Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 19, Volumen XXVI, 1989

 

Continuación

 

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El disfraz juega un papel importante en las fiestas de Quibdó.

LA BANDERA, GRAFO QUE DESCRIBE LAS REGLAS DEL JUEGO

Al comienzo de todas las competiciones se halla el juego, esto es, un convenio para, dentro de ciertos límites espaciales y temporales, realizar algo en determinada forma y bajo reglas determinadas, que da por resultado la resolución de una tensión y se desarrolla fuera del curso habitual de la vida 8.

Hácia el mediodía del 20 de septiembre, en el parque infantil, la historia del poblamiento de Quibdó en el presente siglo está descrita por el conjunto de banderas que en círculo se disponen. Son doce las unidades territoriales allí representadas; cada bandera simboliza un barrio o un conjunto de barrios que se congregan alrededor de uno de los más antiguos.

Los barrios son los segmentos a través de los cuales los individuos se miran en el estrecho circulo que los reúne, y toda tensión acumulada debe ser borrada en el territorio imaginario que la fiesta instaura. En el círculo resalta la bandera sanfranciscana, la de mayor tamaño y ala cual todas las otras rinden honores. Cada uno de los barrios es llamado al centro del círculo; el orden es el mismo que se seguirá en los días posteriores, cuando la fiesta vaya pasando de un barrio a otro. El abanderado del barrio es quien oficia en el centro; su juego es danza y movimiento de la bandera; la chirimía realiza el acompañamiento necesario y el abanderado debe hacer su presentación con fuerza y ritmo.

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En tanto los abanderados van pasando a realizar su actuación, el encargado de dirigir el rito no se cansa de recordar los preceptos cívicos que codifican la festividad. Habla del honor con el cual se ha de portar la bandera, de la alegría como único compromiso que ha de asumir toda la población, de renunciar a toda expresión de violencia y de hacer la fiesta para ser fieles a la tradición que los antepasados enseñaron.

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8 Johan Huizinga, Homoludens, Madrid, Alianza Editorial, 1972, págs. 128-129. (regresar8)