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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
20, Volumen XXVI, 1989
III
La base laboral de las haciendas la conformaban,
por un lado, los indígenas que se hallaban reducidos o que vivían en las misiones y
pueblos constituidos por los jesuitas, y por otro, concertados, esto es, indígenas ya
aculturados que no se encontraban reducidos, y que cumplían funciones parecidas a las de
los peones. También, aunque esto no era muy frecuente, había concertados mestizos y
blancos pobres.
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Guahibos det
Vichada. dibujo de E
. Ronjat
(Tour du Monde, Librairie Hachette, París. 1888).
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Indios cuivas
del Orinoco y del Meta, dibujo de Sirouy (Tour du Monde. Librairie Hachette, París.
1888).
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En algunas ocasiones los concertados ejercían
cargos de cierta responsabilidad: mayordomo, asistente de administración, caporales.
Los contratos se pactaban por un año, no renovable, y generalmente se iniciaban y
terminaban en dos fechas: el 31 de julio o el 31 de agosto (Temporalidades, tomo V). En el
momento de la expulsión, en 1767, en las haciendas de Caribabare y Cravo había un total
de 38 concertados, a los cuales se les pagaban salarios de entre 15 y 25 pesos anuales,
más la alimentación. El costo total de estos 38 hombres ascendía a 667 pesos, un real y
16 maravedíes (Temporalidades, tomos V y VI). Cuando los concertados eran indígenas, el
procurador de cada hacienda los solicitaba a los pueblos de indios que tenían los
jesuitas en la región llanera; como generalmente eran indígenas tributarios, recibían
un trato especial, ya que la hacienda tenía que pagar por ellos las demoras o tributos
que debían cancelar a la corona, descontándosela del valor de su concierto.
La otra fuerza laboral era la de los esclavos
negros, pues en las haciendas de Caribabare y Tocaría había, en el momento de la
expulsión, 57 esclavos. La base inicial de esa cuadrilla fue el pago de una vieja deuda
contraída por la hacienda de Lengupá con la procuraduría de misiones del Casanare. A
este número original de esclavos, que no sabemos cuántos fueron, se sumaron otros que
compraron los jesuitas.
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Localización de los cindo polos de desarrollo
de las misiones jesuíticas en Améroca del Sur: Casanare, Maynas, Mojos, Chiquitos y
Guaraní.
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A diferencia de otras zonas de la Nueva Granada,
especialmente las mineras, en los llanos, y en las haciendas de los ignacianos, la mano de
obra esclava no fue una mercancía que gozara de muy buen prestigio, dado que, hasta
cierto punto, era improductiva y poco rentable, ya que en dichos hatos, sus
vaquerías y demás quehaceres, no trabaja el hombre capaz de ello, la mujer y los hijos
viven en el mayor ocio, pues no sucede aquí por ser incompatible, lo que en las minas,
cacahuales y trapiches donde igualmente son todos respectivamente de provecho y les reparo
en tareas con la devida proporción. Este hombre esclavo capaz de trabajar en el hato, se
le ha de dar, o contemplar mujer, y que ésta también sea esclava, porque libre de
ningún modo convendría, y de esta suerte se debe regular que valen ambos por lo menos
500 pesos, cuyo rédito anual asciende a 25. A estos, agregado lo que se consume en
vestirlos aun sin contar con los hijos que sucesivamente van teniendo, y a quienes es
preciso atenderlos del todo puede importar 35 pesos, y sin
dificultad importa y sube de este costo
(8).
Debido a la poca efectividad y rentabilidad en
el manejo del ganado, los padres de la Compañía habían dedicado los negros esclavos a
otros trabajos: al cultivo de caña de azúcar y a las labores propias del trapiche y el
alambique. El aguardiente resultante del consiguiente proceso de manufactura era
destinado, en primera instancia, a proveer las misiones y pueblos de los jesuitas, así
como a los demás pueblos y ciudades del llano. Así mismo, algunos esclavos se
convertían en de confianza y llegaban a ocupar los cargos de mayordomos y
caporales en las haciendas y hatos.
Además de estos servidores, las haciendas
tenían escoltas o grupos de soldados destinados a la protección de las haciendas,
pueblos y misiones, así como al control y vigilancia de los esclavos e indígenas
reducidos.
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Haciendas típicas de los Llanos Orientales.
Hacienda La Vanguardia y Hacienda Cumaral, dibujo de Riuo, grabado en madera (Tour du
Monde, Librairie Hachette, París, 1877).
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En el momento de la expulsión, la hacienda de Caribabare
contaba con sólo siete soldados de un total de doce a ella asignados, a cada uno de los
cuales se le pagaba un salario anual de cien pesos más lo de comer, y estaban al mando
del cabo don Manuel Güemez de Horcasitas. Por su parte, la escolta de Cravo tenía un
costo total anual de quinientos pesos oro.
IV
La hacienda de Caribabare, además de ser la
sede de la procuraduría de las misiones del Casanare, fue el centro de la actividad
económica de los ignacianos en la región. Su ubicación era realmente estratégica, pues
quedaba entre los pueblos de Pauto, San Salvador del Puerto y Tame. Desde ella era
factible ir a Santafé de Bogotá por Chita o por Labranzagrande, así como a las misiones
del Meta y a las haciendas de Cravo y Tocaría. Allí quedaba situado el almacén general
de las misiones del Casanare y el Meta, sitio en el cual los hijos de Loyola se proveían
de lo necesario para sus misiones y tiendas y en donde debían comprar el ganado con el
cual se formaban los hatos de las reducciones, pues era obligación que todo miembro de la
comunidad jesuita se autoabasteciera, pero por ningún motivo el misionero o cura podía
disponer del hato creado, ya que eran hatos comunales destinados al sostenimiento de los
pueblos o de las misiones.
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Tanto Caribabare como Cravo y Tocaría eran
haciendas fundamentalmente ganaderas, pero existía cierta especialización: las dos
primeras se dedicaban esencialmente a la cría de ganado vacuno, la tercera a la de
yeguas, caballos y mulas destinados a abastecer el inmediato mercado de Barinas. Con tal
especialización en la cría de ganados mayores, los jesuitas podían, por un lado, cubrir
las necesidades de sus misiones y con la de caballos y mulas, sobre todo, podían atender
el servicio de las comunicaciones, los abastecimientos y los transportes. Por otro,
podían establecer un mejor control sobre los mercados locales y crear un sistema
intrahacendario de abastecimientos.
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(8)
A.H.N.C.,
Fondo Temporalidades, t. V, f. 648
y
(1770). (Regresar a 8)
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