Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 20, Volumen XXVI, 1989

 

El desarrollo económico logrado en el interior después de 1903 no caló la región fronteriza llanera. A lo largo del siglo XIX, Arauca fue la más floreciente población de Casanare, gracias a su acceso a los mercados venezolanos. Este factor ventajoso llegó a su fin durante la guerra de los Mil Días, cuando Cipriano Castro bloqueó la navegación de vapores por el Orinoco e impuso altos aranceles proteccionistas al ganado importado de Colombia (33) . El ganado de los llanos era inferior en cuanto a raza, peso, alimentación y cuidado, en comparación con el que se criaba en las montañas o en la costa caribe. Para llegar al interior, había que viajar por ásperos y casi intransitables senderos, o tomar la vía de San Cristóbal, privilegio por el cual Venezuela exigía el pago de un elevado peaje. Imposibilitados de vender competitivamente sus animales en cualquiera de los dos países, los propietarios araucanos los sacrificaban para aprovechar el cuero o abandonaban los llanos definitivamente (34) . A comienzos del siglo XX renació la demanda europea de plumas de garza, lo que aplazó, aunque por breve tiempo, la inevitable crisis económica. Cuando el precio de las delicadas y níveas plumas se remontó a quinientos dólares la libra, la “ley de la selva” se impuso en Arauca. Aventureros sin escrúpulos acechaban los lugares de anidación y, para apoderarse de las plumas, mataban las aves por millares. La caída vertical del precio en 1914 redujo drásticamente el comercio de plumas, tanto el legal como el de contra bando. Más que contribuir al desarrollo económico de la comisaría, los catorce años de auge estimularon el desorden y casi exterminan las garzas (35) . Muchos de los problemas de Arauca eran crónicos en todo el territorio llanero: funcionarios corruptos e incompetentes, inexistencia de títulos de propiedad de la tierra, elevada mortalidad por causa de las enfermedades tropicales y un desenfrenado bandidaje que desalentaba la colonización y la afluencia de capital tanto en la comisaría como en Meta y Casanare (36) .

 

Muchos colonos buscaron refugio en El Amparo, población venezolana a orillas del río Arauca (Cromos, Bogotá, vol. 4. núm. 77. ago. 4. 1917).

 

En Arauca, por añadidura, la avasalladora injerencia venezolana reforzaba tales dificultades. Los precios, por ejemplo, estaban por las nubes, debido a que los comerciantes importaban todo por conducto de intermediarios venezolanos y pagaban dobl.e gravamen: en Ciudad Bolívar y en Arauca. Los venezolanos controlaban el tránsito de embarcaciones por el río, y tan sólo circulaba la moneda venezolana. En 1912 el comisario informó que negociantes venezolanos habían recogido toda la moneda colombiana circulante en la localidad, y la habían reacuñado en Venezuela, para introducirla de nuevo en Colombia, obteniendo así el ciento por ciento de ganancia (37) . La aduana disponía de siete hombres mal pagados para vigilar una frontera de ciento cincuenta leguas. No es de sorprenderse, pues, que el contrabando desde Venezuela representara las dos terceras partes del comercio de la región (38) . La libre navegación por el río Orinoco habría aliviado la insostenible situación, pero Juan Vicente Gómez, que derribó a Castro en 1908, se negó a reconocer las reclamaciones de Colombia (39) .

Por su situación geográfica, la comisaría se vio comprometida con los desórdenes políticos del estado de Apure, al igual que con el gobierno de Gómez en Caracas. Muchos venezolanos habían cruzado la frontera para escapar a las guerras federalistas del decenio de 1860. En algunas localidades fronterizas, constituían el noventa por ciento de la población. En medio de los pobladores pacíficos, existían también bandidos y revolucionarios que establecieron bases para operaciones clandestinas. En los años 1909, 1911 y 1912, adversarios del presidente de Apure lanzaron infortunados ataques desde Arauca. Enemigos de Juan Vicente Gómez se organizaban y conspiraban en el lado colombiano de la frontera. Para aplastarlos, el dictador no vaciló en ordenar su asesinato ni en enviar tropas a través del río Arauca, con o sin autorización de las autoridades colombianas. Esas arbitrarias actuaciones reforzaron el temor de los araucanos a una inminente invasión venezolana. Ya entre 1899 y 1902, cuando Castro apoyaba a los rebeldes liberales que dominaban los llanos, hubo rumores de que su intención era anexionar a Casanare (40) . La inseguridad en la frontera desalentaba a los colonos honrados y frenaba el progreso económico. 

