío. Esta nueva sociedad republicana no era, no podía ser, tan profundamente calvinista como la de Nueva Inglaterra, por ejemplo, por tratarse de algo extremadamente movedizo y en formación, pero sobre todo por las influencias del medio. En efecto, el Caribe se introduce en la sala por intermedio de una niña de trece años, es decir, una persona que por su edad está colocada al margen del comportamiento normal y se le permiten licencias para actos impensables en los adultos. Cuando la niña baila, el ambiente se relaja a pesar de estarse interpretando un ritmo costeño, algo que usualmente no es de recibo en los salones decentes de la época. Un siglo antes de barrer definitivamente con los ritmos europeos, la música costeña mostraba la fuerza de sus raíces al mismo tiempo que, en unos códigos incomprensibles para las clases altas, advertía sobre su existencia de viejo topo que socavaba, lenta e imperceptiblemente, los cimientos de la cultura sonora dominante. A través del cuadro expuesto se capta que los ritmos populares se introducían marginalmente en los dominios del minué, la contradanza y el vals, ya sea por los trasnochadores en las altas horas de la madrugada, como en Cartagena, o por agentes desprejuiciados y aparentemente inocuos, como los niños.

Esta recepción precaria de las costumbres festivas europeas aparece con más fuerza en otro relato de la misma época, proveniente de un viajero estad ounidense que consigna sus impresiones sobre las fiestas navideñas de Cartagena, las cuales sugieren algún parecido con ciertos carnavales europeos:

Las fiestas, o celebraciones de las vacaciones, empiezan un poco antes de Navidad y continúan unos diez o doce días después, durantelos cuales hay una parálisis laboral casi completa; incluso para ciertos períodos la ley prohíbe efectuar transacciones comerciales. Durante estas fiestas, se mantienen bailes y disfraces en la plaza pública todas las noches hasta el amanecer y no sepermitenfiestas privadas; allí, bajo un amplio pabellón sostenido por postes, puede admirarse semejante condumio de "espíritus blancos y negros, espíritus azules y grises". A llí se puede mirar a cientos de personas que, rodeadas de una multitud que tiene libre acceso, colocan la fantasía en suspiesy se sumergen en un vals vertiginoso y, de vez en cuando, se detienen a observar la explosión de alguna espléndida exhibición pirotécnica. Sólo la clase más rica usa máscara y seguramente la gran mayoría asistesin poder costearse una. Los vestidos usuales de las damas suelen ser muy costosos y elegantes; el principal adorno de cabeza es una peineta grande hecha de concha de nácar cubierta con una lujosa mantilla negra; ornamentos de oro alrededor del cuello, vestidos blancos, medias de seda con encajes y zapatillas de satín constituyen aquí la vestimenta para todos los climas. Nunca se usan bonetes por el calor y la sofocación extremados. El vestido de los caballeros es de un material blanco y los niños de las clases más pobres andan por las calles con los vestidos que la naturaleza les dio y nada más. Las damas, al disfrazarse, están más interesadas en permanecer de incógnito que en representar a su personaje, como es la usanza en Europa. Por esa razón, no estaba tan contento, pero sí había algunos disfraces que representaban a su personaje razonablemente bien. Entre ellos, un indio norteamericano con su hacha, su correa de cuentas, cuchillo y rifle, una monja de apariencia grave,un sexagenario gotoso con dos bellas hijas, cada una de las cuales buscaba evidentemente la oportunidad de escaparse con algún amante buen mozo. El pobre viejo no veía mucho más allá de sus narices y, cuando ellas bailaban, tenía que ir a buscarlas hasta que la tos lo obligaba a regresar a su silla. También había un mico con sus dos amos, pero lo mejor fue un bajá con su sultana, ricamente vestidos en sus atuendos orientales y que representaban muy bien a sus personajes. Cuando pasaron al lado de nosotros, comenté al capitán Fish lo que pensaba de ellos, agregando que no me sorprendía el buen gusto del bajá al dedicarse a la compañía de una sola señora que pudiera desempeñarse tan bien como la sultana. Al cabo de un rato, el disfrazado se dirigió a mí diciendo: "¿Cómo está usted, señor inglés?" de donde deduje que había entendido mi observación. No pude averiguar de quién se trataba, pero por la estatura y f¡gura supuse que era un tal Mr. Bunch, el inglés más rico del lugar, a quien me habían presentado anteriormente. Los disfrazados raras veces saludan a un extraño o a una persona que no conozcan, pero siempre contestan cuando se les saluda. El domingo es el día de gala, se pasa revista general y se fuman muchos cigarros. Una esquina de la plaza es utilizada por los esclavos durante "las fiesta"; y éstos, a imitación de quienes son mejores que ellos, se divierten a su manera bailando unos monótonos "fandangos "durante las festividades 26.

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12 Ibíd., pág. 55. (regresar12)

13 Paulo de Carvalho-Neto, El folklore de las luchas sociales, México, siglo XXI Editores, 1973. (regresar13)

14 Magnus Mórner, La mezcla de razas en la historia de América Latina, Buenos Aires, Paidós, 1969, págs. 124- 125. (regresar14)

15 Escobar, op. cit, págs. 66-67. (regresar15)

16 Ibíd., págs 17; Alberto Alzate, El música de banda, Bogotá, Editorial América Latina, 1980,
págs. 29-30; José P. Urueta y Eduardo Gutiérrez de Piñeres Cartagena y sus cercanías, Cartagena, Tipografía Mogollón, 1912, pág. 461. (regresar16)

17 Orlando Fals Borda, Historia doble de la costa, t. III: Resistencia en el San Jorge, Bogotá, Carlos valencia Editores, 1986, págs. 83a-88a. (regresar17)

18 Gosselman, op. cit. pág. 45.  (regresar18)

19 Ibíd.. págs. 111-112. (regresar19)

20 Escobar, op. cit. pág. 19. (regresar20)

21 Joaquín Posada Gutiérrez, Memorias histórica- políticas, Bogotá, Imprenta Nacional, 1929,
pág. 202. (regresar21)

22 Gosselman, op. cit, págs. 115-116. (regresar22)

23 Ibid., pág. 123. (regresar23)

24 Ibíd., págs. 91, 92.   (regesar24)

25 Catharina V. R. Bonney, A Legacy of Hutorical Gleanntngs, vol I Albany, 1875. págs. 465-466. (regresar25)

26 Ibíd. págs. 447-448. (regresar26)