A pesar de ciertos intentos por reformar la política del gobierno nacional respecto a la región fronteriza llanera, lo único que se lograba era acrecentar las presiones que producirían el “affaire Arauca”. La traumática pérdida de Panamá sufrida por Colombia puso al descubierto la necesidad de incorporar más efectivamente sus territorios periféricos. Tras un torrente de decretos inoperantes, el acto legislativo de 1910 vino a constituir en varios decenios, la primera reorganización significativa del régimen territorial, al permitir la formación de intendencias y comisarías especiales como unidades administrativas directamente sustentadas en el poder ejecutivo por conducto del ministerio de Gobierno. La diferencia legal entre las dos categorías no resultaba clara, pero la comisaría era menos importante y más dependiente del gobierno central. En 1913, mediante decretos ejecutivos se habían creado las comisarías de Arauca, Vaupés, Urabá y Juradó, así como las intedencias de Meta y Chocó (41)

Principalmente por consideraciones estratégicas, Arauca fue elevada de prefectura departamental a territorio nacional. Los presidentes Restrepo y Concha concedieron alta prioridad al mejoramiento de las relaciones con Venezuela. El derrocamiento de Cipriano Castro, en 1908, había allanado el camino a la reanudación de los vínculos diplomáticos con Colombia, rotos en 1901. Se esperaba la reapertura de las negociaciones sobre límites, ya que ninguna de las partes aceptaba el arbitraje de la corona española en 1891 (42) . La agitación de los revolucionarios venezolanos en Santander y Arauca ponía en peligro las nuevas conversaciones, en tanto los men~ajes presidenciales de Restrepo y Concha mostraban preocupación por mejorar la seguridad en esas comarcas. Como comisaría, Arauca obtuvo una subvención anual de 1.500 pesos. El presidente de la república nombraba al comisario especial, que ejercía su autoridad en casi todos los aspectos del gobierno del territorio, excepto la defensa. En 1913 el Congreso aprobó la Ley 100, que, al reorganizar la policía de frontera, asignó a Arauca una guarnición de doscientos hombres, cuyo comandante respondía directamente ante el ministerio de Guerra. Por otra parte, el gobierno de Bogotá internó a los exiliados venezolanos sospechosos de conspirar y, a petición de Venezuela, extraditó a los criminales (43)  

Tales medidas, si bien fortalecieron el dominio colombiano sobre el territorio, no estimularon el desenvolvimiento económico ni aseguraron la vida y la propiedad. Cada año el comisario presentaba la lista de necesidades de Arauca, pero sus recomendaciones caían en oídos sordos. El Congreso rehusó respaldar la construcción de la carretera del Sarare desde Arauca hasta Pamplona (Norte de Santander), que había roto el aislamiento del territorio y disminuido su dependencia de Venezuela. La insuficiencia de fondos impidió concluir la instalación de la línea telegráfica, iniciada en 1913 (44) . La subvención que el gobierno nacional proporcionaba a Arauca era tan excesivamente mezquina, que ni siquiera alcanzaba para pagar los sueldos de los funcionarios locales. En 1915 el ministerio de Guerra trasladó a lame 140 agentes de la policía de Arauca, porque las fiebres tropicales habían diezmado sus filas (45) . El no resuelto conflicto de poderes entre el comisario y el comandante de la guarnición fue más allá de obstaculizar la persecución de los forajidos. El episodio protagonizado por Pérez Delgado en 1916 puso al desnudo la lastimosa debilidad de la defensa de Arauca y preparó el terreno para la insurrección de Humberto Gómez.  

En diciembre de 1915, Pedro Pérez Delgado atacó las fuerzas del caudillo-presidente de Apure, el general Pérez Soto, en San Fernando de Apure. Derrotado, el bandido venezolano se refugió en Arauca, donde se dedicó al robo de ganado. Cuando, en marzo del año siguiente, el comisario, Marco Torres Elicechea, intentó aprehender a la banda de Pérez Delgado, el sargento mayor Villalobos, comandante de la guarnición, se negó a perseguir a los bandidos, alegando que sólo obedecería órdenes emanadas directamente del ministerio de Guerra. Persistentes rumores indicaban que Pérez Delgado atacaría a Arauca, y el general Pérez Soto se ofreció a defender la ciudad. Cuando se informó de ello al presidente Concha, este rechazó la oferta y, en cambio, ordenó al comandante en jefe de la policía de frontera, el general Daniel Ortiz, marchar con sus hombres desde Cúcuta por la vía de San Cristóbal. Venezuela concedió a la policía colombiana permiso de utilizar dicha vía. Sin embargo, antes que Ortiz llegara a su destino, Pérez Delgado asaltó, el 3 de abril, la población fronteriza venezolana de El Ogza y mató veintidós personas. Profundamente indignado por este nuevo atropello, el general Pérez Soto persiguió a los forajidos, penetrando en territorio araucano con el consentimiento del comisarió Torres Elicechea, a quien el sargento mayor Villalobos apresó inmediatamente acusándolo de traición. Por fortuna, pronto apareció en escena el general Ortiz, asumió el mando, liberó a Torres Elicechea y persuadió a Pérez Soto a retirarse. Tras capturar a Pérez Delgado y a otros integrantes de la banda, Ortiz envió los prisioneros a Boyacá, para que fueran juzgados, y continuó patrullando los llanos. En julio, finalmente, resignó la autoridad en el nuevo comisario, Esteban Escallón, y regresó con sus tropas a Cúcuta (46) .  

En julio de 1916, en sus informes anuales al Congreso, Marco Fidel Suárez y Miguel Abadía Méndez —ministros, respectivamente, de Relaciones Exte­riores y de Gobierno— comentaron el episodio protagonizado por Pérez Delgado. Suárez hizo hincapié en la delicada situación de la frontera Arauca­ Apure y en que era lamentable, pero comprensible, que a veces, en persecución de bandidos, fuerzas venézolanas cruzaran la frontera (47) . Abadía Méndez atribuyó la crisis a la negativa de Villalobos a recibir órdenes de Torres Elicechea. Para evitar tal colisión, propuso que, mediante decreto ejecutivo, se colocara al comandante bajo la autoridad del comisario, recomendación que Concha acogió (48) . Fuera de tomar esta medida, el gobierno nada hizo para disminuir la tirantez en Arauca. Abadía Méndez parecía beatíficamente inconsciente de que el comisario Escallón, bogotano sin experiencia en los llanos, carecía de tacto y tolerancia. En escasas semanas se había enajenado la voluntad de numerosos araucanos. Había fracasado en promover la cooperación tanto del general Pérez Soto como del nuevo comandante, el capitán Alberto Santos, y hostilizaba vengativamente a sus enemigos personales (49) . Uno de éstos, Humberto Gómez, se refugió en Apure y comenzó a fraguar un plan vindicativo.

 

El General Jesús García y su ejército se aprestan a salir de Arauca llevando los prisioneros
(El Gráfico. Bogotá. vol. 7, núm. 350. jun. 2, 1917).

 

Comunicados de residentes de los llanos que publicaron los periódicos del interior durante 1916 manifestaban creciente decepción. Un corresponsal de Guasdalito se lamentaba de la insoportable situación del comisario de Arauca. 

Separado de Bogotá por cientos de kilómetros, sin telégrafo ni caminos, estaba obligado a enviar a esa ciudad consultas “cuyas respuestas requerían, ¡Dios Santo!, tres meses para llegar...” (50) . Otro corresponsal opinaba que el incidente de Pérez Delgado demostrada de cuán pocas garantías disfrutaba la población pacífica y cuán fácil le resultaría a Venezuela invadir toda la región. Afirmando que el abandono del gobierno durante los últimos veinte años había sumido en la ruina a las poblaciones llaneras, llamaba a poner término al monopolio comercial venezolano mediante la construcción de vías y la colonización (51) . El 29 de septiembre de 1916, el periódico tunjano La Linterna publicó una carta de un casanareño, quien sostenía que la debilidad, las metidas de pata y la inercia del gobierno habían socavado el patriotismo de los llaneros. “El gobierno ha hecho caso omiso de nosotros, porque somos libera­les —continuaba—. Aquí los actos de agresión que diariamente cometen los venezolanos contradicen las afirmaciones de la cancillería de que las relaciones entre los dos países son cordiales” (52)

Las airadas afirmaciones de los llaneros contrastaban marcadamente con las olímpicas declaraciones de los ministros. Los singulares problemas de la frontera reclamaban a gritos estudio, solidaridad y una legislación especial, pero Bogotá no daba señal alguna de que medidas en tal sentido estuviesen próximas. La caída de Arauca no tomaría por sorpresa a los llaneros, pero la ferocidad de la “humbertera” y la inepta reacción del gobierno sobrepasarían los pronósticos más pesimistas.   

 

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(33)  Informe del intendente nacional de Casanare, en MMG, 1904, págs. 142-143. (Regresar a 33)

(34)   Informe del comisario especial de Arauca, en MMG, 1915, págs. 231-232.  (Regresar a 34)

(35) Ernesto Camejo, Breves apuntaciones sobre Arauca, Bogotá, 1940, págs.36-37.   (Regresar a 35)

(36)   El mejor resumen sobre los problemas de Arauca al final del siglo es Max Carriazo, Llanos orientales, Bogotá, 1910, compilación de artículos originalmente publicados en el Nuevo Tiempo. (Regresar a 36)

(37)   Informe del comisario especial de Arauca, en MMG, 1912, pág. 64. (Regresar a 37)

(38)   Pedro M. Carreño, MMG, 1912, págs. 59-60.  (Regresar a 38)

(39)   Daniel Valois Arce, Reseña sobre límites entre Colombia y Venezuela, Caracas, 1970, pág. 99.  (Regresar a 39)

(40)   Informe del intendente nacional de Casanare, en MMG, 1904, págs. 142-143. (Regresar a 40)

(41)   Humberto Plazas Olarte, Los territorios nacionales, Bogotá. 1944, págs. 148-156.
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(42)   Valois Arce, op. cit., pág. 91. (Regresar a 42) 

(43)   Informe del comisario especial de Arauca, en MMG, 1914, págs. 69-70. (Regresar a 43)

(44)   El Espectador, 10 de enero de 1917. (Regresar a 44) 

(45)   Miguel Abadía Méndez, MMG, 1916, págs. VI-XII. (Regresar a 45)

(46)   Ibíd. (Regresar a 46)

(47)   Marco Fidel Suárez, Memorias del ministro de Relaciones Exteriores (en adelante citadas como MMRE), 1916, pág. 88. (Regresar a 47)

(48)   Abadía Méndez, MMG, 1916, págs. VI-XII. (Regresar a 48)

(49)   El Trabajo (Cúcuta), 10 de febrero de 1917. (Regresar a 49)

(50)   El Diario Nacional, 18 de julio de 1916. (Regresar a 50) 

(51)   El Diario Nacional, 13 de septiembre de 1916. (Regresar a 51) 

(52)  La Linterna, 29 de septiembre de 1916. (Regresar a 52)